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 Reconocido historiador de las ideas, no sólo se ha consagrado al rescate del pensamiento cubano de todos los tiempos, sino que contribuye con su propia obra a asumir el reto de crear una plataforma conceptual y teórica para que Cuba pueda interpretarse a sí misma.
«Nunca he querido ver la historia como historia de hechos o cronología de hechos, sino como historia de procesos que no sólo tienen el cuándo, el cómo y el dónde, sino también el por qué», expresa Torres Cuevas en esta entrevista.

 Algunos historiadores piensan que lo que usted hace no es propiamente historia, sino que más bien se acerca a la filosofía.

Pienso que ello, quizás, se deba a que yo me inicié en esos estudios, a que mis primeros trabajos fueron propiamente de filosofía. Así, mi primer libro, Antología del pensamiento medieval, buscaba dar a conocer lo que era el pensamiento teológico-filosófico y su presencia en las raíces de las civilizaciones cristianas occidentales.
Desde entonces, al dedicarme más a la historia de las ideas en Cuba, como es el caso del pensamiento de Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, el obispo Espada..., mi obra se mantiene relacionada con la historia de la filosofía, lo que es —de antemano— una relación imprescindible.
Y es que nunca he querido ver la historia como historia de hechos o cronología de hechos, sino como historia de procesos que no sólo tienen el cuándo, el cómo y el dónde, sino también el por qué: es decir, las causas que mueven ciertas acciones, y cómo éstas —de un modo u otro— se relacionan con las ideas y mentalidades.
A ello responde también mi tipo de escritura, que intenta trasmitirle al lector un conocimiento que no sólo sea directo, sino que indirectamente le brinde la posibilidad de interpretar más allá de la superficie de los hechos y le permita percibir la complejidad cultural —las razones y sin razones— de la acción humana y de los proyectos sociales.
No se puede ser historiador sin ser un conocedor —por ejemplo— de la literatura de la época que se trabaja, porque a veces el hecho histórico, que puede estar marcado por la coyuntura, no refleja toda la dimensión a largo plazo; no responde a lo que los franceses llaman la longue dureé, o sea, la larga duración que trasciende al acontecimiento en sí.

¿Cómo nació su vocación por la historia? ¿Cuándo decidió elegir la profesión de historiador?

Tuve la suerte de tener un hogar en el cual se amaba la historia. Influyó mucho mi tío Eduardo Torres Morales, quien fue director de la Escuela de Comercio de Cienfuegos, era un excelente pedagogo y llegó a regalarme la parte más preciosa de su biblioteca. Pero fue mi madre —sin dudas— la que más me inculcó ese amor, narrándome historias, además de transmitirme su devoción por la música. Ella tocaba el piano magistralmente, e interpretaba a compositores cubanos como White, Sánchez de Fuentes, Lecuona... Más que un conocimiento, me infundió una sensibilidad cubana.
Por otro lado, en el colegio tuve maestros excepcionales, capaces de impartir una profunda enseñanza patriótica, sobre todo a partir de las frases e ideas de ese Martí emotivo que llega y llena a los muchachos. Aún estamos en deuda con el magisterio cubano de aquellos tiempos, con aquellos profesores de origen humilde que predicaban con su ejemplo una dignidad moral y un patriotismo llevados a la práctica.
Creo que también me influyó la lectura de El Tesoro de la juventud, una colección en 20 tomos que contenía —de manera breve, pero atractiva— etapas significativas de la historia y cultura universales.
Ya en tercer año de bachillerato, fueron esenciales en mi formación dos personas: Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, quienes me impartieran la asignatura de Historia de Cuba. Ellos propiciaron no sólo que me gustara leer historia, sino que pensara en tomar la decisión de ejercerla como profesión.
Creo que hay un momento decisivo para toda mi generación, y es el triunfo de la Revolución cubana en 1959. Su connotación venía dada porque este hecho se proyectaba a través de la propia historia nacional. No es que la Revolución elaborara una nueva interpretación de la historia, sino que asimilábamos el proceso revolucionario gracias a la educación que habíamos obtenido mediante la lectura de obras como Cuba no debe la independencia a los Estados Unidos e Historia de la Enmienda Platt, de Emilio Roig de Leuchsenring; Historia de Cuba, de Fernando Portuondo; Manual de Historia de Cuba y La expansión territorial de los Estados Unidos, de Ramiro Guerra; El sentido revolucionario del 68, de Leopoldo Horrego..., además de otros libros, folletos y artículos, incluidos los que publicaba la revista Bohemia.
Es decir, yo creo que se partía de una cultura histórica y que ésta fue acicate y elemento primordial en la formación de los revolucionarios cubanos de los años 50 y 60. Luego, las cosas se fueron complicando, y era indudable que surgían muchas preguntas que no podían ser respondidas completamente ante la envergadura de lo que sucedía en la realidad. Muchos jóvenes tratábamos de buscar una explicación a esos problemas históricos y actuales, por lo que tuvimos el privilegio de estar obligados a pensar.

Desde la perspectiva de hoy, ¿cuáles considera que fueron los principales aportes historiográficos en esos primeros años de la Cuba revolucionaria?

En la década de los 60 aparecen obras fundamentales como Cuando reinaba su majestad el azúcar, de Roland T. Ely, en 1963, y un año después, El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, además de comprender esa etapa el aporte mayor de Fernando Ortiz.
Todas eran obras irreverentes ante el conocimiento anterior y llenas de propuestas, incluida la perspectiva marxista de Moreno. Aparecen por entonces también importantes trabajos de Julio Le Riverend, Raúl Cepero Bonilla y José Luciano Franco, además de Ideología mambisa, de Jorge Ibarra.
Viéndola desde hoy, podría resumir esa etapa como de convergencia y debate de disímiles ideas. En mi opinión es cuando comienza a adquirir una especie de mayoría de edad la discusión historiográ-fica. Ya no se trataba de una discusión sobre hechos, acontecimientos, figuras... sino que se polemizaba en torno a los métodos y las concepciones de hacer historia.
Se lee y publica a Langlois y Seignobos, ambos positivistas, y también a Marc Bloch, de la Escuela de Annales...; tiene lugar la entrada del estruc-turalismo, el funcionalismo, la semiótica, el humanismo marxista... y se polemiza alrededor del marxismo y las tesis de Althusser, Sartre, Garaudy...; en el campo de la historia, especial impacto tuvieron la cliometría y la Nouvelle histoire.
En fin, creo que fue un momento singular por el ambiente polémico y la gran riqueza de teorías e ideas que se debatían.

Usted dirige la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, que fuera constituida en 1997 en la Universidad de La Habana y cuya sede es la otrora residencia del sabio cubano, donada por éste a ese centro académico. A su vez, en ese propio edificio, se encuentra la Fundación Fernando Ortiz, que dirige el antropólogo y escritor Miguel Barnet. La existencia en un mismo tiempo y espacio de ambas instituciones culturales homónimas, ¿es acaso el reflejo de la naturaleza interdisciplinaria de la obra de Ortiz, cuya amplitud de miras permite considerarlo indistintamente como etnólogo, antropólogo, sociólogo... hasta historiador social?

La Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, de la Universidad de La Habana, nace como resultado de un interés compartido entre profesores e investigadores al plantearnos los problemas que tienen las ciencias sociales actuales. Coincidíamos en que, a la hora de abordar la problemática cubana, era imprescindible asumir un enfoque interdisciplinario. Por la envergadura que tienen los conflictos sociales, resulta imposible estudiarlos desde un solo observatorio, por lo que hay que tener varios: el del antropólogo, el etnólogo, el economista, el sociológo, el filósofo, el especialista en problemas éticos, en problemas estéticos, en problemas gnoseológicos, el historiador —por supuesto— e, incluso, el politólogo.
A veces el economista se centra en un aspecto que el historiador soslaya, y el historiador ofrece una visión que el sociólogo desconoce... de modo que, al converger intereses y visiones diferentes de un mismo problema, éste puede ser abarcado en toda su dimensión. Es el tipo de estudio que hoy por hoy se está desarrollando en muchas universidades del mundo.
Al trabajar nosotros y Miguel Barnet en direcciones diferentes —este último más centrado en los aspectos etnológicos y antropológicos de la sociedad cubana—, convergimos en Fernando Ortiz, quien es por supuesto una figura significativa para ambos.
Centrándonos un poco en estudios de disímiles perspectivas —aunque no contradictorias, sino complementarias—, vimos que nos podíamos apoyar mutuamente en aspectos de la investigación y, en ese sentido, enriquecer el debate, creando espacios para que los interesados pudiesen expresar sus ideas en talleres y seminarios, además de publicar sus obras... Ésa es la esencia de la Casa de Altos Estudios, y creo que la Fundación mantiene también este espíritu. En cuanto a don Fernando Ortiz, siempre me gusta dar un criterio muy personal: creo que es un error ese exceso de especialización que se produce cuando, al acercarse a su obra, el especialista de turno sólo está buscando reafirmar la especialidad que tiene.
Pienso que hay que captar la integralidad de su obra, la cual puede desvirtuarse si la empezamos a desdoblar, a fragmentar, a descomponer en especialidades... Porque si solamente vemos al antropólogo, digamos, se puede perder el por qué de esa antropología.
Yo creo que don Fernando tenía —como centro— un objeto de estudio: la sociedad cubana, y sintió la necesidad de dar respuesta a cuestiones de esa sociedad que nunca habían sido estudiadas; el componente de la evolución de lo africano, por ejemplo. Y para entender ese elemento vital, un tabú hasta entonces, no bastaba con conocer su historia, sino que había que abarcar otros campos: desde la música, el folklore... hasta los rasgos lingüísticos.
Lo extraordinario es que fue capaz de producir una obra de gran envergadura, buscando métodos para interpretar su propia realidad. Su preocupación central fue —a fin de cuentas— la cubanía, y llegó a consolidarse como resultado de una intensa búsqueda intelectual que comienza con su primer trabajo: Hampa afrocubana —el título lo dice todo—, y culmina con una obra fundamental: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, cuya riqueza y exhaustividad jamás pudieran haber sido logradas por un historiador sin su formación cultural.
Quien se acerque atentamente a su obra se percatará de cómo su concepto de transculturación evoluciona a partir del estudio de lo afro e hispano hasta la síntesis sin prefijos ni sufijos que lleva por nombre: la cubanidad; o sea, hacia la culturación o creación de una cultura cubana. De modo que nos dejó como legado una visión integral de la cubanidad, que es punto de partida de lo que había que hacer.
A veces se tiende a idealizar a los maestros del pasado y dar su obra como concluida, cuando hay que verlos como lo contrario: sentaron las bases para que otros continuaran y los superaran. He ahí la grandeza de los grandes y —a la par— su humildad, porque el proceso del conocimiento será siempre dinámico, será siempre cambiante, será siempre inacabado...

¿No cree, sin embargo, que hubo una discontinuidad en el estudio y asimilación de la obra de Ortiz y de otros autores cubanos no marxistas, y que incluso —al catalogarlos de positivistas— se llegó a infravalorar, por no decir a negar, todo ese acervo historiográfico?

Ha sido siempre para mí una preocupación ese uso del concepto del positivismo para marcar todo el pensamiento no marxista. Yo he estado en contra de esa simplificación, porque bajo la etiqueta de «positivista» se encasillaron autores tan diversos y tan auténticos —que hicieron propuestas originales en el plano historiográfico— como son también, además de Ortiz, Ramiro Guerra, Emilio Roig... entre otros.
Creo que este acto reductor de «etiquetear» a pensadores e historiadores, de tratar siempre de colocar un nombre para definir una corriente, nos hizo mucho daño, pues con una simple palabra simplificábamos o anulábamos todo ese acervo historiográfico.
En primer lugar, el positivismo cubano no fue puro, sino que estuvo contaminado por nuestras propias necesidades; en segundo, lo esencial del pensamiento cubano —incluido el historiográfico— radica en su carácter electivo: es la capacidad de pensar un método propio. Por lo que al «encasillar» a esos autores, no sólo se anulaba el conocimiento histórico que transmitían, sino su esfuerzo creativo en haber elaborado modos de interpretar nuestra realidad a partir de nuestra propia realidad.
Ése fue el problema trágico que trajo la copia de sistemas y modelos muy ajenos a nosotros. Hay tristes ejemplos de recopilaciones sobre la historia de las ideas en Cuba, en que evidentemente no se tenía la menor idea —valga la redundancia— sobre los orígenes y el contexto en que se expresaron uno u otro pensador. Por otra parte, se publicaron antologías que, más que a un ánimo enriquecedor, respondían a esa tendencia simplificadora. Hablas de Ortiz, pero qué diríamos de los clásicos: Varela, Luz, Saco... cuyas obras completas eran prácticamente desconocidas.
Era para mí fundamental romper con esta tendencia..., y me satisface ver cómo en los últimos años hay una intención de recuperar a esos autores nuestros, sobre todo por parte de los jóvenes investigadores cuya mente y pensamiento están liberados de aquellos grandes esquemas.

Al referirse a «la copia de sistemas y modelos muy ajenos a nosotros», se está refiriendo —por supuesto— a los presupuestos metodológicos de la historiografía soviética que se entronizaron en los años 70... ¿Está de acuerdo con que se haya acotado ese período como un «quinquenio o decenio gris»?

Por supuesto. Debemos estar conscientes de que hubo un momento de dogmatismo, durante el cual todo lo que tuvo que ver con las ciencias sociales, sufrió los embates de una propuesta externa y cerrada en sí misma. Al igual que el realismo socialista en el arte, a la historia, la filosofía, la sociología... se les trató de imponer una teoría que indudablemente tenía sus agarres en una política mal entendida.
Para ser justos, hay que tener en cuenta que el dogmatismo tiende a ser una actitud mental y acomodaticia, por lo que en toda corriente de pensamiento hay quien se aferra más a la letra que al espíritu de una doctrina, ya que esto último es más difícil porque supone tu libertad sin asideros.
También el antidogmatismo puede ser otra forma de dogmatismo. No todo lo que se recibió de la historiografía soviética era malo; ésa es también una simplificación, sólo que actual. También hay que tener cuidado de no confundir el dogmatismo con el sectarismo. El primero es un problema de ideas; el segundo, una cuestión de exclusión.

Pero, por muy exógena e impuesta que fuera esa teoría, ¿acaso hubiera podido arraigar sin contar con seguidores dentro de la propia comunidad intelectual cubana?

