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 Sobre «aquellos artefactos de uso doméstico y diario que no conocieron nuestros antepasados y de que disfrutan los habaneros de nuestros tiempos como preciosos regalos del ultra confort contemporáneo».
La casa con baño intercalado llegó a constituir el grado máximo del buen gusto y de la aristocracia criollos republicanos.

Hace varios meses dediqué tres de estas Habladurías a los tipos, cosas y costumbres criollos desaparecidos, me parece natural y equitativo ocuparme hoy de aquellos artefactos de uso doméstico y diario que no conocieron nuestros antepasados y de que disfrutan los habaneros de nuestros tiempos como preciosos regalos del ultra confort contemporáneo.
Hablaré, en primer término, del baño intercalado.
Quienes, como este Curioso Parlanchín, han visto tres banderas distintas izadas en el Morro de La Habana, recordarán, sin duda, tal vez con el cariño y la nostalgia que a veces nos produce lo vivido en otras épocas, los mil y uno contratiempos, dificultades y molestias que era necesario sufrir durante la colonia, cuando queríamos darnos un baño, de aseo, naturalmente y nunca de placer.
Esclavos o criados colocaban en el centro del cuarto dormitorio una batea, tina o palangana; aquellas dos, de madera, y esta última, de latón; más la indispensable pielera, para el uso que su nombre claramente indica.
Señalada con anticipación la hora en que tomaríamos el baño, era necesario acarrear el agua para el mismo, en cubos, sacada del pozo, aljibe o cisterna, y calentarla en un anafe, si más que el agua fría nos agradaba el agua tibiecita o quitado el frío.
Atrancadas puertas y ventanas y despojados de las ropas, poníamos en funciones el buen pedazo de jabón de Castilla legítimo, todo blanco, con sus hermosas vetas azules; la fina esponja de Batabanó y el eficaz estropajo, ya de soga, ya utilizando el fruto del bejuco silvestre así denominado. Una jícara o la esponja hacían las veces de ducha, y los restregones con el estropajo bien enjabonado completaban la obra higienizadora de nuestro cuerpo; enjuagándonos, finalmente, a fuerza de jicarazos.
Como es natural, el cuarto quedaba hecho una ensopadera, que los esclavos o criados se encargaban de limpiar debidamente cuando habíamos terminado nuestra toilette.
En las casas de gente rica, en algunos palacetes del aristocrático Cerro, se gozaba de cuartos especialmente dedicados al baño, con su lujosa bañadera de mármol blanco labrado, y hasta con piscinas cavadas en la tierra y revestidas de losas de mármol, tal como aquella que existió en el jardín de la espléndida casona criolla de la Calzada del Cerro esquina a Tulipán, donde estuvieron instalados los primeros talleres de la empresa editora de nuestra revista.
Había olvidado, lamentablemente, el citar otro artefacto higiénico de antaño: el semicupio, o sea la bañadera –de latón– en forma de poltrona, con espaldar y asiento hundido, que se usaba para baños de asiento, de la cintura a las rodillas.
Con el correr de los tiempos, y ya en los finales de la colonia, se fue generalizando el uso de las bañaderas, ya de latón o zinc, ya de porcelana, importadas estas últimas de los Estados Unidos; así como también el empleo de la ducha.
Al llevar a cabo el Gobierno de ocupación militar norteamericano la obra trascendental de la higienización de nuestras poblaciones, especialmente La Habana, bañaderas y duchas adquirieron papel importantísimo en toda casa en que sus dueños o inquilinos presumían de gentes instaladas a la moderna y entusiastas partidarias del baño diario.
No faltaron, sin embargo, algunos reaccionarios empedernidos que nunca se avinieron a esa modernista y para ellos radicalísima innovación del aseo excesivo y el gasto exorbitante del agua en la limpieza de aquellas partes del cuerpo que no fueran la cara y las manos. Y estos recalcitrantes cavernícolas de nuestros primeros días republicanos dedicaron sus bañaderas a depósito de trastos inservibles o de ropa sucia o papeles viejos.
Pero el agua, al fin y al cabo, triunfó magníficamente, y todas las casas que se construyeron en La Habana, el Vedado, Jesús del Monte, la Víbora y otros repartos, ostentaron su cuarto de baño con las correspondientes ducha y bañadera.
