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 Amigo del Padre Gaztelu, Cintio Vitier se sumó al homenaje que en 1997 le hiciera la revista Opus Habana, a la par que contribuía con sus opiniones al examen de la catolicidad como fuente nutricia de la cultura cubana.
«En cuanto a la catolicidad, que significa ecumenismo, universalidad, ha sido siempre aspiración de lo cubano mejor», dijo Vitier antes de afirmar que la presencia de Gaztelu en Orígenes «fue, literalmente, una bendición».

 Atacado por un sector de la intelectualidad artística a inicios de la década de los 60, e ignorado años después, Orígenes vive hoy una especie de resurrección en el panorama cultural cubano. En su opinión, ¿cuáles motivos explican ese reciente interés?

Hay ríos que se sumergen en la tierra y después reaparecen. Orígenes tuvo y tiene esa capacidad porque siempre trabajó con los secretos de la Isla. Su visibilidad no pude ni podrá nunca agotarla. Lo que ofrece no es principalmente una obra hecha sino unas exploraciones, unas intensidades, unos deseos que sólo se manifiestan para crecer. Nunca podrá decirse que Orígenes fue esto o aquello, porque fue y es muchas cosas, incluso contradictorias entre sí, que sus protagonistas nunca dominaron sino que dominaban y que las generaciones siguientes, con hospitalidad o sin ella, por rechazo o por aceptación, continuarán descubriendo o inventando. No es raro, por lo demás que a partir del triunfo revolucionario Orígenes haya sido un punto de partida negado o afirmado con pasión equivalente, lo que ya había ocurrido antes, pero con una diferencia: antes no había horizontes para Orígenes, ahora sí; antes su posibilidad era el imposible, ahora su imposible es una posibilidad. Pero esa posibilidad no es un camino fácil. Tampoco la Revolución es un camino fácil. Ambas dificultades, aunque se desconozcan mutuamente, o una desconozca a la otra, se atraen en secreto. Orígenes buscaba lo cubano en la poesía. La Revolución proyecta lo cubano en la historia. Ambas apuestas postulan lo cubano en la historia. Ambas apuestas postulan lo cubano universal, meta en que lo ético y lo estético se funden y que sólo puede ser desdeñada por friolentos y descastados.

Usted ha expresado que «el objeto de la episteme poética origenista (…) era la realidad cubana más inmediata en relación con sus orígenes y con su futuro, lo que daba a sus búsquedas, contra toda apariencia formal, una tendencia en el fondo más decisivamente histórica, y por lo tanto política, que filosófica». Sin embargo, es bien conocida la frase de Lezama Lima: «un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza». ¿Cómo conciliar la visión del Orígenes comprometido con la realidad cubana de su tiempo, con esta última afirmación, enajenada, de quien fuera su figura motriz?

Más de una vez he llamado la atención acerca del sustantivador adjetivo que utiliza Lezama en esa trajinada formulación: «lo esencial político». Si lo político, que se consideraba lo esencial, se había frustrado en la seudorrepública, por mucha que fuera la «realeza» de los «otros» cotos (a saber, los de la creación poética y artística), a la postre sus «virtudes y expresiones» sólo podrían tener sentido en cuanto flechas dirigidas hacia la realización política. Esto se ve claro en sus «Señales» de Orígenes, y ya desde la «Inicial» de Verbum (1937), en que se lee:
«Estamos urgidos de una síntesis, responsable y alegre, en la que podamos penetrar asidos a la dignidad de las palabras y a las exigencias de recalcar un propio perfil, un estilo y una técnica de civilidad. La función y la búsqueda de ese estilo, consistirán en el necesario aislamiento y rescate de aquellas fuerzas de sensibilidad y de fervor que puedan pasar a esa síntesis, dignidad rectora del ser que desplaza forzosamente el símbolo de la nueva ciudad dignificada».
La «nueva ciudad dignificada», en el corrupto postmachadismo, sólo podía ser la conquista de una revolución espiritual. No se trata, por lo demás, sólo de este género de declaraciones, entre las que habrá siempre que recordar, también en Verbum, la presentación que hiciera Guy Pérez Cisneros de ocho pintores de vanguardia en la Universidad, reclamo de una nueva política nacional inspirada en los valores de la creación artística. Se trata de que Lezama, partiendo de la imagen como «causa secreta de la historia», organizó toda una interpretación de la historia universal «a partir de la poesía», y que en ese sistema el triunfo revolucionario tenía reservado el espacio de «la posibilidad infinita» presidida por Jose Martí. Se trata, por más señas, de que Lezama escribió el poema anticolonialista más profundo de nuestra historia poética, «Pensamientos en La Habana»; diseñó la «Meteorología habanera», sobre la que me hablaba en su primera carta, la respiración de su ciudad, en las memorables «Coordenadas» que revelaban aquel estilo y «técnica de civilidad» soñada; y de que en 1953 escribió el poema de la resurrección histórica de José Martí, el que fielmente titulamos «La casa del alibi». En el polo opuesto, ya desde 1945 señalamos el oculto testimonio histórico, social y político de la poética del sinsentido y la frialdad sustentada por Virgilio Piñera, contrastante con el fervor fundacional de En la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego, a su vez puesto en crisis de angustia y descreimiento por la mirada de Lorenzo García Vega, etcétera. Uno por uno, cada uno a su modo, los poetas de Orígenes no sólo estuvieron comprometidos con la realidad cubana de su tiempo sino que en casi todos ellos, salvo quizás en el padre Ángel Gaztelu, esa realidad tuvo un peso tan insondable que pudiera calificarse, positiva o negativamente, de insensato.

