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Hace ya algún tiempo un viajero japonés visita asiduamente La Habana y, con humildad proverbial, reparte su sabiduría de maestro (sensei) entre sus discípulos cubanos. Responde al nombre de Sekiguchi Takaaki (Komei) y es una de las mayores autoridades mundiales de Iaijutsu y/o Iai-dō: el arte marcial japonés relacionado con el desenvainado y el envainado de la katana, el sable de filo único, curvado, tradicionalmente utilizado por los samuráis.

 «Más que todo, en mí ha primado la idea de dar a conocer la cultura japonesa en este país maravilloso que es Cuba, a la par que me llevo un poco de aquí. Digamos que el Iai-dō  funciona como un puente para establecer la amistad entre Japón y Cuba», afirma el sensei Sekiguchi Takaaki (Komei) en esta entrevista.   

Imagen superior: El maestro Sekiguchi Takaaki (Komei) con su katana durante una demostración en la Sala Polivalente Kid Chocolate. Sobre estas líneas, aparece en el mismo lugar junto a su shibucho (discípulo) cubano César Towie. Imagen izquierda: El sensei junto a la estatua del primer japonés que visitó La Habana, Hasekura Tsunenaga, emplazada en la Avenida del Puerto. 

Recientemente, el pasado 23 de julio, los cubanos conmemoramos el 400 aniversario de la llegada al puerto habanero del primer japonés que puso sus pies en esta Isla: el samurái Hasekura Tsunenaga. Este acontecimiento marcaría simbólicamente el inicio de los contactos culturales entre Cuba y Japón. Por ese motivo, durante todo este año 2014 se han ido celebrando diferentes actividades, como la exposición que el Museo Nacional de Bellas Artes organizó en mayo y abril pasados con grabados en madera (ukiyo-e) que representan a diferentes tipos de samuráis.
Sin embargo, es menos conocido que, desde hace algún tiempo, un samurái japonés del siglo XXI viaja asiduamente a Cuba y, con humildad proverbial, reparte su sabiduría de maestro (
sensei) en nuestro país. Responde al nombre de Sekiguchi Takaaki (Komei) y es una de las mayores autoridades mundiales de Iaijutsu y/o Iai-dō: el arte marcial japonés relacionado con el desenvainado y el envainado de la katana, el sable de filo único, curvado, tradicionalmente utilizado por los samuráis. Florecido durante el periodo Edo (1603-1868), ese sistema de combate fue creado especialmente para poder atacar o defenderse, a la vez que se desenvainaba la espada. Por eso, a diferencia del Kendo —donde los sables se desenfundan antes de iniciar el combate, como parte de un protocolo o duelo pactado —,  el Iai-dō se basa en que el arma se conserva dentro de la saya (vaina) y el combatiente debe ser capaz de reaccionar correctamente ante cualquier eventualidad, desenvainando su katana con la velocidad apropiada para atacar o contraatacar al oponente sin darle tiempo a nada. 
Habiendo practicado desde su juventud Kodokan Judo y Goju ryu Karate do (es 5to Dan en ambas artes marciales), Sekiguchi Komei-Sensei es 10mo Dan-Hanshi en Nihon Kobudo, en Kendo y en Iai-dō, respectivamente.  Pero el rango  mayor —si así puede decirse— de este samurái del siglo XXI es ser el vigésimo primer heredero (
sōke) de una de las tres escuelas vigentes de Muso Jikiden Eishi- Ryu (MJER), considerado entre los estilos de Iai-dō más antiguos,  pues se remonta al siglo XVI, cuya técnica y preceptos aprendió en consonancia con las enseñanzas transmitidas por la familia Tosa Yamahuchi.  
Fue en 1973 que Sekiguchi Komei-Sensei comenzó a practicar el MJER en el Meibukan Dojo, fundado en Toshima-ku, en la ciudad de Tokio, por el 19no
sōke, Kono Kanemitsu,  titular y heredero de ese estilo en aquel momento. Bajo su dirección —y, luego, del vigésimo sōke, Onoue Masamitsu—,  a sólo siete años de iniciarse en esa escuela, Komei-Sensei alcanzó en 1980 las condiciones para ser nombrado por Masamitsu como heredero en esa jerarquía piramidal. Desde entonces hasta el día de hoy, ha empleado todo su tiempo en llevar los ideales del Muso Jikiden Eishin-Ryu Iaijiutsu y su escuela Komei Juku a cientos de personas en Japón y el resto del mundo, incluida Cuba.
A sus 69 años de edad —nació en 1946—,  Sekiguchi Komei-Sensei encarna el linaje de una veintena de generaciones que, desde hace medio milenio, se fueron transmitiendo los secretos de las artes marciales ancestrales o
Kobudo (ko, de viejo o antiguo; Bu, de arma o guerrero, y do, sendero o camino espiritual). De cómo ese largo camino le ha traído a Cuba, entre otras decenas de países, trata esta entrevista, con énfasis en la dimensión ética y espiritual que su iniciativa entraña. Al difundir entre los cubanos el patrimonio del Kobudo, este hombre de recio carácter, pero que irradia un aura de nobleza, ha fomentado una fuente de inspiración para estrechar los lazos entre las culturas de ambos pueblos.

