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 Al reflexionar sobre la trascendencia de nuestra arquitectura como expresión de identidad, se impone destacar que la capital cubana posee uno de los conjuntos de arquitectura doméstica más completos en secuencia de evolución de América Latina.
El proceso de evolución de la vivienda cubana tiene como referencia inmediata la casa habanera.

 Intentar explicarnos en arquitectura es un problema de identidad. Estamos convencidos de que somos algo distinto desde el día que un europeo pisó nuestras tierras y, junto con hombres de razas y culturas diferentes, comenzó la hora de América. Sin embargo, no ha sido fácil arribar a esa sencilla convicción, originándose a lo largo del siglo XX, innumerables polémicas acerca del origen, la evolución y el carácter de la arquitectura novomundista. En general, el nudo gordiano del asunto ha sido la aceptación o el rechazo del criterio de estilo como fundamento para una clasificación, según se reconozca o no un rango estético comparable al de los ejemplos europeos de su época. Por supuesto, se da por descontado que la validez de nuestra arquitectura depende del grado de «originalidad» que revele en relación con los modelos de las metrópolis culturales.
Las clasificaciones sobre la base de criterios estilísticos, no obstante, han sido impugnadas por la imposibilidad de precisar los límites entre códigos arquitectónicos diferenciados, según los rangos cronológicos reconocidos en la arquitectura culta europea. Kubler sostiene que no se puede invocar la idea de estilo, aunque no fuera más que a título de conveniencia para una clasificación, puesto que dicha idea no tiene valor en las situaciones diacrónicas, y se adapta más a la extensión que a la duración. Aboga por las periodizaciones por épocas. Damian Bayon y E. W. Palm ponen en duda tanto el uso de las periodizaciones por tiempo, como por estilo, en razón de importaciones, «recuerdos» y supervivencias.(1)
Por otra parte, se acepte o no el criterio de estilo, para algunos nuestra arquitectura poco aporta y es sólo un reflejo repetitivo de lo hispánico, tesis defendida –entre otros– por Fernando Chueca y Goitía, con su propuesta de los invariantes. Mayor alcance tienen las consideraciones de Graziano Gasparini, quien estima de reducida importancia los cambios a la moda experimentados durante el transcurso del tiempo, puesto que las transformaciones atribuibles a los estilos sólo afectan las ornamentaciones. Sin embargo, éste también considera que nuestra arquitectura es una prolongación de modelos foráneos. En relación con el barroco, ha expresado que «en América es una extensión del estilo europeo, una manifestación provincial esencialmente repetitiva»,(2) de lo que puede inferirse «la negación de una nueva cultura producto de la interacción de influencias, tan defendida por los autoctonistas bajo la denominación de mestizaje».(3)
Para Gasparini, lo que distingue a nuestra producción arquitectónica y la dota de una especificidad particular está dado por la conjunción de una serie de factores, entre los que destaca: la transmisión de pautas arquitectónicas europeas, además de las españolas; su condición de manifestación provincial; la convivencia en la misma obra de características distintas, y el gran aporte autóctono que representó la mano de obra indígena.
Estas consideraciones, desprendidas en su mayor parte del estudio de la arquitectura religiosa, representan un paso adelante en la clarificación de la arquitectura colonial. Sin embargo, aunque los criterios difieren en matices, están prisioneros de «aquel esteticismo o sobrestimación de la imagen (y, por tanto, de la arquitectura de lo ornamental) en perjuicio del concepto (por tanto, de lo útil y humanamente funcional)» de que hablara Galvano Della Volpe, quien sostuvo que la arquitectura no puede ser entendida como un simple hecho técnico o estético «en el sentido de la romantik (es decir, ideal puro), sino que constituye una organización estético-técnica, social-histórica».(4) Por demás, la originalidad absoluta se desconoce en todo producto de la inteligencia individual o colectiva del ser humano.
Es evidente, como sostiene Gasparini, que la influencia de los estilos históricos se reduce, fundamentalmente, a las ornamentaciones, aunque hay diversos grados de intensidad según se trate de construcciones religiosas de gran porte, de medio y modesto rango; de la arquitectura doméstica de tipo palaciego, o simplemente de una casa en el medio urbano o rural. En realidad, no todo puede ser incluido en el mismo saco. No obstante, si nos atenemos a un criterio ortodoxo, en nuestros monumentos, tengan el rango que tengan, no se aprecian especulaciones espaciales vinculadas a proyecciones estéticas, como expresión creativa de artistas personalizados. No es lo común, aunque puedan señalarse casos excepcionales. No es una arquitectura culta, en el sentido que se entiende para las manifestaciones europeas. Pero tampoco es una arquitectura popular (cuya propia existencia depende de su relación con la culta). Para que exista arquitectura popular tiene que existir arquitectura culta.
