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La obra de Yarovi López no solo evidencia destreza en el manejo de materiales indóciles, sino una ideoestética que la hace separarse de la artesanía para ser escultura de pequeño formato.

En el fauno se hallan re-creados los aspectos más controversiales de nuestra identidad; re-creación que ha ido evolucionando durante el proceso en el cual el hombre, negándolo, aceptándolo o simplemente considerándolo ajeno, ha seguido configurando ese ser mitológico a su imagen y semejanza, más allá de la cultura griega que lo originó.

Ante los  faunos salidos de las manos del joven escultor Yarovi López, o Yaro —como suele firmar sus trabajos—,  pudiera pensarse que estamos en presencia de un verdadero experto en esa figura del dios de los bosques, los campos, la fertilidad y los pastores, equivalente romano del griego Pan, hijo del dios Hermes, mitad hombre y mitad macho cabrío, asociado también al libertinaje y a la sexualidad.
Pero sin negar rotundamente que lo sea, más que evocar a la mitología romana o griega, el joven artista crea esas figuras —según sus propias palabras— para representar los estados de ánimos que suelen acompañar a la existencia humana, en especial, los relacionados con la felicidad y la alegría de vivir.
Una referencia jocosa sobre esa criatura, también representativa de la virilidad, nos la ofrece la escritora chilena Isabel Allende (Chile, 1943) en el relato «El sexo y yo», una suerte de cronología de sus relaciones sexuales, desde una confesión precoz a los cinco años, hasta su actual condición de abuela. Ella escribe: «Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían ese horrible mal que podía conducirlos de cabeza al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas»
Yaro sorprendió a muchos con su primera —y única hasta el momento— muestra personal, que, con el título precisamente de «Faunos», fue expuesta primeramente en la Casa Alejandro de Humboldt, desde el 27 de febrero hasta el 8 de abril de 2009, y luego, en la Casa Carmen Montilla, ya como parte de la X Bienal Internacional de La Habana.
Cerca de una docena de piezas realizadas en mármol negro y hueso bastaron para que revelara la excelencia de su arte, que no sólo destaca por la destreza en el manejo de esos materiales indóciles, sino por una ideoestética que lo hace separarse de la artesanía  para ser escultura de pequeño formato.
Trabajo hasta que la figura me sorprende. Así emergió mi primer fauno. Nadie me había pedido que lo realizara... Antes había pintado payasos, además de que sigo dibujando a tinta. También esculpo niños, figuras grotescas, mujeres gordas… que decían se parecían a la obra de Botero y la de Fabelo.
Siempre habrá un fauno por hacer y, junto con esas criaturas, podría abordar muchos otros temas. Invariablemente trataré de hacer faunos sin ser repetitivo; incluso, en otras manifestaciones como el dibujo y la pintura.
El caso de Yaro, un autodidacto, recuerda la frase de Auguste Rodin: «El artista debe crear una chispa antes de que pueda ver fuego, y antes de que el arte nazca, el artista debe estar listo para ser consumido por el fuego de su propia creación».
De hecho, la pieza Dominio (9 x 5,5 x 5 cm), con la cual mereciera en 2006 una mención en miniaturas durante la IV Bienal de Talla de la ACAA (Asociación Cubana de Artesanos Artistas), parece remedar el arte del genial escultor francés en el modo de dejar inacabada la obra.
Siempre me sedujeron las maneras de hacer de la pintura impresionista... La apariencia de las formas inacabadas ha sido un recurso que he utilizado en muchas de mis esculturas, de ahí  que un colega mío  me acercara a la obra de Rodin, tras notar cierta similitud en mi modo de tratar la figura con el que empleó el gran maestro francés, quien posteriormente ha sido un referente para mí.
Yaro trabaja en la parte superior de su reducida vivienda, ubicada en las proximidades de una céntrica avenida del habanero municipio de Playa, zona en la que reside desde 2003 junto a su pequeño hijo Sebastián y su esposa Mabel.
En aquel estudio en ciernes, adonde se sube por una escarpada escalera, él se empeña cada día en dominar resistentes materiales, con los cuales libra un verdadero duelo. Decir «hacer esculturas» pudiera considerarse un disparate para las manos, dice
Armado de artesanales herramientas y con los oídos protegidos para atenuar el ruido que provoca el choque del acero con el mármol, sostiene a diario una batalla campal hasta que finalmente logra hacer brotar la cara de un nuevo fauno en la piedra, lo que, a su entender, es como descubrir el lado oculto del alma humana.
