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 En 1997, luego de casi quince años de ausencia, el Padre Gaztelu regresó de visita a Cuba. Entonces concedió esta entrevista para la revista Opus Habana, que apenas hacia unos meses había sacado su primer número.
De pronto, como si fuera un milagro, se nos apareció. Ya no «ligero palpable», dada su avanzada edad, pero todavía envuelto en luz, luciente, lúcido...

 Siempre dijo que vendría, pero pasaban los años y Ángel Gaztelu envejecía en la Parroquia de San Juan Bosco, Miami, sumido en el más estricto silencio para con el mundo exterior. Sus amigos coincidían en que sólo un imprevisto problema familiar –la salud de su hermana– pudo confinarlo a ese sitio, alejándolo desde 1983 de su segunda patria y ciudad amada.
Navarro de nacimiento, llegó a Cuba en 1927 el futuro presbítero con dos vocaciones del alma: el arte y la religión. Se fundirían en su primer y único libro, Gradual de Laudes (1955), que reúne casi toda su creación poética conocida y que José Lezama Lima inicia con una frase siblime: «Conténtase La Habana defendida por el Padre Gaztelu. Ligero palpable, la luz lo amiga…»
–Así empieza el prólogo a mi libro, que apareció bajo los auspicios y el interés de Lezama Lima y de Cintio Vitier, sin yo pedirle a Lezama ni prólogo ni nada… –respondió el sacerdote a mi primera pregunta: ¿Se siente todavía con fuerzas, a los 84 años, para defender a La Habana? Y añadió en tono jocoso:
–Durante muchos años, frente a mi ventana veía primero el fogonazo y, luego, oía el estampido… ¿Sabe usted cómo se llama el cañón de las nueve?... Lamberdo… Se llama Lamberdo… O sea, que La Habana estaba defendida antes de que yo llegara…
Acabábamos de salir del antiguo Palacio de los Capitanes Generales, donde el Historiador de la Ciudad lo había recibido como a un viejo maestro. No en balde escribió Lezama sobre Gaztelu: «Sospecho que en la verídica historia del ceremonial y la ciudad, no hay nadie entre nosotros que, como este ilustre juramento secular, realice, durante la curva del día, tantas cosas esenciales…» Lo demostraría ese mismo día –su última tarde en la Isla–, cuando culminó en la Iglesia del Espíritu Santo una agotadora jornada por las parroquias que habitó: la de Bauta, cuyo presbiterio y altar mayor remodeló en los años 40, y la de Baracoa (1956), que concibió con la ayuda del arquitecto Eugenio Batista, el escultor Alfredo Lozano y el pintor René Portocarrero.
¿Qué lo motivó a venir, por fin?, le pregunté mientras el auto del actual párroco de Bauta, Manuel López, avanzaba lentamente por O’Reilly y se aprestaba a cruzar las calles de Mercaderes, San Ignacio, Cuba…
–Hacía rato que quería venir… pero no me atrevía solo. Hasta que acá, mi amigo Juan Vicente Hurtado, comandante aviador de Iberia, se jubiló y pudo acompañarme… Gracias a él estoy aquí…
Permanecería apenas 72 horas, al cabo de las cuales regresaría a España. Sin embargo, tampoco parece tener allí un domicilio fijo, pues cuando le ofrecieron enviarle algo, le oí decir: «Déjemelo en el Espíritu Santo». Hacia allá íbamos, por O’Reilly hasta doblar a la derecha, para tomar Aguiar, y otra vez a la derecha, hacia Tejadillo… buscando cómo salir a la Avenida del Puerto.
–Éste es el lugar que más me gusta a mí en el mundo: el Seminario de San Carlos y San Ambrosio… Fue el centro de cultura cubana y religiosa más importante de toda la historia, hasta que el cardenal Arteaga lo reformó…
Tejadillo sucumbe en la antigua entrada del Seminario, cuyas poderosas puertas de cedro se nos encimaban, como si en lugar de movernos en el carro, la ciudad acudiera al diálogo con el Padre, quien «con esa sutileza secreta de los que tienen una superficie invariable» –como lo definiera Lezama– nos recordaba una vez más «que en cualquier concurrencia de hechos y personas somos el recuerdo de una imagen»:
–Veníamos por aquí constantemente… De allá arriba él sacó sus sonetos a la Deípara, o sea, a la madre de Dios… Ésa es la capilla primitiva, antes de existir la actual portada de la Catedral, y está dedicada a la Virgen de Loreto… Lezama tenía un concepto de La Habana imponente… conocía todos sus recovecos…
«Deípara, deípara…», repitió varias veces, como si paladeara el vocablo, o tratara de recordar los «Sonetos a la Virgen», recogidos en Enemigo rumor (1941), el segundo cuaderno de versos de su amigo. Se habían conocido en 1932, junto al Malecón…
–Ahí al frente… Él y un hermano mío, Salvador, estudiaban en el Instituto de La Habana, y un día saliendo del Seminario, en vacaciones, me los encontré a los dos conversando… Así empezó mi carrera, digamos, literaria…
La prueba está en el segundo número de Verbum (1937), la revista que editara Lezama Lima mientras estudiaba Derecho en la Universidad de La Habana. Aquí aparecen en sucesión tres poemas de Gaztelu: Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Romance en la Bahía de La Habana. Detrás de éstos, irrumpe abatiéndolos Muerte de Narciso.
