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Ubicado en la caleta del mismo nombre, el torreón de San Lázaro ha desafiado el paso del tiempo y las transformaciones urbanas.

Corrían los primeros años del siglo XVI en la recién fundada villa de San Cristóbal de La Habana, y con ellos arribaban armadores de varias naciones europeas al Puerto de Carenas. La esperanza de hacer fortuna en el ramo de la construcción naval motivó a varios carpinteros de ribera a reparar en las bondades naturales de una ensenada situada al oeste de la rada habanera.
A la postre, Juan Guillén estableció allí uno de sus careneros y no pasó largo tiempo para que la zona fuese conocida, precisamente, como la caleta de Juan Guillén. Por entonces era costumbre que los tramos de litoral adquiriesen los nombres de los asentistas que situaban en ellos sus pequeños astilleros personales. «En la Plaza de Armas, al fondo de lo que ocupó después el Palacio de los Condes de Santovenia, cuyo edificio aún se mantiene en su sitio, tuvieron sus viviendas los capitanes Juan Guillén, Francisco e Ignacio de Losa, Pedro Hourritinier y José de la Cruz, conociéndose así el tramo de playa que hacia frente a sus viviendas».

El torreón de San Lázaro fue concebido por el ingeniero Marcos Lucio, comisionado en Nueva España para la construcción y modernización de las fortificaciones habaneras en el siglo XVII. En acta del cabildo, fechada el 26 de septiembre de 1664, se hace mención a una real cédula que recoge indicaciones para hacer «un fortín nuevo en la caleta que esta media legua de la ciudad». En la segunda mitad del siglo XIX, pierde su carácter defensivo ante el emplazamiento de la Batería de La Reina. Hacia 1916, se inaugura el conjunto escultórico del Parque Maceo, sin embargo no sería hasta la década del 50 que el torreón se integraría a su diseño. Durante este período fue pintado de amarillo, blanco y azul. Fungió como subestación eléctrica para un sector del municipio Centro Habana hasta que en 2002 se inician las labores arqueológicas y de restauración por la Oficina del Historiador de la Ciudad, con las cuales el torreón recuperó su altura y estructura originales.

La caleta no solo fue propicia para la carena, construcción y ulterior botadura de embarcaciones, sino que la suavidad de su entrante en el mar permitía la llegada de los botes a su orilla sin mayores percances. Y así ocurrió la mañana del 10 de julio de 1555, cuando las velas de los bajeles de Jacques de Sores asomaron de manera amenazadora frente a la costa habanera. El vigía, apostado en el Morro, dio la señal acompañada de un disparo de cañón que estremeció la ciudad.
En el mar, la carabela de Sores continúo su trayectoria rumbo oeste, celosamente custodiada desde el litoral por dos individuos a caballo, los mismos que regresarían a la villa con la noticia del desembarco de los piratas por la caleta de Juan Guillén.Insatisfecho con las riquezas tomadas en la villa de San Cristóbal de La Habana, el francés se hizo a la vela el 5 de agosto a media noche con buena luna y tiempo próspero, dejando tras de sí, una estela de destrucción y miseria, y una población que no cesaba de maldecir al corsario y sus huestes, al tiempo que acusaban de cobarde y vil traidor al gobernador Pérez de Angulo.  
Las autoridades españolas no tardaron en comprender que el sitio era un punto estratégico para el sistema defensivo costero de La Habana. Es durante la visita del ingeniero Marcos Lucio, comisionado en Nueva España para realizar modificaciones en las primigenias fortificaciones de la villa y sus alrededores, que se inician las obras de construcción de un torreón en la caleta de Juan Guillen.   En acta del cabildo habanero, fechada el 26 de septiembre de 1664, se hace mención a una real cédula que recoge indicaciones para reformar las fortificaciones y hacer «un fortín nuevo en la caleta que está media legua de la ciudad».
Desde un inicio, el torreón cumplió con la función de vigía, diferenciándose del resto de las construcciones que con el mismo objetivo existían en la Isla. Por lo general, estas se construían siguiendo las tradiciones del bohío aborigen y se situaban en las playas o peñones rocosos para avistar velas enemigas en el horizonte, proteger naufragios, e impedir el contrabando. Otra singularidad la constituía su altura, calculada con toda intención, pues desde ella se realizaban avisos de señales a la villa, las cuales comunicaban el arribo de las Flotas de Indias o la presencia de una amenaza marítima.

