Imprimir
Visto: 4568

 En este artículo publicado en la revista Carteles el 25 de septiembre de 1938, el cronista comenta acerca de este «vicio que tiene caracteres de universalidad, pero que en el cubano se manifiesta como una de las grandes lacras de nuestra vida política y administrativa».

Waldo Frank juzga que el hombre y la familia modernos norteamericanos, y lo mismo puede aplicarse en mayor o menor grado a los hombres y las familias de todo el mundo accidental, viven por el automóvil y para el automóvil.

Que desafortunado soy! Hace meses, queriendo apartarme un tanto de lo que es habitual y característico en un costumbrista la critica, me decidí a ofrecer a los actuales Altos Poderes Gobernantes de la República algunas sugerencias, que juzgué atinadas para acrecentar la Hacienda pública. Me refiero a mi propuesta de que por el Estado se gravasen todas aquellas cosas que en realidad constituían artículos de lujo o, tales como los títulos nobiliarios, las condecoraciones, las grandes fiestas sociales y entierros de ringorrango, los homenajes pictóricos y escultóricos a personas vivas, los banquetes, etc., etc. Y, efectivamente, nuestros Altos Poderes Gobernantes, no sólo dieron la callada por respuesta a mis patrióticas recomendaciones, sino que prodigaron, como nunca, la concesión de condecoraciones y la autorización para usar las extranjeras, al extremo de que hoy cualquier soldado de línea o vigilante de Policía cubre su pecho con más cruces y medallas que el kaiser Guillermo II en sus buenos tiempos de absolutismo, y lo mismo ocurre con nuestros diplomáticos, miembros de la Cruz Roja y otros personajes y personillas de nuestro mundo político y gubernamental.
La semana última me permití darle un bombo fantástico a nuestros Altos Poderes Gobernantes por su genial concepción al tratar de resolver la aguda crisis económica que padecemos, concediendo cuatro días completos, mensuales, con casa, comida, habitación ventilada y espaciosa y ropa limpia, a los sirvientes domésticos, más otras bienandanzas de menor cuantía; y he aquí que el Gobierno, ante la protesta parcial, o sea, interesada de algunas amas de casa, ha dejado en suspenso ese acuerdo que todos creímos era la solución básica oficial del déficit presupuestal.
En vista de esta reiterada descortesía que conmigo han tenido los Altos Poderes Gobernantes, voy a suspender por algunas semanas los bombos y las sugerencias, volviendo a mi antigua y habitual actitud critica.
Coincide con el abandono por el Gobierno de las mejoras a los sirvientes domésticos, la disposición por el mismo tomada de suspender la considerable rebaja en el precio de la gasolina, aceite, etc.. de que gozaban, con grave merma para el Tesoro público, los hasta ayer felices mortales civiles y militares, poseedores de automóvil, los que, desde el primero de este mes de septiembre, tienen que adquirir esos combustibles automovilísticos, «no en las distintas dependencias del Ejército Constitucional», donde la gasolina llegaba sin pagar derechos arancelarios, sino «en otros lugares que hubieren pagado los aranceles correspondientes».
Más vale tarde que nunca en esta rectificación de privilegios que nunca debieron haber existido. Y no está de más que deje anotadas aquí las cantidades que el Estado dejó de percibir a consecuencia de esta privilegiada gracia de que disfrutaban los dueños de automóviles pertenecientes a la alta empleomanía civil y militar. En el año fiscal 1934-1935 el importe de la gasolina entrada en la República sin pagar derechos, ascendió a $169.117, cantidad que fue aumentando progresivamente hasta convertirse en el último año fiscal 1937-1938 en $573.002, o sea casi seiscientos mil pesos que el Estado debía haber cobrado y dejó de cobrar, y que hubieran servido, como muy acertadamente ha dicho el redactor de Tinta Rápida de nuestro colega El Mundo, «para sostener con creces el Desayuno Escolar y el Patronato de las Colonias Infantiles».
Ese medio millón largo dejado de cobrar por la Hacienda pública, representa 3.183,341 galones de gasolina consumidos por los funcionarios civiles y militares poseedores de máquinas oficiales o particulares. ¡Cuanta rueda han tenido que dar estos afortunados mortales para consumir tantos millones de galones de gasolina, mientras millares de niños se morían de hambre en la República por no haber dinero con que proporcionarles ni siquiera el mezquino pan con timba que por lo general constituye el pomposamente llamado Desayuno Escolar!
