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Luis García Pascual ha consagrado una parte significativa de su vida a acercar al hombre común, al ciudadano de a pie, al Martí de carne y hueso.

Ajeno a consignas, cenáculos, dogmas, pedestales y cualquier acto de superficialidad o actitud malsana, tan solo seducido por la personalidad irradiante del Maestro, apostó García Pascual por acercarse una y otra vez a la intimidad de su historia, adentrándose en figuras y aconteceres marginados o poco valorados por otros estudiosos.

Luis García Pascual (La Habana, 17 de febrero de 1922).

Con la frente alta, sobreponiéndose a sus propias limitaciones y sin pretender truncar de un tajo su destino, esto es, la faena que venía desarrollando y le permitía cuidar honradamente de su familia, se asomó un día, sin más armas que su poderosa vocación autodidacta, a los senderos de la investigación histórica, y específicamente al entorno vital de José Martí.
Desde entonces, incansable cuando se trata de colocar en su justo lugar el legado del más universal de los cubanos, Luis García Pascual ha consagrado una parte significativa de su vida a acercar al hombre común, al ciudadano de a pie, al Martí de carne y hueso, convencido de que se conoce muy poco al hombre real, al auténtico cubano; hastiado porque apenas se sabe de «la verdad de su vida».
A alumbrar ese anhelo, ese compartible desciframiento, vendrían las miles de cuartillas que son el resultado de largos años de búsqueda paciente y prácticamente anónima, en archivos y bibliotecas —públicas y privadas—, actividad que supo complementar en el diálogo fecundo con otros martianos ejemplares como Gonzalo de Quesada y Miranda, Manuel Isidro Méndez, Cintio Vitier y Fina García-Marruz.
Ajeno a consignas, cenáculos, dogmas, pedestales y cualquier acto de superficialidad o actitud malsana, tan solo seducido por la personalidad irradiante del Maestro, apostó García Pascual por acercarse una y otra vez a la intimidad de su historia, adentrándose en figuras y aconteceres marginados o poco valorados por otros estudiosos.
De tal suerte, halló y recuperó cartas y papeles inéditos, rastreó y obtuvo partidas de nacimiento, de bautismo, certificados de matrimonio y defunciones, que le permitieron esclarecer datos y fechas, esbozar ejes temáticos esenciales, dilucidar entuertos y confeccionar fichas biográficas de los más allegados al autor de los Versos Sencillos.
La exhaustiva cronología publicada en el número tercero del Anuario Martiano que se editaba en la Biblioteca Nacional (1971), así como la compilación de escritos que no habían sido recogidos en las Obras Completas —y que gracias a su tesón se incluyeron en el tomo 28—, fueron las semillas que fructificarían, andando el tiempo, en el más completo epistolario publicado hasta la fecha (1993), que ha ido corrigiendo y ampliando, y al que vinieron a sumarse Destinatario José Martí (1999), Entorno Martiano (2003) y José Martí: documentos familiares (2009).
Pero la serena existencia prefigura la naturaleza de su ser. Hombre espiritual que no se aferra necesariamente a la providencia (su propia trayectoria lo confirma), ha cumplido 90 años y todavía le entusiasma el futuro. En vez de evocar satisfecho los textos que dio a la imprenta y pronto se agotaron en nuestras librerías, se complace en referirse a aquellos que vendrán.
Hoy, desde la devoción patria, el sentido del deber y el rigor historiográfico se yerguen, con legítima autoridad, la estampa y la obra de un trabajador infatigable y audaz. Él, que pertenece a la estirpe de los que fundan y aman el sacrificio, pudiera tener mucho y se conforma con poco.
Si le preguntaran de qué no se desprendería bajo ninguna circunstancia, seguro no podría renunciar a su cubanía, a su perseverancia, a su martiana lealtad y, tal vez, tampoco al estuche diminuto en forma de corazón que lleva siempre, a manera de amuleto, y que contiene la tierra que recogiera en 1995 en Dos Ríos.
Inquieto y dichoso, más bien bajo, con su rostro apacible, el andar fácil y las manos ásperas casi centenarias, cual reliquias que recuerdan una y otra vez el obrero que fue y que no ha dejado de ser, transita por estos mundos Luis García Pascual. Así lo hemos visto y lo seguiremos viendo. Parafraseando al poeta, más que misterio, él es una suerte que nos acompaña…
Incluso cuando lo perdamos de vista, bastará evocar la imagen entrañable de su decencia o, en todo caso, clavar la mirada en el Apóstol de Cuba para encontrarlo.

Mario Cremata Ferrán
Opus Habana