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 Entre ingenuo y sarcástico, el articulista pretende averiguar ciertas interioridades conyugales por lo que comienza por referirse al primer matrimonio de la humanidad, el de Adán y Eva.

Para referirse a las interioridades del matrimonio el articulista toma como referente a Adán y Eva, pues según comenta ellos conforman «el matrimonio tipo, que más se amolda a la índole de nuestro trabajo».

 Confieso ingenuamente que ahora, después de haber escrito sobre la blanca cuartilla el título de este trabajo, antes de seguir adelante, me he quedado pensativo, dudando si podré salir airoso del no pequeño lío en que por inexplicable ocurrencia me he metido, pretendiendo desarrollar tema tan complicado, difícil y escabroso, como el que ya, para desdicha mía, queda enunciado.
Por eso, deseando descargar en parte mi conciencia de futuras culpas, debajo del título he estampado en letras bien grandes, (que así espero ponga también, al emplanar esta página, el cajista,) la advertencia que he creído indispensable hacer a las señoritas para que no lean este artículo.
Un espíritu guasón, que a veces me acompaña, susurra ahora a mi oído que debía haber especificado si son todas las señoritas las que no deben leer este trabajo o sólo las de cierta edad, pues me recuerda que existen también, aunque parezca imposible, señoritas de cincuenta años.
El mismo espíritu me advierte que he hecho mal en meterme en tales andanzas, pues siempre es peligroso averiguar interioridades y mucho más sin son conyugales.
Pero yo no le hago caso al espíritu y prosigo, o mejor dicho, empiezo.

–ás; ¿por dónde empieza un matrimonio?

– el principio –á algún Pero Grullo.

–, ¿cuál es el principio?

Conviene fijar bien estas ideas e ir con tiento para no tropezar en los innumerables escollos que nos ofrece el asunto o mejor dicho, el matrimonio de este artículo.
Y nada mejor que retroceder unos cuantos siglos hasta los comienzos de la Humanidad y buscar, en pleno Paraíso, a Adán y Eva, el matrimonio tipo, que más se amolda a la índole de nuestro trabajo.
Dice el Génesis, libro santo que tengo ante mi vista, y que también advierto a las señoritas no se les ocurra leerlo, dice el Génesis, que después de haber creado el Señor Dios todas las cosas no encontrando ayuda para Adán le infundió sueño «y habiéndose dormido tomó una de sus costillas e hinchó carne en su lugar»; y de esta manera formó el Señor Dios la Varona. Y advierte el Santo Padre, autor del Génesis, que Adán y Eva, a pesar de estar como estaban, no se avergonzaron de verse así.
Vemos, pues, que el principio de ese matrimonio fue la ayuda que quiso ponerle el Señor Dios a nuestro padre Adán; ayuda que se convirtió más tarde en estorbo y calamidad al escuchar la mujer, contra los consejos de su esposo, al primer galanteador de profesión que, disfrazado de serpiente, apareció en el Paraíso Terrenal.
No está demás hacer resaltar la diferencia que a simple vista se nota entre las costumbres y modas reinantes en esa época feliz de la Humanidad y las que hoy imperan, en todo lo que se refiere a la ceremonia de la boda.
Ya lo declara la Biblia. Entonces, le bastó al Señor Dios con hinchar la costilla, soplar, sacar a la mujer y después pronunciarles el famoso discurso, breve y sustancioso, que terminó con aquellas históricas palabras: «Creced y multiplicaos».
Hoy en día, por el contrario, después de pasar por ese suplicio de tántalo que se llama las relaciones, tienen los futuros esposos que sufrir las más atroces pruebas desde que salen de la casa hasta que vuelven a ella, ya consumado el acto.
¡Lo que hubieran padecido Adán y Eva, de vivir en nuestra época!
Hubieran tenido que verse expuestos durante media hora como blanco de las miradas, curiosas e impertinentes, de cien o doscientos invitados que pasan ese rato haciendo chistes de distintos colores a costa de los infelices esposos.
Yo aseguro que entonces sí se hubieran muerto de vergüenza.
Pero, afortunadamente para ellos, no habían en el Paraíso el día de sus bodas más testigos que el Señor Dios y el cronista que en la crónica intitulada el Génesis nos ha contado los detalles de la ceremonia. Aunque parece que el susodicho cronista «asistió en espíritu», como les sucede también actualmente a muchos de nuestros cronistas sociales.
Después de los esposos Eva y Adán, es muy difícil encontrar en la historia otro matrimonio que ofrezca las condiciones requeridas en este trabajo; y, a pesar de esto, ha sido tal el cambio y evolución de la moda a través de los siglos que encuentro mayores dificultades según me acerco al año en que vivimos para poder tratar, sin peligro, el tema de que nos ocupamos, porque considero que entre la sencilla y primitiva hoja de parra y los actuales trajes torturadores ajustados, transparentes o traslúcidos, media un abismo; de la primera yo me comprometo a disertar horas y horas, sin temor a cometer ningún desliz, pero, en cambio, de los atormentadores trajes actuales no sería capaz de hablar ni cinco minutos sin haber perdido el control antes de terminarse el primer minuto.
¡El Señor nos libre de un mal momento y de una mala hora!
Por razones análogas, –¡oh adelanto de los siglos!– considero muy difícil el poder presentar otro matrimonio parecido, con la misma facilidad con que he presentado los esposos Eva-Adán.
Sin embargo, hagamos la prueba.
Van a ver ustedes, por fin, un matrimonio al...
(Como la página no da ya más de sí, y no quiero dejar este trabajo a medias, me ha parecido oportuno poner el matrimonio detrás de ese paravant. Las personas curiosas que deseen verlo, para su satisfacción, no tienen más que dar la vuelta.)