Pronto el torreón de la caleta de Juan Guillén pasó a ser conocido con el nombre de San Lázaro, que adoptó del aledaño hospital o reclusorio de leprosos. Enlace entre las fortalezas San Salvador de La Punta y Santa Dorotea de Luna de La Chorrera,su artífice lo concibió como una edificación defensiva en tres niveles, con aspilleras en el perímetro intermedio y parapeto con troneras en el superior. La estructura cilíndrica de mampostería permitía, al estar emplazado en una zona baja, resguardar a su guarnición del intenso sol tropical y de las inclemencias del tiempo, al ser frecuentes las penetraciones del mar provocadas por Nortes y huracanes.
En pie la fortificación, otro problema se presentaba ante las autoridades de la villa habanera: dotar al enclave defensivo de presencia militar. La formación regular de milicias en la Isla fue desde un comienzo un tema escabroso, puesal ciudadano español no le entusiasmaba en lo absoluto cruzar el océano Atlántico para servir en las colonias americanas. Reclutados en tercios, fuese de manera voluntaria o forzada,los futuros soldados eran recluidos en compañías de 120 a 160 hombres, teniendo en cuenta la extensión de lasregiones de alistamiento —Galicia, Andalucía y Canarias— la disponibilidad de hombres en dichas zonas y la existencia de un mínimo de calidad, edad apropiada y cualidades físicas.
La comisión, la coacción y el asiento eran los tres métodos utilizados para tal fin. En el primer caso, la autoridad central decidía a quien se concedía la comisión y establecía la zona donde se podía efectuar, también el número de personas a reclutar y su destino, además del plazo fijado para llevar a cabo el reclutamiento. El asiento era un acuerdo entre el gobierno y un asentista que previo pago de un adelanto y la promesa de recibir las correspondientes soldadas, se comprometía a presentar un número acordado de hombres en un lugar y plazo de tiempo determinados. La ventaja de este sistema era la rapidez y solía utilizarse fuera del propio territorio. En cambio, la coacción se imponía cuando el incremento de las amenazas y la coyuntura crítica poblacional hacían insuficientes los sistemas de reclutas anteriores.
La dotación militar destinada al torreón, en términos de logística, pertenecía a la guarnición del castillo San Salvador de La Punta, que para el siglo XVII disponía de media centena de arcabuceros, una veintena de mosqueteros, cinco artilleros, dos cabos y un teniente.  De ellos, se consignaban a la defensa delacaleta y sus atalayas un número variable de efectivos. En tiempos de guerra nunca superó la cifra de 30 hombres, mientras que en condiciones de aparente estabilidad política no rebasó la suma de cinco.A los soldados profesionales se sumabanpequeñas formaciones de las compañías de pardos y negros libres, encargadas de reforzar la defensa de la caleta de San Lázaro, el tramo comprendido entre la ermita de San Francisco de Paula y el convento de San Francisco de Asís e igualmente el correspondiente a las casas de la Contaduría y el castillo de La Real Fuerza.
La Habana contaba, además, con la Compañía de caballería, similar a la existente en Cartagena de Indias, dirigida por la ilustre familia de los Calvo de la Puerta y compuesta por voluntarios sin remuneración, cuya misión era la de recorrer, traer y llevar información, con la mayor presteza posible,entre las fortificaciones del litoral y los cuarteles situados en las ciudades de la Isla.  Precursores de esta compañía fueron los encargados de confirmar en 1555 el desembarco de Jacques de Sores y sus huestes por la caleta de Juan Guillén.
Ante las nefastas experiencias y una vez alcanzada la cercanía del puerto habanero quedó establecido que todo navío, como muestra de sus intenciones pacíficas, debía descargar al mar todas las piezas de artillería situadas en la banda de babor, justo la que daba al castillo de los Tres Reyes del Morro. Con ello se impedía un posible ataque, pues para ello el bajel debía virar sobre sí y posicionar la banda de estribor o recargar los cañones recién disparados, acciones que tomaban cierto tiempo y eran visibles a la sagaz mirada delos vigías.
Confirmado que no existía la menor amenaza, el vigía enviaba la indicación al capitán de artillería de la fortaleza mediante el código de señales establecido y este a su vez ordenaba el acto simbólico de descargar algunas de las piezas,afirmación del permiso para acceder al interior de la rada habanera.Antes, el vigía del torreón de San Lázaro, mediante el mismo sistema de señales, había comunicado a la plaza el arribo de velas, su cantidad, procedencia e intenciones.
Si bien era obligación de las autoridades militares de La Habana cumplir con tal ordenanza de Marina, no siempre fue exigida. En muchas ocasiones y mediante los despachos emitidos por los diferentes vigías apostados en el sistema defensivo costero de la Isla, se conocían las características e intenciones de las tripulaciones antes de su arribo a la villa. También, era usual enviara las fragatas o avisos en la avanzada cuando se trataba de escuadras que portaban caudales o llevaban a bordo a una distinguida autoridad, con el fin de no hacerlos esperar más de los debido en alta mar y evitar así los peligros que ello representaba en ataques sorpresivos por parte de las potencias enemigas o mesnadas piratas.
