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 El autor aporta nuevos elementos para desentrañar «las barreras y dificultades con que tropieza la mujer que lucha por su independencia», pues en la época que reseña «esta tragedia de la mujer que trabaja y que para trabajar se ha preparado y se halla dispuesta a cumplir con sus deberes como tal trabajadora, tiene gravísimas repercusiones en la vida y costumbres de la sociedad cubana».

«Pero las realidades han sido muy distintas a lo esperado por la mujer y a lo que ésta tenía derecho a exigir por su capacitación, adquirida heroicamente a fuerza de trabajos y de privaciones»

A las barreras y dificultades con que tropieza la mujer que lucha por su independencia económica, que ya señalé en mis Habladurías anteriores, es necesario agregar algunas más, no menos graves y trascendentes.
Si en los primeros momentos en que se abrieron a las mujeres las puertas de oficinas públicas y privadas, comercios, industrias, escuelas, hospitales, etc., fueron la amistad, las influencias, las recomendaciones, los ruegos y hasta la limosna por lástima, los medios y procedimientos utilizados para conseguir trabajo remunerado, y también fue puesta en juego la belleza física de la aspirante, bien pronto la mujer criolla se dio cuenta de que esos caminos no eran los naturales y lógicos para lograr, establemente, su liberación económica del hombre, y que necesitaba capacitarse por la educación y la cultura, por la preparación
para la función o el cargo que aspiraba a desempeñar.
Y las mujeres invadieron las escuelas de enfermeras; se buscaron profesores particulares o acudieron a las escuelas normales de maestras; aprendieron mecanografía y taquigrafía; se enfrascaron en las enseñanzas comerciales u otras especializaciones; fueron a los Institutos y a la Universidad, graduándose de bachilleres y doctoras…
Así creyeron las mujeres cubanas poder conseguir, por propio derecho y personal capacidad, medios honestos de ganarse la vida. Y fue disminuyendo gradualmente al correr de los años el número de las que necesitaban declarar que su vida estaba reducida, como Única ocupación, a "los quehaceres propios de su sexo", sino que ya podían ostentar orgullosamente una profesión determinada, al igual que el hombre: mecanógrafa, taquígrafa, maestra, enfermera, médica, farmacéutica, abogada, etc.
Con la conciencia de su preparación o con un título en las manos, la mujer podía acudir en demanda de un empleo, no teniendo que pasar por el antiguo bochorno, ante la pregunta del jefe de la oficina:
— ¿Usted qué sabe hacer?
—    Pues. . . escribo con bastante ortografía (ese bastante significaba ninguna), he practicado un poquito la maquinita. . .
Ahora, la criolla aspirante a un destino respondía, con la cabeza alta y la decisión de quien se sabe capaz de realizar una obra o cumplir con un deber:
—    Soy mecanógrafa y taquígrafa; estoy graduada en la Normal; tengo el título de doctora en farmacia…
Pero las realidades han sido muy distintas a lo esperado por la mujer y a lo que ésta tenía derecho a exigir por su capacitación, adquirida heroicamente a fuerza de trabajos y de privaciones.
El prejuicio contra la igualdad entre uno y otro sexo y la mantenida creencia de la inferioridad intelectual y física de la mujer, han sido obstáculos a su libre admisión, a título de capacidad, en muchas oficinas privadas, y aun demostrada su superioridad intelectual y su rendimiento en el trabajo por encima del hombre, se le ha regateado o negado ese
reconocimiento, por petulante orgullo masculino de no darse por vencido ante la igual aptitud femenina en el desempeño de destinos de toda clase y de actividades de todo orden, comerciales, industriales y oficinescas, o también por baja ruindad, ya señalada la semana última, que sirve de pretexto para menor retribución.
