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Más allá de realizar una apología de la Loynaz, de lo que se trata es de acercarse a una fecha, un hecho y una institución cultural lamentablemente olvidados, a los que estuvo profundamente ligada la poetisa con residencia en la calle 19 esquina a E, en el Vedado.

«Mezcla de timidez, agudeza y valentía», la presencia y la oratoria de Dulce María frente a un auditorio preocupado por el devenir intelectual de la Isla, víspera de la jornada institucionalizada como el Día de las Artes y de las Letras en la Mayor de las Antillas, fue posible dado el tesón y el afecto profesado a la Loynaz por la presidenta de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, sentimientos esgrimidos como hábiles armas contra su flanco más débil, la sensibilidad.

«La voz lírica más pura de América»1 es, quizás, la frase que contiene en toda su esencia la personalidad de Dulce María Loynaz de Álvarez de Cañas. Síntesis de patriotismo y sensibilidad artística, la autora de Jardín se alza como excelsa aeda de las letras hispanas, condición que colma de gloria y honores a la cultura cubana.
Más allá de realizar una apología de la Loynaz, de lo que se trata es de acercarse a una fecha, un hecho y una institución cultural lamentablemente olvidados, a los que estuvo profundamente ligada la poetisa con residencia en la calle 19 esquina a E, en el Vedado.
No resulta en lo absoluto fortuito que mientras en La Habana corrían los convulsos días del golpe militar asestado por Fulgencio Batista, en el seno de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, fundada por María Teresa Aranda de Echeverría, incansable activista de la cultura patria, y presidida entonces «con fervor y diligencia, por la bondadosa dama»2 Rosa López, viuda de Izaguirre, se sintiera el clamor de una voz trémula, sacudida en ocasiones por la voluntad inquebrantable del deber consiente ante la nación y su cultura.
«Mezcla de timidez, agudeza y valentía»,3 la presencia y la oratoria de Dulce María frente a un auditorio preocupado por el devenir intelectual de la Isla, víspera de la jornada institucionalizada como el Día de las Artes y de las Letras en la Mayor de las Antillas, fue posible dado el tesón y el afecto profesado a la Loynaz por la presidenta de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, sentimientos esgrimidos como hábiles armas contra su flanco más débil, la sensibilidad.
Aun cuando la timidez de la poetisa la hacía dudar de asumir la enorme responsabilidad conferida y el honor que ello entrañaba, en medio de las circunstancias que azotaban a la Cuba republicana, la duda quedó despejada ante la tenaz convicción que la cultura nacional debía seguir por sus cauces naturales, en el intento de despojarse del lastre político que matizaba por aquellos días a todos los sectores de la sociedad.
La propia aeda se cuestionaba «el presumible poco interés que unas palabras mesuradas alcanzarían de la atención ciudadana, pendiente como está, y es natural, de los últimos graves acontecimientos».4 Pese a ello, de modo alguno el clima de beligerancia constituía un impedimento para que la cultura fluyera siempre y cuando existiera la voluntad humana de enarbolar los ideales sociales de una nación que aspiraba a ser libre de todo yugo opresor.
En tal sentido expresaba e iniciaba su ritmo discursivo: «Pero la cultura sigue… Esta es una verdad incontrovertible y es además, una verdad en la cual todos necesitamos creer. Pudiera decirse que es una verdad casi mística, de aquellas de que se nutre la vida de las criaturas consientes, las que no pueden vivir como los hongos o los infusorios, de una tierra sin sol o de un agua estancada. La cultura sigue… y es a ella a quien debemos servir; la hora difícil no excusa el cumplimiento de este deber a los llamados a hacerlo. Por el contrario, más los obliga y los requiere. No hay que detenerse a pensar en el éxito que pueda o no devenir del esfuerzo, porque es cuenta del destino; nosotros habremos cumplido poniendo lo que estaba en nuestras manos, poco o mucho, a acrecer, a servir».5
