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Bajo el título de «Necrópolis», el fotógrafo Juan Carlos Romero agrupó una serie de instantáneas en blanco y negro que evidencian la belleza del cementerio de Colón, Monumento Nacional, considerado uno de los más bellos y notorios del hemisferio.

 

«... el cuerpo mayor de «Necrópolis» se sustenta en la recreación esteticista de las esculturas de carácter religioso que, más por razones económicas que por amor filial, rivalizan en majestuosidad y belleza sobre las tumbas y panteones del sagrado ámbito, gracias a esa capacidad muy humana —si se quiere— de imitar en la muerte lo que en la vida tiene lugar».

 

Abrazando el recuerdo (2010). Fotografía digital (40 x 30 cm.)

La muerte ha sido un tema esencial del arte de todos los tiempos. Las pirámides de Egipto y el Taj Majal son dos buenos ejemplos de la emulación entre el poder y el amor por perpetuarse más allá de la vida. También el Ara Pacis de Augusto.
Al oficializarse el culto cristiano durante la fase última del Imperio Romano, importantes símbolos y
costumbres de esta cultura pasaron a formar parte de la nueva religión. La forma de enterramiento romano fue una de las que mejor se avino a la fe cristiana de la resurrección del cuerpo. De tal sincretismo nació un modelo de cementerio que pronto se hizo extensivo a todos los territorios y países
influidos por la cultura latina.
En Cuba, nos cupo en suerte —si es que cabe esta expresión para tema tan sensible— contar con uno de los más bellos y notorios del hemisferio, el llamado de Colón, en la barriada habanera de El Vedado.
Este Monumento Nacional es también la mejor galería de esculturas que pueda visitarse en la Isla. Y, en consecuencia, asunto de artistas y estudiantes de arte. Últimamente, de fotógrafos y aspirantes a fotógrafo. Preferencia, por demás, que alcanzará su mejor momento en el período comprendido desde
la década del 90 del pasado siglo hasta la presente.
No otra es la realidad que refrenda la exposición «Necrópolis», de Juan Carlos Romero, inaugurada el pasado 30 de marzo en la Fototeca de Cuba.
Romero también ha hecho suyo el propósito de relatar a partir del ensayo fotográfico aquellas contingencias del azar y la rutina que, por lo general, son resultado de la vida que concurre a diario al camposanto. La presencia humana, en consecuencia, se infiere de las situaciones que capta el lente.
Si bien estas no son obras de los muertos, a veces, sí nos dan una señal de cómo pudo ser en vida el difunto, como la foto de la botella de ron que cuelga de un árbol. A la que se suman otras imágenes con parecida intención, como las que captan el hacinamiento de féretros vacíos al costado de un bello
panteón, o la del perro que visita la tumba del amo, como testimonio de una fidelidad a imitar por muchos humanos que se dicen leales y justos.
Pero al margen del carácter anecdótico prevaleciente en tales fotos, el cuerpo mayor de «Necrópolis» se sustenta en la recreación esteticista de las esculturas de carácter religioso que, más por razones económicas que por amor filial, rivalizan en majestuosidad y belleza sobre las tumbas y panteones del sagrado ámbito, gracias a esa capacidad muy humana —si se quiere— de imitar en la muerte lo que en la vida tiene lugar.
Contemplarlas desde el punto de vista de Romero, es volverlas a ver. Puede afirmarse que el color dominante de la exposición, más que el blanco y negro de las fotos, es el marmóreo: fuente primera de las luces y sombras que les imprimen solemne intimidad a las obras.
A no dudar, la imagen técnica de la fotografía se aviene más con la escultura que con la pintura. Por lo general, toda foto de una pintura, por más oficio y talento que su autor manifieste en ella, no sobrepasa la condición de reproducción. En cambio, toda foto en función de aprehender los valores implícitos en una escultura dada, puede llegar a ser una imagen en sí misma, esto es, alcanzar su
propia autonomía estética.
Tal lo que expresa el conjunto de fotos aludido, del que destaca ¡Oh, Jesús!, imagen que nos remite al magnífico escorzo que del Hijo de Dios concibiera Andrea Mantegna, justo en un período del Renacimiento italiano, en el cual los cánones escultóricos empezaban a marcar el derrotero a seguir
por la pintura en cuanto a la plasmación sincera y elevada del cuerpo humano.
Hoy día, algo parecido se observa; pero, por supuesto, en relación con la fotografía. Lo que bien se pone de manifiesto a partir de su interés por el tópico que nos ocupa. De todo lo cual se desprende que el carácter tridimensional de la manifestación, entendida esta como la tumba en su conjunto,
al igual que para la pintura de antaño, cumple con aquellos requisitos de belleza y espiritualidad
permisibles de aprehender por el lenguaje fotográfico, sin detrimento alguno de la propuesta, entre filosófica y existencial, de «Necrópolis »... Y todo ello, estimado lector, a solo cuadra y media de la
tumultuosa e histórica esquina de 23 y 12. Lo que no es poca cosa ni para la verdad del arte fotográfico, ni para un fotógrafo que responde al nombre de Juan Carlos Romero.

Jorge R. Bermúdez
Profesor y crítico de arte