Asimismo la mujer ha tenido que sufrir en su liberación económica el prejuicio-que para ella fue congénito antes, y no ha dejado de serlo por completo-del sexo. Muy pocos son los hombres que frente a la mujer trabajadora no ven en ella más que a una trabajadora,
a un trabajador, sino que lo corriente es que predomine la influencia física femenina, con
desplazamiento perjudicial de las aptitudes para el trabajo. Dicho en otras palabras, la mujer que de veras quiere vivir de su trabajo personal y se siente capaz para desempeñarlo, esa capacidad y laboriosidad se hallan en peligro diario de serles inútiles, frente al posible ataque por parte de jefes o compañeros, conquistadores de oficio de cuanta mujer se les cruza en el camino, que siguen considerando presa fácil a la mujer independizada económicamente del hombre, o ven en su consagración al trabajo sólo un puesto escogido para mejor llevarlas al matrimonio. Y no faltan casos en que si la mujer se resiste verse forzada, no obstante su capacidad y laboriosidad. a perder el puesto que desempeñaba.
En las oficinas públicas el problema es mucho más complicado. La falta de la carrera administrativa gravita angustiosamente sobre la mujer trabajadora, especialmente sobre la capacitada y la laboriosa.
Sabido es que en todas las oficinas públicas del Estado, las Provinciales y los Municipios de nuestra República, impera como exclusivo sistema burocrático la influencia,
el parentesco, el compadrazgo. Se adquiere un puesto porque se es pariente, amigo o correligionario de un político o gobernante. Y se pierde, porque se ha perdido la influencia de ese padrino, o es el propio padrino el que ha caído en desgracia en la vida pública nacional, provincial o municipal.
Jamás se pregunta a un aspirante a destino público si tiene capacidad para desempeñar el puesto a que aspira. Y a la hora de las cesantías, la capacidad y la laboriosidad no sirven, si se carece de influencias. Se deja cesante al capaz y laborioso, para colocar al inepto y botellero; y se sustituye a un empleado que trabaja por otro que jamás ha pensado dar un golpe.
La mujer es la más perjudicada en este desbarajuste administrativo nacional, es decir, la mujer verdaderamente trabajadora, la capaz y la laboriosa. Padece los mismos prejuicios y reservas de que es víctima la empleada de oficinas o negocios privados, con la agravante de que por el trasiego constante de jefes, a consecuencia de las altas y bajas en la politiquería criolla, resulta mucho más difícil que se conozcan, estimen y tengan en cuenta su capacidad y laboriosidad. El jefe nuevo, como nunca ha pensado hacer obra administrativa, hacer administración, sino tan sólo disfrutar del sueldo de su puesto y de los negocios que constituyen la natural secuela del mismo, lleva a la oficina su personal, ya de familiares, amigos y correligionarios, ya de aquellos que le han sido impuestos por los líderes o caciques de su partido. No le importa que la oficina marche bien o mal, y por lo tanto se despreocupa de averiguar quiénes son los buenos empleados, aunque en sus declaraciones a la prensa siempre afirmará que "los buenos empleados no deben tener temor alguno, pues serán respetados en sus puestos". Efectivamente, las primeras cesantías caerán sobre los buenos empleados, y para cubrir sus puestos se encasillarán a parientes y correligionarios del nuevo jefe.
Puede afirmarse que la capacidad y laboriosidad de la mujer empleada en oficinas públicas le es totalmente inútil, y que sólo podrá servirle si además, mejor dicho primero, posee un bello palmito, sonrisa cautivadora y mirada tierna o picaresca.
Consecuencia de ello es que la mujer empleada en oficinas públicas, la mujer consagrada al trabajo como medio primordial de su independencia económica, resulta desplazada por la inepta que sólo busca en el destino un medio fácil de vida y corto camino de acercamiento al hombre y de su conquista, sin reparar en la rectitud de los medios para conseguir esos fines.
La maestra y la enfermera no se ven libres de este mal.
Politiqueros y politicastros son insaciables en sus atracos al tesoro nacional, y aun gozando de fortuna y de posiciones elevadas, no pueden prescindir de que el Estado, la Provincia o el Municipio le mantengan a parientes y amigas. Así, hijas, hermanas, sobrinas, etc. y protegidas desalojan de las posiciones que ocupaban o irnpiden ocuparlas a las mujeres verdaderamente necesitadas de trabajar para sostenerse y hasta sostener a su familia, y que poseen capacidad y tienen acreditada su laboriosidad.
