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 En esta ocasión el articulista afirma: «uno de los más pavorosos cuadros que ofrece la vida cubana de los días presentes es la vagancia».

Y antes de continuar es indispensable que dejemos establecida la diferencia fundamental que existe entre el desempleo y la vagancia. El hombre o la mujer habitualmente trabajadores, empleados, oficinistas, obreros manuales, etc., no cuentan para nada en la disección y crítica que me propongo realizar de ese vicio que hoy como ayer corroe profundamente nuestra sociedad.
Uno de los más pavorosos cuadros que ofrece la vida cubana de los días presentes es la vagancia.
Y antes de continuar es indispensable que dejemos establecida la diferencia fundamental que existe entre el desempleo y la vagancia. El hombre o la mujer habitualmente trabajadores, empleados, oficinistas, obreros manuales, etc., no cuentan para nada en la disección y crítica que me propongo realizar de ese vicio que hoy como ayer corroe profundamente nuestra sociedad. El que desde joven se acostumbra a trabajar, podrá encontrarse accidentalmente sin trabajo, pero ello no puede atribuirse a su dejadez o sabrosura, ajeno por completo a lo que considerará una desgracia, un mal, y pondrá todo cuanto esté de su parte para remediarlos, buscando trabajo con toda diligencia, porque para él la vida de vagancia es intolerable. Desde luego que depresiones económicas, huelgas y otros factores y causas economicosociales pueden prolongar indefinidamente la situación de desocupado o sin empleo del trabajador habitual, y es posible que las enfermedades, la miseria, o la desilusión, lo conviertan en vago profesional, pero ésos son casos excepcionales que en nada modifican la diferencia fundamental que existe y he dejado establecida entre estos dos tipos tan opuestos de criollos de nuestros días: el vago y el trabajador.
Es la vagancia vieja enfermedad moral que padece Cuba, tan antigua y arraigada entre nosotros que José Antonio Saco le consagró en 1830 un extenso y notabilísimo estudio —Memoria sobre la vagancia en la Isla de Cuba— que fué premiado por la Real Sociedad Patriótica de La Habana en diciembre de 1831. El premio consistió en patente de socio de mérito de la Sociedad, una medalla de oro y doscientos pesos. El insigne bayamés se consideró satisfecho con la parte honorífica y cedió la pecuniaria a las escuelas gratuitas de la ciudad. Contemporáneamente hemos visto en más de una ocasión rechazar medalla y pergaminos y urgir la entrega de la plata, pero no es de extrañar, porque ni entonces ni ahora han abundado criollos del calibre patriótico de Saco.
Y leyendo—o releyendo una vez más—la Memoria de Saco, descubrimos que las causas de la vagancia que él observa y estudia en 1830, son las mismas que producen la vagancia padecida ahora, en 1943, 113 años más tarde.
Que actualmente existe en forma agudísima la vagancia en nuestra República, es hecho tan real y tan a la vista de todos que no necesito esforzarme en demostrarlo. Recórranse las calles y plazas de La Habana: dondequiera se verá pulular jóvenes y hombres estacionados en las esquinas; sentados en las aceras, parques, cafés; colmando éstos y los innumerables salones de billares, dominó y otros juegos más o menos lícitos; jugando a la pelota en los solares yermos o en los mismos parques y calles; los cines, que se han multiplicado en todos los barrios de la ciudad, se ven repletos de las primeras floras de la tarde en que se abren al público.
Viájese en ferrocarril o en ómnibus por la República o por lo que se ha dado en llamar el interior, y se observará en todas las, ciudades, villas y pueblos fenómeno análogo al de La Habana, de vagancia general y contumaz.
Si ahondamos en el problema encontraremos que, así como en la clase denominada alta o elegante, en la crema social, las mujeres son vagas profesionales y su vida está limitada a conseguir un marido que cargue con ella y la mantenga, muy por el contrario, en la clase baja, pobre o menesterosa, todas las mujeres trabajan y los hombres vaguean, y, lo que es peor, viven a costa de alguna o algunas mujeres: madre, hermana, esposa, amante, hija. Como es natural, en una y otra clase sociales se dan las excepciones; mujeres trabajadoras y hombres vagos en aquélla, y viceversa en ésta.