Usted es probablemente el maestro japonés de artes marciales de mayor rango que ha visitado Cuba en la historia. ¿Qué le inspiró a venir a nuestro país, y lo más importante, a crear aquí  una escuela de Iaijutsu del estilo Muso Jikiden Eishin Ryu?  


El propósito de mi visita a La Habana no fue hacer una escuela de Iai-dō, sino que surgió cuando se celebraban los 40 años de haberse cumplido relaciones diplomáticas entre Japón y Cuba. Desde hace años, yo tenía amistad con los trabajadores de la embajada cubana en Tokio, pues quedaba cerca de mi Dojo, y algunos de ellos venían a practicar conmigo. Siempre me manifestaban su interés de invitarme a este país para divulgar las artes marciales japonesas, a través de mi creencia y mi técnica. Sabía que en Cuba habían cerca de 30 mil o 35 mil practicantes, principalmente de karate y judo, así como de algunas manifestaciones de kobudo.  
Fue a través de un diplomático japonés que el karate empezó a introducirse en Cuba, y así se mantuvo esa relación durante años. Conociendo que soy un maestro que viajo por el mundo propagando el kobudo, tanto en los países pobres como ricos, que yo dedico enteramente mi vida a este arte, por estas razones, mis amigos cubanos me decían que nunca habían conocido a un japonés como yo. Consideraban que una visita mía sería muy beneficiosa para la cultura cubana, pues mi presencia sería aceptada y apreciada. Al mismo tiempo, yo entendí que esto sería beneficioso para la cultura japonesa. Pero pasaron tres o cuatro años entre esas conversaciones y la materialización de mi visita a Cuba. Yo la propuse con carácter oficial, no como visita personal, sino como representante de la cultura japonesa, aprovechando que entonces era el presidente de la Asociación de Kobudo de Japón.
De modo que el motivo primigenio no fue crear una academia de Muso Jikiden Eishin Ryu (MJER), pues se necesita un tiempo bastante largo para introducir esta disciplina en cualquier lugar fuera de Japón, y que pueda entenderse correctamente. No es un trabajo de un día para otro, sino que requiere de una larga continuidad de enseñanza, aprendizaje y transmisión. Más que todo, en mí ha primado la idea de dar a conocer la cultura japonesa en este país maravilloso que es Cuba, a la par que me llevo un poco de aquí. Digamos que el Iai-dō  funciona como un puente para establecer la amistad entre Japón y Cuba.    


Usted viaja con su
katana (espada) a todas partes del mundo, como un embajador de la paz. ¿Cómo explicarnos que una antigua arma de guerra (sentido práctico), sirva hoy para procurar la amistad y la solidaridad entre los hombres (sentido simbólico)?


