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 En esta tercera entrega, el articulista comenta que la «lógica consecuencia del Estado de relajo en que vivió la colonia, fue el contrabando. Este comenzó a practicarse, como uno de los medios habituales de lucro para particulares y gobernantes, puede decirse que desde los días iniciales de la colonización española en nuestra Isla».

 El contrabando brotó naturalmente a impulsos del monopolio comercial mantenido por los gobiernos metropolitanos hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Por real pragmática de 20 de enero de 1503, fue creada, para entender en los asuntos comerciales de Indias, la Casa de Contratación de Sevilla, compuesta de un administrador, un tesorero, un contador y empleados subalternos.

Lógica consecuencia del Estado de relajo en que vivió la colonia, fue el contrabando. Este comenzó a practicarse, como uno de los medios habituales de lucro para particulares y gobernantes, puede decirse que desde los días iniciales de la colonización española en nuestra Isla. Brotó naturalmente a impulsos del monopolio comercial mantenido por los gobiernos metropolitanos hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Por real pragmática de 20 de enero de 1503, fue creada, para entender en los asuntos comerciales de Indias, la Casa de Contratación de Sevilla, compuesta de un administrador, un tesorero, un contador y empleados subalternos.
Entre sus funciones figuraban la contrata de los armamentos y su reglamento, fijación de derrotas, recibimiento, registro y depósito de los cargamentos y mercaderías, tanto a la ida a Indias como a su regreso a Sevilla, y también respecto de los buques que salían de Cádiz y San Lúcar para Canarias y Berbería. Conocía igualmente este tribunal de los pleitos y las reclamaciones que se suscitaban con motivo de los viajes y tráfico comerciales con todas las tierras mencionadas.
Al sistema mantenido por la Casa de Contratación de Sevilla se debió en gran parte la vida lánguida, mezquina y pobre que llevó Cuba durante las primeras épocas de la colonización, hasta poco después de la toma de La Habana por los ingleses en 1762, la cual hizo ver a las gobernantes españoles las ventajas enormes que habría de producir, tanto a la metrópoli como a esta colonia de Cuba el hecho de romper las trabas comerciales hasta entonces mantenidas, y autorizar el libre comercio de la Isla con los demás países del mundo; ventajas que no se lograron cabalmente hasta que, gracias a las liberales orientaciones políticas de los ministros progresistas del rey Carlos III, se suprimió durante el gobierno de don Luís de las Casa -el mejor gobernante de Cuba colonial y el único que como excepción confirmatoria de la regla general, vivió fuera del relajo el monopolio de la Casa de Contratación de Sevilla, y se decretó el comercio libre de África con Europa, estableciéndose el Real Consulado y derogándose la concesión hecha a Cádiz y multitud de impuestos que aprisionaban la industria, sin que por ello desapareciese, sin embargo, el contrabando, convertido en vicio endémico de la colonia.
El más simple examen de la historia de Cuba nos descubre que desde su infancia se desató una lucha tenaz y enconada de sus gobernantes y autoridades metropolitanas y municipales, unos con otros, por el reparto y disfrute, con entera libertad y amplio provecho, de los puestos que ocupaban, de los productos del suelo Y ganancias que podían obtenerse mediante la explotación del comercio legal y del contrabando; del trabajo de los Indios, primero, de los esclavos africanos, después, a través de las encomiendas y repartimientos de aquellos y de la trata y esclavitud de éstos.
El monopolio comercial condujo directa y fatalmente al contrabando y tan perturbador para Cuba y para España, que en aquel debe buscarse la razón de existencia de piratas y corsarios que asolaron desde el siglo XVI los mares que bañan la isla de Cuba y sus principales puertos. Los piratas convertidos en contrabandistas, fueron los primeros combatientes contra el monopolio comercial. La aguda restricción monopolista española en el comercio llevó forzosamente a sus colonos de América a negociar con los piratas, comprándoles aquellos productos que España no exportaba y ellos sí poseían.
Otra causa del contrabando cubana fue el insaciable afán de lucro de los colonizadores. aventureros en su mayor parte, que sólo venían a esta Isla en busca de fortuna cuantiosa y rápida, sin separar con medios ni procedimientos para lograrla, el contrabando les facilitaba la satisfacción de este anhelo. Y al mismo tiempo que al contrabando de mercancías, se dedicaron también al contrabando de carne humana: los indios primero, los africanos después, los chinos más tarde. Aun abolidas la trata y la esclavitud, aquella siguió practicándose clandestinamente. Y el contrabando de negros esclavos proporcionó pingües ganancias a los conmilitones de la colonia, Incluyendo a muchos capitanes generales que, a cambio de percibir su tanto por ciento por cada esclavo que entraba de contrabando, permitían la realización de éste.
