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 Si la historia de Cuba se presenta con una singularidad muy marcada, no puede desconocerse que en el origen de semejante proceso estuvo el profundo sentido patriótico que le dio el Padre Varela a la cultura cubana.
Las huellas del insigne sacerdote Félix Varela conducen a los orígenes de la nacionalidad cubana.

 Las frases que dan título a las siguientes líneas, fueron escritas por Félix Varela antes de partir hacia las Cortes españolas como representante de su amada Habana en el corto y convulso parlamento que, inaugurado en 1820, fue disuelto a fines de 1823 gracias a los Cien mil Hijos de San Luis que comandara el duque de Angulema.
«Ya sea que el árbitro de los destinos separándome de los mortales, me prepara una mansión funesta en las inmensas olas, ya los tiranos para oprimir la España ejerzan todo su poder contra el augusto congreso en que os habéis dignado colocarme, nada importa: un hijo de la libertad, un alma americana desconoce el miedo», decía en su carta de despedida, publicada en el Diario del Gobierno Constitucional de la Habana, el 18 de abril de 1821, tal vez ante la certidumbre de que si fracasaba, nunca más podría regresar a Cuba.
Contaba con 33 años, y ya era reconocido como la figura más importante en el mundo intelectual y cultural habanero de la época. Como orador sagrado, sólo podía comparársele con el dominico Remigio Cernada, su ex profesor y Rector de la Universidad habanera.
Como filósofo ya había producido la gran revolución del pensamiento (prefiero el concepto de Saco de revolución, al generalizado de reforma, ya que los cambios introducidos por Varela en el pensamiento cubano significaron un cambio radical de paradigma). Sus libros Lecciones de Filosofía y Miscelánea Filosófica exponían toda una nueva concepción del conocimiento y del modo de conocer a partir de la influencia de los ideólogos, o lo que es más importante, a partir de la relación que se establece entre realidad inmediata (la naturaleza física y social de Cuba y, por extensión, de América) y el pensamiento universal. En esas obras, la juventud cubana encontró no sólo la emancipación del pensamiento de las ataduras a la escolástica medieval, sino también los fundamentos del pensamiento de la emancipación cubana y americana.
Sus clases y su texto sobre la constitución política de la monarquía española habían roto lanzas contra el absolutismo, enseñado a los jóvenes cubanos las nuevas propuestas teóricas del pensamiento político antifeudal. Ese texto constitucional le sirvió de pretexto para exponer su teoría de la emancipación política y social.
En las Cortes españolas, Varela pondría en práctica todo un amplio plan no sólo para transformar a Cuba, sino para aplicar los proyectos de República Americana: reconocimiento por España de la independencia de América; otorgamiento de la autonomía política a Cuba; extinción de la esclavitud; secularización de los bienes de las órdenes religiosas; creación de una Universidad nueva y científica; cambio y mo-dernización de todo el sistema educacional.
Nada de ello se logró, pero visto a la luz de1 tiempo, lo que el Padre Varela había hecho a tan temprana edad era suficiente para colocarlo entre las grandes figuras de la historia de Cuba. Había revolucionado todo lo que tocó y dado a la juventud cubana todas las armas para proponerse un importante cambio, no sólo en lo referente a la relación del país con el poder colonial, sino con todo lo que significaba la sociedad colonial.
El pensamiento de Félix Varela se dimensiona en una etapa cuando la internacionalización de la literatura no sólo creó, por primera vez, el pensamiento universal, sino que permitó –además– un diálogo fructífero entre la producción intelectual del viejo mundo y la «vigorosa brotación» de las sociedades del nuevo mundo, mundo nuevo creado más en la aspiración que en la concreción.
Deudoras de la América virgen de la conquista por todo lo que encontró el europeo en el contacto con la naturaleza y el hombre sencillo, «natural», en el contacto con lo diferente... las propuestas de las ilustraciones europeas serán recibidas en la América que ya vive el sueno de la emancipación para ser transformadas y de ellas heredar, sobre todo y selectivamente, su espíritu de libertad (no la letra muerta de las doctrinas implacables), de desarrollo de la cultura y la educación, y de la transformación del vasallo en ciudadano.
Lo trascendente del pensamiento de Varela es la actitud creadora ante la propuesta universal; pensar lo que se ha pensado para producir un corpus de ideas que parta del estudio y la comprensión de la realidad propia. Realidad trascendente e inmanente; realidad de lo universal en lo singular o singular manifestación de lo universal.
La expresión intelectual de Félix Varela está dentro de un amplio movimiento latinoamericano que, nacido en las universidades y seminarios católicos (porque eran los únicos centros de educación admitidos en los territorios del imperio español), sienta las bases de una ciencia, de una conciencia y de una sociedad laicas, y busca afanosamente colocar la idea americana y el hombre americano a la altura de cualquier otra cultura elaborada para resaltar lo cotidiano, lo sencillo, lo común, lo oculto que está en la raíz de las verdaderas sociedades del nuevo mundo hispano; no de las estructuras políticas impuestas desde afuera, sino del profundo trasfondo cultural que está en los pueblos, en la expresión de sus mentalidades, previas y fundamento de cualquier pensamiento.
