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 Desde hace tres años el Centro Histórico cuenta con el Convento de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida, «complejo monástico, que ocupa una antigua mansión del siglo XVIII con fachadas principales a las calles Oficios y Teniente Rey».
En menos de un año, la otrora Casa de don Lorenzo Montalvo, de mediados del siglo XVIII, fue reacondicionada para convertirse en la primera sede en Cuba de esa prestigiosa congregación femenina, originada en Suecia en el siglo XIV.

Como «bello símbolo de fraternidad y paz», calificó el Comandante en Jefe Fidel Castro el Convento de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida, cuyas devotas acaban de iniciar en la Habana Vieja su apostolado de espiritualidad, caridad y promoción ecuménicas.
«Deseo que este lugar sea ejemplo de espíritu ecuménico», expresó el presidente cubano al dejar inaugurado –el pasado 8 de marzo– ese complejo monástico, que ocupa una antigua mansión del siglo XVIII con fachadas principales a las calles Oficios y Teniente Rey.
La ceremonia se realizó en horas de la tarde en la capilla principal de ese recinto conventual, con la presencia de Monseñor Luis Robles Díaz, Nuncio Apostólico en Cuba; el Cardenal Crescenzio Sepe, Prefecto de la Congregación Pontificia para la Evangelización de los Pueblos; la Madre Tekla Famiglietti, Abadesa General de la Orden Católica del Santísimo Salvador de Santa Brígida, y el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara, México.
Ese acto inaugural –al que asistieron autoridades de distintas congregaciones religiosas, además del Cuerpo Diplomático acreditado en la Isla y representantes del gobierno cubano– fue ampliamente destacado en los medios de prensa, que glosaron y reprodujeron los discursos pronunciados por el Comandante en Jefe y la Abadesa General de la Orden Brigidina.
En menos de un año, la otrora Casa de don Lorenzo Montalvo –una típica casa colonial de mediados del siglo XVIII– fue reacondicionada para convertirse en la primera sede en Cuba de esa prestigiosa congregación femenina, originada en Suecia en el siglo XIV y refundada en 1911 por la beata María Elisabetta Hesselblad. De ahí que el Convento habanero se llame de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida y Madre Isabel.
 Además del propio convento, ese complejo monástico –con un área de 1644 metros cuadrados– incluye una casa de huéspedes y un parqueo. Destacan las dos capillas: una abierta al culto público, y la otra, en la parte lateral del convento, que estará destinada para el noviciado.
Según Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, «fue un deseo manifiesto de la Madre Tekla Famiglietti, Abadesa General de la Orden, que se utilizasen mármoles de Cuba para el altar de las capillas, así como que la decoración de las mismas se hiciera por artistas autóctonos».
Esa intención quedó ratificada por la propia religiosa brigidina cuando expresó su gratitud y agradecimientos a Leal por seguir personalmente los trabajos «que en un solo año han logrado restituir el verdadero rostro artístico a estos dos complejos», en referencia a que realmente se trata de dos edificios unidos entre sí.
«Todos pueden admirar la belleza de los trabajos ejecutados con magistral competencia en el estilo y en la cultura que caracteriza al noble pueblo cubano», expresó con vehemencia dicha superiora durante la ceremonia inaugural del Convento.
Y agregó: «En esta obra he sido ayudada también por el arquitecto Marco Silvestri, que me ha representado aquí en Cuba cooperando con el Honorable Eusebio Leal en un clima ideal de fraterna colaboración».
Obras como los preciosos vitrales de Rosa María de la Terga, que representan a la Santa Brígida en varias versiones, confieren un toque de gracia a la sobriedad de la capilla principal, donde el altar –diseñado por el escultor Quintanilla– fue santificado el domingo 9 de marzo mediante una celebración eucarística.
Las celebraciones inaugurales del Convento del Santísimo Salvador de Santa Brígida comenzaron tres días antes –el jueves 6–, cuando en la sala de conciertos de la Basílica Menor de San Francisco, José María Vitier dirigió su Misa cubana a la Virgen de la Caridad del Cobre, interpretada por un conjunto de cámara de la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Exaudi.
Correspondió a esta última agrupación, que dirige María Felicia Pérez, protagonizar el momento cultural de la histórica inauguración del Convento Brigidino. Exaudi interpretó Salve Regina, del compositor venezolano Alejandro Carrillo, y Eternidad, poema de Dulce María Loynaz musicalizado por Beatriz Corona.
El domingo, por último, tuvo lugar la celebración eucarística por la dedicación del nuevo altar en la Capilla de dicho Convento, presidida por el Cardenal Crescenzio Sepe, Perfecto de la Congregación de la Evangelización de los Pueblos. Toda la música de ese oficio –obras del barroco cubano y latinoamericano– fue interpretada por el Conjunto de Música Antigua Ars Longa. La Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida tiene ya comunidades religiosas en 16 países: Dinamarca, Estonia, Filipinas, Finlandia, Alemania, Inglaterra, Italia, Noruega, Palestina, Polonia, Suecia, Suiza, Estados Unidos, India, México y, ahora, Cuba. De modo que la Isla es el segundo país latinoamericano que ofrece abrigo a esa congregación, la cual llegó a Nueva España (hoy, México) en 1743 y fundó allí su primer convento en América.
Se dice que Santa Brígida de Suecia (1302-1373) –fundadora de la Orden del Santísimo Salvador y patrona de Europa– fue famosa por sus visiones, las cuales empezó a tener a los siete años cuando soñó que hablaba con el Señor clavado en la cruz. Esas revelaciones la acompañaron durante toda su vida, especialmente las que se refieren al sufrimiento de la Pasión y a ciertos acontecimientos de su época.
Decidió convertirse a la vida religiosa cuando su esposo logró rebasar una grave enfermedad tras haber orado ella fervorosamente por su restablecimiento y tener un sueño en que San Dionisio le reveló que no moriría.
Tiempo después, al morir por fin su cónyuge en 1344, se mantuvo cuatro años apartada del mundo, dedicada a la penitencia. A partir de entonces se caracterizó por una gran austeridad: usaba sólo lino para su velo y se vestía con una burda túnica, anudada con una cuerda.
Impulsada por otra visión, fundó un monasterio en Vadstena que llegó a ser el principal centro literario de Suecia en el siglo XV. Debido a diferentes conflictos con la corte de ese país –donde ya era muy querida por el pueblo–, partió hacia Roma para ocuparse de los pobres y enfermos de esta ciudad.
Luego de una aparición que tuvo de San Francisco, quien le dijo: «Ven a beber conmigo en mi celda», Brígida visitó Asís y de allí siguió a los principales santuarios de Italia. Su última peregrinación fue a Palestina, durante la cual padeció de profundas penas –como la pérdida de un hijo– aunque disfrutó de grandes consolaciones espirituales y de múltiples visiones del Señor.
A su vuelta de Tierra Santa, pasó por Chipre y Nápoles antes de llegar a Roma en 1373. Moriría en esta ciudad el 23 de julio de ese mismo año y, cuatro meses después, sus restos serían trasladados a la abadía de Vadstena, donde aún se conservan. Fue canonizada en 1391.