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 En esta ocasión el articulista afirma «no se ha formado, ni posiblemente se formará en largos años, una estadística del trabajo en Cuba. Pero si hoy se acometiera ese empeño, le descubriría que es muy reducido el número de personas de uno y otro sexo que efectivamente trabajan entre nosotros, y no por forzoso desempleo sino por vagancia habitual».
Saco, en su Memoria sobre la vagancia en Cuba, de 1830, declara: «Sin empeñarme en hacer aquí una clasificación exacta de las personas laboriosas en esta Isla, puedo reducirlas a dos grandes fracciones: una que trabaja todo el día, como los artesanos; y otra, una parte de él, como abogados, empleados. etc.»
 
No se ha formado, ni posiblemente se formará en largos años, una estadística del trabajo en Cuba. Pero si hoy se acometiera ese empeño, le descubriría que es muy reducido el número de personas de uno y otro sexo que efectivamente trabajan entre nosotros, y no por forzoso desempleo sino por vagancia habitual.
Saco, en su Memoria sobre la vagancia en Cuba, de 1830, declara: «Sin empeñarme en hacer aquí una clasificación exacta de las personas laboriosas en esta Isla, puedo reducirlas a dos grandes fracciones: una que trabaja todo el día, como los artesanos; y otra, una parte de él, como abogados, empleados. etc.»
Actualmente sería más complicada y difícil la determinación de laboriosos y vagos. Entre los primeros debemos colocar a aquellos que trabajan mañana y tarde: obreros, dependientes y empleados de industrias, comercios, oficinas particulares, hospitales, clínicas, talleres, etc., de entre los cuales los hay que aunque no laboren todo el día, cumplen la jornada diaria oficial impuesta por las disposiciones legales del trabajo, aunque éstas tienden a reducir dicha jornada, de acuerdo con la índole de las industrias y comercios y los campesinos, que no tienen horas determinadas para el trabajo agrícola, rindiéndolo lo mismo de madrugada que a pleno sol. Es necesario hacer un aparte para los trabajadores de los ingenios de fabricar azúcar, donde las modalidades impuestas por diversas causas económico sociales, productoras de las llamadas zafras cortas, sólo proporcionan trabajo durante reducidos meses del año, con un forzoso desempleo en los meses restantes y su secuela de miseria, empeños en la bodega del ingenio, etc.
Media labor diaria la rinden los empleados del Estado —los que trabajan—, los maestros de escuelas públicas y algunas privadas, institutos de segunda enseñanza, escuelas normales y de comercio, Universidad, etc., con sus alteraciones en determinadas cátedras; los miembros de los cuerpos de seguridad de las poblaciones y del campo; algunos profesionales, etc.
Otros profesionales, periodistas y ciertos empleados laboran de modo irregular, según sus respectivas necesidades o en turnos que varían por días o semanas.
La politiquería es —con el juego— máxima engendradora de la vagancia en nuestra patria. Ya al juego me referí la pasada semana. De la influencia ultraperniciosa de la politiquería en la vagancia basta señalar esos grandes centros o palacios de vagos que son el Capitolio, los Consistorios municipales, los Consejos provinciales, las oficinas públicas, las asambleas políticas y los cuarteles. No es secreto, ni es de ahora, que de los empleados no realmente botelleros, o sea que concurren a las oficinas, prácticamente sólo un diez por ciento rinde labor efectiva; que el ejército, en buen a parte, es burocracia uniformada; que las asambleas políticas se convierten en oficinas distribuidoras de cómodos y jugosos destinos y de botellas; que los denominados sargentos políticos no persiguen otra finalidad que conseguirse alguna botella o destino con sueldo y…lo demás que caiga  y se coja, y que los congresistas, consejeros y concejales son los vagos mejor pagados de la República y que menos la sirven o mas la desgracian. Desde luego en todos estos casos hay sus excepciones. A ella pueden acogerse, y desde luego los doy por incluidos, todos los que estimen no estar comprendidos en la regla general.
De la botella he estudiado en numerosos trabajos de esta revista, sus raíces, razón de existencia y modalidades. Ella crea y mantiene al vago profesional y es la aspiración franca o vergonzante de la mayoría de los criollos de nuestro tiempo.
En las clases altas—alta sociedad, sociedad elegante, etc.—- abundan los vagos y más que todo las vagas, según lo dejé señalado en otro artículo de esta serie. Así tenemos: el vago que vive de sus rentas; el vago que es sostenido por algún pariente rico; el chiquito de sociedad o pepillo, hijo de familia acomodada, y la hija de familia o pepilla que espera el buen partido para seguir vagueando toda la vida. Y los muy numerosos señores que viven del cuento: de decir que están buscando trabajo; de pedir dinero para un gran negocio que se les ha presentado; de dedicarse a representaciones o agencias de casas extranjeras, sin que les alcancen para cubrir sus gastos las comisiones que ganan; los estudiantes fracasados en todas las carreras, que fracasan más tarde como cadetes o guardias marinas y ahora aspiran a aviadores. La calidad de padre de familia suele ser un pretexto para vaguear y vivir a costa de sus semejantes: el colegio, la habilitación, el médico, la botica, resultan bolsillos sin fondo para estos desfondados y beneméritos engendradores de futuros ciudadanos cuya paternidad no se extiende al debido sostenimiento de la prole.