Ese anhelo de riquezas, fuera de todo escrúpulo moral o legal, a que ya me he referido, produjo otro gran relajo: la inmoralidad administrativa en todas las oficinas públicas coloniales. Desde Diego Velásquez comenzó a desarrollarse en proporciones escandalosas la corrupción y falla de probidad en el manejo de los fondos públicos. En los primeros años de la colonización, las acusaciones contra la desmoralización administrativa produjo el encauzamiento y prisión de numerosos gobernadores; pero poco a poco fueron relajándose todos los frenos y principios morales, y los gobernados llegaron a mirar como cosa corriente y natural el latrocinio de los gobernantes, y estos buscaran su impunidad, ya en la participación y complicidad de aquellos otros funcionarios que podían denunciarlos, ya en las de los jueces encargados de juzgarlos.
Y las oficinas públicas viéronse repletas de una empleomanía tan incapaz y ociosa, como corrompida, desvinculada por completo de los problemas y necesidades del país y preocupada únicamente en no perder las influencias políticas de la Península, gracias a las cuales, y no a su capacidad y honorabilidad, se disfrutaba del puesto público, al cual desde luego se había ido a hacer su agosto y volver, como indiano rico, a la Corte o la aldea natal, aunque muchos, creados intereses económicos o lazos familiares en Cuba, afincaban definitivamente entre nosotros, incorporándose a la clase privilegiada de los dominadores y explotadores permanente del país.
Ya en el siglo XVI, y en 1562, los documentos oficiales conservados en el Archivo General de Indias, de Sevilla, nos revelan que en La Habana del gobernador Diego de Mazariegos, pueblo pequeño, de pobres y escasos vecinos, se jugaba escandalosamente, dentro de una relajación general de las costumbres, mantenidas por «la mucha gente de diversas naciones», según declaró el Obispo, que el paso de flotas y armadas traía a La Habana, como «escala de todas las Indias, que eran entonces».
Esta estancia de la flota proporcionaba en la vida monótona habanera de la infancia colonial, lo que podría ser llamado la temporada del turismo, única época de movimiento de la población. En las Actas Capitulares de nuestro Cabildo existen reiteradas pruebas del cuidado especial que las autoridades de la Villa ponían en proporcionar abundantes comestibles para las tripulaciones de las flotas que venían a este puerto. Los vecinos se aprovechaban de esa temporada de turismo para acrecentar sus escasas ganancias habituales. Las leyes y disposiciones, si normalmente merecían algún respeto de gobernantes y gobernados, durante estos períodos, eran olvidadas totalmente. Se jugaba el oro en barras, las perlas y esmeraldas; y las pérdidas del juego producían frecuentes riñas y crímenes, acuchillándose unos a otros, quemándoles las casas al enemigo, robándoles sus mujeres o envenenando a las propias para ayuntarse con otras; sin sanción todos sus delitos, gracias al asilo que ofrecía la iglesia, a la lenidad del gobernador y al mal ejemplo que este y el obispo daban de vida relajada llegando el primero a vivir públicamente amancebado durante dos años con la hija mayor de su antecesor Angulo, rechazando a su vez censuras del clero con la acusación especialmente al obispo, de carencia absoluta de castidad.
En el siglo XVIII, lejos de haber sido extirpados o aminorados los juegos de azar en la Isla constituían la principal distracción ilícita, a tal extremo que se llegó a expedir por la Corona, el 4 de septiembre de 1604, una cédula para el gobernador Valdés prohibiendo el juego "por el daño universal que ocasionaba". En vista de que sólo se logró acabar con el juego inocente en las casas particulares, pero no en las de los almirantes de flotas y armadas ni en la propia del Gobernador, la Corona autorizó el juego dentro de las fortalezas, llegando a lucrarse entonces con el mismo y según los documentos del Archivo de Indias, publicados por Irene Wright, «los aprovechamientos de las tablas de juego de los presidios se contaban entre las honras, gracias y preeminencias del sargento mayor, quien contra toda instrucción defendía el monopolio que gozaba».
Durante el siglo XVIII no mejoró la vida pública y privada cubana, a lo que al juego se refiere. Y Buenaventura Pascual Ferrer, en su Viaje a la isla de Cuba, publicado en 1798, dice: «La pasión más dominante en toda la Isla es la del juego de naipes, pues toda la vigilancia del Gobierno no basta a impedirlo. Los juegos de suerte son los que más gustan, y entre ellos el que llaman el monte es el más seguido. Casi en todas los bailes se mantiene una partida de este juego, y en todas las funciones, tanto en la ciudad como en el campo abundan mucho». Señala, además, el entusiasmo que existía por las riñas de gallos y cómo en las temporadas de baño de los lugares veraniegos cercanos a La Habana, mas que a bañarse se iba a bailar y a jugar.