Usted que ha buscado «Lo cubano en la poesía», ¿considera imprescindible la catolicidad para tratar de definir la esencia de lo cubano, para entender –digamos– a José Martí?

Si se me hiciera la pregunta referida al «catolicismo» diría que no, aunque enseguida empezaría a dudar, porque la imaginería del catolicismo, al margen de su historia política colonial, caló mucho en la sensibilidad popular del cubano. En el propio Martí, que sin duda no fue confesionalmente católico, percibimos constantemente su presnetación del mundo por imágenes y su argumentación imaginística. No pudo el protestantismo nortamericano, a pesar de lo mucho que lo atrajo la figura de Emerson, quitarle lo que Lezama llamaba su «imaginación alegre» –alegre en sí, aunque expresara realidades dolorosas o sombrías, como alegre es siempre un vitral, aunque sea de la Pasión, atravesado por la luz. Pero en cuanto a la «catolicidad», que significa ecumenismo, universalidad, ha sido siempre aspiración de lo cubano mejor. En el libro mío citado, trato con simpatía a los movimientos vernaculistas que surgieron entre nosotros como espontáneas manifestaciones del naciente independentismo, pero también señalo que no hemos sido propensos, en las líneas más constantes y esenciales de nuestra poesía a un exagerado tipicismo. En todo caso creo que éste constituye un verdadero peligro cultural, excerbado actualmente por los reclamos turísticos. Peligro que es reverso, como ya lo indicara Martí en «Nuestra América», de la tendencia al desarraigo, al olvido o negación de lo propio y, en nuestros días, a la globalización de una supuesta cultura sin rostro. Pero el rostro es lo contrario a la caricatura. Volviendo a la pregunta, considero la catolicidad, en el sentido apuntado, «imprescindible para tratar de definir la esencia de lo cubano» como aspiración mayor, incluyendo aquí los sentimientos de solidaridad universal que la revolución ha estimulado; en tanto que del catolicismo más puro, de la versión católica del cristianismo de los orígenes, la cultura cubana guardará siempre el aroma del primero de nuestros próceres espirituales, de nuestro primer gran independentista: el padre Félix Varela, y de los años fundadores del Seminario de San Carlos.

¿Es posible deducir una relación entre la disímil profesión de fe de los miembros de Orígenes y el derrotero de sus obras literarias respectivas? ¿Cuál era el peso del padre Gaztelu y su obra poética en esa suerte de familia espiritual?

Sin duda esa relación existió y en los que sobrevivimos, sigue existiendo. Otra pregunta sería, una vez más: ¿cómo se explica entonces la unidad de Orígenes?. En otro sitio he dicho que esa unidad se explica por dos razones o características: diversamente católicos o diversamente ateos, los poetas de Orígenes sentían las cosas bajo especie de absoluto: absoluto de sentido y esperanza, o absoluto de vacío y sinsentido, en ambos casos postulando deseos o premisas trascendentes a las cosas mismas, aunque encarnadas en ellas; y búsqueda común, no de un ser abstracto o general de las cosas, sino de las esencias radicales de nuestro ser histórico. En cuanto al «peso del padre Gaztelu y su obra poética en esa suerte de familia espiritual», desde luego que variaba según las afinidades o rechazos de cada uno. Creo que fue y es una figura muy querida y respetada por todos. No faltaron, es cierto, en la inevitable hora de las banalidades y las confusiones, ideas maliciosas acerca de la supuesta reservada ironía de los juicios elogiosos de Lezama sobre la poesía del padre Gaztelu. Esos juicios, como todo lo que escribió Lezama (otra cosa podía ser su conversación, incluso la epistolar) fueron consecuentes y meditados. Atribuirle doblez en el prólogo al único libro del amigo de siempre, al que orientó poéticamente desde su adolescencia, es, por decir lo menos, una de esas ligerezas típicas del mundillo literario. Y es también ignorar la robusta ingenuidad del propio Lezama, base de su sabiduría y raíz de aquella amistad vitalicia. El cariño ve en el candor lo que la malicia no sospecha. Por lo demás Gaztelu, cuya iglesita y casa en Bauta fueron centro de tantos domingos inolvidables, así como la capilla de la playa Baracoa y, después, en la Habana Vieja, la parroquia del Espíritu Santo con su fabulosa pinacoteca cubana; el padre Gaztelu, digo, que nos casó y bautizó a nuestros hijos, nos había regalado, junto con sus grandes poemas como «Oración y meditación de la noche» sus encendidos sonetos y su antológica «Tarde de Pueblo», la saludable luminosidad de un catolicismo lleno de catolicidad, incorporador de las gracias latinas y del barroco criollo a la cepa hispánica. Su presencia en Orígenes fue, literalmente, una bendición.