Pudiera colocarse un signo de igualdad entre sueño y utopía; pero para ello es necesario colocarle su apellido americano, porque la utopía europea fue una utopía sin topos; es decir, sin tierra.
 Europa tuvo que inventar las islas en las cuales colocar el sueño quimérico que rompiera el aislamiento compartido en el continente envejecido; Cuba tuvo la isla, la tierra en la cual colocar el sueño onírico de la sociedad del deber ser.
Detrás de cada letra penetrante de Félix Varela está la utopía con topos del sueño de la Cuba cubana. Ese ideal sólo podía ser sostenido a través de un cerrado cuerpo axiológico que sirviese de filtro para la depuración de las grandes lacras sociales que consumían no sólo al país, sino a todos los que lo habitaban; que degradaban moralmente tanto al que posee esclavos como al que lo admite; que destruían los más elementales valores de ser humano con instituciones patrocinadoras de los compartimentos estancos en que se dividía la sociedad cubana.
Félix Varela se une a ese movimiento emancipador de América, representado por Bolívar, San Martín, Hidalgo, Morelos… con la singularidad de creer que, antes del estado independiente, debe crearse una conciencia nacional para la formación de un estado nacional.
El desarrollo de lo nacional (que tiene por base la existencia de las sociedades y tradiciones americanas, pero que le ha faltado esa toma de conciencia de su propio valor, esa necesidad de fustigar el estado de apatía o, más grave aún, el sentido de inferioridad y de dependencia...) sólo es posible alcanzarlo a través de la creación de unas ciencias sociales y naturales que estudien la naturaleza del hombre, de la sociedad y del mundo físico de nuestra América.
Desconocida en su profundidad por los grandes pensadores de la vieja Europa, la inmensidad de la creación americana escapaba a los «descubridores» (militares o científicos), porque casi siempre se quedaban en la superficie de las culturas como consecuencia de aplicar su lógica al entendimiento y comprensión de mundos que funcionan con otras lógicas. Varela, Saco, De la Luz y Martí, entre otros, son descubridores de nosotros mismos. Nos enseñaron que los descubridores europeos nos descubren para ellos y, después, nos ilustran sobre nosotros mismos con el limitado conocimiento que tienen. Por ello la empresa más ambiciosa que podía plantearse el pensamiento americano era el descubrirse a sí mismo, era ayudarnos a conocernos a nosotros mismos.
Si la historia de Cuba se presenta con una singularidad muy marcada (algunos se han planteado si constituye una excepción histórica), no podría desconocerse que en el origen de la evolución de tan brillante proceso estuvo el profundo sentido patriótico que le dio Varela a la cultura cubana. Y es que el concepto de patria aquí tuvo otro sentido marcadamente diferente al de su uso tradicional en el viejo mundo, e incluso al que aparece en enciclopedias y diccionarios. Llama la atención que Félix Varela termine sus Lecciones de Filosofía con su lección única de patriotismo. No es esto común en las obras filosóficas. Pero se confundiría el lector si viera en ello el patrioterismo simple y agresivo con que los pseudopatriotas usan el concepto. Varela siembra un concepto nuevo con una vieja palabra. La concepción vareliana de este término es la que transcurre a todo lo largo del siglo XIX y que alcanzara todo el despliegue de su contenido en José Martí.
En primer lugar la patria para Varela es unión de todos los componentes de ella y, además, la tierra prometida donde tengan abrigo todos los hombres libres de cualquier parte del mundo. No es un concepto étnico ni racial. Es un profundo concepto multiétnico, multirracial y multicolor; pero más allá de las apariencias, se trata de una cultura profundamente humanista: humanista porque tiene por centro al hombre; por-que tiene como objetivo la idea universal de la humanidad.
Martí lo expresaría en extraordinarias páginas cuando la define de esta forma: «Patria es humanidad (…) patria no es más que el conjunto de condiciones en que pueden vivir satisfechos el decoro y bienestar de los hijos de un país. No es patria el amor irracional a un rincón de la tierra porque nacimos en él: ni el odio ciego a otro país, acaso tan infortunado como culpable (…) patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísimo y consoladora de amores y esperanzas».
Si se resumiese en pocas líneas la intencionalidad del Padre Varela, del Padre Fundador, habría que decir que fue el iniciador de la teoría del pensamiento electivo como modo auténtico de pensar nuestra América; como modo creador de pensar una realidad que no podía estar en las abarcadoras teorías de los grandes filósofos que la desconocieron. En ese pensamiento electivo se inserta en la teoría de la emancipación americana; emancipación, en primer lugar, del hombre mismo, de la sociedad y del espíritu; emancipación que empieza en la escuela y que no termina nunca; emancipación que exige la rigurosidad de la ciencia y el espíritu de las conciencias; emancipación que está por encima de los individualismos porque sólo el hombre se realiza justamente en la certeza humana de lo que está frente a él... de los que están con él y alrededor de él. De ahí sus tres grandes principios políticos: hacer sólo lo que es posible hacer, con lo que define a la política como el arte de lo posible; preferir el bien común al bien individual, con lo que le da vuelo a la idea de una sociedad americana basada en la justicia social, y no hacer nada que vaya en contra de la unidad del cuerpo social.