Sigamos con los automóviles. Uno de los grandes vicios del criollo de nuestros días es el delirio de automóvil, vicio que tiene caracteres de universalidad, pero que en el cubano se manifiesta como una de las grandes lacras de nuestra vida política y administrativa.
El conde Keyserling ve en el chofer «el tipo determinante de nuestra edad de muchedumbres, como lo fueron de otras edades el sacerdote y el caballero... La mayoría de los hombres se orienta hoy hacia el tipo del chofer… En todo el mundo se instaura entre la muchedumbre el tipo del chofer… La juventud de hoy se diferencia de los pueblos salvajes en que, en su alma, lo transferible domina sobre lo intransferible. En tal respecto, su conducta encuentra su símbolo, no en el hombre primitivo sino en el coche mecánico. Es completamente mecánico.
Waldo Frank juzga que el hombre y la familia modernos norteamericanos, y lo mismo puede aplicarse en mayor o menor grado a los hombres y las familias de todo el mundo accidental, viven por el automóvil y para el automóvil. La aspiración de unos y otras es: primero, poseer un automóvil; después, ir mejorando la máquina y la calidad del carro. Su categoría social la dará la marca del carro que posean. El vestir elegante, el comer bien, el poseer casa confortable, importan poco. Todo será sacrificado al automóvil.
De modo idéntico a estos dos pensadores, opina, en su concepción del mundo contemporáneo, según tuve ocasión de dar a conocer hace años, un filósofo cubano, no tan conocido, ni siquiera en Cuba, como esos dos esclarecidos filósofos extranjeros, pero no menos certero en sus lucubraciones, teorías y juicios. Me refiero a Zámbila, un criollo, de la raza negra, sin título académico, pero con el para él muy preciado título de chofer, empleado doméstico de mi grande y buen amigo el doctor Gustavo Cuervo Rubio. Zámbila es más amplio que Keyserling y Frank en su concepto automovilístico del mundo, pues para él si el mundo existe es porque el automóvil lo necesita. Su teoría abarca las concepciones de Keyserlinz y Frank. Mejor dicho, Keyserling y Frank han expuesto cada uno parte, malamente de la teoría general y completa de Zámbila. El alemán y el norteamericano coinciden a veces en ideas y hasta en palabras con el criollo. Leyendo a aquéllos me ha parecido en muchas ocasiones estar oyendo al cubano. Por ejemplo, Zámbila, siempre que se refiere a alguno de los hombres providenciales que padecen muchas naciones de Europa y América, a los dictadores, descarados o vergonzantes, modernos, lo juzga así: «Ese cogió el timón y arrolla a todo el mundo». Ese mismo juicio lo ha expresado Keyserling con estas palabras: «Este éxito (el de los modernos directores de pueblo) procede de que el tipo del chofer ha logrado empuñar el timón». ¡Cuántas veces, también, he oído a Zámbila hablar de la familia Tal o Cual, no por los apellidos de los esposos, sino por la marca del carro que poseen: «Doctor, ahí (van sus amigos los Packard». Y, refiriéndose al mejoramiento económico de algún sujeto: «El Fotingo se revolvió; ya pasó a ser Dodge». ¿No son esos juicios e ideas, con palabras más o menos filosóficas, los mismos expuestos por Keyserling o Frank?
La mecanolatría de la época presente se encuentra tan admirablemente interpretada por el filósofo criollo Zámbila, en su teoría de la concepción automovilística del mundo moderno y de los hombres de nuestros días, que hasta se la ha aplicado al conde Keyserling y a Waldo Frank. Cuando en la investigación que hice sobre el conocimiento que Zámbila pudiera tener de las obras de esos dos filósofos o de la existencia de ellos, le pregunté:
-¿Conoces a Keyserling y a Frank?
Me contestó:
-Nunca he corrido esos carros. Y, o son marcas muy nuevas, que no se han anunciado ni puesto a la venta, o muy malas, cuando yo no las conozco. Por si acaso, doctor, no las compre. Y no correrá el peligro, además, de que si se rompe una pieza, no haya repuesto en La Habana.