A lo largo de la historia universal, ha ocurrido que una comunidad científica acepta por consenso ciertas líneas y, aunque sean equivocadas, se desvía por ellas... hasta que se demuestran sus insuficiencias. Pero no creo que éste haya sido —en el caso de nuestra comunidad intelectual— nuestro único problema.
En Cuba, el dogmatismo ha tenido múltiples aristas, de ahí que resulte extremadamente difícil tratar de enjuiciarlo en los marcos estrechos de una entrevista. Yo solamente te daré algunos elementos que pudieran explicarlo, pero dejando claro que están muy lejos de ser una respuesta que me satisfaga.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que cuando se inicia la Revolución cubana se produce una masificación (no me gusta este término, pues me recuerda a los mass media), una generalización —si se quiere— de la cultura. De pronto, asume funciones culturales la gran masa, el pueblo que hasta ese momento ha estado marginado de los mecanismos de instrumentación de la cultura, pero que realmente está jugando un papel decisivo en las transformaciones que tienen lugar.
Llega el momento en que esas personas comienzan a necesitar calzos, asideros ideológicos... Y la «gran ventaja» que tenía la propuesta de que estamos hablando —vamos a mencionarla por su nombre: el marxismo soviético— era darte la seguridad de aparentemente sabértelo todo en 300 páginas, sobre todo mediante la lectura de aquellos manuales como el de Konstantinov, el de Afanásiev... Para mucha gente, incluso inteligente, esos libros se convirtieron en un sostén muy importante.
Por tanto, era lógico que personas bien intencionadas, llenas de amor por lo que estaban haciendo, asumieran posiciones dogmáticas en medio de una lucha tenaz, en que era muy difícil transigir... pues no era una discusión cultural en abstracto, sino un tremendo conflicto en que se decidía el destino de la Revolución.
De modo que yo creo que muchos de quienes aceptaron esos esquemas no lo hacían desde un ángulo deshonesto, sino que estaban absolutamente convencidos de su validez. Así, con esa visión, entraron en el mundo intelectual muchos jóvenes que alcanzarían su edad activa profesional en las décadas de los 70, 80 y 90... No obstante, creo que la cultura de base —la del pueblo cubano— prestó seria resistencia a esos esquemas atemporales y abstractos que, no pocas veces, se daban de narices con nuestra realidad.
Otro elemento que ha de tenerse en cuenta si se quiere valorar con cierta moderación, con cierta objetividad, un proceso tan extremadamente complejo, es que una parte importante de la intelectualidad cubana se marcha del país a partir de 1959, incluidas algunas figuras que habían influido con sus obras en la conformación del ideal revolucionario.
Esa ausencia no se llenaba con relativa facilidad, aunque se contara aún con historiadores distinguidos como Juan Pérez de la Riva, quien había cursado estudios en Francia y traía elementos de la Nouvelle Historie y de la cliometría, pero —sobre todo— de un marxismo fresco y renovador..., o el mismo Moreno Fraginals, que venía del Colegio de México y ofrecía una potente y polémica interpretación marxista de la historia de Cuba.
Por último, hay que entender que habíamos asumido el reto de no recrearnos en una cultura, sino de dimensionarla rompiendo los viejos esquemas hasta crear la cultura plena de un hombre nuevo.
Como comprenderás, hacer una cultura nueva en una sociedad nueva para un hombre nuevo, con la participación de todos, es el reto más osado, pero —a la vez— más bello y difícil que se haya planteado jamás.

 Como historiador y filósofo, ¿fue influido usted personalmente por la interpretación soviética del marxismo?

Sí, influyó mucho en mí, sobre todo para aprender lo que no debía hacer. Creo que en mi obra no hay nada incorporado de esos esquemas, pero es más: me dediqué mucho a tratar de lograr que eso no sucediera. Se dio el caso de autores que ya tenían hasta título a una obra, y lo cambiaron tras una simple conversación con una historiadora soviética. Eso demuestra hasta qué punto se creyó, hasta qué punto —y es para mí lo más grave— se nos rebajó intelectualmente: como para que una historiadora extranjera llegara y, sin recato, sentara las pautas de cómo describir una sociedad que nunca en su vida entendió ni conoció. Esto era, ante todo, no ser marxista.
Por mi parte, estudié a los clásicos del marxismo y a las numerosas interpretaciones de sus obras, pues lo cardinal para mí era encontrar un marxismo comprensivo de lo cubano y tercermundista, un marxismo que fuera un verdadero instrumento de análisis de nuestro mundo.
Tengo el orgullo —y te lo digo con toda franqueza— de haber compartido inquietudes y sinsabores con compañeros que jamás cayeron en esos esquemas mencionados y que, además, trabajaron para evitar que otros cayeran. Son muchos los ejemplos, y ahí tienes al propio Eusebio Leal, que creo ha marcado toda una dirección importantísima en el rescate y preservación del verdadero contenido de los valores nacionales, yendo más allá de la letra, pues la historia no sólo es lo que está escrito en papel.
Por lo que, al considerar que esos historiadores aportaron una obra a la cultura nacional, podría afirmarte que la historiografía cubana de aquel período, a pesar de lo sucedido, no salió seriamente dañada y dejó un saldo altamente positivo. Y es que, a fin de cuentas, los problemas de índole teórica no llegaron a maniatar la práctica historiográfica.

Junto al propósito de publicar los más recientes estudios históricos y socioculturales de tema cubano y universal, la revista Debates americanos —que usted dirige como parte de la ya mencionada Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz— se ha dedicado a reflexionar sobre metodología, historiografía y teoría de la historia. ¿Qué importancia le concede a esas asignaturas en la formación de los futuros historiadores cubanos? ¿Cuáles serían sus recomendaciones a los jóvenes que se inician en esa profesión?

