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 Introducidos en Cuba durante el siglo XVI, muchos de estos instrumentos hicieron sonar la más selecta música sacra de su época. En los templos, permanece olvidado el rey de los instrumentos: el órgano de tubos.
Los órganos que quedan en La Habana se sitúan entre los siglos XIX y XX y pertenecen a tres sistemas diferentes: mecánico, neumático y electroneumático. En Cuba, las primeras noticias de su uso se remontan al siglo XVI.

 Al entrar en alguno de los viejos templos de La Habana y voltear la mirada hacia el coro, podríamos admirar al rey de los instrumentos, el más potente y grande de todos: el órgano de tubos. Obra de verdaderos artífices del arte mecánico, estas ingeniosas maquinarias que otrora hicieron vibrar poderosamente sus armónicos dentro de la arquitectura que las contiene, hoy yacen «dormidas» en espera de que alguien las rescate del silencio. Junto al poco uso a partir del cambio de liturgia, la falta de mantenimiento y las características de nuestro clima condenaron al olvido este instrumento de viento, a la par de otros objetos que fueron retirados del uso litúrgico.
La relación entre el órgano y el culto católico se remonta a la Edad Media, época en que se convirtió en el instrumento por excelencia para el acompañamiento del canto cristiano. Desde entonces, y a lo largo de la historia musical, fueron modificándose sus posibilidades sonoras.
En Cuba, las primeras noticias de su uso se remontan al siglo XVI, y suponemos que en aquel tiempo se tratara de un órgano renacentista. Alejo Carpentier nos refiere que Miguel Velázquez, cubano mestizo de español e india, había estudiado la carrera eclesiástica en España, y tañía el órgano en la Catedral de Santiago de Cuba en fecha tan temprana como 1544, apenas diecisiete años después de acabada la fábrica de la catedral primada de la Isla (1). Era, pues, el primer organista que en aquella época tenía la función de preludiar y doblar las voces en el canto a capella, además de improvisar e interpretar obras creadas expresamente para momentos a solo. A partir de entonces, en las actas capitulares de la Catedral de Santiago, encontramos una gran lista de músicos que continuaron acompañando las ceremonias religiosas con no pocas interrupciones.
Hacia 1630, el entonces deán y luego obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, apunta en una crónica de su libro Historia de la isla y catedral de Cuba, que se procedió a nombrar a Juan de Mesa Borges como organista de la Catedral porque «había muchos años que en los oficios divinos se carecía de la solemnidad del órgano, por no haber persona inteligente que lo tocara». Más adelante, en 1647, es nombrado Fernando de Espinosa «con mil quinientos reales de renta en cada un año en lugar de ochocientos que tenía; hízose éste acrece no solo para que con él cesase la deserción que con frecuencia se experimentaba en los que obtenían este empleo, sino también porque a la obligación de tocar se le señaló la de componer el órgano y hacer las flautas necesarias dándole la iglesia los materiales», siendo ésta la primera constancia de actividad de organería en Cuba.
Así continuó la historia a lo largo del siglo XVIII cuando, según Emilio Bacardí, Morell de Santa Cruz «preocupado por la música de la catedral, en marzo de 1716 mandó se tocara el órgano todos los días, lo que antes no se ejecutaba sino en los festivos, o cuando se celebraba una fiesta particular» (2).
Esta constante inestabilidad cesó en la segunda mitad del ochocientos, época de mayor esplendor musical de las capillas de La Habana y Santiago de Cuba, cuando el órgano se convirtió en un instrumento imprescindible para los oficios religiosos, pues de esta fecha proceden los primeros testimonios documentales en partituras que lo incluyen en su formato, escritas por Esteban Salas y Cayetano Pagueras.