Considero al sable japonés como una Biblia o el libro sagrado de la enseñanza que nació en Japón. Quisiera que se deshaga de la idea de arma. Cuando saco el sable fuera de la vaina, aparecen las ondas de su hoja (hamón), que tienen muchas significaciones y misterios, y que considero son como las oraciones sagradas. La katana es como un espejo que refleja la mente/corazón del practicante. A través del hamón puedo rectificar si mi mente está clara o nublada, pura y recta, o hay engaño y falsedad.
En cualquier momento de la vida cotidiana, uno establece comunicación o conversación consigo mismo. Si el sable está correcto, la mente y el corazón están correctos. Esto se aprende a través del uso y práctica del sable, junto con el movimiento corporal. Es como un espejo: si el espejo está limpio, la imagen del reflejo está limpia y sin nublar; si el corazón y la mente están nublados, el reflejo estará también nublado y sucio. Ese es el sentido que tiene el sable para mí. Por eso lo tengo siempre conmigo, mientras camino mi sendero por el mundo, visitando a las personas para demostrarles el kata con el corazón y la mente limpios.
El kata es enseñanza. Su mensaje es aprendido y entendido por las personas que tienen la voluntad de apreciarlo. El kata es la forma de ejecutar: contiene el conocimiento de la vida para la familia, los amigos, la nación…, o sea, representa la enseñanza misma. El kata tiene las enseñanzas de Ishin-Denshin (transmisión directa de corazón a corazón), Kouto (trasmitir completamente) y Boumirita (sacrificarse uno mismo por otros). La katana es el libro sagrado, pero a la vez es medicina. Si el uso es correcto, cura; pero si resulta equivocado, mata.
Después de la Segunda Guerra Mundial, algunos consideraron a la katana como la representación de lo malo, del daño, identificándola con la culpabilidad y la criminalidad. Pero en realidad ella no tiene la culpa: no ha hecho nada. La katana siempre es bella y tranquila, como demuestra el hamón: las diferentes formas que adopta su hoja —por ejemplo: san sugui (tres líneas)—  y que representan diferentes estados emocionales. Al convivir con la katana, ella nos ayuda a vivir. Las personas que pueden encontrarse con la experiencia de observar la demostración de la kata (entendida como práctica y dominio de la katana) pueden captar la idea a través de la expresión no verbal, a través de la postura física y su dinámica, la espiritualidad, los ojos… y con esto quedan impresionados y motivados para conocer más acerca de esta cultura. La katana no es el arma, es la representación de la paz, y la relación entre el maestro y el discípulo, es como el agua y el hilo que vayan tejiendo.
A través de mi comportamiento con la katana hago Boumirita, o sea, sacrificio en bien de los demás. Al principio, muchos me trataron como un bobo o un Santa Claus que lo hace todo de gratis, y, si se le pide algo, lo regala sin nada a cambio. Algunos se me acercaron para sacar provecho o robar conocimientos, porque mi cuerpo es un diccionario vivo. Pero después de tener la experiencia conmigo y el contacto personal, esas mismas personas cambiaron y me empezaron a respetar —incluso, con veneración—, dándose cuenta de su pensamiento equivocado. Y se dieron cuenta de la necesidad de algún cambio espiritual para superarse en sus vidas. Así ha pasado con muchas  personas que he conocido.
Quisiera inspirarles a las personas una necesidad de cambio en su visión de la vida. Hay que tener la iniciativa y sacrificarse para lograr algo que uno quiere, apartando la envidia. Es un error pensar que algo llegue, nada más esperando a que nos lo regalen. Hay que actuar. Quiero hacer algo para esa gente que vive pobre de espíritu, que le llegue la inspiración mediante la demostración de la kata: la visión, los sentidos, el olor, el sudor… que resumen la observación de un comportamiento. Y yo seguiré surcando el mundo en mi viaje transoceánico, como las orcas y las ballenas, dedicando toda mi vida a desear la paz, utilizando el arma como un libro sagrado. Muchas personas que me han conocido, aprendieron y reconocieron la importancia de este pensamiento: el de mantener la paz mundial.