Una de las más lamentables repercusiones de la vagancia que padece actualmente nuestra sociedad es la de los niños vagos, los niños en la calle, de que ya he tratado, los niños de edad escolar que por la miseria o vagancia de sus padres, por la falta de escuelas, por la pequeñez de éstas o por el pésimo sistema establecido de la jornada única, pasan todo el día o la mitad de él sin trabajo escolar que rendir. En el editorial, ya citado, del número de septiembre de 1941, de la revista Policía Secreta Nacional, de La Habana, se afirma muy juiciosamente: «La no asistencia del niño a la escuela, tiene para la sociedad una trascendencia extraordinaria, no tan solo desde el punto de vista de la deficiencia cultural del pueblo en general, que iría acentuándose cada vez más, sino principalmente porque está demostrado con todas las estadísticas de muy diversos países, que el mayor porcentaje de menores delincuentes se registra en los niños escolarmente retrasados, aun sin que éstos ofrezcan retardo mental o detención en el desarrollo físico».
A la falta de trabajo y a la vagancia contribuyen poderosamente lo que ya señalaba Saco en 1830: «El corto número de carreras y ocupaciones lucrativas». En la época del insigne sociólogo, «si buscamos entre las ciencias, aquellas que han dado carrera a nuestra población, no encontramos otras que la teología, jurisprudencia y medicina. El número de empleados en el comercio es todavía corto, que si bien esta carrera les presenta un vasto campo para el futuro, es innegable que hasta muy poco tiempo han carecido de ella. Inútil es mencionar las fábricas, porque nunca han existido entre nosotros, ni tampoco puede señalarse la época en que seamos fabricantes. No son muchas las artes que poseemos, y éstas por desgracia jamás han sido el patrimonio de nuestra población blanca. La agricultura que por sí sola absorbería un número asombroso de brazos, ocupa en general a los esclavos; y si a esta causa se agregan los obstáculos que la rodean, no será de extrañar que los blancos no se den a ella con el empeño que debieran. La ganadería que emplea muchos hombres, ni es la ocupación exclusiva de los blancos, ni tampoco se dedican a ella en toda la Isla, pues está limitada a los pueblos pastores. La milicia llama algunos jóvenes a las armas; y los empleos civiles son en tan corto número, que no deben contarse entre nosotros como carrera popular. Resulta, pues, que la iglesia, el foro y la medicina, la agricultura, la ganadería y la milicia son las únicas carreras y ocupaciones que han empleado a nuestros jóvenes; y como muchos no han podido colocarse en ellas, la consecuencia necesaria es que ha debido quedar un número considerable de ociosos.
He querido presentar este cuadro que ofrece José Antonio Saco para que pueda apreciarse el contraste entre 1830 y 1942 en lo que se refiere a las carreras y ocupaciones lucrativas en Cuba.
Como se ve, el número de unas y otras ha aumentado notablemente en ese lapso, debido al cese de la esclavitud y al cambio de régimen político. Las fábricas se han multiplicado de modo considerables los cubanos se han dedicado al comercio, aunque este se encuentre controlado por extranjeros: españoles, norteamericanos y últimamente europeos de raza hebrea; las artes continúan al margen de apreciable lucro; los empleos civiles, en cambio, absorben la dedicación más solicitada, a tal extremo que parece que todos quieren vivir del Presupuesto; la iglesia registra un número limitadísimo de seminaristas, estudiantes para el ejercicio del sacerdocio, y lo mismo que en la católica puede afirmarse en las religiones protestantes la ganadería está en proceso de intensificación; la minería casi no se ha explotado, no obstante la riqueza de nuestro subsuelo; la agricultura se halla limitada por la preponderancia del monocultivo azucarero; el cultivo del tabaco está en decadencia y poco explotados o inexplorados innúmeros productos que nuestro suelo ya dan cantidades limitadas o podrían cultivarse con éxito extraordinario; y en cuanto a las carreras, la gran mayoría escoge el estudio de la abogada, la medicina, farmacia, ingeniería, arquitectura, con repudio de otras relacionadas con la agricultura y las Industrias, y la enseñanza está constreñida al reducidísimo número de escuelas en funcionamiento.
Se calcula que en el presente curso la Universidad de La Habana cuenta con más de catorce mil alumnos, aunque no todos estén matriculados y unos cuantos centenares pierdan el año por abandono de los estudios, etc. Como se observa, hay una sobresaturación de estudiantes en carreras que ya cuentan con graduados de años y años anteriores con los brazos cruzados y la bolsa vacía, prácticamente desocupados, mientras a nuestra juventud no se dan oportunidades de estudiar otras carreras y oficios de brillante y asegurado porvenir en el país.
Ramón Vasconcelos, en los meses del pasado año que desempeñó el Ministerio de Educación, puso de relieve la urgencia de diversificar la enseñanza de carreras y oficios lucrativos. «Somos —declaró—
un país eminentemente agrícola y toda nuestra preocupación está en fabricar médicos, superproducción de abogados, formar hornadas de profesionales, superiores a las necesidades nacionales por razón de su número. Mientras tanto vivimos a espaldas del campo y el mayor halago para la vanidad del cubano es llamarlo doctor».
Exacto, y porque así ocurre, los doctores constituyen en nuestra República uno de los mercados abastecedores de vagos y de desocupados forzosos, ya que, por lo general, se acude a la Universidad, más que a estudiar y adquirir con cocimientos, a lograr un título profesional que dé para vivir, y de ella se sale con ese título, con muy poca sabiduría, y los resultados económicos alcanzados con el título suelen ser nulos, pues no hay ni enfermos, ni clientes, ni aulas, ni cátedras, ni edificios en construcción para la desorbitada cantidad de graduados anuales.
Pero la necesidad de diversificar la enseñanza de carreras lucrativas merece, el aporte de nuevos datos y consideraciones.
 

Artículo histórico costumbrista publicado en la revista Carteles, 28 de marzo de 1943.

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.