Al comienzo de esa nueva era criolla que podríamos calificar de apogeo del baño diario, el cuarto de idem era situado siempre al final de los cuartos dormitorios, e inmediato al comedor y la cocina.
Pero, de la noche a la mañana, y no sé por obra de qué taumaturgo innovador, comenzó a establecerse la costumbre de colocar en las nuevas construcciones habaneras, de manera especial en los llamados chalets de los repartos y en los palacetes de La Habana, el cuarto de baño, no al final de la casa, como hasta entonces, sino intercalado entre los dos, tres, cuatro o más cuartos de cada vivienda.
Es éste el prodigioso descubrimiento que quedará perennemente fijado en la historia del progreso y civilización de nuestra República en el siglo XX, con el nombre de casa con baño intercalado.
Y las casas con baño intercalado se pusieron de moda, llegando a constituir una de las más destacadas muestras del refinamiento y confort de una familia, a tal extremo que la familia que vivía en casa con baño intercalado, por ese solo hecho, era considerada como familia distinguida, chic, elegante, pudiente. La casa con baño intercalado llegó a constituir el grado máximo del buen gusto y de la aristocracia criollos republicanos.
Esta estimación pública que alcanzó el baño intercalado produjo, necesariamente, el alza de los alquileres en aquellas casas que contaban con esa progresista innovación. Y era frecuente oír, durante el regateo habitual entre caseros y futuros inquilinos, diálogos como éste:
–Ese alquiler que usted pide por su casa es excesivo. Dése cuenta que solo tiene tres cuartos. ¿Cómo voy a pagar $60.00? Lo más que vale su casa es $40.00.
–Señora: Aunque mi casa es pequeña, fíjese usted que posee todo el confort moderno. Tiene baño intercalado.
Y la señora, ante ese argumento irrebatible, se veía obligada a convenir con el dueño de la casa que, aunque ésta era casi un cucurucho, bien valía pagar de alquiler por ella $60.00, pues… tenía baño intercalado.
Entre amigas, el baño intercalado sirvió en muchas ocasiones para darse caritate sobre la mayor o menor distinción de sus respectivas familias. Apenas cualquier niña, chiquita de sociedad o picuíta disfrazada de elegante, se mudaba a una casa con baño intercalado, era poco el tiempo disponible para participarles a sus amistades ese para aquélla extraordinario acontecimiento:
–¿Sabes, chica, que nos hemos mudado a una casa preciosísima, a la moderna, muy elegante y lujosa? No es muy grande, que digamos, pero, eso sí, tiene ¡ baño intercalado!
Por el contrario, cuando una muchacha quería desprestigiar a alguna amiga o conocida, era suficiente que comentase:
–Figúrense si será virulillera su familia que la casa que viven no tiene baño intercalado.
Ya en nuestros días, el baño intercalado no llama la atención ni constituye prueba alguna de refinamiento y elegancia, por haberse generalizado su uso, y abuso, en todas las casas, chicas y grandes, y además porque hoy en día una vivienda con pretensiones de casa grande no tiene baño intercalado, sino varios baños, con sus servicios sanitarios completos.
Multiplicados prodigiosamente en nuestra capital los rascacielos o casas de departamentos, cualquiera de éstos, aun los de un solo cuarto con su salita y comedorcito, tiene también su baño, al que no es posible darle ya la antiguamente honrosa denominación de baño intercalado, por las razones de imposible ubicación del baño en esta forma que el lector fácilmente comprenderá.
En los días que corren si se ha empezado a generalizar entre nosotros otra moda bañistico-hogareña, que ha venido a sustituir, sucesivamente, las de la batea, la bañadera, la ducha, el baño intercalado y el departamento con baño.
Me refiero a lo que se denomina: baño de color, o dicho en otras palabras, baño con su bañadera, lavabo y demás artefactos higiénicos, no de porcelana blanca, sino de color, azul, verde, rosa, lila, etc., y también del mismo color los azulejos del zócalo del cuarto de baño.
Estos baños de colores, que a veces tienen más de un color, y resultan, por tanto, baños de colorines, constituyen el último grito de la moda y la distinción hogarístico-contemporáneas.
Y dentro de poco, desaparecerán, absorbidos por la novelería criolla, los baños en blanco, y sólo veremos en casas y casitas, baños de color, de colores y de colorines. Y, colorín colorado, estas Habladurías se han terminado.
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.