Todo sensei (maestro) busca siempre un discípulo. ¿Qué exigencias debe cumplir un discípulo suyo en cualquier país del mundo?
No exijo nada a los discípulos, porque estoy enfrascado en mi camino; o sea, no estoy deseando ni buscando discípulos. De hecho, no hay muchos a quienes pueda llamar como tales. Si hay alguien que desea ser discípulo mío y viene a mí, solo trato de mostrarle mi camino, «sin el sol ni la sombra», sin ninguna discriminación. Solamente quienes creyeron que es un sendero correcto, solo ellos me empezaron a seguir. Así de sencilla es la relación que tengo con los discípulos: ellos no son mis esclavos, ni mis pertenencias. Solo doy ánimo y aliento a mis discípulos para que sean mejores personas cada día, y si van a aprender algo de mí, que sean buenas cosas y beneficiosas, para superarse. Si les parece que no son beneficiosas, que son malas o innecesarias, pues que no las aprendan. Ser mejor persona y superarse cada día significa hacer bien a las demás personas que lo quieren. Hacer bien a la patria. No deben trabajar solo para el beneficio propio o ganancia propia; no pueden olvidarse de trabajar voluntariamente. Si hay un discípulo, es aquella persona que me necesita para superar su vida. Para mí no hay fronteras; mirando el cielo podemos entender por qué debemos comunicarnos y entendernos. Hay que tomar de ejemplo a la cúpula celeste, que conecta por igual a todos los seres humanos.

Hábleme de su niñez y juventud.


En la familia somos cinco. Mis dos padres y tres hijos, de los cuales soy el del medio. Nací en Saitama-ken, al lado de Tokyo, donde actualmente vivo. Mi padre era policía y mis tíos también. Por esta razón nos pasamos la vida entera mudándonos y, cuando era niño, no tenía amigos. Mis amigos eran palomas y pececitos, aunque las palomas eran prohibidas en la residencia de la policía. Me sentía solo y triste sin amigos. Por eso, cuando veía  una paloma volar en el cielo y dar vueltas libremente, yo deseaba ser libre como ella. En la escuela no obtenía buenas notas. Eso sí, me gustaba dibujar y pintar, porque podía a través de esto expresar libremente mi interior. En aquella época no me interesaban las artes marciales; me daban miedo, porque parecía que gritaban mucho y hacían ruidos. No me gustaban por eso. Cuando más fuertemente sentí el odio hacia las artes marciales, ese odio estuvo asociado a que mi padre tenía un rango bajo en la policía. Trabajaba en una sección que se enfrentaba directamente a los criminales, quienes venían a romper las ventanas del cuartel, por lo que la violencia era muy cercana y dejaba mucha incertidumbre en mi familia. Al oír sus cuentos, yo sentía mucho miedo.
En aquella época, después de la Segunda Guerra Mundial, el sistema de la policía era débil y los criminales no le tenían mucho respeto, mientras que el poder de la yakuza era más fuerte. Era una época muy convulsa, en la que todos cogían por su lado. En medio de esa situación, en ausencia de mi padre, mi madre tuvo que ponerse fuerte para enfrentar a aquellas personas que venían a amenazarla. Ella actuaba sin violencia, pero con firmeza, y siendo yo un niño, sentía mucho respeto hacia la actitud de mi madre y empecé a desear ser fuerte como ella. Pero al contrario: entonces yo era muy débil y miedoso, y, cuando me encontraba en una situación difícil, me daban deseo de orinar y temía a las peleas.
Así crecí y, cuando me gradué de la escuela, tampoco era inteligente: cogí malas notas, por lo que mis padres se preocuparon mucho por mí y mi madre habló fuerte  conmigo. Una vez, la maestra de la escuela me mandó a sentarme en el piso en seiza, entre sus piernas abiertas, mientras ella almorzaba sentada en una silla. Yo no había hecho nada malo, solo que tenía malas notas. Entonces llamó a mi mamá para que viniera a la escuela y, cuando ella llegó, preguntó por qué estaba yo sentado así, y la maestra  le dijo que era por ser mal alumno. Mi madre insultó a la maestra: «¡Cómo vas a mandar a mi hijo a sentarse en el piso, a tus pies, además entre tus piernas!, ¡idiota, párate de la silla!» Dicho esto, se viró hacia mí y me gritó: «¡Tú eres hombre y tienes que ser independiente!». Esas palabras de mi madre me despertaron y así yo desee ir a la escuela y valerme por mí mismo.
Hasta ese momento yo estaba en una escuela en el campo, y luego me mudé y empecé a ir a una escuela en Tokio, porque pensé que había más posibilidades para aprender Budo. Matriculé en el preuniversitario, donde entonces enseñaba judo un maestro llamado Tokusankou, que se consideraba uno de los padres de ese arte marcial. Allí pasé tres años con mucho trabajo, pues, al mismo tiempo, tuve que estudiar para recuperar los estudios. En el último año de la escuela fui vicepresidente de los estudiantes y capitán del club de judo. Aparte de judo, aprendí karate, kendo y kobudo.
Esos tres años fueron la base de mi vida posterior: en aquella época yo pesaba menos de 40 kilogramos y, con ese peso, tuve que practicar con los que tenían 80 kilogramos, a los que tenía que pensar cómo vencer. Además, no tenía tiempo para dormir entre el estudio académico y la práctica de budo. Empecé a interesarme por otras disciplinas de las artes marciales, aunque seguía interesándome el judo y quería estudiar en la Universidad Chuo. Al final del preuniversitario me premiaron como estudiante destacado, pero en el judo kodokan me convencieron para que no me aferrara a una sola disciplina. A partir de ese momento se abrió un camino para mi vida: seguí adelante y empecé a trabajar en un gran mercado de tiendas por departamentos, integrándome al club de judo de esta tienda, aunque no era muy prestigioso.  No obstante, me esmeré a tal punto, que no falté un solo día ni al trabajo ni a las prácticas.
Fue por entonces que encontré a mi maestro de Iaijutsu. Yo quería hacer algo más auténtico que estuviese relacionado con la cultura tradicional japonesa. Entendí que la katana representa todo esto, incluyendo la historia de Japón y su religión: el bushido. Decidí seguir el camino de Nitobe Inaso y así hasta llegar a ser el 21 heredero. A nadie le interesaba hacer kobudo, todo el mundo estaba detrás del dinero pero yo nunca dejé el camino. Mucha gente se me acercaba para hacer negociaciones. Aproveché entonces la ocasión para que se hicieran artículos que ayudaran a difundir el Iaido y no se perdiera esta tradición, que no solo fuera No y Kabuki. Desde entonces contribuí a que la cultura japonesa se divulgara en el mundo entero. Me empezaron a llamar desde otras regiones del mundo y así he llegado hasta el día de hoy.           
 