Si la ética constituye el brazo libertario del pensamiento emancipador, y el patriotismo, el arma afilada para realizar la liberación humana, social y continental, el único camino para la formación de esa sólida base por la que actúa el hombre de la transformación es: la enseñanza. Hubiese podido decir dadme la educación y transformaré a Cuba. Quizás esta sea una de las más tiernas criaturas del Padre Fundador. Sus Cartas a Elpidio (etimológicamente Elpidio quiere decir esperanza) están escritas para los jóvenes y pretenden fundamentar una ética basada en la razón para transformar y cambiar la sociedad.
Muchos años antes de escribir esta obra había desarrollado un sistema pedagógico basado en la idea de que los niños son la expresión del sentimiento virgen del ser humano. El objetivo de tal sistema era que esos niños sean mañana los ciudadanos capaces de cumplir con la idea del desarrollo patriótico y humanista.
Por último, creo que entre lo más relevante del pensamiento vareliano está el profundo sentido no sólo de justicia social, sino de colocar el conocimiento y la transformación de la sociedad en el hombre común, en el simple ciudadano. En mi opinión, entre sus más bellas páginas está un escrito que, creo, no estuvo perdido casualmente, porque es uno de los que revela profundamente el compromiso de Varela con los pobres de su país y su profundo rechazo a la visión de las élites. De ese trabajo, titulado Espíritu Público, recojo algunos párrafos hasta ahora desconocidos: «¡Qué fértil en recursos es la vanidad, cuando se une la pureza! Unos se quejan de que el pueblo nada aprecia, otros le ultrajan llamándole ignorante; este otro le supone incorregible, y mientras que nada hacen para ilustrarle y moralizarle, creen hallar en su misma injusticia un velo que cubre su vana indolencia. Llamámosla vana, porque si bien se reflexiona, no tiene otro origen sino el deseo de la singularidad que se pretende obtener y que por desgracia se obtiene a poca costa; y esto nada importaría, si sólo pasasen por entes raros y no por filósofos profundos (…) El pueblo no es tan ignorante como le suponen sus acusadores. Verdad es que carece de aquel sistema de conocimientos que forman las ciencias, pero no de las bases del saber social; esto es de las ideas y sentimientos que se pueden hallar en la gran masa, y que propiamente forman la ilustración pública (…) El interés social no es un impulso de la sensibilidad, sino de la razón; y algunas teorías, llamadas filosóficas para deshonra de la filosofía, no son sino delirios que sirven de castigo a los mismos delirantes. Existe sí, existe el espíritu público y mucho más en los pueblos cuyas circunstancias proporcionan pábulo a esta llama que destruye el crimen y acrisola la virtud».
En 1824 Varela llega a los Estados Unidos. No pensaba que ese destierro sería definitivo. Sus páginas más encendidas por la Iibertad de Cuba salieron desde ese exilio. En El Habanero sostendrá los puntos básicos de la independencia cubana: Que Cuba sea tan isla en lo político como lo está en la naturaleza, no depender ni de la envejecida España ni de los jóvenes y corpulentos Estados IJnidos; lograr la independencia con los propios recursos, sin ayuda extranjera que comprometa a posteriori la propia independencia; la necesidad de unir a los cubanos como único modo de ser fuertes para ser libres; la convicción de que no será la burguesía esclavista la promotora de la independencia de Cuba.
Largos años de exilio extinguirán el cuerpo del «Patriota entero», según lo definiera José Martí, o «del primero de los cubanos», al decir de José Antonio Saco. Nunca se adaptaría ni al clima ni a las condiciones de la sociedad estadounidense. En sus cartas observa los árboles que el invierno ha dejado sin hojas, la frialdad de clima y el individualismo acerado de los hombres del Norte. Nunca renunciaría a su cubanía ni a su Cuba. Y ante el espectáculo fantasmagórico del gélido invierno neoyorquino recordaba su cálida y acogedora tierra tropical.
En 1853 sus discípulos añoran su regreso y Lorenzo Allo lo visita en el pequeño cuarto de madera, casi sin muebles, en la parte trasera de la iglesia de San Agustín de la Florida. Con la mirada extraviada y el temblor de las manos, Varela recordaba sus años de luchas y, a pesar del deterioro de su cuerpo, su mente conservaba la lucidez para seguir ansiando la sociedad del deber ser de la cubanidad.
De su mente, años antes, había salido su deseo ferviente: «… según mi costumbre, lo expresaré con franqueza, y es que en el campo que yo chapeé (vaya este terminito cubano) han dejado crecer mucha manigua (vaya otro); y como no tengo machete (he aquí otro) y además el hábito de manejarlo, desearía que los que tienen ambos emprendieran de nuevo el trabajo».