En el siglo XIX, José Antonio Saco en su Memoria sobre la vagancia en Isla de Cuba, de 1830, presenta el juego como una «de las enfermedades morales que padece la isla de Cuba», pues «no hay ciudad, pueblo ni rincón de la isla de Cuba hasta donde no se haya difundido este cáncer devorador. . . Se juega desde la Punta de Maisí al Cabo de San Antonio». Se jugaba en los garitos y en las casas particulares, en las fiestas y en las ferias, en los cafés y otros lugares públicos; por los artesanos y las personas de alto rango, por jóvenes y viejos, por hombres y mujeres.
Para una población de cien mil habitantes, que era La Habana de 1834, el general Tacón calculaba en informe a su Gobierno, más de 12.000 personas, entre blancas y de color, libres y esclavos, viviendo del juego en los garitos públicos.
Para no ser menos que los particulares, el Gobierno de la metrópoli se resolvió, desde 1812, a explotar el juego, convertido en banquero, a través de la Real Lotería, que desde entonces fue una de 3% rentas más sólidas y seguras de 1a Colonia, llegando a estimarse en el presupuesto de 1874 a 1875, según datos que tomó de Figueras, en la suma de 14.753.858 de pesos; y produciendo en algo menos de una centuria, 150.000.000 de pesos.
Relajación escandalosa e inicua contra las leyes humanas fueron la esclavitud y la trata negra, otro relajo de los relajos por cuanto significó de crueldad, injusticia y explotación sin límites. En una sociedad, como la colonia cubana, que vivió siempre fuera de la ley y de la moral, no puede asombrar que la esclavitud y la trata constituyeran instituciones básicas, mantenedoras del régimen político, económico y social imperante. Y de tal modo es así que este no inicia su agonía sino después de la total y efectiva abolición de la trata y la esclavitud. Ya anticipé que la trata se practicó también ilegalmente en forma de contrabando. Al negocio de la trata se dedicaron títulos de nobleza, militares, profesionales, altos dignatarios del gobierno, frailes y clérigos, hacendados; y esclavos poseyó todo el que tuvo medio de fortuna para adquirirlos, con destino al servicio doméstico los trabajos rurales.
No quiero terminar esta exposición demostrativa del arraigo y auge del relajo entre nosotros durante los tiempos coloniales sin hacer resaltar que el desconocimiento y violación permanentes de las leyes, el estrago en las costumbres, la parcialidad de la justicia, la corrupción administrativa, los atropellos y las explotaciones, producen fatalmente la casta de los privilegiados, que no esta integrada exclusivamente por los gobernantes metropolitanos -políticos, administrativos y militares- sino además por la clerecía y por los magnates comerciales e industriales, por sobre todos. Estos fueron en realidad los verdaderos dueños y señores de Cuba y de los cubanos, con poder y fuerza tales que a ellos se someten los propios capitanes generales, que en varias ocasiones resultaron arrojados de su alto cargo y obligados a abandonar la Isla por la presión decisiva de tales personajes.
El privilegio se nota determinante en la historia colonial cubana. Privilegio para vivir al margen y por encima de la ley; privilegio para actuar sin sanción judicial alguna; privilegia para medrar ilimitadamente en exclusivo provecho personal.
Ya vimos las facultades omnímodas que, como privilegio excepcional, gozaron legalmente los capitanes generales.
De innúmeros privilegios, considerados naturales e inherentes a todo cargo público, disfrutaron, a su vez, los felices mortales pertenecientes a la administración civil, al ejército, a la policía y al clero.
La fuente máxima de producción cubana -la industria del azúcar- nació, creció y se desarrolló siempre por fuerza de excepcionales privilegios concedidos por disposiciones oficiales y por la influencia que a los hacendados daba su poderío económico.
 De la funesta influencia del privilegio azucarero en la vida nacional tuvo clarísima visión e1 Generalísimo Máximo Gómez, manteniendo irreductiblemente, durante la etapa final de la Gran Guerra Libertadora de los Treinta Años, contra la opinión contraria de otros altos jefes, la necesidad de la prohibición absoluta de la zafra en todos los ingenios de la Isla en que la fuerza de la revolución pudiese hacerse sentir, pues uno de los mas formidables obstáculos que encontró para triunfar la causa emancipadora cubana fue el extremo egoísmo y el insaciable afán de lucro de nuestros azucareros, no ya los españoles, sino también las cubanos, empeñados siempre en mantener y llevar adelante su negocio a base de privilegios, importándoles poco las conveniencias y necesidades del país y el provecho del pueblo.

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.