La inclinación a la vagancia en la sociedad cubana se encuentra en todas las épocas y en todas las clases sociales y tiene sus raíces en la organización colonial, dividida como estuvo, permanentemente, en dos castas: explotadores y explotados. Para el conquistador hispano, el trabajo era una deshonra, en que el caballero y el señor no podían incurrir, y quedaba reservado a la plebe o al esclavo. Entre nosotros se utilizó para ello, primero, al indio, y aniquilado éste por el crudelísimo trato o mejor dicho maltrato que sufrió, por el negro africano. Abolidas la esclavitud y la trata, surgieron la trata y esclavitud chinas y posteriormente las oleadas de inmigración es de labriegos hispanos, que como esclavos trabajaban para sus amos y señores, aunque les alentara la esperanza, muchas veces realizada, de ir subiendo, subiendo a fuerza de trabajos y sacrificios, hasta lograr convertirse también en señores y amos y hacerse servir por otros esclavos labriegos.
A mantener la inclinación a la vagancia ha contribuido siempre el mal ejemplo de los gobernantes y de la burocracia coloniales, y de unos y otra y de los políticos republicanos.
Ya apunté que las causas de la vagancia actual son las mismas que señaló Saco para la Cuba de 1830.
La primera de ellas: el juego, el gran vicio cubano, desde los días iniciales de la conquista y colonización, y que ya ha sido por mi estudiado detenidamente en otros muchos trabajos publicados en esta revista, por lo que hoy sólo me referiré a sus repercusiones sobre la vagancia. El juego lleva a confiar al azar el presente y el porvenir del individuo y de la familia, suprimiendo el trabajo o endulzándolo o reduciéndolo. Si podemos lograr que la lotería, los boletos, la bolita, la charada, etc., nos den lo suficiente para ir tirando, ¿para qué vamos a estropearnos doblando el lomo en alguna ocupación manual o en una oficina?
Del juego, tratando de justificarlo, decimos que es «la esperanza del pobre», que nunca por el trabajo podrá salir de su pobreza, y tal vez lo logre si la suerte le acompaña.
Saco afirmaba en 1830 lo que exactamente se puede aplicar a 1943: «No hay ciudad, pueblo o rincón de la isla de Cuba hasta donde no se haya difundido este cáncer devorador» Y advertía que la vagancia es quizás el menor de los males que produce pues hay otros de naturaleza tan grave, que sólo podrán mirarse con indiferencia cuando ya se hayan apagado en el corazón los sentimientos de justicia y moralidad.
Las casas de juego, como bien observa Saco, son «la guarida de nuestros hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro de la fortuna de las familias y el origen funesto de la mayor parte de los delitos que infestan la sociedad en que vivimos». Pero Saco se espantaría ante el incremento desorbitado del juego en los días de ahora sociedades, clubs, casinos especialmente dedicados al juego abundan en toda la República. A estos garitos más o menos aristocratizados se suman, en La Habana, las carreras de caballos, el jai alai, lo desafíos de pelota, y en todo el territorio nacional, las mesas de juego que se levantan en las sociedades, clubs y casinos de recreo e instrucción, aunque la instrucción suele brillar por su ausencia, y también las que se abren en las casas particulares. Las fiestas patrióticas o de los patronos de los pueblos casi no tienen más celebración pública que el juego, de todas clases, tolerado y explotado por las autoridades locales.
Las loterías diarias que Saco vapuleaba en su tiempo, hoy alcanzan cifras estratosféricas: a los billetes de lotería y boletos de caridad oficiales hay que agregar las numerosas bolitas y charadas de cada población y que en La Habana han tenido épocas de fantástica organización en cada barrio, con vidrieras de apuntación y pago de premios, teléfono y hasta vigilancia protectora policíaca, cuya efectividad garantizaba el tanto por ciento o la igual a percibida por vigilantes, sargentos, tenientes, capitanes, comandantes y el propio jefe de Policía. Y se dio el caso de que el actual señor presidente de la República, al resolver una aguda crisis política nacional, con la violenta destitución de los Jefes del Ejército, Marina y Policía, acusar a  este último de máximo fomentador y explotador del juego y el vicio, en general, en toda la República, y especialmente en La Habana. Y el mal no ha desaparecido.