Ha sido ése un empeño sostenido durante estos 40 años. Sólo que hay que partir de una base, y es que no debe confundirse —como ya sucedió en algún momento— la teoría de la historia, con la filosofía de la historia, pues son dos disciplinas diferentes.
La teoría es el instrumento básico del historiador, sin el cual sería como una persona que camina en el desierto buscando agua, pero no tiene sentido del norte y carece de mapa para orientarse.
Aunque se pueda hablar de la historia desde los tiempos de Herodoto, es realmente a partir del siglo XVIII que se empieza a reflexionar sobre la necesidad de que tenga un sentido, entonces muy vinculado a la noción de progreso. Después vienen las críticas a ese método: la Ilustración hace una propuesta; el Positivismo, otra... de modo que, ya en el siglo XIX, en Europa fundamentalmente (Francia, Alemania Inglaterra, Italia...), coexisten varias propuestas teóricas en aras de que el historiador pueda trabajar con mayor seguridad y aproximación al hecho histórico, a los procesos históricos, a la verdad histórica.
El siglo XX hereda, entonces, dos grandes teorías: el Marxismo y el Positivismo, que también cobran auge en España y América Latina, en tanto aparece una tercera: la Nouvelle histoire, a la que se suma —en los años 60— la cliometría.
La filosofía, por su parte, es una interpretación abstracta, a veces metafísica, de la historia. Su visión resulta, en muchos casos, teleológica: o sea, el hombre está destinado, la sociedad está destinada y ha venido evolucionando hasta nuestra realidad... Semejante tipo de reflexiones, más que al campo del historiador, pertenecen al campo del filósofo, quien —no obstante— tiene que conocer la producción del primero para sostener sus ideas sobre la historia.
Por lo que, si bien existe una relación entre ambas disciplinas, hay que evitar que se confundan en detrimento —sobre todo— de la historia como oficio.
La otra cuestión que quisiera destacar es que no hay otra alternativa que no sea estudiar nuestra historia desde lo más avanzado de la historiografía mundial contemporánea, a la par que se recupera y estudia a fondo la historiografía cubana bajo el prisma de los debates actuales. Ésta es una época que, dentro de una gran crisis de las sociedades, ha obligado a una gran reflexión sin la madurez del tiempo, pero resulta más una crisis teórico-filosófica —de los filósofos— que del trabajo práctico del historiador.
Yo pienso que lo que ha salvado de esa crisis y reafirmado a la historiografía cubana fue su propia tradición. Ahí teníamos a Ramiro Guerra, Portuondo, Roig de Leuchsenring... y hasta a Saco, con su monumental Historia de la esclavitud. Es más, yo le digo a mis estudiantes que tienen que empezar por leerse a Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, para que vean qué asombrosa historia escribió en el siglo XVIII y cuánto tiene de lo que después se llamó la Nouvelle histoire.
Hasta he pensado en proponer que Morell sea considerado el segundo descubridor de Cuba, y que Humboldt pase a ser el tercero. Lo que sucede es que el obispo es un descubridor desde dentro, nuestro primer Historiador en mayúscula, con dos obras que son verdaderos clásicos: Relación histórica de los primitivos gobernadores y obispos de Cuba (1747) e Historia de la Isla y Catedral de Cuba (1760).
En fin, estoy convencido de que nunca habrá una historia nuestra que no empiece por ser una comprensión nacional, que incluya —incluso— historias de carácter local y regional.
Los franceses, los españoles, los alemanes, los italianos, los ingleses, los norteamericanos... nunca renunciaron a que sus historias respectivas las hacían ellos mismos, las interpretaban ellos mismos, y formaban parte de la polémica en torno a los problemas internos de ca-da uno de sus países.
Por último, en virtud de que hay esquemas que aquí no funcionan, creo que no sólo tenemos que discutir y analizar las teorías universales, sino que —de esas teorías universales— tienen que salir nuestros propios métodos y nuestras propias teorías para que Cuba pueda interpretarse a sí misma.

Aprovecho para compartir con usted mi interés por lo que considero una joya de la historiografía cubana: Historia del Hospital San Francisco de Paula (1958), de Jorge Le-Roy y Cassá. Partiendo de un tema aparentemente local, limitado, ese libro —a mi entender— se convierte en uno de los intentos más serios de hilvanar una historia eclesiástica en Cuba.

Me estás hablando de una de mis obras predilectas. Cuando yo empecé a estudiar la historia de la Iglesia en Cuba, mucho más que los apuntes de Juan Martín Leiseca —y mucho más que otros libros sobre el tema—, fue esa obra de Le-Roy y Cassá la que más perspectiva e información me dio.
Aunque esté injustamente olvidada, por su rigor y erudición —que denotan un constante rectificar errores históricos— la considero digna de estar situada entre las mejores cosas que se han hecho en Cuba en materia de investigación e interpretación históricas.
Siempre he tenido la impresión de que su autor —médico de ese hospital—, se propuso escribir una historia del mismo y, al entender la importancia del material que había recopilado, se abocó a un estudio más amplio, dejándonos constantemente hilos de investigación a continuar, dejándonos un reto... pues, entre otras cosas, parece alertarnos sobre la falta de una historia eclesiástica en Cuba. Creo que ése es el mensaje final del libro: miren los documentos y piensen cuánto nos queda en el camino por historiar con seriedad, no con efectismos y conclusiones a priori.
En nuestra historia intelectual curiosamente abundan los exponentes de otras profesiones (médicos, abogados, arquitectos, musicólogos...) que han contribuido con sus aportes al entendimiento de las raíces de nuestra cultura. Generalmente, sólo se repiten los grandes nombres: Ortiz, Roig de Leuchsenring..., pero están —además de Jorge Le-Roy y su hijo Luis Felipe— Roque E. Garrigó, Adrián del Valle, Joaquín Weiss, Pablo Hernández Balaguer... por sólo citar a algunos, y rogando el perdón de los no mencionados.

De todos los libros que usted ha publicado, ¿cuál considera el más importante?

Es tan difícil de responder como al padre que le preguntan cuál es su hijo predilecto. Por lo que no te hablaré de uno en específico, sino de cuáles han tenido un especial significado para mí.
La Antología del pensamiento medieval es para mí uno de los más queridos. Fue el primero, escrito en medio de ese periodo gris —o negro— que ya comentamos, y con criterios totalmente diferentes a lo que entonces se publicaba. Por esas razones, y por el mismo contenido —que pude desarrollar con más tiempo, con mesura—, ese libro me permitió ser conocido en el terreno filosófico y contribuir a un conocimiento que no estaba dentro de la media de lo que se discutía en esa época.
Colocaría en un lugar también muy privilegiado la biografía de Félix Varela. En esta obra pude sintetizar todas mis experiencias anteriores desde el punto de vista teórico y metodológico, así como dejar sentado un grupo de aspectos que se habían perdido, no ya sólo relacionados con Varela, sino con toda la etapa inicial de nuestra cultura y de nuestro pensamiento. Trataba de rescatar los orígenes de la ciencia y con-ciencia cubanas, ese gran movimiento de ideas que nace en el siglo XVIII y que va a penetrar nuestra cultura hasta el día de hoy. Este libro tuvo una excelente recepción y, en cierto modo, cumplía el propósito que habían acariciado varios de nuestros pensadores actuales. Pienso en Cintio Vitier, Eusebio Leal, Alfredo Guevara, Carlos Manuel de Céspedes... con quienes compartí, de un modo u otro, mis inquietudes.
Otro libro al que guardo mucho cariño es Antonio Maceo, las ideas que sostienen el arma, porque en él pretendí rescatar al pensador, más allá de esa visión que lo reduce a un simple guerrero, a un general que era muy valeroso en el combate pero que no tenía un proyecto social.
Pues resulta que el ideario de Maceo completa mucho al de Martí si se quiere entender la evolución del pensamiento en Cuba. No se trata de un ideario elaborado, sino que se fue formando en la práctica como fruto de la autosuperación, y llega a contener elementos bases de la cubanía a partir de la convicción profunda de su autor en lo que podría ser la sociedad cubana.
Estos tres libros han marcado el conjunto de mi obra, y cada uno a su manera me ha reportado grandes satisfacciones.

¿Y el libro sobre el obispo Espada?

Llegué a Varela en gran medida a través de Espada, y a Espada a través de Varela. Estudiaba la obra de este último cuando descubrí a Espada en toda su magnitud; entonces suspendí el trabajo sobre Varela, para profundizar en la vida del obispo.
Al redescubrir sus documentos, ocurrieron cosas bellísimas como la recuperación que tuvimos que hacer de su manuscrito con el Informe sobre diezmo, correspondiente a 1808 y que estaba deshaciéndose...
Se conservaba en la Biblioteca Nacional, y para recuperarlo conté con la ayuda inestimable de Zoila Lapique, quien se sentó horas y horas conmigo para desentrañarlo pues, por su grafía complicada, era casi como armar un rompecabezas. También dispuse del apoyo de Pablo Hernández (hijo).
Siempre he contado con la ayuda de amigos, sin los cuales la escritura de mis obras hubiera sido muchísimo más difícil. A ellos los bombardeo con mis ideas para que me las critiquen, para que las combatan... Y de sus desacuerdos con ellas, saco las lagunas que puedan tener.