Al asombroso poema-príncipe de Lezama dedica el seminarista un pequeño ensayo en el siguiente y último número de la publicación estudiantil: «Muerte de Narciso, rauda cetrería de metáforas».
Dicen que ustedes polemizaban mucho, sobre todo de temas religiosos
–Bueno, conmigo ha polemizado todo el mundo (ríe)… Sí, discutíamos mucho, cada uno a su manera, pero siempre afectuosamente, como amigos… Caminábamos todo eso, paso a paso, y llegábamos a veces hasta más allá de la estatua de Maceo. No teníamos entonces coches ni bicicletas…
Lezama consideraba que los mejores sonetos que se escribían en aquella época eran los de usted
–Hay algo de eso, pero él nunca me hablaba de sus criterios. Me llamaba mucho la atención que le gustara la poesía mía, tan distinta a la suya. Pero nunca hubo entre nosotros el menor resentimiento, y casi todo lo que conocí de literatura moderna, se lo debo a él.
 Padre, ¿quién influyó en usted como poeta, Lorca?
–Bueno, a Lorca lo leí mucho después… él influía en todo el mundo. El primero fue Juan Ramón Jiménez, de quien Lezama me dio la primera obra literaria moderna que conocí… Y los primeros poetas modernos que me gustaron, cuando aún no sabía nada de poesía moderna, fueron Rubén Darío, y Silva, el del «Nocturno»…
Juan Ramón lo incluyó en la antología de 1936
–Le extrañó que un seminarista escribiera ese tipo de poesía… Me invitó a leer mis poemas en el Teatro Campoamor, aquí en La Habana, pero yo no pude asitir porque me lo prohibieron en el Seminario. Entonces eso se consideraba pecado mortal. Escribe esto, que es historia: leyó mis poemas el hermano de Eugenio Florit, Ricardo…
¿No lo quería mucho el cardenal Arteaga, no?
–¿De quién me hablas, hijo? Ese señor, ¿llegó a cardenal?
Hay una nota autobiográfica que trasluce las dificultades que debió enfrentar Gaztelu durante la carrera sacerdotal debido a su pasión por el Arte, cuando afirma: «por razones, que estimo oportuno reservarlas, no he publicado ningún libro de poesías, exceptuando el cuaderno Poemas, edición de Espuela de Plata…»
El sello editorial responde a la revista que, tras Verbum, fundaron Lezama Lima, Guy Pérez Cisneros y Mariano Rodríguez. En el tercero de sus seis números, salido a la luz en 1940, aparece uno de los principales poemas del ya entonces sacerdote: «Oración y meditación de la noche», pero con el primer verso como título: «Siento ahora golpes de agua en mi frente…»
También lo influyeron los poetas del Siglo de Oro español
–Tuve que leerlos mucho, porque ésa era la cultura humanística de los seminarios…
¿A quién prefiere, a Fray Luis de León o a San Juan de la Cruz?
– Esa pregunta es obvia… A San Juan, claro… Porque es más espiritual, tiene más profundidad, y es menos literario…
«Sobre todos los poetas de la tierra, bien merece San Juan nombrarse el poeta de la noche…», escribió en Nadie Parecía-Cuaderno de lo Bello con Dios (1942-1944) que, desmembrada Espuela de Plata, codirigió con Lezama Lima, en contraposición a Clavideño (Cintio Vitier) y Poeta (Virgilio Piñera). Después vendría…
–…Orígenes… ¿Qué fueOrígenes?
–Como ya sabe, Orígenes se formó de una manera espontánea y natural… Poco a poco fuimos conociéndonos, sin que hubiera nada planificado…
¿Cree que el gusto por la pintura haya influido en su poesía; por ejemplo, en la descripción de «Tarde de pueblo»?
–A mí siempre me gustó la pintura… En «Tarde de pueblo» trato de hacer una impresión del pueblo de Caimito del Guayabal desde un montículo, pero no me propuse que fuera pictórica, ni siquiera un paisaje, sino que fuera saliendo…
¿Y su poema cumbre: «Oración y meditación de la noche»?
–Ese poema lo hice sintiendo bien lo que escribía. Nunca pensé que fuera poema cumbre, ni tal… Está más o menos en versos libres, pero siempre con cierto ritmo, porque para mí el ritmo es fundamental en la poesía, más que la rima…
¿Y la emoción?
–Bueno, la emoción es ya el espíritu, ¿no?
¿Qué lee, ahora?
–Hace rato que mis ojos no me permiten captar buenos libros…
¿Sigue escribiendo poesía?
–Sí, como no, desde el azul celeste con la imaginación…
Padre, ¿qué es para usted la cubanía?
–La cubanía se siente o no se siente… y yo sé que la siento profundamente.