Dado que no podemos calificar a nuestra arquitectura bajo el rubro de lo culto, ni de lo popular, pues lo uno y lo otro influyen en su formulación, tenemos que buscar un nuevo calificativo para distinguirla. En esa dirección consideramos como más ajustado el de tradicional, según la definición aportada por Amos Rapoport referida a la vivienda:
«El modelo es el resultado de la colaboración de muchas personas durante muchas generaciones, así como de la colaboración entre los que construyen y los que utilizan los edificios, que es lo que significa el término tradicional. […]. Se pretende que la casa sea como todas las casas bien construidas del área. La construcción es sencilla, clara y fácil de entender, y como todo el mundo conoce las reglas, se llama al artífice sólo porque sus conocimientos son más detallados. El tamaño, esquema, relación con el sitio y otras variables, pueden decidirse en una charla y, si es necesario, asentábase en un documento  escrito. Las cualidades estéticas no se crean especialmente para cada caso, son tradicionales y se trasmiten de generación en generación».(5)
La arquitectura americana es un fenómeno inédito, como nuevo fue el mundo descubierto por Colón. Los modelos materiales, tal vez adoptados pragmáticamente en el ideario del conquistador/colonizador/criollo se rehacen y constituyen realmente a lo largo del tiempo, dando origen a nuevos modelos que, en casos, son conceptualizados a posteriori y, de nuevo, contextualizados en la realidad.
La identidad es un fenómeno dinámico en el tiempo en el que pueden distinguirse tres procesos:
• La transculturación entre los modelos trasladados desde las metrópolis culturales europeas con los preexistentes en la región o con los importados desde otras tierras, no europeas.
• El surgimiento de nuevos modelos en virtud de la «criollización» de los provenientes de las metrópolis culturales.
• El continuo proceso de mestizaje cultural de los modelos «criollos» entre sí y con los de otras procedencias culturales, en diferentes períodos, lo que –a su vez– genera nuevas alternativas, en continua relación e interinfluencia.
La Habana es un excelente ejemplo de la importancia que tienen los procesos internos para la comprensión de la arquitectura, particularmente, los que tienen que ver con la vivienda. Aquí se gestan, a partir de la segunda mitad del siglo XVI, los modelos referentes de la evolución de la casa cubana. Al convertirse en el punto de contacto de gentes de las más disímiles procedencias, culturas y rangos, esta ciudad fue crisol de arquitecturas que irradió el desarrollo interno, y –tal vez– sus destellos llegaron más allá de nuestras fronteras.
La referencia documental más antigua sobre la existencia de casas habaneras construidas con materiales sólidos, cuya fisonomía podemos reconocer en la realidad, data de 1579. Y no se trata propiamente de una casa, sino de una construcción de dos plantas denominada en los documentos «cuarto de solar», que identificamos bajo el nombre de tienda esquinera.

LA TIENDA ESQUINERA: SELLO DE IDENTIDAD
Es tremendamente significativo que la primera mención registrada en América sobre esta estructura corresponda a La Habana, pues la tienda esquinera es una de las constantes de la arquitectura doméstica hispanoamericana. El mencionado documento de 1579 prueba que la misma llega a tierras americanas en el siglo XVI. Por demás, la tienda esquinera formó parte de las casas habaneras de los siglos XVII, XVIII y XIX, y también de las de una o dos plantas de numerosas ciudades que aceptaron, con la misma naturalidad que sus antecedentes grecolatinos, la convivencia entre la vida privada y pública. Hasta que se transforma o desaparece en los siglos XIX y XX, cuando surgen edificios propiamente destinados a funciones públicas y desvinculados del hábitat doméstico.
Los ejemplos habaneros que han subsistido, tales como las llamadas casas de la Parra (Bernaza, esquina a Teniente Rey), de Compostela (esquina Obrapía), de Paula (esquina Habana) y otras son estructuras evolucionadas, posiblemente del siglo XVII. En las primitivas fue «condiçión que la esquina de las dos calles á de formar una puerta por esquina con su mármol o pilar en medio»,(6) solución que ha persistido en otras partes, particularmente en Bolivia y en el norte de la Argentina. En La Habana, la única huella identificada de un pilar de esquina es el que se ha dejado a la vista en el ángulo de la casa de la calle de Obispo, esquina Mercaderes, reputada como de finales del siglo XVI. Queda también, aunque muy maltratado, un ejemplo con horcón de madera, a modo de pilar de esquina, en Trinidad. Las tiendas esquineras habaneras generalmente dan a ambas calles mediante vanos abiertos en los muros, de forma muy similar a las de Cartagena de Indias, donde toman el nombre de «rinconada». Las primitivas carecieron de balcones y entresuelos. De estructuras aisladas, conformadas por una tienda en los bajos y una habitación de bajo puntal sobre la misma, pasaron a ser parte de viviendas propiamente dichas, de una o dos plantas, con o sin entresuelos. El vínculo entre tienda y vivienda es uno de los factores iniciales del proceso que hemos calificado de criollización o adaptación de los modelos trasladados a nuestro medio.