¿Por qué continúa inédito su estudio sobre la masonería en Cuba?

Esa obra la terminé en 1976 y, por razones que serían largas de explicar —pero que tienen que ver mucho de lo que hablábamos sobre ese período— nunca se publicó. Después, cuando existió la posibilidad y el interés por publicarla, había pasado tanto tiempo, y yo —que seguía trabajando en otros temas— había iniciado una relación muy estrecha con el Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española y con su director, José Antonio Ferrer Benimeli, una de las personas más hermosas que he conocido y uno de los especialistas de mayor importancia del mundo en esa temática.
Con él debatí las tesis de mi libro, y aunque nada variaba con respecto al original, surgió la posibilidad de enriquecerlo y de ampliarlo con elementos que entonces, en 1976, no tenía en la mano. Pero otras obligaciones me han impedido el tiempo mínimo para precisar esos ajustes, aunque estoy decidido firmemente a terminar y publicar esa obra.
¿Cuáles son sus tesis principales?

Este libro tiene un montaje paralelo en tres partes: «El siglo de las luces», que es la primera; otra que se llama «El siglo de las definiciones», que se refiere al siglo XIX, y la última: «El siglo de las transformaciones», al siglo XX. Trato de seguir lo que es la evolución de la masonería a niveles mundial, americano y cubano, de manera que la representación cubana no se vea como un ente sin referente universal.
Primeramente, me dedico a situar la masonería como una institución que obedece al surgimiento de la Modernidad y que nace en Inglaterra, teniendo un carácter esotérico. Ya como movimiento, abordo su expansión a Francia y España, y cómo llega a América y Cuba, donde va adquiriendo determinadas características.
En un segundo momento, analizo la masonería a partir de la Revolución francesa y la entrada en España y América Latina del pensamiento liberal al estilo del siglo XIX, o sea, del librepensamiento. De ahí, paso a la relación que existe entre la masonería y los movimientos de independencia en todo el continente, específicamente en Cuba, donde el pensamiento masónico tendría un peso decisivo en la creación de un Estado laico, separado de la Iglesia, al proclamarse la República en 1902.
Y por último, una vez en la República —cuyas instituciones, teóricamente, debían haber garantizado la democracia—, se enjuicia la forma en que la masonería influyó en la adopción de ciertas medidas, como es la ley del divorcio, a la par que se inmiscuía en otras cuestiones de índole política, lo que a la postre le restaría parte de su prestigio. Todo ello sin menospreciar su trabajo paciente y patriótico que aún se puede ver en los parques de las ciudades cubanas, colmados de estatuas de patriotas y símbolos de las logias.
En realidad, mi obra analiza la relación de la masonería cubana con la formación y desarrollo de la conciencia patriótica y nacional. Y a fin de cuentas, resulta un estudio analítico sobre la evolución de la filosofía masónica, que no es la misma en los siglos XVIII y XIX, como tampoco lo es en las primeras décadas y finales del XX, cuando asombrosamente hay un renacer de la masonería en el mundo.

Dentro de unos pocos meses quedará totalmente restaurado el cuadro que, sobre la inauguración de El Templete en 1828, hiciera Juan Bautista Vermay, pintor francés de raíz neoclásica y filiación masónica, por añadidura. Despojados de suciedades y repintes, quedarán a la vista los ciento y tantos rostros de los asistentes a ese evento, incluido el obispo Espada, quien efectuó la misa inaugural.
Para usted, que ha estudiado tanto el aporte del clérigo vasco a la cultura cubana, ¿qué significado —opina— tuvo la creación de ese pequeño templo neoclásico? ¿Revela la disposición de los protagonistas en el lienzo alguna clave para el historiador de ese período?


Hay tantas claves en varios sentidos, que es increíble... Si partimos de que Vermay fue discípulo de David, hay que tomar como referente obligado La coronación de Napoleón, el famoso cuadro de este último. Si observas, la posición que tiene Espada es la misma que ocupa Napoleón; es decir, que —desde el punto de vista de Vermay— el obispo es la figura más importante. Y si lo asumimos como un simbolismo, no puede ser otro que el de la figura que lleva la luz, la fuerza creadora, y dónde podía estar esa fuerza creadora si no era en el pensamiento. Se bendecía a un pueblo, el cubano.
Situado en un costado, como quien mira con humildad hacia toda esa sociedad en su conjunto, Vermay retrata a todos sus personajes más importantes: desde Martínez Pinillo hasta Arango y Parreño, captando a la vez el problema de la división de clases. Ésta no podía haberle pasado por alto pues era un hombre que venía de la experiencia de la Revolución francesa; de ahí que —independientemente de que esas fronteras existían realmente en las iglesias, donde en una explanada se apartaban a los esclavos— él consiga un ángulo preciso para representar de una manera muy sutil esa estamentación, dejando claro cuál es la élite, mientras que el resto se desdibuja poco a poco en el fondo.
Otro aspecto interesante es cómo capta las expresiones del criollo —de las damas, sobre todo— que son totalmente diferentes a las del cuadro de David pese a que las figuras están en una posición análoga.
En cuanto al propio templo, estuve en Guernica expresamente para corroborar lo que había señalado Fernando Ortiz con respecto a la construcción del monumento habanero: el obispo Espada había jugado intencionalmente una mala pasada a Fernando VII, dedicándole en La Habana un templete semejante al erigido en aquel sitio del país vasco como símbolo de su autonomía con respecto a España.
Aunque es una réplica —porque el original, como se sabe, fue destruido por los bombardeos—, el templo de Guernica me recordó inmediatamente al de La Habana: sólo que allí es un roble, y aquí, una ceiba, el árbol integrado al conjunto. Además de la palma —que es nuestro símbolo nacional—, hay que entender que la ceiba también tiene una connotación simbólica para la cubanidad al expresar su fuerza, su robustez...
Pienso, como Ortiz, que al integrar con racionalidad neoclásica la arquitectura, la pintura y la naturaleza, ese armonioso conjunto habanero no es más que una expresión estética de las concepciones políticas que nacen muy cercanas al estallido de la Revolución francesa.
Semejante sutileza simbólica sólo podía ser concebida por hombres excepcionales como Espada y Vermay. Ellos lograron materializar —en medio del período de peor represión absolutista— un monumento a la racionalidad, a la independencia, a las libertades y al arte. Y sus enemigos no se percataron. ¿No crees que es muy cubano este decir de doble sentido?
Por todo ello constituye un bien patrimonial digno de ser admirado hoy en toda su plenitud.

Ya situados en El Templete, le propongo recorrer el resto del Centro Histórico... ¿Cuál es su apreciación de cuanto aquí se hace en materia de restauración del patrimonio edificado?