Del órgano de Salas no poseemos documentos que lo describan. Suponemos fuera un órgano barroco como los que había en otras capillas de América. Lo cierto es que para 1827 este órgano estaba en tan mal estado que el entonces maestro de capilla Juan París pide al cabildo se mande a construir un nuevo instrumento «para la mayor solemnidad del divino culto y el decoro de esta Santa Iglesia». El encargo fue hecho al organero habanero Andrés Llopis, quien propone un plano de diseño de fachada francés y una disposición de registros típica de la organería castellana, ya que la tubería de fachada —que aún se conserva en la Catedral de Santiago— posee «la batalla española» (registro de lengüetería que se coloca en posición horizontal y caracteriza los instrumentos de esta escuela de construcción de órganos).
En manuscrito firmado por el antedicho organero don Andrés Llopis describiendo los registros del nuevo órgano, comenta:
«Música de lengua.
»Registro de bajoncillo partido, de mano izquierda, con sus zepos de metal y canales de latón, templadores de hilo de yerro; se colocará al frente del secreto a la parte de afuera, en forma de artillería. Caños 25.
»Sigue otro de clarin de campaña, partido de mano derecha, con las mismas circunstancias que los anteriores, y se colocará al frente del secreto en la parte de afuera en forma de artillería. Caños 29» (3).
También es posible que Salas haya tenido a su disposición un órgano positivo de cámara, de dimensiones más pequeñas que el órgano característico del siglo XVIII. Aunque hasta el presente no se ha hallado ningún ejemplar que nos permita constatar la presencia del primero en la Isla, sí existe una referencia documental muy interesante en la Catedral de Santiago de Cuba.
Hacia 1801, Diego Hierrezuelo cubría aún la plaza de organista, y en carta al cabildo, fechada el 18 de septiembre de ese mismo año, ya que el órgano necesitaba reparación, procuraba crédito y autorización para contratar a un tal Alcalá, teniente de milicias, entendido en menesteres de fuelles y registros «... para que se sirva acordar lo que hallare por combeniente respecto a que no es fácil lograr ocasión tan oportuna, ya que el dicho [Alcalá] me ha puesto útil un antiguo organito de V. S. que se hallava inservible con lo que me ha dado pruebas de su instrucción [...]» (4) .
 Por su parte, gracias a su florecer económico, La Habana pudo contar desde el siglo XVIII con capilla de música en la otrora Parroquial Mayor, donde Cayetano Pagueras fuera organista hasta principios del siglo XIX. El órgano de Pagueras corrió igual suerte que el de Salas, y en 1862 se inicia un expediente para la adquisición de un nuevo instrumento para la Catedral de La Habana.
Hasta nosotros ha llegado la descripción y el plano de este órgano de la casa Merklin-Schutze, sucesora de Ducroquet, y un informe del organero José Pigarau que en noviembre de 1935, para dar fe de su labor de reparación, dice:
«Data este instrumento de los años 1862 a 1864. Fue construido en Bruselas por la casa [Merklin]. En aquella época y aún actual puede considerarse de monumental ya que dispone de instrumentación suficiente.
»[En] el mecanismo aunque antiguo se observa una obra muy bien acabada y con materia de primera clase.
»Ha sufrido algunas reparaciones de pocos años a esta parte como la aplicación de la máquina neumática, [...] renovación de fuelles y aplicación del motor [Ventus] por el organero Sr. Pigarau, pero siempre dejando la construcción y disposición en su primitivo estado.
»Consta el instrumento de 28 juegos sonantes de 2 teclados manuales de 56 notas y 6 juegos de pedal independientes de 27 notas.
»Pocos son los órganos que como este reúnen una instrumentación tan perfecta, en lo que respecta a los grandes flautados, [...] llenos y muchos juegos mordientes, aventaja a los modernos.
»La caja sonoro-expresiva para el segundo teclado es de cuanto se puede apetecer en ejecutado de pianísimo a fuerte.
»Los secretos en división de fondos y lengüetería permiten al organista el poder ejecutar por medio de pedales a enganche varias combinaciones en especial las de más necesidad» (5).
Varios años después de este informe, el órgano corrió igual suerte que sus predecesores y quedó totalmente destruido a finales de la década del 80; su lugar en el coro fue entonces ocupado por el órgano de la iglesia de Santa Catalina de Siena.

