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Por su estratégica ubicación, amplitud, y a tenor de la relevancia y belleza de las edificaciones que definen sus contornos, la Plaza de San Francisco deviene parada recurrente para aquellos que se animan a recorrer el Centro Histórico habanero, tal vez con el anhelo de aprehender las claves que hacen de este un sitio irrepetible.
El sortilegio, sin embargo, no reside en que las callejuelas que allí desembocan se nos figuren menos angostas y más ventiladas, en que podamos sentir las vibraciones de los chorros de agua al borde de la marmórea fuente, ni en el disfrute que unos puedan hallar cuando se asiste a las sincronizadas piruetas aéreas de las palomas que, habitantes insulares, buena parte del día se resguardan del sol fustigante a la vera de coloniales aleros y torrecillas.
San Francisco es todo eso y más; es el templo cuya arquitectura subyuga, es el trazado de los adoquines menos imperfectos, es la novia o la quinceañera que se aferra a sus predios para la sesión fotográfica que no perecerá… y es el genial músico Frederic Chopin sin pedestal —sentado en el banco como un paisano más—; el fraile mallorquín Junípero Serra, que conmueve desde su perfil altivo, en actitud protectora hacia el nativo americano; el Mercurio vigilante en la cima de la Lonja del Comercio, y el siempre atrayente y andariego Caballero de París, eternizado más allá de la memoria de los habaneros adultos.
En el septiembre reciente, una nueva pieza vino a enaltecer la variopinta colección. Se trata de La conversación, una muy curiosa escultura monumental en bronce del maestro francés Etienne Pirot [Etienne], donada a la Oficina del Historiador por
Vittorio Perrotta, un italiano amigo de la institución.
Durante la inauguración oficial, y en presencia del embajador de
Francia en Cuba, Jean Mendelson, del autor de la obra y del propio Perrotta
—entre otras personalidades de la cultura y miembros del cuerpo diplomático—, Eusebio Leal Spengler agradeció la deferencia de este último al pensar en la parte más añeja de la capital como destino de la obra que calificó como uno de los más hermosos exponentes del arte contemporáneo, y un testimonio imperecedero del diálogo interoceánico con Francia.
Mediante códigos sugerentes y poco vistos entre nosotros, al decir del Historiador de la Ciudad, La conversación representa uno de los más graves dilemas que afectan a la sociedad contemporánea: la urgencia de la comunicación.
«A veces el diálogo es de sordos y, a veces, es fecundo. Los que trabajamos y vivimos inmersos en un gran proyecto como el nuestro —la restauración del Centro Histórico de La Habana— necesitamos hoy más que nunca de esas pruebas de amistad, de esa capacidad de reconocimiento que nos levanta a veces cuando por causas diversas puede el desaliento llenarnos por un instante», añadió.
A modo de símbolo, y como reafirmación de la espiritualidad y los lazos de amistad que unen a los pueblos de Francia y Cuba, en el interior de la base de mármol verde cubano donde se emplazó la escultura fue depositada una caja que contiene monedas de ambos países y un mensaje para las generaciones futuras.
Asimismo, en la ceremonia se habló de la posibilidad de que en un futuro próximo Etienne pueda exponer sus obras en La Habana, y acercar a este público a otros exponentes de un arte escultórico que seguramente vendrá a confirmar la valía de una estética depurada y singular.

Redacción Opus Habana