Bajo la perspicaz mirada de los vigías se encontraba además el Real Fondeadero de La Habana, área marítima localizada en las inmediaciones entre el castillo de los Tres Reyes del Morro y el torreón de San Lázaro. Allí debían fondear las flotas de Nueva España y Tierra Firme, así como todo bajel que arribara a la villa de San Cristóbal, a la espera de la autorización para acceder al puerto. Establecido a partir de la real cédula que obligaba a las naves de la Carrera de Indias a invernar en el interior de la rada antes de emprender la azarosa travesía del tornaviaje, el Fondeadero es hoy uno de los sitios arqueológicos subacuáticos más ricos en evidencias de la marina de la época.
Los vigías del torreón de San Lázaro no solo se mantenían pendientes de las velas que arribaban o desaparecían en el horizonte, pues bajo su responsabilidad se encontraba la supervisión de los convoyes que trasportaban vía fluvial y marítima las tozas de madera con destino a las construcciones navales, militares y civiles de la villa. Las más representativas provenían del río Almendares, aunque a puerto llegaban cargamentos del interior de la Isla, el sur de La Florida y Nueva España. En su desempeño, se incluíaademásel monitoreo visual del litoral costero, con el fin de evitar infiltraciones nocturnas del enemigo, los cuales podían refugiarse en el bosque Vedado y desde allí infringir daños significativos a un objetivo estratégico para La Habana: el suministro de agua de la Zanja Real.
No obstante, el mar no fue la única fuente de amenazas. En varias ocasiones, la plaza se vio vulnerada por su propia guarnición. Corrían apacibles los primeros días de junio de 1686 cuando la noticia corrió fulminante. Más de una centena de hombres habían abandonado sus puestos en las fortalezas para alzarse en las afueras de villa. ¿Cuál fue la causa para tan insólito acontecimiento?
Tras meses sin recibir salario alguno, la dotación depositó todas sus esperanzas en la llegada por aquellas fechas del bajel con los situados de México. Sin embargo, la nave arribó sin un real a bordo provocando la desesperación en algunos y la ira en otros. Tiempo después, solo el aviso de la presencia de velas enemigas en lontananza, emitido por los vigías del torreón de San Lázaro y El Morro, consiguió que los soldados depusieran su actitud. Este no sería un hecho aislado, pues el retraso de los situados provocó una nueva sublevación el 13 de noviembre de 1715, la cual fue sofocada por seis compañías del regimiento de Extremadura enviadas a la ciudad.
Para mediados del siglo XVII los hombres reclutados en las ciudades españolas se encontraban exhaustos de llevar una vida paupérrima, pues las condiciones de hospedaje y alimentación en las fortificaciones se habían tornado inhumanas. La desesperación y la necesidad de supervivencia —muchos de los soldados poseían familia a la que debían alimentar—  propiciaron un hecho hasta entonces solapado por las autoridades: la deserción en masas de los efectivos.A la precariedadeconómica, se sumaba la inconformidad de los soldados españoles que decían sentirse agraviados y se negaban a ser mandados por oficiales «que no tienen su color». En aparente igualdad de condiciones, los criollos aspiraban a las mismas ventajas, paga y honores, lo que da lugar a continuos roces y enfrentamientos.
Algunos de los criollos que ingresaban en la vida militar provenían de familias que, mediante el comercio de los cultivos de azúcar, tabaco y café o la construcción naval, habían logrado amasar notables fortunas, pero que carecían de apellidos ilustres. El desempeño en la política, en lo eclesiástico o en el Armada eran lasvíasexpeditas para alcanzar los ansiados títulos nobiliarios y el reconocimiento social. A tal efecto, elevaban un memorial al rey con la petición de la dispensa de su condición de naturales y para así poder abrazar la carrera de las armas.
A cambio, la Corona exigía que los soldados de origen criollo estuviesen comprendidos entre las edades de 18 y 40 años, presentaran certificado de pureza de sangre, sirvieran por seis años en la Armada de Barlovento y abonaran un pago de cien reales.  La ventajosa condición económica les permitía un rápido ascenso de gradación, situación que causaba malestar en los militares españoles. Aún se conservan los expedientes con las peticiones de las familias Pedroso, Barroto, Císcara, Villanueva, Beltrán de Santa Cruz, Prado y Carvajal, Estrada, Arrate, Valdespino y Palacián.
Criollos en busca de reconocimiento social, pardos y negros por algún sustento para mantener a sus familias, españoles arrancados de su tierra natal en sucesivas levas, y soldados de los regimientos reales tras la gloria de su servicio, hicieron de esta plaza un sitio inexpugnable. Apetecida por británicos, franceses, holandeses, piratas y corsarios, solo fue vulnerada en 1762 por la mayor flota que hasta entonces había cruzado el Atlántico. En lo alto deltorreón de San Lázaro, y ante la mirada de su vigía,aparecieron más cientos de velas, que por espacio de 11 meses opacaron el azul del horizonte habanero.

Fernando Padilla González
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Opus Habana