UNA CÁTEDRA DE ÓRGANO
Desde finales del siglo XIX ya resuenan en La Habana los nombres de los organistas que tienen a su cargo la interpretación de la música en los oficios religiosos: Felipe Palau, en la Catedral de La Habana; Francisco Saurí y Justo Ojanguren, en la iglesia de la Merced; Ramón Junco, en el Espíritu Santo, y José Arrué, en la de San Antonio de Padua...
Hasta el ochocientos, la formación de músicos capaces de ejecutar estos instrumentos fue suplida por la labor didáctica que llevaron a cabo las capillas de música de La Habana y Santiago de Cuba. Ya en el siglo XX, entre los organistas locales encontramos algunos mayormente empíricos, además de ciertos sacerdotes extranjeros que dominaban su técnica. Para esta fecha sólo se enseñaban, en forma privada, conocimientos muy elementales que no incluían obras de concierto.
Uno de los más destacados intérpretes de órgano fue el vasco Estanislao Sudupe Osinalde, franciscano establecido en Cuba desde 1938. Formado en la Julliard School con el maestro John Erskine, Sudupe ofrecía conciertos en los órganos de las iglesias de San Francisco de Asís —que poseía un instrumento de magnífica calidad sonora por contar con una excelente tubería de factura alemana— y de San Antonio de Padua. Además de gran improvisador y compositor de algunas obras, este hombre fue el maestro de Manuel Suárez González, fundador de la primera y única cátedra de órgano que ha existido en La Habana, en el conservatorio Amadeo Roldán, entre 1965 y 1976.
Suárez inicia su formación organística en 1933, en Betanzos (España), y culmina en La Habana con las lecciones del padre Sudupe. Ya graduado, hizo propaganda a la venta de órganos Hammond —órgano eléctrico, sin tubos—, dando conciertos demostrativos para probar o estrenar estos equipos por toda la Isla. En La Habana realizó innumerables presentaciones en el teatro América y en televisión, así como gestionó con Pro-Arte Musical un importante concierto del organista norteamericano Richard Ellsasser en el teatro Auditorium. En aquella ocasión, el invitado interpretó, entre otras obras, la Fantasía y fuga en sol menor para órgano de Juan Sebastián Bach.
El maestro Suárez siempre había anhelado que en Cuba se impartieran clases de órgano. En 1963 comienza a enseñar con carácter privado a la musicóloga Zoila Gómez, utilizando un órgano eléctrico que había en la iglesia de San Francisco de Paula, donde radicaba el Seminario de Música Popular.
Dos años más tarde, se dan las premisas para la fundación de una cátedra de órgano en el conservatorio Amadeo Roldán, cuando el profesor Isaac Nicola era director del centro. Así se inician oficialmente las clases en el curso 1965-1966 con dos órganos Hammond.
En la iglesia de San Francisco de Paula, en La Habana Vieja, se verificaban los conciertos de la cátedra. Allí, la Chacona de Vitali para violín y órgano fue interpretada por Alfredo Muñoz y Zoila Gómez, quien —en compañía de Carmen Collado y el coro femenino del Amadeo Roldán— ejecutó además el Stabat Mater de Pergolesi. En 1971, el maestro Suárez estrena en la misma iglesia el 4to. Concierto para órgano y orquesta de Handel, bajo la dirección del maestro Alfredo Diez-Nieto. También en este año se gradúa la primera alumna —Zoila Gómez— con obras de Bach, Borowsky, Vierne y Franck. Más tarde, es ella quien acompaña al órgano Selecciones del Mesías de Handel, que fueron interpretadas con la orquesta barroca de la Escuela Nacional de Arte y solistas del Coro Nacional en la graduación de José Antonio Bornot. De modo que la cátedra no sólo se encargó de la docencia, sino que generó todo un movimiento de difusión de música de órgano en La Habana.
Otros dos graduados tuvo la cátedra de órgano. Los profesores Jorge Bueno, actual jefe de la cátedra de Música de Cámara del Conservatorio Amadeo Roldán, y Roberto Chorens, hoy decano de la Facultad de Música del Instituto Superior de Arte, cursaron estudios con el maestro Suárez, quien se vio precisado a cerrar la cátedra en 1976 por falta de instrumentos para trabajar.