Usted es un incansable viajero, con más de 90 países visitados. Luego de vagar por tantos mundos de afuera, ¿cree haber llegado por fin a su santuario interior?


No he encontrado ese santuario interior.  Pienso que lo sabré en el momento de mi muerte. Vagar y viajar no es lo mismo. Pongo el ejemplo de un libro que se llama Diario de la errante, de Mitsuko Mori. Vagar representa que no se volverá a regresar a un lugar. En mi caso, yo viajo. Esto significa que voy a donde me quieren, y regreso siempre, porque hay alguien que me está esperando. Tengo a mi esposa en mi hogar, que significa también Japón. Entonces, yo me considero un viajero, y siempre regreso a Japón para contar las experiencias. Esto lo haré mientras viva y, cuando muera, aparecerá el resultado. Va a llegar un momento en que no va a haber alguien que me estará esperando en Japón, y ya no tendré la necesidad de regresar al hogar. En ese momento me volveré como un viento, un errante…
Cuando uno se convierte en viento y no está atado a un lugar, ese es el momento en que mi alma encontrará quizás un santuario interior. A lo mejor me he ido acercando a ese santuario, pero no sé definirlo todavía. Quizás pueda ser esta tierra, Cuba, que es un país maravilloso. Puedo pensar que mi alma quisiera reposar aquí, pero en otros lados del mundo también encuentro personas maravillosas, tanto como ustedes. Entonces no diferencio, los veo igual. Por eso me convertiré en viento y, a través del cielo, quiero darle la vuelta al mundo. Así cuando las personas miren al cielo, aquellas que me han conocido como Usted, sientan que el viento toque su piel…  Entonces,  en ese viento puedo estar yo.    

Un precepto budista establece que debemos participar del sufrimiento del mundo. Sabemos que ha participado en la ayuda a las víctimas de Fukushima. ¿Cuán útil puede resultar la sabiduría de un samurái en las situaciones límites, cuando la incertidumbre es irreductible y hay que tomar decisiones urgentes, pero comprometedoras a largo plazo?


