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 En las páginas de la revista Carteles fue publicada esta crónica de Roig en 1925, dejando descrito en ellas, un tipo de mujer, joven y soltera que, por entonces, era común encontrar.

La pluma del cronista deja entrever, que este tipo de mujer coqueta suspira lánguidamente cuando le hablan de amor y, asomada a su ventana, espera tarde y noche al deseado galán… que no llega. Se trata de una mujer de ojos dormidos y soñadores.
 
 Es el tipo de la niña romántica de hoy.
No toma vinagre ni trenza sus cabellos a la veneciana; pero se emociona y suspira lánguidamente cuando le hablan de amor; y sueña con un idilio que termine, no ya en un subterráneo o en un cementerio, sino en la sacristía de la parroquia vecina.
Y, asomada a su ventana, espera tarde y noche al deseado galán, tarareando todavía algún motivo de La viuda alegre, El conde de Luxemburgo, o La bayadera, producciones musicales que con Bohemia y Traviata y los valses de Chopin, son las que más la emocionan y llenan su corazón de un vago y dulce sentimentalismo.
Es coqueta, como mujer al fin; pero su coquetería consiste en una tristeza resignada que se adivina en sus ojos dormidos, soñadores y lánguidos, sombreados a veces por profundas ojeras, en su aire meditabundo, en su manera de hablar, estudiada y melosa, oyéndose siempre lo que dice, y hasta en su sonrisa, vaga y apenas perceptible, que parece decir: «¡al que me ame, cuánto le amaré yo!».
Tiene pasión por los versos de Bécquer, Zorrilla y Campoamor. Lee, a veces, a Lamartine y a Hugo; pero prefiere las novelas de Carlota Braemé y la Invernizio y sobre todo María de Jorge Isaacs.
Siempre que se pone en escena en alguno de nuestros teatros, La dama de las camelias, Rosario acude a presenciarla, interesándose y conmoviéndose, como si fuera para ella desconocida, con la historia de la infeliz Margarita Gautier.
En su conversación y en sus cartas emplea frecuentemente frases de tan marcado y cursi romanticismo como: «el ave negra de la desdicha», «la fatídica sombra de nuestros recuerdos», «la triste y amarilla flor de mis amores»…
¡Pobre Rosario!...
El que la contemple, con un vaporoso traje blanco, sentada en una mecedora, la mano derecha en la mejilla, perdida su mirada en lo infinito y lanzando, alguna que otra vez, suspiros tristes y enigmáticos, se creerá que Rosario tiene el corazón destrozado por algún dolor profundo, por una ilusión perdida; pero no es así: Rosario en lo que piensa constantemente es en que los años pasan y el galán no viene.
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964