La elaboración minuciosa de muchas de mis piezas no responde precisamente a una intención artesanal, sino a la motivación de doblegar dócilmente el volumen, como se doblega la forma a través del dibujo. El  impulso irrefrenable que sugiere un bolo de madera, la piedra o un montón de chatarra… es el delicioso síndrome que padecemos los que acogemos al escultor en el espíritu.
Quien repase el currículo de este escultor que no llega a las cuatro décadas de vida, puede deducir —a partir de las exposiciones colectivas en las que ha tomado parte— su abordaje de disímiles temáticas. Así, por ejemplo, participó en dos muestras que rindieron homenaje al famoso personaje creado por Miguel de Cervantes y Saavedra: una, en 2005, titulada «Andando con El Quijote», en el Memorial José Martí, y la otra en 2006, «Homenaje al Quijote», en La Cabaña, como parte de la XI Edición de la Feria Internacional del Libro. También es digna de mencionarse «Sueño, pasión e identidad», en la galería «El reino de este mundo», de la Biblioteca Nacional José Martí, dedicada al 105 aniversario del natalicio de Wifredo Lam.
Sin ser un miniaturista propiamente dicho, con la pieza Faunos jugando con la carreta (6,4 x 3,6 x 3,4 cm), Yaro obtuvo en 2004 el Primer Premio en formato de miniaturas y Premio único de la manifestación de metales en la III Bienal de Talla de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA). Posteriormente, en 2007, durante el primer Encuentro Nacional de Arte en Miniatura en la ciudad de Remedios, fue merecedor del primer premio en escultura.
Él explica tal predilección como algo natural, pues considera que cualquier niño modela trocitos de plastilina o estructura alguna forma en otro material, en un intento por re-crear su mundo interior, en correspondencia con su estatura.
Durante mi niñez siempre pude canalizar de alguna manera mi más tempranas inquietudes artísticas pues mi madre, consciente de mi actitud hacia la plástica, me procuraba pinceles, acuarelas, temperas, crayolas… que, junto a otros materiales como alambre, plomo, poliespuma, madera…, me fueron útiles en la creación de dibujos y en la confección de una serie de juguetes que compartía con mis primos y amigos. Estos últimos los hacía en dimensiones pequeñas, que hoy podríamos considerar como miniatura. Es un formato que disfruto mucho y que me ha acompañado hasta hoy.
En Cuba hay cultores de la miniatura en forma ocasional o alternándola con otros formatos. Pero también existe todo un movimiento, según el historiador cubano Roberto Valdés, quien se ha empeñado en escribir el origen, evolución y actualidad de esta modalidad artística en la Isla. Para ser consideradas como tales, las obras deben ser únicas y tener dimensiones que no sobrepasen los diez centímetros.
Uno de los símbolos del arte de la miniatura  es el Ídolo de oro (4,5 x 3 cm x 1,5 cm), una escultura que atesora el Museo de Banes, provincia de Holguín, a la cual se le confiere un valor excepcional ya que es un exponente de la cultura taina en Cuba.
Yaro confiesa que dio rienda suelta a su vocación cuando ni siquiera pensaba que la escultura era un oficio. Tenía apenas cuatro años cuando, en un pueblecito nombrado El Comino, en Santa Cruz del Norte, su abuelo materno le permitía usar sus herramientas, como el cincel y el martillo, para intentar tallar —entre otros— rostros humanos en las piedras que encontraba en el amplio patio.
En ese ambiente rural transcurrió casi toda mi infancia. Los enigmas del campo, la ingenuidad y el ingenio de los campesinos de la zona dieron lugar a las más diversas fabulaciones y mitos que, en muchos de los casos, eran protagonizados por mis propios familiares. Así había majaes con cuernos surgidos de las fangosas aguas de alguna presa; misteriosas luces que en la nocturnidad de la manigua acecharon y aterraron a más de uno de mis tíos; estaba la casa embrujada de Monte Juguete, donde aún temen pernoctar todos los que la han conocido; el motín oculto de Valencia, un antiguo bandido cuyo espíritu vestido de blanco, montado en su también blanco y fantasmal caballo, vagaba por aquellos lares.
