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 A partir del caso de la joven María Luisa, el articulista critica a las mujeres coquetas a quienes califica de frías, caprichosas y egoístas.

La coquetería, cuando no se ha trasmitido por herencia, es el resultado de cierta enfermedad del corazón, enfermedad que presenta como fenómenos particulares una notable alteración de esta víscera en su punta...

 A los doce años menos veinte días tuvo María Luisa su primer novio: un pollito, un fiñe «de a real y medio», como ella le llamaba, hermano de una amiga y compañera de colegio, el que, después de haberle paseado la calle varias veces vendiéndole listas, le declaró su amor, «inmenso e inmutable» en una carta copiada con bastante buena letra y no muchas faltas de ortografía de El Secretario de los Amantes. Pero esas relaciones no duraron más que un mes. Y un segundo galán sustituyó inmediatamente al primero. De entonces a la fecha ni ella misma recuerda los novios que ha tenido.
Acostumbrada desde su niñez a jugar, no ya a las muñecas, como suelen hacer la generalidad de las niñas sino «a los muñecos» o mejor dicho, con muñecos, ha pasado su juventud como esas locas y alegres mariposas que van volando sin cesar de flor en flor.
Muy tarde se levanta María Luisa, y en su toilette mañanera emplea por lo menos dos o tres horas; tiempo bien escaso si se tiene en cuenta los mil y un detalles que requiere el arreglo y adorno de su belleza. Después del baño, largo y voluptuoso, tiene que refrescar el cutis con la crema nevada, arreglarse las uñas, rizarse el cabello, bien con las tenazas o cogiéndose varios papelillos y moñitos darse un poco de colorete... y por último, luego que se ha contemplado varias veces en el espejo, su más fiel consejero y amigo, satisfecha de sus encantos, se encuentra entonces en disposición de almorzar.
Al medio día se dirige a las tiendas... a charlar un rato con los dependientes de engomados bigotes, de los que logra, a cambio de sonrisas y miradas, llevarse algo más baratas las chucherías que, después de revolver todo el establecimiento, se decide a comprar... al fiado. Por las tardes va, si es día de retreta, al Malecón y por las noches, al Malecón también o a algún cine o teatro, o de visitas.
Pero si hay baile en alguno de los Centros Regionales o reunión bailable en casa de alguna amiga, entonces María Luisa lo deja por asistir a uno de ellos; que es el baile su única y grande pasión, y el salón o la modesta sala donde éste se celebra, el mejor escenario para sus conquistas. Y da gusto verla cómo se multiplica, sin darse punto de reposo, yendo de un lado para otro, hablando con este joven, sonriéndole a aquél o dirigiéndole al de más allá una mirada envenenadora. Y cuando la orquesta «de primera de Fulanito» o el piano... o el fonógrafo deja oír sus notas iniciales, ¡con qué entusiasmo y deleite se entrega, en los brazos de uno de sus tantos admiradores, a las dulces cadencias del vals o del fox-trot o a las voluptuosas y gemidoras del danzón, nuestra danza nacional, a la que profesa María Luisa un culto ¡casi sagrado! Y ella, que además de sentir y comprender, como buena criolla, esta música acariciadora y lánguida, que parece llevar envuelta en sus notas todo el sabor de nuestra tierra, ella que es también, repito, una pluma bailando, sabe llevar, como ninguna, el compás con el cuerpo y pies, obedeciendo instantáneamente lo que con sus voces agudas y vibrantes le dice primero el clarinete y le repiten después los violines y el contrabajo, y por último, los timbales, ya sonoros y graves, ya alegres y estrepitosos... 
¡Quién diría que esta niña, que pone toda el alma cuando baila un danzón, es una mujer frívola e insensible, incapaz de amar a ningún hombre! Deseosa de verse obsequiada por todos, para todos tiene palabras de halago, de seducción y de esperanza; juega con los hombres como el gato con el ratoncillo. Donde quiera que va siempre la sigue una corte de adoradores, a los que ella, con el atractivo irresistible de sus encantos y sus gracias, tiene siempre rendidos de amor a sus pies; y cada uno se cree el elegido, pero en realidad no lo es ninguno.