Quienes tuvieron la dicha de presenciar y escuchar aquellas emotivas palabras coinciden que de ellas emanaba la poética denominada por José Lezama Lima como «el tiempo del Jardín», poética que en esta oportunidad se transformó en divisa ética ante el suelo patrio ultrajado. Para quienes veían la anunciación del apocalipsis bíblico en los recientes acontecimientos políticos de marzo de 1952, Dulce María les recordaba la lección de historia que hermana dos frases separadas por el tiempo pero no por los hechos, al expresar Simón Bolívar que sentía haber arado en el mar, a lo que un siglo después José Martí agregaba: «Pero la cosecha ha sido de perlas».6
«Como dos estrellas gemelas, como dos caras de la misma moneda, no separemos nunca estas dos frases de los dos hombres más grandes de América. Una no vale sin la otra, y ambas son necesarias para asentar la vida, para esperar la muerte».7
El mismo decursar del tiempo que arraiga costumbres en tradiciones, en ocasiones, cobijado bajo el manto protector de la desidia, contribuye a desterrar al olvido dignas acciones humanas, concebidas o gestabas por el bien común de la nación y sus habitantes. Tal es el caso del Día de las Artes y de las Letras, instaurado en Cuba por Decreto Presidencial, el 21 de marzo de 1945, gracias al empeño noble de María Teresa Aranda de Echeverría y que por varios años se celebró, cada 23 de marzo, en merecido tributo a otra de esas excelsas mujeres que han tenido a la patria caribeña como cuna: Gertrudis Gómez de Avellaneda.
Precisamente, la conferencia titulada Del Día de las Artes y de las Letras, impartida por Dulce María Loynaz la víspera de la señalada jornada, constituía una de las tantas acciones culturales que amparaba la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, institución veladora de la salud cultural en la Isla durante el período republicano. La particularidad de la alocución no solo radica en los indiscutibles valores que entrañan las palabras de la oradora, sino en el contexto social en que fueron pronunciadas, circunstancias que denotan la valentía de la Loynaz, digna de la estirpe familiar de la que desciende.
«Vuelva ahora la palabra a sus predios y recójase en moldes concretos. Ninguno puede serlo tanto como una hoja de almanaque, pétalo que deshojamos todos los días y con los propios dedos, a la inmarcesible flor del tiempo. Esta hoja de almanaque como todas sus hermanas, trae un número y un nombre de mes; pero ella como las otras, no se ha perdido en el aire después de arrancarla, porque una mano solícita la ha recogido para que todos la guarden con cariño y respeto. El número de la hoja es 23, el mes, el de marzo, y la mano, la de la señora María Teresa Aranda de Echeverría, a cuya perseverancia característica, puesta en acción cuando fue presidenta de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, se debe la creación en Cuba del Día de las Artes y de las Letras».8
«Este no es un día mas, como pueden serlo tantos que entre nosotros han brotado más bien a estimulo de intereses comerciales. Este es un día distinto, posee el reconocimiento oficial de la República y sus miras son más ambiciosas […] Pero hay un acierto más que señalar en la feliz iniciativa, y es el de haber elegido para la celebración de ese día, la fecha correspondiente al natalicio de una ilustre cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ninguno en el año hubiéramos podido hallar más propicio y más justo; ninguno por sí solo podría recoger en su cabal integridad la significación del propósito, pero es indudable que en lo que hace a su espíritu, al símbolo anhelado, pocos podrán encarnarlo como el de nuestra Tula, creadora, animadora, precursora».9

