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 La Casa Carmen Montilla ha dado fe de la obra artística de Lionel Borras Veiga, acuarelista innato que sorprende por su frescura y autenticidad, en cada una de sus piezas que integran la muestra «Habana, primera parte».
Este joven creador ha conseguido apresar en cada pincelada el paso agitado de una ciudad con sus columnas y templos, el estupor de una escena a punto de consumarse, el humo enrarecido de un automóvil en vísperas de la partida...

 Es La Habana, otra vez, una nota recurrente en la plástica cubana contemporánea. Y así lo testimonia el joven pintor Lionel Borras Veiga (La Habana, 1966) en su última exposición «Habana, primera parte», presentada recientemente en la galería de la Casa Estudio Carmen Montilla.
En sólo diez cuadros el artista nos entrega las escenas de esta ciudad que aún rezuma el salitre de sus contornos. «Me gusta mucho la arquitectura de la Habana Vieja, sobre todo por el ambiente que tiene, la atmósfera... y me atraen también las zonas más urbanas, con movimiento. En mi obra he tratado de mostrar las dos cosas: La Habana arquitectónica, la de los edificios, y la otra parte, la del Capitolio y el cine Payret, más concurrida, más céntrica, donde se ven los carros, la gente caminando...», afirma Lionel.
Surgen entonces, como ensartados por un mismo hilo, los pasajes de una Habana desdoblada, trashumante, barroca, en perpetuo movimiento... aquella que a ratos simula desprenderse del soporte y volcarse en su otra realidad.
«La acuarela –prosigue el artista– se presta más para las imágenes de La Habana, para sus fachadas, su luz... No es ésta una ciudad de colores estridentes, como muchas gentes quieren verla. En ella predominan los grises, los colores tenues, y eso la acuarela lo refleja muy bien. Con ella se puede trabajar esa luz y dar el ambiente que hay en esta ciudad».
Tras tomar algunas fotos y concebir un dibujo previo, emparentados a una habilidad intrínseca, agua y color emborronan la blanca cartulina para dejarnos entrever –horas después, cuando no demora un día– las estampas que el artista ha atrapado de su contacto con el mundo.
«Estas figuras son, a mi modo de ver, como ilustraciones. Así las llamo yo: ilustraciones de la ciudad. Sobre todo por el color, pues las que aparecen en los libros y mapas tienen colores un poquito más bajos que lo normal», añade el pintor.
Algunas de sus acuarelas semejan una suerte de espejo en que se transparentan las aguas del foso del Castillo de la Fuerza, la cuadrilla de barcos varados en el puerto de La Habana, las apagadas cicatrices de un entorno que ya comienza a revivir.
 «Aunque es una técnica difícil –opina–, la acuarela es muy agradecida. Es más espontánea que el resto de las técnicas, además de económica, y más cómoda a la hora de transportar los materiales con que se trabaja. Sólo tienes que llevar unos tubitos, una cajita con pintura y un poco de agua. Por eso los pintores de plaza usan generalmente la plumilla o la acuarela».
Rememora Lionel que, de pequeño, llenaba sus libretas con dibujos y más dibujos, al punto de confundirlos con las notas de clases. No pasaron muchos años para que el entonces aficionado a la pintura ingresara en la Academia San Alejandro, y más tarde en la Facultad de Artes Plásticas del Instituto Pedagógico, experiencia que le valió para ejercitarse como profesor durante más de dos años.
Sin embargo, no fue la enseñanza el camino escogido por Lionel cuando en 1993, luego de probar fortuna por otros rumbos, encauzó nuevamente su destino hacia la creación pictórica, en particular la acuarela. De esta fecha datan sus primeras imágenes de La Habana: incentivo primigenio que con el tiempo ha devenido el álbum de ilustraciones que hoy nos ha sido dado contemplar.