En los últimos tiempos se ha puesto de moda que las niñas bien, las chiquitas de sociedad, las pepillas, se coloquen de oficinistas en jugosos puestos, gozando así de una cantidad fija mensual, para alfileres, para trapos, para gasolina de su cuña. . .
Y también ocurre que a las oficinas públicas son llevadas por politiqueros y politicastros niñas alegres y complacientes, mariposillas revoloteadoras que queman sus alas y agostan tempranamente su vida en el placer y los amores fáciles y volanderos. . .
Esta tragedia de la mujer que trabaja y que para trabajar se ha preparado y se halla dispuesta a cumplir con sus deberes como tal trabajadora, tiene gravísimas repercusiones en la vida y costumbres de la sociedad cubana, porque no es posible pedir a estas mujeres heroísmo y martirio ilimitados, frente a todos los obstáculos que encuentran en su camino, y es natural se desesperen, se rindan y se juzgen fracasadas, acudiendo entonces a los medios coloniales de vida femenina: el matrimonio o la prostitución.
Pero hay más que decir sobre esto.
La inconsciencia e inconsistencia de politiqueros y politicastros los han llevado muchas veces a crear inconsultamente organismos educadores y preparadores de jóvenes y muchachas para su futuro desenvolvimiento mediante adecuados empleos de carácter técnico.
De este modo hemos tenido y tenemos escuelas normales, escuelas de comercio y escuelas industriales.
Como nuestros gobernantes no han sido nunca capaces de estudiar asunto alguno de carácter publico, ni tenido voluntad para hacerlo, y nuestros congresistas han legislado por legislar o por negocio, no se han tomado las medidas y puesto los medios para que los graduados de todas esas escuelas encuentren inmediatamente medios de vida, de acuerdo con el título obtenido, y limitándose las matrículas a las posibilidades y necesidades de la nación. Por otra parte, se ha hecho burla constante de las leyes, prescindiéndose de graduados y cubriéndose las vacantes de escuelas públicas, por ejemplo, con personal no graduado, ni, capaz, pero con influencia política.
Y en otros casos, y me refiero directamente a las Escuelas Industriales de Mujeres, ocurre que las alumnas que después de tres años de estudios reciben su título, éste no les sirve para conseguir puesto alguno en las oficinas del Estado, de las Provincias o de los Municipios.
Durante varios años estuvieron soportando esta situación las graduadas de las Escuelas Industriales de Mujeres, hasta que se han decidido unirse con el objeto de lograr que termine tan anómala e injusta situación. Una comisión de alumnas graduadas en dicho establecimiento me visitó últimamente para recabar mi apoyo a sus demandas y anunciarme la celebración en esta capital de un congreso de graduadas de la Escuela Industrial de Mujeres, en defensa de esas criollas que con sud estudios y sus títulos encuentran que los puestos técnicos oficiales que ellas podían y debían desempeñar, están ocupados por personal no técnico ni capacitado.
En dicho congreso se tomaron los siguientes acuerdos:
"Solicitar de los poderes públicos utilicen a las graduadas en los cargos técnicos de la administración; que el Ministerio del Trabajo, utilizando las facultades que le concede la ley, recomiende a las graduadas, cuando hayan de cubrirse cargos en las industrias, por cubanos en sustitución de extranjeros, en cumplimiento de la ley que así lo dispone; interesar del Congreso una legislación que las ampare, solicitar igualmente de los poderes públicos, mejoras para la escuela en que se graduaron y el aumento de estos centros especializados en industrias rurales en el territorio nacional".
Con todo entusiasmo apoyamos tan justísimas demandas, y recabamos de los poderes públicos sean atendidas debidamente tan beneméritas ciudadanas de la República.

Emilio Roig de Leuchsenring

Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964