El auditorio, abstraído ante la magistral retórica, difícilmente podía rebatir los argumentos esgrimidos por Dulce María. Quién sería capaz de dudar de la fibra intelectual de la Avellaneda, estimada por muchos como la única dramaturga del mundo, la única mujer que en todos los tiempos y en todas las regiones ha escrito el teatro con proyección histórica y universal.
«Vestales de ese sagrado fuego, las Artes y las Letras, tienen mucho que agradecerles en una tierra joven, trajinada por las pasiones y sacudida, constantemente, por los sismos de nuestra política convulsiva, rudimentaria, tumultuosa. Política que todo lo contamina y todo lo absorbe, chupándose los nobles jugos de la juventud, los últimos arrestos de la vejez, las más claras luces intelectuales y las mejores energías de tres generaciones de cubanos».10
A la luz del tiempo aflora otro de los tantos valores que entraña dicho discurso, el de retratar en palabras el escenario artístico y literario de la última década prerrevolucionaria, cuando la música tenía su morada en Pro Arte Musical, mientras las artes plásticas y la oratoria muros y espacios propicios en el Lyceum. De igual manera, resalta la labor meritoria de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, la que puso vivo empeño en la organización de actos culturales, sobre todo en lo que respecta a exposiciones de pintura, dando así a conocer a muchos artistas noveles que en poco tiempo se hicieron de un reconocimiento y tributaron la confianza depositada en ellos.
Llama la atención sobre la peculiaridad y la constancia de asociaciones como la Sociedad de Artes y Letras Cubanas, fundadas y sostenidas por distinguidas mujeres, quienes velaron denodadamente por conservar el carácter independiente o autónomo de la institución y la consagración plena a una disciplina estética o intelectual.
«Cuando se hable de la historia de las Artes y las Letras en nuestro país, cuando se estudie el desenvolvimiento de nuestra vida intelectual durante los primeros cincuenta años de la era republicana, nunca se insistirá bastante en citar y alabar estos viveros de cultura, que surgidos precisamente en esa etapa, debieron su existencia eficaz, su permanencia vigorosa, a leves y suaves manos femeninas. Por eso entraña una especial significación, una graciosa fineza, como diría Sor Juana Inés de la Cruz, el hecho de que sea también una mujer la que signe con su nombre secular el Día de las Artes y de las Letras en Cuba».11
La Loynaz vuelve una y otra vez sobre quienes, en el auditorio, temían o sentían incertidumbre por el futuro de la cultura de la nación: «Los poderosos de hoy serán mañana apenas un recuerdo. Que este recuerdo se agigante en el transcurso de los años o acabe de desvanecerse en ellos, depende claro está de sus obras, pero éstas a su vez dependen de los que han consagrado la existencia a registrarlas y a perpetuarlas. Porque el hombre es olvidadizo y necesita que alguien con voz, con la piedra, con el corazón, le prolongue su presencia más allá de la muerte. El sabio ve un mundo en una gota de agua, pero el poeta ve un cielo. Los demás no ven más que la gota de agua».12
La impronta de la sociedad y la celebración del Día de las Artes y de las Letras en Cuba no solo constituyó una plaza de promoción y defensa de los más genuinos valores artísticos y literarios de la Isla, sino que su eficaz desempeño caló hondo en hombres y mujeres intelectuales de otras latitudes, germinando así su semilla en la Patria grande anhelada por José Martí: la Humanidad. Baste solo citar que, poco tiempo después de la creación de la institución cubana, en España se discutía la instauración de una jornada similar bajo la advocación de Santa Teresa o San Juan de la Cruz.
«Un día de las Artes y las Letras no genera por sí solo una cosecha de Letras y de Artes, pero a la larga, la constancia en señalarlo hará pensar al hombre que su vida ha sido más bella gracias a los escritores y a los artistas. Son ellos, los místicos, los artistas, los poetas, los que revelan a los demás, al solo resplandor de una palabra, de un trazo, de una música, el mundo mágico que todos llevamos dentro. ¡Cuántos pudieron verse en una frase mejor que en un espejo, y cuantos reconocieron en la expresión del sentimiento ajeno, la pena sin nombre, la dulzura escondida, el florecer del alma, que eran suyos!».13

 

   1 Rosa López: “¡Palabras pronunciadas por la señora Rosa López, viuda de Izaguirre, presidenta de la Sociedad de Artes y Letras Cubanas”, en Del Día de las Artes y de las Letras, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2007, p. 15.

   2 Dulce María Loynaz: Del Día de las Artes y de las Letras, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2007, p. 18.

   3 César López: “Dulce María Loynaz, la frase y el espejo” en Del Día de las Artes y de las Letras, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2007, p. 6.

   4 Dulce María Loynaz: Del Día de las Artes y de las Letras, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2007, p. 17.

   5 Ídem. p. 18.

   6 Ídem. p. 19.

   7 Ídem. p. 19.

   8 Ídem. p. 20.

   9 Ídem.

   10 Ídem. p. 21.

   11 Ídem. p. 23.

   12 Ídem. p. 35.

   13 Ídem. p. 26.

Fernando Padilla González
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Opus Habana