La casa-tienda o taller subsiste en la España medieval, tanto en versiones cristianas como musulmanas. Torres Balbás describe un tipo de construcción denominado almacerías, frecuentes en las calles comerciales de las ciudades musulmanas y que consisten en casitas «cuya reducida planta baja –una sola habitación, generalmente– se destinaba a tienda o taller. Junto a la puerta, que ocupaba casi todo su frente, abríase otra pequeña, paso a una angosta escalera de empinados peldaños, para subir al piso alto. Constaba éste de una habitación única, que recibía luz por uno o mas huecos muy estrechos, saeteras o aspilleras más que ventanas, situados en la fachada, sobre la puerta de la tienda o taller».(7)
Por su parte, Vicente Lampérez refiere la presencia de tiendas o talleres en la planta baja de las casas urbanas españolas medievales.(8) Pero ni el tipo descrito por Torrés Balbás, ni el aludido por Lampérez, se corresponden exactamente con las tiendas americanas, cuya particularidad reside en su ubicación en la intersección de dos calles. En Sevilla existen algunas estructuras similares a las americanas, pero su relación con el soporte urbano es muy diferente. De modo que, hasta el momento, no se ha podido identificar tiendas esquineras en España ni en Canarias.
Esquinas tienen las ciudades trazadas ortogonalmente, por lo que puede inferirse que dichas tiendas –parecidas a las de la antigüedad clásica– resurgieron en América dada que aquélla fue la forma adoptada por el urbanismo americano.

MODELOS CRIOLLOS
Las tiendas se adosan a viviendas de distinta filiación planimétrica. En La Habana del siglo XVII existen –en forma simultánea– exponentes que responden al plan castellano de casa de patio con galerías en los costados mayores y entrada enfrentada al mismo, junto a ejemplos que sólo tienen galerías en los lados menores y el acceso es acodado, como en las musulmanas. Los vínculos establecidos entre ambos tipos y sus derivaciones originan soluciones que son, de hecho, nuevos modelos.
En Trinidad, Sancti Spiritus, Camagüey, Santiago de Cuba, Remedios y ciudades desprendidas de las mismas, las casas dispuestas según el esquema de dos crujías delanteras con puerta al centro de la fachada y patio con galerías, constituyen –sin dudas– un nuevo esquema de posible relación con los españoles, pero diferente a cualquier solución de distribución espacial que se reconozca en la arquitectura culta o popular en España. Son casas también distintivas en relación con las de La Habana y sus ciudades de irradiación directa. En 1867, Samuel Hazard apreciaba dichas diferencias:
«Las casas de Trinidad se diferencian de las de la Habana en que no tienen paredes medianeras que separan el comedor del salón, pero en su lugar hay generalmente unos arcos abiertos de piedra que, separando de cierta manera los distintos departamentos, contribuyen a su mayor belleza y comodidad, por permitir la libre circulación del aire, a la vez que ofrecen una más encantadora perspectiva los suelos de mármol blanco, las pulidas arcadas y los ricos muebles de las habitaciones».(9)
La alternativa habanera tiene un carácter más urbano. Se trata de la casa de zaguán, descrita por Cirilo Villaverde como la de los Gamboa, en su novela Cecilia Valdés:
«En el barrio de San Francisco […] había, entre otras, una casa de azotea que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta y balconcito al poniente. La entrada general […] era por el zaguán; especie de casapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartos escritorios.
»Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, a continuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble de comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y debajo una caja pequeña de hierro, cuadrada […]. En el lado opuesto de la casa se veía la hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala, puerta y ventana al comedor y al patio.
»Éste formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal de piedra azul de un aljibe o cisterna, donde por medio de canales de hoja de lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguas llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con un arco hacia el extremo de la derecha separaba el patio de la cocina, caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de la casa».(10)
Tanto una como otra versión derivan de la casa habanera temprana, que es la referencia inmediata del proceso de evolución de la vivienda en Cuba.



(1) Mario Barata: «Épocas y estilos», en Damián Bayón: América Latina en sus artes. Siglo Veintiuno editores, México, 1974, pp. 28-29.
(2) Graziano Gasparini:América, barroco y arquitectura. Ernesto Armitano Editor, Caracas, 1972, p. 300.
(3) Roberto Segre: «Mito y realidad del barroco americano», en Casa de las Américas, no. 75, noviembre-diciembre, 1972, pp. 162-164.
(4) Galvano Della Volpe: Crítica del gusto. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1978, p. 241.
(5) Amos Rapoport: Vivienda y cultura. Gustavo Gili, Barcelona, 1972, p. 16.
(6) Escritura de 1585 ante el escribano Martín Calvo de la Puerta, en Francisco Prat Puig: El prebarroco en Cuba. Una escuela criolla de arquitectura morisca. Burgau y Cía., La Habana, 1947, p. 298.
(7) Leopoldo Torres Balbás: «Algunos aspectos de la casa hispanomusulmana: almacerías, algorfas y saledizos», en Crónica arqueológica de la España musulmana, Obra dispersa I Al-Andalus. Instituto de España, Madrid, 1981, pp. 142-258.
(8) Vicente Lamperez y Romea: Arquitectura civil española de los siglos I al XVIII. Editorial Saturnino Callejas, S.A., Madrid, 1922, t. I.
(9) Samuel Hazard: Cuba a pluma y lápiz. Cultural S.A., Habana, 1928, t. 2, pp. 266-267.
(10) Cirilo Villaverde: Cecilia Valdés. Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977, pp. 121-122.