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 Aunque esta fábula no es refrendada por algunos teólogos católicos, su belleza y fantasía encumbran el culto a los orígenes de la ciudad.
Esta fábula ha arraigado como seña de identidad colectiva para los habaneros.

Es un espectáculo maravilloso el que se ofrece a los ojos de turistas y curiosos el 15 de noviembre de cada año en las calles que rodean la Catedral y la Plaza de Armas. Un río de gente —criolla, por 
Entre las más antiguas xilografías, datada en 1423, se encuentra esta imagen de San Cristóbal. Al grabar sobre madera, el desconocido autor de este dibujo representó, además del santo y el niño, un poco del paisaje: en la orilla derecha se ve un ermitaño frente a una ermita y, muy cerca, un conejo. En el agua hay un pez, y en la otra orilla, un campesino traslada un saco desde un molino hasta su casa, mientras un viajero atraviesa el arroyo con su mula. Es el grabado con fecha más antiguo que se conserva en el mundo.
supuesto— que desde El Templete (donde se encontraba la robusta ceiba bajo cuya sombra, según tradición, se celebró la primera misa al tiempo de poblarse La Habana) se dirige hacia el templo mayor para venerar al patrono de la Villa: San Cristóbal, con una mezcla de fe y superstición que no deja de fascinar.
¿Quién es verdaderamente San Cristóbal? Es muy difícil contestar a esta pregunta, porque en su vida también la tradición y la historia se han amalgamado tan profundamente que hoy día es casi imposible separar una de otra.
sus orígenes parece que hay que buscarlos en Licia, pero no se conoce el tiempo en que vivió ni su martirio, que según la tradición padeció en el año 250 durante la persecución de Decio.
al juez que lo interrogaba le contestó: «Antes del bautismo me llamaba Rechazado, ahora me llamó el Portador de Cristo, Cristóbal». No hay que excluir que, por ese juego de palabras, ha sido construida la fantasiosa historia de su vida, luego acogida en la leyenda áurea que se presenta a continuación:
Cananeo de enormes dimensiones, doce codos de altura, con un rostro terrible, estaba al servicio del rey de su país cuando decide salir en busca del príncipe más poderoso del mundo para someterse a sus órdenes. Así, después de distintas experiencias que no logran satisfacer su aspiración, encuentra por fin a una ermita que le dijo: «El patrón al que tú quieres servir exige sobre todo que ayunes mucho y que reces mucho». Dos cosas que al gigante le parecieron demasiado difíciles. Le preguntó entonces el viejo hombre de Dios: «¿Conoces el río de este país? Nadie puede atravesarlo sin peligro de muerte. Si tú, grande y fuerte como eres, te estableces cerca del río y ayudas a los viajeros a atravesarlo, harás un servicio que a Cristo le será muy grato y, quizás, consintiera en manifestársete». Cristóbal le contestó: «Esto es una cosa que puedo hacer. Te prometo que, por servir a Cristo, la haré».
Se fue a la orilla del río, se construyó una choza y, sirviéndose del tronco de un árbol como bastón para poder caminar mejor en el agua, transportaba de una orilla a la otra a todos aquellos que quisieran atravesar el río. Una noche, Cristóbal dormía en la choza cuando oyó que un niño le llamaba: «Cristóbal, ven, ayúdame a cruzar el río». Enseguida Cristóbal se precipitó fuera de la choza, pero no encontró a nadie. Entró, y se sintió llamado de nuevo, pero tampoco en esta ocasión vio a nadie. A la tercera vez, vio un niño que le rogó le ayudara a atravesar el río. Cristóbal lo cargó sobre la espalda, cogió el bastón y entró en el agua. Pero, poco a poco, el agua crecía y el niño se volvía pesado como el plomo. El agua era cada vez más alta y el niño más pesado, al punto que Cristóbal creía que se moría. A pesar de esto logró llegar a la otra orilla. Apenas bajó al niño le dijo: «Mi niño, me has metido en un gran peligro; pesabas tanto sobre mí, que si hubiera tenido que cargar al mundo entero, no tendría la espalda tan oprimida». El niño le responde: «No te sorprendas, Cristóbal, has cargado sobre tus hombros no sólo al mundo entero sino a Aquel que lo ha creado. Yo soy Cristo, amo al que tú sirves. Como señal de que mi palabra es verdad, planta tu bastón en la tierra, junto a tu choza, mañana lo verás lleno de flores y frutos».
Dicho esto, el niño desapareció. Cristóbal plantó su bastón y, al día siguiente, lo encontró transformado en una bella palma llena de flores y dátiles.
Hacia el final de la Edad Media, la devoción a San Cristóbal tomó un gran auge, sobre todo porque le atribuían el poder de evitar la mala muerte, es decir la muerte en pecado mortal que lleva al infierno.
Mirar su rostro era signo de protección; por eso hacía falta verlo desde lejos y hubo necesidad de pintarlo en dimensión enorme y colocar su imagen en la fachada de la Iglesia (de ahí, quizás, que la leyenda lo transformara en un gigante). Por el hecho de haber transportado sobre sus espaldas al niño Jesús, se ha convertido a través de los siglos en el patrono de los transbordadores y barqueros y, al principio de este siglo, en el de los automovilistas.
En la liturgia de la Iglesia católica, la fiesta de San Cristóbal se celebra el 25 de julio; en Cuba, el 16 de noviembre. ¿por qué?Es difícil encontrar una respuesta satisfactoria a esta pregunta. El historiador Arrate, hablando sobre la fundación de la villa de San Cristóbal —que tuvo lugar en 1515, en la costa sur, por mandato del capitán Diego Velázquez— escribe que se le dio el nombre del Santo Mártir por haberse comenzado a poblar el propio día de su festividad: 25 de julio. Aunque acá —agrega— se celebra por especial Indulto de la Silla Apostólica el 16 de noviembre, para que no se embarace la festividad con la de Santiago, patrón de España y de la Isla.
Toda esa motivación es cierta, pero queda sin respuesta el por qué de esta última fecha, que tuvo que ser algo especial y digno de recuerdo. En ese sentido, no encuentro otra motivación que el día de la refundación de la villa en 1519, cuando fue desplazada desde el sur hacia la costa norte y, por primera vez, se celebró misa y cabildo.
Mons. Santo Gangemi
Encargado de Negocios a. i. Embajada de la Santa Sede
Tomado de Opus Habana, Vol. II, No. 4, 1998, pp. 23-25.