Aunque este delirio de automóvil se registre no sólo en Cuba sino en todo el mundo occidental, la guaguería criolla y el ansia que todo cubano experimenta de vivir a costa del Estado y que el Estado satisfaga sus necesidades, gustos y caprichos, han convertido el Tesoro público en pagano del carro, la gasolina, el aceite, las gomas y el chofer de la casi totalidad de los funcionarios civiles y militares de la República. Los de más poder e influencia logran que el Gobierno les compre la maquina y se las mantenga. Los de menor categoría tienen que comprarse su carrito, pagándolo a plazos, a veces sumamente largos, porque nunca terminan de cancelar la deuda; pero, ya consiguen que les sirva de chofer algún conserje o mozo de limpieza, o asistente, ya manejan ellos su máquina, y hasta ahora tenían la ganga de que la gasolina, aceite y demás combustibles les costasen baratísimos, por no pagar derechos fiscales ni impuestos, pues se surtían copiosamente de los combustibles automovilísticos que para ellos adquiría, almacenaba y distribuía su Padrecito el Estado. Por esos motivos hemos visto nuestras calles y plazas invadidas de automóviles pertenecientes a funcionarios civiles y militares con sueldo menor de 200 pesos, cosa inexplicable para millares de padres de familia que con sueldos análogos en oficinas privadas, se ven imposibilitados, no ya de correr máquina, sino de sostener a su mujer y a sus hijos y demás parientes adheridos a su nómina privada.
Los Altos Poderes Gobernantes, al buscar rebajas presupuestales que conjuren el déficit existente, se han quedado cortos, pues en lugar de cortar por lo sano, suprimiendo todos aquellos automóviles oficiales e innecesarios, o sean todos los usados, no por imprescindible necesidad del cargo, sino por lujo o lija, se limitan a suspender la gasolina guagüeril, según hemos visto, y a tomar, como primera medida de aplicación inmediata, «la restricción del uso del automóvil oficial, reduciendo su empleo a aquellos altos funcionarios a quienes les sea indispensable».
Como bien ha dicho el doctor José Agustín Martínez en reciente trabajo sobre el déficit presupuestal, «esta primera medida, es realmente portentosa. Nos recuerda, por su trascendencia e importancia, la del famoso "chocolate del loro". Ni siquiera se habla de la supresión de los innumerables automóviles que ruedan los no menos innumerables funcionarios del Estado; sino que en el alto plan del Gobierno para remediar la crisis, solo se propone restringir "el uso". ¿Creen los señores secretarios que el problema se reduce a unos cuantos galones de gasolina más o menos? Desgraciadamente el problema es de mucho mayor porte». Y el doctor Martínez señala como máxima gravedad en el asunto, «la reventa de gasolina adquirida para fines oficiales», e indica «la necesidad de perseguir y castigar a los revendedores».
Insisto sobre el abuso en el disfrute de automóviles oficiales. No, basta ser alto funcionario tener derecho a que el Estado compre y le mantenga máquina oficial, que en la generalidad de los casos sólo se utiliza para el viaje diario de la oficina a la casa, para el paseo de la familia o de las familias, legales y adventicias, y hasta para ir de rumbas nocturnas. Solo deben usar máquina oficial aquellos funcionarios que por el ejercicio de su cargo necesitan trasladarse numerosas veces al día de uno a otro lugar de la población, de la provincia o de la República. De tal manera debería velarse por el estricto uso del automóvil, que no todos los secretarios de Despacho pudieran tener derecho a usar maquina oficial, pues la mayoría de ellos no la necesitan ara el cumplimiento de las obligaciones de su cargo, sino que la usan por lija o por lujo, y ese lujo o lija que lo paguen ellos de su sueldo. Y hasta puede darse el caso de que sean funcionarios de categoría inferior los que si necesiten que el Estado les proporcione máquina para el desempeño de las funciones de su cargo, no necesitándola, en cambio, otros funcionarios de superior categoría. Para que se vea hasta dónde llega el abuso en esto de las maquinas oficiales disfrutadas por los altos funcionarios, conozco más de un caso y de diez, de funcionarios que no usan ellos la máquina, sino su familia o su amiga, y ellos van y vienen a la oficina en tranvía o en fotingo.

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964