Este inevitable encuentro con esas historias fantásticas me sirvió para comprender que el mito y la realidad se aglomeran, giran y se complementan en la enorme esfera que es toda la información con que contamos. Y es que al hombre le es indispensable poetizar la verdad, porque en lo más recóndito de su ser sabe que la fantasía es la realidad del alma.
A los 13 años, Yaro y su familia fueron  a vivir a Peñas Altas,  un reparto que está en las afueras de la playa de Guanabo, al este de la capital. Por la cercanía al mar y el sobrado tiempo libre, acudía a bañarse casi diariamente al litoral. A pesar  de las disímiles posibilidades de diversión en un lugar como aquél, por demás estando acompañado de adolescentes conocidos suyos del barrio y de la escuela, él siempre hizo una pausa para modelar alguna figura en la arena.
Éstas perduraban hasta ser deshechas por un amigo jodedor, o debido a un tropezón de un caminante distraído…  Tal vez alguna quedó allá a merced  del tiempo. Por razones obvias, de esta etapa no conservo ninguna pieza, ni siquiera una imagen.
Mientras cursaba estudios en el politécnico azucarero Jesús Suárez Gayol, en el que se graduó de técnico medio en termoenergética, asistía con cierta frecuencia a la Casa de Cultura de Santa Cruz del Norte. Allá realizó sus primeros óleos sobre madera y lienzo, a la vez que, gracias a los libros, entró en contacto con obras del arte universal. En su opinión, fue muy importante conocer al escultor, pintor y dibujante «Yiyo» Montenegro.  En esta etapa logró interiorizar que el ejercicio de la plástica, además de proporcionarle gozo espiritual, podía ser un oficio al cual dedicarse en el futuro.
Durante la década de los 90,  comenzó a realizar algunas esculturas de pequeño formato, a pesar de que contaba sólo con dos trinchas y algunas cuchillas. En aquella época «su taller» lo constituía el dormitorio que compartía con su hermana en un apartamento perteneciente a los padres, ubicado en Santos Suárez, donde residió desde 1987 hasta 1997. Aunque austero, ése fue el verdadero inicio de mi carrera como escultor.
Desde mediados de 1992, había empezado a trabajar en el Taller-galería 10 de Octubre, donde acometía piezas de un formato mayor, y hasta pudo, por vez primera, exponer en muestras colectivas junto a otros creadores.
En las postrimerías de 1997, Yaro regresó a la casa de sus abuelos maternos en  Santa Cruz del Norte para permanecer durante más de dos años realizando sólo piezas en miniatura, etapa de creación a la que, confiesa, debe en gran medida el dominio del oficio que, de mucho, le ha valido en su trayectoria como escultor. Quizás por la gran cantidad de piezas que elaboré en reducido formato.
Con el nuevo siglo, en 2000, regresa a la ciudad y comienza  a alternar la miniatura con otros formatos; entonces se inició también en los relieves. Llegaron además los primeros reconocimientos públicos gracias a su acercamiento, desde mediados de 2003, a la ACAA y a su participación, el año siguiente, en la III Bienal de Talla.
Pero, ¿cuáles son sus consideraciones sobre la  obra bi  y tridimensional, y la manera en que el individuo se relaciona con el arte?
Definiría la creación bidimensional (pintura, dibujo…) como la difícil tarea de representar en un espacio inexistente toda una trama de interrelaciones, cuyo discurso, desde el más recio barroquismo hasta el minimalismo o el abstraccionismo, ha podido ser verazmente resuelto sólo por manos maestras que nos sirven de referencia.
Por otra parte, la creación tridimensional (la escultura, performance, instalaciones…), al ser proyectada en el espacio real, posibilita que la razón la integre más a la realidad, motivando en el espectador el diálogo, aun cuando no reconozca los nexos que lo identifican con la obra.
Quizá a esto se deba la tendencia de los artistas contemporáneos a expresarse cada vez con más recurrencia por medio de la escultura en sus variadas formas y/o combinadas con otras manifestaciones del arte.
A los faunos, Yaro llegó siendo aún muy joven cuando, a pesar de las advertencias maternales, atisbaba a hurtadillas aquel programa televisivo «Prisma, poco antes de la medianoche», en el que se exhibían animados para adultos. Entonces la figura mitad humana, mitad animal le llamó la atención.
En esencia, los faunos son el icono con que trato de entablar un diálogo que, inspirado en la realidad o en la fantasía, intenta hacer desembocar al espectador en los más diversos estados emocionales, especialmente en los cuales se sustentan la felicidad y la alegría de vivir. Por ello, el buen humor monitorea en gran medida el drama existencial que plantea mi obra, sin llegar a pretensiones eminentemente humorísticas.
