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 Sobre cómo las conveniencias sociales obligan a los familiares del difunto «a dedicarse cuidadosamente a preparar la función espectacular de los funerales, con todo el boato y publicidad que sean posibles» concentran la atención del cronista.

Parece que los dolientes, lejos de buscar la soledad y el silencio para entregarse de lleno y solamente a su desgracia y su dolor, necesitan mitigar su tristeza con múltiples ocupaciones que la costumbre y la moda les imponen en los funerales.

 Es muy curioso observar cómo entre nosotros se utiliza la muerte para hacer la propaganda, la publicidad y el reclamo del difunto y sus familiares.
Parece que los dolientes, lejos de buscar la soledad y el silencio para entregarse de lleno y solamente a su desgracia y su dolor, necesitan mitigar su tristeza con múltiples ocupaciones que la costumbre y la moda les imponen en los funerales, y sacar su pena a la plaza pública para que los demás la vean y con ella se distraigan a falta de otros espectáculos; de tal manera que en esas horas, desde que ocurre la muerte hasta que recibe sepultura el cadáver, horas que debían, como las últimas que son, aprovechar ávidamente los familiares para pasarlas junto al cuerpo inerte del ser amado y dedicarlas al recogimiento y a la meditación, de lo que menos se ocupan es del pobre muerto y a quien menos se consagran, pues los usos y conveniencias sociales les obligan a dedicarse cuidadosamente a preparar la función espectacular de los funerales, con todo el boato y publicidad que sean posibles.
Las primeras atenciones, ya las vimos en otro artículo: El aviso y arreglo con el agente de pompas fúnebres, calidad del servicio mortuorio, etc.
Es necesario, después, pensar en la papeleta de entierro, publicarla en uno o varios periódicos, que han de lanzar a los cuatro vientos la noticia desgarradora, y que sirve, además, de anuncio y propaganda eficacísimas de la fortuna del muerto y sus familiares, ya que el público juzga de ésta por el tamaño de la papeleta, por el número de pulgadas tomadas al periódico. Se conocerán, además, las pocas o muchas relaciones de familia y difunto, o la importancia social de una y otro, por el número de papeletas que aparezcan de las diversas entidades o sociedades a que perteneció aquél. ¡Cómo se revelan la vanidad y la estupidez humanas en las papeletas mortuorias! Aún aceptando, por aquello de que es costumbre, la divulgación de la muerte, ¿no bastaba, por millonarios que fuesen el muerto o su familia, una simple y sencilla papeleta de dimensiones corrientes, publicada en buen lugar del periódico? ¡Qué va! Los individuos –¡pobres diablos!– que no son más que millonarios, necesitan, venga o no venga a cuento, estar haciendo alarde constantemente de sus millones, y por eso vemos esas papeletas de media página del periódico, que anuncian la muerte de algún becerro de oro, que en sus mocedades fue en nuestra capital mozo de limpieza de una bodega o almacén más o menos acreditados en la plaza.
La papeleta de entierro sirve también para que vean su nombre en letras de molde unos cuantos señores desconocidos, parientes o amigos del muerto, y para que otros, que no aparecen en ella, se consideren ofendidos por esa exclusión voluntaria o involuntaria. Es el problema de los que invitan en la papeleta, uno de los más graves que se le presentan a los parientes cercanos al difunto y que requiere gran cuidado y tacto, para que no se olvide nadie ni produzcan estos olvidos disgustos a veces de trascendencia. Para evitarlos, se siguen dos sistemas: uno, el más práctico y seguro, no poner más que los nombres de padres, hijos o esposos; otro, el darle cabida a todo el mundo, incluso el médico o médicos y los curas, con lo cual se les hace muy poco favor a los primeros. Este sistema se presta siempre a olvidos o a convertir la papeleta en una lista de pasajeros de un gran trasatlántico. La familia, no ocupándose, como en todo lo que se refiere a los funerales, del muerto, en aras del «reclame»; se dedicará a discutir quiénes deben ser incluidos, entablándose disputas sobre Fulano o Mengano y sacándose relucir viejos rencores:
– Fulano no debemos ponerlo, porque últimamente se ha portado muy mal con nosotros.
– que poner a Mengano que es muy amigo mío.
– si ponen a Mengano tienen que poner a Esperencejo, que es íntimo amigo mío.Vienen entonces las transacciones para que no resulte que aún caliente el pobre muerto, la casa se convierta en una olla de grillos.
Es de rigor que la papeleta se utilice también como reclamo religioso, y de ahí la consabida coletilla de «Después de recibir los santos sacramentos y la bendición papal», anuncio y propaganda que se cuida mucho de que no falte, mucho más cuando se trata de un personaje de gran relieve social, intelectual o político, sobre todo si tenía fama de ateo, porque entonces se hace ver al público, que a la hora de la muerte se convirtió, y ese ejemplo de gran efectividad religioso-comercial, aunque estas conversiones se reduzcan en casi todos los casos a que, ya agonizando el enfermo, se le impongan los óleos o en que se haga la comedia de una confesión casi in articulo mortus y cuando lo único que se desea es que lo dejen a uno morir tranquilo.
Las papeletas mortuorias proporcionan lectura casi exclusiva a ciertas personas de avanzada edad que apenas toman en sus manos un periódico no buscan ni les interesa más que saber «quienes se han muerto hoy», haciendo los comentarios del caso, sobre la enfermedad que lo habrá llevado a la tumba, o arrancándole la tira del pellejo al difunto y a sus familiares.
Los más, al leer en el periódico la papeleta dando cuenta de la muerte de algún conocido o amigo, tienen para ésta, como único y elocuente epitafio la siguiente exclamación:
–¡Me reventé! Se ha muerto Fulano. Tengo que asistir esta tarde al entierro ¡Me echaron a perder el día!
Que esa es la verdad que hay en el fondo de todos estos convencionalismos sociales.
Y en vez de las frases de clisé que suelen aparecer en las papeletas mortuorias: «No se reparten esquelas», «El duelo se despide en el Cementerio», «Se suplica no manden coronas», debían insertarse estas otras más reales y más expresivas: «Mentira. Vanidad. Hipocresía.»