Coqueta, por naturaleza y por cálculo, atrae a los hombres y procura que se enamoren de ella, por el placer de dejarlos después. Y no respeta nada ni a nadie. A sus amigas les arrebata, únicamente por el gusto de quitárselos, sus novios o enamorados.
Su mayor desgracia sería pasar desapercibida, que no se ocupasen de ella.
Por eso procura constantemente en cualquier sitio en que esté, y está siempre en todas partes, llamar la atención. Y para lograrlo, apela a sus trajes, copiados exageradamente del último figurín, y a su manera de hablar y de reírse o pone en juego sus ojos vivarachos y provocadores y, sobre todo, su sonrisa, esa eterna sonrisa insinuante y burlona, que tantas víctimas ha ocasionado.
Si toda mujer posee en mayor o menor escala, la facultad de fingir sus sentimientos, María Luisa es en esto una artista consumada. Y ¡cuántos han pretendido en vano interrogar el corazón de esta niña esfinge! ¿Será que esta mujer insensible no tiene corazón? Yo me inclino a creer que sí, pero que si del suyo hiciésemos, como hizo Addison con el de otra coqueta, una disección, encontraríamos que en su cubierta exterior presenta millones de pequeñas heridas, ninguna de las cuales penetra en el interior por ser su pericardium sumamente duro, frío y resbaloso; y examinándolo, interiormente hallaríamos sin duda multitud de cavidades rellenas de toda clase de bagatelas y principalmente de humo, e impresas en las paredes de dichas cavidades, aunque muy borrosamente por encontrarse superpuestas unas sobre otras, las imágenes invertidas de cerca de dos millones de hombres. A pesar de todo esto no creo que podrá encontrarse una balanza suficientemente sensible para averiguar el peso de este corazón, tan ligero es.
María Luisa, como todas las coquetas es una anormal. Ella posee idénticos defectos que las demás mujeres pero llevados a su grado máximo, exagerados extraordinariamente. Así, es fría, caprichosa, egoísta... ¿A qué debemos atribuir esto? Yo, después de estudiar detenidamente la materia y consultarme con eminencias científicas y peritosas en cuestiones amorosas, aunque he hallado opiniones muy varias y encontradas puedo afirmar, como lo más aceptable, que la coquetería, cuando no se ha trasmitido por herencia, es el resultado de cierta enfermedad del corazón, enfermedad que presenta como fenómenos particulares, además de los que ya indiqué, señalados por Addison, una notable alteración de esta víscera en su punta, que hace variar por completo todos y cada uno de sus movimientos y latidos.
Hay otros tratadistas que opinan, Schopenhauer y Renté de Vales entre ellos, que las coquetas no pueden calificarse de anormales, sino que, por el contrario, constituyen la única clase de mujeres completamente normales y que los defectos e irregularidades que nosotros queremos encontrar en ella no son sino las cualidades propias de toda mujer, pero en las coquetas resaltan y llaman más la atención porque ellas se muestran siempre al descubierto, sin cálculos ni hipocresías, como lo hacen las demás. Pero esta opinión no he querido aceptarla y sigo considerando a María Luisa como una enferma, como una anormal.
¡Desgraciada de ella si logra curarse de su coquetería! Que he visto a más de una chiquilla, ayer frívola, despreocupada, burlona, pizpireta, después de haber pasado su juventud dominando siempre a los hombres, engañándolos y jugando con ellos, enamorarse un día locamente de un hombre que no la quiere ni le hace caso, y entonces terminar, la coqueta empedernida, su reinado, muriéndose de amor por un imposible...
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.

Artículo de costumbres publicado en Carteles [La Habana], vol. 8, nº 12, pág. 6; marzo 22 de 1925.