La «rauda cetrería» de respuestas parecía llegar a su fin, pues ya sentíamos el temblor de los muelles y, dentro de unos segundos, aparecía el más antiguo templo habanero. Aunque mantenía su excelente humor, Gaztelu estaba muy cansado y su voz era apenas inteligible cuando el auto se detuvo en la esquina de Cuba y Acosta. –Extraño a La Habana Vieja y, por supuesto, a esta parroquia, porque aquí estuve mucho tiempo y me esmeré para que quedara como un exponente de la iglesia colonial… –dijo antes de que le pidiera una última pregunta, que nunca lo fue, pues me tomó por la mano y juntos entramos al Espíritu Santo.
Meses antes, mientras buscaba vitrales, los caminos me condujeron hasta este sencillo templo, salvaguardado por un sacristán de pequeña estatura, piel cobriza y cabello curiosamente entintado: Ramón Junco. «Éste es el héroe de la Iglesia, la cuida como si fuera su dueño», me susurró Gaztelu cuando lo vio venir a nuestro encuentro, tan ágil y vivaracho, que ni remotamente parece tener 91 años.
Dice que él encontró los restos del Obispo…
–Sí, antes de llegar yo aquí… Ramoncito nunca miente… El Padre dirigía palabras cariñosas a las personas reunidas en víspera de la misa de la seis de la tarde, que él mismo celebraría «Dios mediante». Caminaba apoyándose en mi hombro, y no dejaba de darme detalles sobre la iglesia, muchos de los cuales yo ya conocía por su reseña histórica, publicada en 1963.
Me contó que había armado esos bellos vitrales con «mediopuntos de las casas que se iban derruyendo por los alrededores» y que de todos los iconos venerados aquí, prefería el Cristo coronado de espinas, tallado en caoba, por ser «más importante escultóricamente y más antiguo».
El altar del presbiterio también se hizo bajo su égida y, por supuesto, el nuevo sepulcro del Obispo de Cuba Fray Gerónimo Valdés que, eternizado en piedra por el escultor Alfredo Lozano, yace en el sitio donde originalmente descansaron sus despojos mortales. A la cabecera se conserva el escudo del primer local de la Casa Cuna, fundada por el prelado en 1711.
–El escudo me lo regaló la doctora Vicentina Antuña cuando vio lo que estaba haciendo…
Salimos al patio, adornado con rejas antiguas y un relieve de la «Anunciación», esculpido por Lozano…¡Oh seguro regazo del patio y de la casa!/ Un tañido del aire recorre lo verde/ y vibra en la penumbra como una campana./ Allí están los árboles y sus altos asombros… Allí está el canistel.
–Desde que llegué a esta parroquia, iba mucho a la iglesia de La Merced, donde había un árbol con unos frutos como huevos de oro y una pulpa muy sabrosa… Nada, pues me gustó mucho, cogí una semilla y la sembré ahí. Ahí, mira. Y lo vi ir brotando, creciendo… hasta que empezó a florecer. El canistel este, caramba… Sácame una foto con el canistel, chico. Ya que no tuve un hijo, déjame retratarme con el canistel.
Recorrimos grieta por grieta, los rincones del patio, pero no subimos a la habitación en que viviera rodeado por cuadros de sus pintores amigos: Mariano, Portocarrero, Arístides Fernández… De este último, desaparecido a temprana edad, había conservado en la oscuridad de la sacristía una «obra impar, de excepción en toda la plástica cubana de su generación, y verdadera isla pictórica que surge a nuestros ojos con categoría de milagrosa sorpresa»: El Entierro de Cristo.
–Es un recuerdo de su hermana. Por cierto, hace unos meses me llamaron por teléfono a Miami para decirme si autorizaba a sacarlo de aquí, me ponían 25 mil pesos en la mano… Ni pregunté quién era, y no quieran oír lo que contesté.
En esos casos, usted usa un vocabulario fuerte…
–Verdades como templos, nada de palabrotas… Les dije que si sacaban ese cuadro del Espíritu Santo, el mundo entero se iba a enterar del robo.
Era ese instante cuando dobla un oro tenue la hoja de la tarde y, dentro de unos minutos, comenzaría la misa. Ya se sentía el olor a incienso y, sumergidos en una calma ocre, los feligreses esperaban en la nave principal.
Sentado en la sacristía, el Padre sintió deseos de fumar («Chico, estoy nervioso», dijo), y recordé que hace más de veinte años el entonces novel periodista Ciro Bianchi Ross, había utilizado el ardid de regalarle un cigarrillo para ganar tiempo y encauzar la conversación. Pero desde entonces, Gaztelu se había negado rotundamente a hablar de sí mismo y de su obra, al decirle:
«Porque mire, a mí no me interesan las entrevistas ni tampoco me interesa lo que puedan decir de mi poesía. He recibido críticas favorables y desfavorables, y ambas las he acogido de la misma manera. Por supuesto, me hubiera gustado que las desfavorables no se hubieran hecho».
Padre, decían que a usted no le gustaban las entrevistas…
Soltó una bocanada de humo y me contestó como quien no quiere:
–Las palabras se las lleva el viento.