Su escultura más grande mide tan sólo 1,60 metros y está hecha de madera y hueso. Es un retablo que, realizado por encargo, incluye un Vía Crucis con un Cristo en el centro. Está emplazado en Bilbao, en el País Vasco, España. También ha hecho bustos de tamaño natural.
Y ante mi interrogante sobre sus vínculos con la ciudad y sus sueños de esculpir para el Centro Histórico, Yaro puntualiza:
Ya había surcado La Habana innumerables veces, entrando por el túnel de la Bahía, hasta San Agustín y viceversa, cuando, en 1997, sin proponérmelo, me convertí en un habitante más de esta controvertida ciudad. Mi atracción por la piedra, el metal, la madera y las formas, me hicieron irremediablemente amante de su variopinta arquitectura, que se me revela aun detrás de su lamentable deterioro.
He sido por mucho tiempo un artista algo ermitaño, inmerso en las labores propias de mi oficio que tanto me ocupa, pero aun así  siempre aparece un  pretexto para ceder a la tentación de caminar Obispo abajo con mi esposa e hijo, tomar la calle Oficios e ir a recalar a la plaza de San Francisco de Asís, donde ha sido  un sueño anhelado dejar imperecedera en el mármol, la huella de mi paso por nuestra Habana.
Aquí he vivido durante más de una década, por lo que me es imposible estar ajeno a la  desafiante labor renovadora que tan noble, tesonera y apasionadamente realiza la Oficina del Historiador. Es la misma nobleza, tesón y pasión que siempre me inspiró ese orador casi mítico, que me hizo, sin poner objeción, andar La Habana desde los comienzos mismos del homónimo programa televisivo. Y que hoy me sigue inspirando una amistad surgida en el aprecio por el arte y el patrimonio humano, pues es alguien que con su ejemplo induce a todos el sentimiento de compromiso y amor por esta ciudad.
Si se me pidiera referirme a la obra y a la persona del amigo Eusebio Leal, sin dudas citaría los versos de una de las canciones más hermosas de Silvio Rodríguez:  El reparador de sueños.
En las palabras al catálogo de su muestra «Faunos», el Historiador de la Ciudad dejó por escrito su apreciación sobre la obra de quien, hasta ese momento, era desconocido por la mayoría:
«La nobleza de los materiales cede ante la mano generosa, que le infunde nueva vida. Lo efímero se torna perenne y pasa a integrar el tesoro de las colecciones, donde uno siente la necesidad de arropar estas esculturas en una caja de cristal».
¿Por qué escogiste los faunos en lugar de algún elemento de la mitología cubana?, fue una pregunta en la que le insistí durante toda esta entrevista. A lo que me respondió:
Porque creo que este mito en particular surge de la necesidad ancestral que nos impulsa  a representar  mentalmente el carácter de nuestro propio ser, revelado con sobrada evidencia en la imagen y espíritu de esa criatura fantástica relacionada con el goce a plenitud de la naturaleza.
En el fauno se hallan re-creados los aspectos más controversiales de nuestra identidad; re-creación que ha ido evolucionando durante el proceso en el cual el hombre, negándolo, aceptándolo o simplemente considerándolo ajeno, ha seguido configurando ese ser mitológico a su imagen y semejanza, más allá de la cultura griega que lo originó.
Lo cierto es que cuando una persona se enfrenta al tema, siente una polémica interior en el acto de reconocerse o no en esa representación que trasmuta la realidad en un evento fantástico, y hasta cobra carácter religioso en la creencia.
Sin pretensiones de religiosidad, asumo mi creación como un acto de fe espiritual en el empeño de transmitir mi mundo interior, que creo exteriorizar con más vehemencia buscando el alma del fauno en el mármol.

María Grant
Editora Ejecutiva de Opus Habana

 

 


Yarovi López Fernández (La Habana, 1970) es miembro de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA).
Imágenes inferiores de izquierda a derecha: Fauno con flauta (2008). Mármol y hueso (18,2 x 9,5 x 12,2 cm). Tierno canibalismo (2008). Mármol y hueso (14 x 9,4 x 12,8 cm), y Sátiro (2008). Mármol y hueso (22 x 18,2 x 12,5 cm).