En 1830 abundaban los billares. Saco los fustiga, no por lo que tienen de «juego inocente en si y saludable en sus efectos corporales», sino «por el abuso que de el se hace, así por el tiempo que se mal gasta, como por las grandes cantidades que sueles perderse». Hoy... por sobre estos daños, los billares ocasionan otros mucho más graves. En cada cuadra de La Habana puede decirse que hay por lo menos un billar, cuando no dos o tres, y algo parecido ocurre en las demás ciudades y pueblos. Pero el billar de nuestros días tiene otros muchos fines y dedicaciones además de dicho juego. Es la residencia habitual y permanente, de día y de noche, de los vagos de la cuadra o zona. Y es también expendio de billetes y boletos, lugar de apuntaciones de la bolita y la charada, venta de drogas heroicas, antro de narcómanos, mariguaneros e invertidos.
Las palabras soeces, los gestos y ademanes indecentes, las disputas y cándalos, las riñas, el cobarde atrevimiento de palabra y hasta de obra con las mujeres que transitan frente a estos billares de 1943, producirían en Saco, como producen hoy a cuantos por el bien de nuestra patria nos interesamos, asco, protesta y demanda por rápidas y enérgicas medidas que pongan fin inmediato a estos centros de gravísima corrupción contemporánea en Cuba. Si a la vista de todos está, ¿por qué las autoridades no han puesto coto ya a esta desvergüenza nacional? Tal parece que se pretende degradar cada vez mas a nuestro pueblo para mejor explotarlo y servirse de sus defectos y vicios, como han tratado de hacer, inútilmente, los japoneses en China y los alemanes en los países europeos conquistados.
Eso efectos corruptores de la vagancia alcanzan agudamente a los niños. Con escuelas insuficientes, sin parques de diversiones, sin hogares donde permanecer, sin alimentación adecuada en sus casas, arrojados a la calle, acuden a los billares, a pasar el rato, a dar una chupada al cigarrillo de mar iguana, a jugarse unos quilos... a emporcarse en el vicio.
Llama la atención al viajero que recorre la isla el espectáculo imprescindible en todas las estaciones o lugares de parada: niños y zangaletones vendiendo billetes, una modalidad de nuestra vagancia contemporánea, Este mal ha sida criticado nada menos que por la revista Policía Secreta Nacional, órgano oficial de la misma. En la página editorial del número de septiembre de 1941—Los niños en la calle—se hace resaltar el doloroso espectáculo que ofrecen los niños, especialmente en época de vacaciones, «que pierden lastimosamente el tiempo azotando las calles dedicados a la venta de billetes de lotería, de boletos de beneficencia, de toda clase de baratijas, y o que es peor muchos de ellos ni siquiera en eso se ocupan, y ponen en peligro sus vidas subidos en las traseras de los ómnibus y de los tranvías, en un abandono verdaderamente criminal, ya que nada bueno podrá obtenerse de esos menores tan despiadadamente descuidados».
Otros centros de vagancia y corrupción son las academias de baile, que diariamente permanecen abiertas durante casi toda la noche; los salones de baile que en los domingos y otros días festivos agolpan muchedumbre de jovencitos y jovencitas, y de mayores y viejos verdes que acuden, atraídos por la juventud de las mujeres asistente y lo barato de la diversión, a bailar y ver lo que se pesca en rascabucheo y algo más. Dura y mente han sido atacadas en fecha reciente por nuestro compañero Muza en su Tinta Rápida de El Mundo de esta capital: Las academias de baile —dice— constituyen una escuela de prostitución para la juventud cubana y cuando menos son escuela de mal ejemplo… allí se mantiene la trata de blancas, de mestizas y de negras; el baile es sólo un pretexto para todo lo demás… de ellas salen las mujeres para otros lugares non sanctos o para las playas o para fumar mariguana o para los hospitales.
¿Que son negras, muy negras, las líneas hasta ahora trazadas de este cuadro de la vagancia en Cuba? Exacto, pero dolorosamente cierto, sin exageraciones, en prejuicios; sin añoranzas ridículas de un cincuentón, de otros tiempos, principios, creencias o sistemas que no fueron mejores, ni deben ser envidiados ni revividos, porque de ellos, precisamente, arrancan las raíces de los males presentes. Pero sí es necesario poner en picota la agudización que han alcanzado los males de ayer, por no haberse cuidado los hombres dirigentes y responsables de la República —padres, maestros, políticos, gobernantes, prensa, instituciones educativas, culturales y cívicas— de dar el ejemplo, primero, y de encauzar, después, a las generaciones republicanas por la senda de la ciudadanía, el decoro, la cultura y el progreso.
Pero aun existen otras modalidades y causas de la vagancia criolla contemporánea que trataremos próximamente.
Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 21 de marzo de 1943.

 

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.