Conocí la Habana Vieja de niño, en los años 50, y hoy —con la edad que tengo— todavía sigue deparándome sorpresas. A mis hijos, cuando ni remotamente estaba restaurada como ahora, les inventaba un recorrido diferente cada domingo para descubrir cosas nuevas... cosas a la que uno le ha pasado 20 veces por delante y no te has dado cuenta de ellas porque miras a otras. Es como una gran catedral gótica, llena de pequeñas partes que forman el conjunto y lo hacen monumental.
Creo que hoy esa parte antigua de la ciudad se disfruta mucho más que antes, pues se ha rescatado lo que se acumuló durante siglos, y se ha convertido en fuente inagotable de belleza hasta el último detalle de la percepción. A su vez, pienso que esa labor de rescate es otro modo de hacer historia, pues se conserva el documento de piedra, la piedra que se lee y que, en no pocas ocasiones, puede decir más que la palabra escrita sobre la espiritualidad de una época.
Después de El Templete, de la Plaza de Armas, recorrería la Plaza de San Francisco, la Plaza Vieja y, por último, la Catedral. O puede ser que empezara por esta última, erigida en un paraje cenagoso gracias al empeño de los jesuítas, quienes habían sido empujados a las afueras y, aún así, fueron capaces de convertir ese sitio inhóspito en uno de los centros de la ciudad.
Otra línea sería seguir la calle del Obispo —me encanta el lobby del Hotel Ambos Mundos—, u otra calle aledaña, sin perderme una sola de sus casas, de sus fachadas... Por ejemplo, ese nuevo mural en la calle Mercaderes, con las personalidades de un Liceo atemporal, me parece fabuloso como inserción del arte contemporáneo en el entorno.
Me siento muy orgulloso de haber nacido en este país cada vez que veo estas cosas, por la originalidad con que se asumen los proyectos para que no se limiten al rescate meramente físico, y se logre —más bien— un ambiente de recreación espiritual. Y aunque a veces mi Habana me duele mucho —me duele ver cómo se ha deteriorado en otras zonas—, tengo fe en que con esfuerzos semejantes no se perderá jamás.

Con su ensayo «En busca de la cubanidad», publicado en Debates americanos, usted se suma al esfuerzo intelectual por definir las esencias de lo cubano. ¿Cuáles cree han sido sus aportes con ese trabajo?

Cuando me decidí a escribir esos artículos sobre la cubanidad, era adelantándome a otro libro que tengo en proceso.
Sucede que nuestra historia como pueblo no es igual a ninguna otra, y —por tanto— no puede ser estudiada con modelos ajenos. A partir de la cultura hispánica —que tiene ya de por sí un carácter multicultural—, aquí convergieron pueblos, culturas diferentes... por lo que para entender históricamente la cubanidad, hay que tener en cuenta de manera obligatoria la totalidad de sus componentes.
Resulta errático —por no decir, peligroso— circunscribirse a uno sólo de esos factores (la «cubanidad» blanca o negra, por ejemplo), además de que hay que cuidarse de seguir ciegamente las formas de historia cultural y social que provienen del extranjero, sobre todo de Estados Unidos, donde se han desarrollado mucho más esos tipos de estudios, mientras que en Cuba han predominado las historias políticas y económicas.
A partir de esas premisas, me preocupa mucho que cuando se alude a los aportes de Fernando Ortiz, se limiten sus concepciones a la famosa frase sobre la calidad de lo cubano como un «ajiaco», y no se tenga en cuenta que esta analogía responde a una —entre otras— de las posibilidades de interpretación que él ofreció y que no tuvo tiempo de desarrollar a plenitud.
Todo el mundo habla de «transculturación», pero olvida que Ortiz maneja otro concepto que es como un reto para quienes vienen detrás: el concepto de «culturación». Así, como yo lo veo, la conformación de la cubanidad resulta un proceso de transculturación-culturación.
En un primer momento, tiene lugar la transculturación, o sea, la mezcla, decantación y selección de los elementos de las distintas culturas, desapareciendo aquellos que no encuentran un referente para arraigarse.
En un segundo momento (culturación), se pasa de la mezcla —donde los elementos mantienen sus propiedades— a la combinación de los mismos tal y como ocurre en la alquimia sin la tabla de Mendeleiev, cuando los elementos en contacto pierden sus características originales para dar una calidad nueva.
La cubanidad es esa calidad nueva, que ya no es africana, ni española..., pero sigue siendo universal porque tiene la capacidad de asumir en su estructura —por sus orígenes— los elementos que selecciona para dimensionar su propio ser. La cubanidad es, también, la constante autocreación de nuestra siempre en construcción autocomprensión.
Para ilustrar esta idea, nada mejor que la música porque sus ejemplos son indiscutibles: no es lo mismo el danzón, el cha cha cha, el mambo, la trova tradicional o la de Silvio y Pablo... que otros ritmos de cualquier parte del mundo.
Hay en éstos una sonoridad y una espiritualidad tales que solamente pueden haber sido generadas aquí, libres de límites de raza o estereotipos culturales. Por eso no le encuentro ningún sentido —salvo que se refiera a las relaciones internacionales— a hablar de afrocubano o de hispanocubano. Si hablo de afrocubano, es porque hay una relación entre lo que es africano en sí y lo cubano en sí... Y ése no es el caso del cha cha cha, del mambo... que son cubanos, y punto. Sin pretender un análisis musicológico, pero ¿qué otra cosa pueden ser —sino cubanas— La comparsa de Lecuona o La bella cubana de White?
Incluso, considero erróneo el famoso cliché de decir que la cultura cubana es mulata, porque con ello se quiere decir que no es blanca ni negra, lo cual también es una valoración excluyente. Para mí, te repito, la cultura cubana es —por definición— esa riqueza que emana de los componentes de una nueva calidad, que no la define un color sino la multiplicidad de colores... y cualquier color que se escoja para definirla será insuficiente y, por tanto, irreal.
La cubanidad es un gran vitral que, atravesado por los potentes rayos de un sol tropical, genera un amplio y brillante espectro multicolor.

Como historiador social, ¿qué recomendaciones haría a un musicólogo que, ocupado en rescatar el patrimonio musical del presbítero Esteban Salas, trate de encontrar en sus obras algún indicio del sentimiento de lo criollo?

No soy musicólogo, mas soy un amante de la música —de la cubana muy particularmente—, y me dedico a coleccionarla.
Conocí a Esteban Salas a través del libro de Pablo Hernández Balaguer, y luego fui testigo del tremendo impacto que tuvieron en Europa las grabaciones que, de ese compositor cubano del siglo XVIII, hiciera el grupo Exaudi hace unos pocos años. En Francia, se llegó a decir en revistas especializadas que el redescubrimiento de Salas sólo era comparable al de Vivaldi.
Creo que una de las cosas más bellas que tiene la obra de Salas, es que —junto a la influencia de la música sacra española— se percibe en ella un tono diferente que sólo podía haberlo expresado un espíritu nacido aquí.
¿Por qué sentimos ese hálito cuando la escuchamos, siglos después? No sé. La música empieza, como se ha dicho, donde terminan las palabras...
Por eso es muy importante que, a la hora de estudiar nuestra cultura y tratar de explicarnos cómo se originó, cómo buscó sus distintos modos de expresión... existan musicólogos capaces de revelarnos el secreto de Esteban Salas.

La resurrección en nuestro panorama cultural de Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier, que fuera duramente criticado en su momento, ¿no significa acaso que —por encima de otros métodos históricos— el método «intuitivo», estrictamente poético, se ha impuesto a la larga por ser ya hoy la cubanía (¿la cubanidad?) una categoría más emocional que otra cosa, una suerte de sensibilidad que se manifiesta en cualquier estamento socioeconómico y por encima de cualquier apreciación política?