 ÁNIMO DE RESTAURAR
En una reciente investigación llevada a cabo por el organero español Joaquin Lois —jefe del taller Joaquin Lois Organeros, CB. Tordesillas, Valladolid (España)— se estudiaron la mayoría de los órganos que se localizan actualmente en La Habana. Tal actividad forma parte del convenio de colaboración que sostienen la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y la Universidad de Valladolid. En esta oportunidad se catalogaron doce órganos con el fin de establecer una sólida valoración técnica acerca de las posibilidades reales de restauración y una caracterización del estilo constructivo y valor estético de estos instrumentos.
Los órganos que quedan en La Habana se sitúan entre los siglos XIX y XX y pertenecen a tres sistemas diferentes: mecánico, neumático y electroneumático. «En cuanto al estilo sonoro van desde el preromanticismo francés hasta el órgano ecléctico o posromántico. No se aprecia en ninguno de ellos rasgos e influencia del órgano clásico español» (6). Ello hace suponer que por continuas reformas «para actualizar el mecanismo» —o su sustitución por nuevos exponentes— se hayan perdido definitivamente los ejemplares más antiguos que, como el órgano de la Catedral de Santiago, guardaban relación con otras escuelas de organería.
La construcción de órganos en Cuba estuvo liderada por el vasco Guillermo de Aizpuru, quien comenzó sus trabajos en 1950 aproximadamente. A su empresa se debe la construcción de seis órganos en La Habana, de hechura y estilo modernos con sistema electroneumático. Todos los trabajos de carpintería se realizaban aquí, aunque la tubería se importaba de Organería Española S. A.
En 1951, vinculado al trabajo del primer órgano construido por Aizpuru, en la iglesia de los Pasionistas, aprendió los secretos de la organería Guillermo Pérez González (7). Carpintero ebanista de profesión, hasta la década de los 80 fue el único organero que se dedicó a reparar y afinar esos instrumentos en La Habana.
No obstante el oficio de Guillermo, no se pudo impedir el deterioro de estos órganos hasta su total inutilidad, de ahí que urja la necesaria restauración de —al menos— los más valiosos.
Por poseer mayor valor patrimonial, entre los primeros que amerita restaurar se encuentran los órganos de las iglesias habaneras de San Francisco de Paula y de la Caridad. Ambos datan del siglo XIX, son de construcción francesa y pertenecen a las casas Ducroquet y Merklin-Schutze, respectivamente.
En tal proyecto de restauración trabajan —junto a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana— la Universidad de Valladolid, España, y el Centro Internacional de Los Caminos del Barroco, Francia.
El rescate de estos órganos no sólo enriquecerá las posibilidades de interpretación de obras para este instrumento sino que ampliará sobremanera el espectro sonoro del trabajo con la música antigua en Cuba.



(1) Alejo Carpentier: La Música en Cuba. Fondo de Cultura Económica, 1946.
(2) Emilio Bacardí Moreau: Crónicas de Santiago de Cuba. Tipografía Arroyo Hermanos, Santiago de Cuba, 1924.
(3) Expediente sobre dimensiones y compra de un nuevo órgano para la Santa Iglesia Catedral. Archivo de la Catedral de Santiago de Cuba.
(4) Pablo Hernández Balaguer: Los villancicos, cantadas y pastorelas de Esteban Salas. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1986.
(5) «Descripción del órgano de la Santa Iglesia Catedral», en Expediente para la adquisición de un órgano para esta Sta. Iglesia Catedral, legajo 22.
(6) Joaquín Lois: Informe sobre los órganos visitados en la Ciudad de la Habana (Cuba) por encargo del Aula de Música de la Universidad de Valladolid, Tordesillas, España, 2000.
(7) Guillermo Pérez González. Caibarién, Las Villas, 17 de diciembre de 1918. Radica en La Habana desde 1951. Para la redacción del presente trabajo se ha tomado su valioso testimonio en entrevistas realizadas por la autora entre junio de 1999 y abril del 2000.