Es muy fácil de responder: «teniendo Moral». Si existe la moral o la ética, se puede evitar que sucedan crímenes de todo tipo y desórdenes. A través de la moral todos podemos comportarnos sin egoísmo, en armonía con otras personas y solidarizarnos para encaminarnos a restaurar y  progresar de nuevo. La gente de Fukushima perdió todo, pero no es el momento de vivir en disputas, conflictos ni lamentaciones. Es el momento de mantenerse en orden, mantener las reglas, tener disciplina y ayudarse el uno al otro. Cuando somos débiles, hay que ayudarse, pues no hay otro remedio que unirse para ser más fuertes y así se hace posible realizar obras difíciles. Al sobreponernos a los obstáculos, no es cuestión de decir: hazlo tú, sino de decir, hagámoslo. Así puedes empezar a construir en una tierra estéril. Esto es lo que nos dice la sabiduría del bushido.

¿Tiene un
sensei ratos de ocio? ¿Qué cosas de Cuba le causan especial regocijo? ¿Su clima? ¿Su gente?


Como samurái, el mayor momento de regocijo es cuando me pongo  a prueba, en el sentido de enfrentar un momento difícil. La prueba es como si fuera mi novia. Me gusta mucho Cuba porque su gente es alegre. Considero a Cuba como parte de mi familia. Por supuesto, otros países también son mi familia, pero yo tengo una especial relación familiar con Cuba. El relacionarme con su gente, me hace tierno el corazón. No es tanto el clima y la comida —aunque me gusta mucho su café—,  sino su gente lo que más disfruto. No es algo solamente verbal, sino de intercambiar nuestros corazones.
También me preocupo cómo será cuando Cuba pueda abrirse completamente al mundo. No puede suceder que sea como los caballos,  poco antes de abrirse la puerta, cuando se encabritan, no saben adónde ir y terminan desbocándose. Hay que evitar que Cuba pierda su enorme tradición cultural, porque esa cultura es su fuerza. Sé que hacer una Revolución ha sido muy  difícil, que ha habido carencias de todo tipo, pero Cuba desarrolló lo más importante: el humanismo. Esto no debe perderse, aunque se involucre en el desarrollo tecnológico e industrial más avanzado.

En 1614, de tránsito hacia España y el Vaticano, hace 400 años atrás, llegó a Cuba Hasekura Tsunenaga, un samurái al servicio del señor de Oshu Date Masamune, quien se había convertido al cristianismo. Hoy a aquel samurái se le rinde homenaje con un monumento en La Habana. Cuatro siglos después, usted llega a Cuba con el propósito de revelar las virtudes y sabiduría del Budo a través de la vida diaria y la práctica del arte marcial.  ¿Cómo le gustaría que los cubanos le recordaran en un futuro? 

 Todo recuerdo tiene un momento del olvido: las cosas viejas pasan al olvido y, por eso, llegan las cosas nuevas. Es como el flujo del agua: ahora vemos la corriente en tiempo presente, pero siempre está pasando. Si ahora pasa un buen viento por Cuba y su gente lo considera así, entonces para mí estará bien. Pero ese viento es como la katana, que corta de arriba  hacia abajo y de abajo hacia arriba. La persona virtuosa crea un buen viento y ese viento hace bien a otras personas y a uno mismo. Lo importantes es que, para tener buen aire, este siempre debe correr y no quedarse estancado. Hay que tener en la cabeza una circulación de buen aire, siempre flexible, ya que así se tendrá más creatividad y podrás superarte como persona.
Vuelvo a la idea de la katana como un libro. Cuando pasas una página, siempre salen kata, técnica y enseñanza.  Mis ideales son Tenmei ni iki  (vivir el destino); Unmei ni idomi (desafiarlo) y Shimei ni moyu, cumplir con el deber. Mi deber es el Bushido, quemarme en él y, después, solo desaparecer. La virtud y la sabiduría del Budo se pueden expresar en una frase: Butokushuyou. Bu es escudo; Bu es practicar diariamente, y Bu es también Bu de Bushido. Toku significa virtud; Shu es lo que se adquiere... El sentido de la frase es no esperar nada a cambio. Lo importante es que el Iaijutsu te ayuda a identificar al enemigo que está dentro de ti mismo y combatirlo. Eso es el Iai. Pero para enfrentarse a ese enemigo hace falta fortalecerse, aprendiendo a conversar con tu yo débil. Es como un largo camino hacia ti mismo.


Argel Calcines
Editor general de
Opus Habana