El problema que planteas no es nuevo; ya se encuentra en la famosa polémica filosófica (1838-1840) entre José de la Luz y Caballero y los partidarios del francés Víctor Cousin, cuando se cuestiona por estos últimos la capacidad de dar explicaciones racionales a lo cubano. Según esta tendencia, lo cubano sólo es una expresión emocional, un sentimiento...
Pienso que, a falta del ensayo filosófico, social... —y por la incapacidad misma de nuestros filósofos—, la poesía (los poetas) ha ocupado ese espacio de los ausentes, cubriendo con el sentimiento lo que también exige una explicación racional o lógica a partir de las ciencias sociales. Ni el corazón sustituye a la razón, ni la razón explica el corazón.
Debemos alegrarnos de tener buenos poetas, pero ello —a la vez— nos está marcando una deficiencia: que el ensayo teórico decayó mucho en Cuba durante el siglo XX.
Tuvimos una suerte enorme que Cintio Vitier escribiera tan hermoso libro, así como que años después viera la luz Ese sol del mundo moral, con el que pudo demostrar la existencia de una motivación espiritual, de una ética raigalmente cubana a través de la historia... pero nos sigue faltando una historia de las ideas en Cuba. Su padre, Medardo Vitier, emprendió el camino y nos conminaba, nos indicaba, nos exigía que lo continuáramos. Hasta ahora no lo hemos hecho.

Además de publicar su ensayo biográfico Félix Varela, los orígenes de la ciencia y con-ciencia cubanas (1995), usted organizó —en diciembre de 1997— un coloquio internacional sobre ética y anticipación del pensamiento de la emancipación cubana, centrado en la figura del llamado Padre Fundador.
Desde su perspectiva laica de estudioso, ¿cómo interpreta la necesidad de la constatación de un milagro para que Félix Varela sea beatificado y canonizado, y se convierta —por fin— en el «santo cubano», como alguna vez le llamara tiernamente José Martí?


Alrededor de Félix Varela hay una larga historia de incomprensiones. Dirigida por obispos españoles durante el siglo XIX, la propia Iglesia fue poco propensa a la figura del sacerdote cubano, e incluso, a principios de la República, todavía resultaba una figura sospechosa para todos.
Aún en las primeras décadas del siglo XX, es la intelectualidad laica cubana quien se acerca a Varela; trae sus restos en 1911, y comienza a ser estudiada su obra.
Hay que significar los esfuerzos de monseñor Eduardo Martínez Dalmau en rescatar para Cuba al Varela patriota y sacerdote, lo que le ocasionó muchos problemas. Figura polémica, como sacerdote cubano que era, Martínez Dalmau fue atacado por el Diario de la Marina, vocero de los intereses peninsulares, y hasta los comunistas decidieron apoyar al monseñor en su empeño vareliano.
En lo adelante, en la medida que fue tomando conciencia de la personalidad de Varela, la Iglesia lo fue asumiendo y encontró en él la gran figura que unía la institución eclesiástica con su patria.
Para mí, lo más sugerente del legado espiritual de Varela es el amor y el patriotismo. Cuando él hablaba del amor, pensaba en su patria, en su iglesia... que quiso que fueran una patria con amor, una iglesia con amor, ajenas al odio que engendra odio.
Si hubo un heredero de ese legado, fue José Martí. Cuando Martí dice que «patria es unión dulcísima de amores y esperanzas», está captando la esencia del pensamiento de Varela: el deseo de unidad, felicidad, fraternidad, independencia y bienestar. No por gusto a Martí también se le llamó el santo de América, el Apóstol.
Esto es lo esencial para mí de la santidad de ambas figuras, entendida no precisamente en un sentido sólo religioso, sino en un sentido laical del concepto.

¿Ha pensado alguna vez en escribir una Historia de Cuba a título individual —es decir, como autor único—, a la manera de Emeterio Santovenia, Ramiro Guerra, Portell Vilá ... y más recientemente, Moreno Fraginals?

Siempre he pensado en elaborar una Historia de Cuba, y mi participación en proyectos colectivos, como en el dedicado recientemente a la enseñanza media, ha sido pensando en que podía aportar a esas obras parte de lo que ya tengo hecho.
Hay un momento en que quien ha trabajado intensamente la historia de su país hasta conformarse una visión propia, siente la tremenda necesidad de transmitirla. Creo que algún día podré entregar algo en ese sentido, y espero que la vida me lo permita. Porque la gran tragedia de muchos historiadores que pretenden una obra grande, es que sienten que nunca podrán concluirla. Como que siempre falta algo, y eso que falta te impide dar el paso definitivo de poner todo en blanco y negro.
Nuestra historia es muy compleja: ha sido bastante estudiada hasta comienzos del siglo XX; no tan bien estudiada durante el período republicano, y está prácticamente sin estudiar en estos más de 40 años de Revolución. En el caso de esta última etapa, hay que partir de cero y —tan sólo en el plano factual— ya es simplemente un riesgo sentarse a escribir, porque hay hechos históricos que no están totalmente recogidos ni discutidos.
Siento un gran temor porque hay figuras históricas que ya tienen una edad avanzada y cuya participación en los hechos sólo se conserva en sus mentes, pues no han escrito nada.
Yo siempre pongo el ejemplo de Faustino Pérez, quien fue una de las figuras más importantes dentro del Movimiento 26 de Julio desde su fundación y, sin embargo, ya no está. Nunca se sabrán determinados detalles que solamente él pudo conocer, porque durante la clandestinidad no se escribe, sino que se graban muchas cosas en la memoria.

¿Al cumplirse 100 años de que fuera instaurada la República, el 20 de mayo de 1902, cuáles aspectos desearía puntualizar con motivo de tan significativa conmemoración?

