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 Sensual y romántica epístola en la que un don Juan ofrece, a una joven soltera que sufre por la muerte de su madre, salvarla de tantas penas y brindarle amor y placeres.
Líneas escritas ya bien entrada la noche para una flor expuesta a marchitarse, de «una mano amiga que la salvará».

Berta amiga:
Te escribo estas líneas ya bien entrada la noche; una de esas noches frías y húmedas del mes de enero. Desde hace más de media hora, la lluvia azota fuertemente los cristales de mi ventana.
No sabiendo cómo matar el tiempo, me he echado en la cómoda «chaise-longue» que ocupa uno de los rincones de mi cuarto. Enciendo un cigarrillo; el humo que produce sube, formando espirales, hasta el techo y después se queda vagando en el aire pesado y sofocante que reina en la habitación.
Y el cigarro hace que mi pensamiento vague también, no ya como el humo por el reducido espacio del cuarto, sino por todas las regiones del universo...
Pero, ahora, no sé cómo ni por qué, ha venido, Berta, a mi mente tu imagen y me he puesto a pensar en ti.
Me parece que estoy viendo a aquella encantadora muchacha de blondos cabellos y lánguida mirada –mirada triste pero atrayente– que conocí el verano pasado en el pueblo de X... en donde tuve, por asuntos de mi carrera, que permanecer unas semanas.
Habitabas en un viejo y desmantelado caserón, dedicada por completo al cuidado de tu madre, ya anciana y achacosa.
Durante mi estancia en X... te visité a menudo. Llegaste a confiarme tus penas y a contarme tu historia. ¡Qué vida la tuya tan triste y solitaria! Has sufrido mucho y no has tenido jamás ni el más pequeño goce.
Eres como una de esas flores bellas y olorosas que nacidas en terreno estéril y faltas de riego, de aire y de sol, crecen mustias y anémicas y van perdiendo su perfume y sus colores y marchitándose poco a poco.
¡Pobre flor si no se encuentra alguna mano compasiva que la trasplante, le dé vida, la salve!

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Hace ya más de tres meses que murió tu madre. Grande es esa pérdida e inmensa tu desgracia: justo y natural que llores desconsolada sobre la tumba de la que te dio el ser, de la que fue hasta hace poco tu compañera inseparable.
Pero acuérdate, Berta, no hay pena ni dolor eternos porque, como dijo el poeta, «todo lo borra y gasta el tiempo ingrato».
Y acuérdate también, que has quedado sola en el mundo.
Y cuando ya esté algo más mitigado tu dolor, cuando te encuentres con ánimo para ello, debes pensar un poco en ti y en la nueva vida que vas a emprender ahora; porque de ti depende, en gran parte, que la desgracia continúe siendo tu triste compañera, o que, por el contrario, de aquí en adelante te sonría la felicidad.
Eres una mujer libre, joven y bella. Ante tus ojos se abren nuevos y desconocidos horizontes.
No has vivido la vida, porque solo has probado de ella lo amargo y lo triste; y la vida se ha hecho para gozarla, y, solamente gozándola, nos parece bella.
No has gustado el amor, y el amor es rayo esplendoroso de luz que, disipando tinieblas y soledades, alumbra el camino de nuestra vida. Por el amor nacemos, y para el amor debemos vivir; él es la suprema felicidad de la vida: la vida entera.
Cuando unos brazos estrechen tu talle y unos labios amantes busquen tu boca y te hagan gustar el supremo deleite de un beso «que se estampa cuando está entregada con el cuerpo toda el alma»; cuando sientas junto a tu corazón, otro, que palpita de amor al unísono con el tuyo; cuando ames y seas amada, ¡qué hermosa, qué alegre y risueña te será entonces la vida!
Y, ¿por qué no has de gozar tú de esa vida, toda ella placer, verdad y belleza?

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Te decía, casi al principio de esta carta, que eres una flor expuesta a marchitarse si no encontraba una mano amiga que la salvara.
¿Quieres que sea yo el que te salve?
Te brindo amor y placeres. Olvida tus penas, que ya has sufrido bastante: vamos ahora a vivir, vamos a gozar!
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.