Empezaría por puntualizar que Cuba tuvo un 20 de mayo porque no fue Puerto Rico, porque tenía una tradición revolucionaria, a lo que agregaría que la Constitución de 1902 fue hecha por los mambises, por 13 generales del movimiento independentista y por hombres como Juan Gualberto Gómez, delegado de Martí en Cuba; Gonzalo de Quesada; la dirección del Partido Revolucionario, y los miembros del último gobierno insurrecto.
A esa Constitución —que se mantuvo intocable— se le adicionó como apéndice la enmienda Platt, aprobada bajo la ocupación norteamericana ante la amenaza de: o la aprueban, o no nos vamos. Por lo que, al enjuiciar aquellos actos, el historiador deba tener en cuenta que votar en contra de la enmienda Platt significaba —en cierto sentido— votar porque no se fueran las tropas interventoras.
Por otra parte, me resisto a que —al criticar a los presidentes de la República— se metan en un mismo saco a Alfredo Zayas y a Ramón Grau... con Gerardo Machado y Fulgencio Batista, por la sencilla de razón de que estos dos últimos violaron todos los derechos humanos y constitucionales.
La lucha que se libró contra ellos tiene su base en que tanto uno como el otro violaron la Constitución. El primero, añadiéndole una enmienda para decretar la prórroga de poderes, mientras que el segundo elimina la Constitución del 40 luego de asestar un golpe de Estado. Así, el primer acto insu-rreccional de Fidel Castro fue ir a un juzgado a demandar a Batista por haber violado la Constitución de la República.
¿Qué se demostró luego? Que dado el predominio del vicio, el robo y la corrupción, ni Prío ni los demás viejos políticos eran capaces de resolver los agudos problemas sociales, de ahí que fuese necesaria una Revolución para cambiar el status quo. La juventud de entonces ya no quiso ni lo que se había instaurado el 10 de marzo de 1952, ni lo que existía hasta el día anterior.
Con el triunfo revolucionario en 1959, pasamos a un proceso de transformación, pero ello no significa que haya que negar absolutamente lo que aportaron las instituciones del período republicano anterior.
Me sorprende cómo alguien pueda catalogar de inservible todo lo que atañe a esa etapa republicana y, sin embargo, es capaz de escribir una apología al gobierno colonial de Tacón, cuyos títulos son citados con solemnidad y a pie juntillas: Capitán General y Gobernador Superior..., mientras que la alusión a los antiguos presidentes cubanos —José Miguel Gómez, por ejemplo— casi siempre viene aparejada de la burla o mofa que le adjudicaron en su época: «Tiburón se baña pero salpica»..., etc. ¿O es que acaso, los gobernantes españoles no fueron también fustigados por la sorna criolla? «Tacón Bey», le decía Domingo del Monte al ya mencionado capitán general.
Por último, quisiera destacar que el sentimiento nacional que animó a muchos de los revolucionarios cubanos se sembró en las escuelitas públicas de aquella República. Y nace cuando hombres como Ramiro Guerra viajaron a Estados Unidos para aprender las técnicas pedagógicas y, al regresar aquí, las implementaron para transmitir el contenido patriótico a sus alumnos, jugándoles a los norteamericanos esa carta de irse por debajo, de subvertirles la intención.
Había en todas aquellas escuelitas un retrato de Martí, y se aprendía obligatoriamente sus versos de «cultivo una rosa blanca...» Se trata de la obra imperecedera del maestro cubano, de ese que se iba a las montañas montado a caballo y, aunque estuviera seis meses sin cobrar, nunca faltaba a clases. Allá iba vistiendo su única guayabera raída, que tenía que tener cuidado porque —si la soplaba el viento— se rompía en pedazos...

A raíz del fallecimiento de Manuel Moreno Fraginals, fuera de Cuba se invocaron con ánimos supuestamente académicos a aquellos historiadores que abandonaron el país tras el triunfo de la Revolución en 1959: Emeterio Santovenia, Herminio Portell Vilá, Carlos Márquez Sterling...
Pero tras ese homenaje, no es difícil advertir la intención de minimizar a los historiadores que permanecieron y permanecen en Cuba, contraponiéndoles aquellas otras figuras y enjuiciándolos a ustedes con un rasero esquemático y superficial: que ya por el sólo hecho de estar viviendo aquí, vuestras obras son monocordes y dogmáticos productos de marxistas anquilosados.
De paso, con una intencionalidad semejante, se ha querido hacer creer que usted sostiene una idea de la historia como «ciencia social autónoma y cerrada, que no debe contaminarse con otras formas del saber». ¿Qué respondería a un enjuiciamiento de tal índole?


Tengo la absoluta tranquilidad espiritual de que quien así hable sobre mi obra, la desconoce. Las críticas pueden venir a veces bastante infundadas, al igual que los elogios, por supuesto. He tratado de rescatar la riqueza humana de nuestra cultura fundamentándome en el hombre, en el sujeto, de ahí que —entre los historiadores más recientes— quizás yo sea quien más ha trabajado la biografía: de Varela, de Saco, de Espada, de Maceo...
Ahora, yo sí creo que nosotros tuvimos que cumplir exigencias historiográficas de nuestra época y de nuestra realidad. Y cuando critico los esquemas importados, sostengo que una de sus secuelas estriba en que muchos de quienes los acataron en un inicio y terminaron negándolos después, no han hecho más que escribir desde las estructuras mentales que adquirieron a partir de esos mismos esquemas.
Por lo tanto, hay ciertas negaciones que no son más que la aplicación invertida del mismo método del que se quiere abjurar.
A ello se añade que la supuesta crítica tiene muchas veces connotaciones personales, y se convierte en ataque intencionado, olvidando que lo que más dignifica a una profesión es el tener diversos puntos de vista y que éstos se confronten como parte de la acumulación del conocimiento.
La historiografía cubana tuvo figuras como Ramiro Guerra y Fernando Ortiz, por ejemplo, que asumían posiciones diferentes y nunca tuvieron la necesidad de llevar sus discrepancias a un plano personal.

O Portell Vilá y Roig de Leuchsenring...

Creo que es un excelente ejemplo. Cada cual tenía su método, su visión de la historia... Nadie que en Cuba se aprecie de historiador, puede desconocer lo que significó la obra de Portell, de Santovenia... del propio Moreno Fraginals.
En el caso de este último, es una lástima que haya escrito su libro postrer Cuba/España, España/Cuba a distancia de sus propios trabajos. Tiene errores que se pueden demostrar —no es nada nuevo—, además de un afán de borrar cosas que están dichas por él mismo.
Creo que Moreno siempre fue un gran marxista, uno de los marxistas que más influyó en mi generación, precisamente porque rompió esquemas y planteó una perspectiva muy novedosa; discutible, pero novedosa. Su aporte real fue en los años 60 y nos pertenece. No hay por qué aceptarlo como un dogma de fe, como se aceptó a otros. Sencillamente, como buen científico que era, logró proponer una tesis original y, con toda la pasión que lo caracterizaba, la defendió. Pero en ese momento había —que yo recuerde— al menos como siete u ocho tesis diferentes en la historiografía cubana. Y eso fue muy beneficioso. Ningún autor atacó de modo inusual y deshonesto a nadie, y de todos aprendimos. Hubo pasiones —y eso fue bueno—, pero las pasiones no nos enceguecieron.
Me parece que la lectura política constante, la pertinaz politización de la historia, se ha convertido en una cuestión casi desenfrenada en algunos de los intelectuales que viven en el exterior, obcecados por una intención destructiva y aniquiladora en sus análisis.
Es una lástima, porque hay gente talentosa que se está perdiendo en los caminos del odio, de la falsa política, y de los afanes de tratar de innovar sin las bases con que innovó un Moreno Fraginals, un Le Riverend, un Roig de Leuchsenring... es decir, los grandes nombres de nuestra historiografía, incluyendo quienes no se quedaron en Cuba: Leví Marrero, Lydia Cabrera..., además de los ya mencionados.
El gran problema consiste —a mi modo de ver— en que la profesión de historiador es extraordinariamente exigente, y tiene numerosas trampas en el camino. Para ejercerla con rigor, no basta con recurrir al mito del documento, porque el documento depende de quién lo lee y la cultura con que lo lee. Y lo mismo sucede con el mito de las grandes interpretaciones teóricas, pues no basta con leerse y citar a Foucault, Derrida, Lévi-Strauss... En su momento, todos esos autores fueron leídos por nosotros, es decir, por quienes quisimos tener una formación más o menos sólida.
La actitud del verdadero estudioso consiste en moverse con su tiempo dejando lo inservible en el camino y asumiendo no la moda, sino el lastre que la acompaña. Así, en la década del 60, para mí fue obligatorio leer a Althuser, Sartre... y mucho trabajé para crearme un método propio a partir de esas lecturas. Y cuando vinieron las críticas al estructuralismo, las asumí pues entendí sus debilidades, y ello hizo que me inclinara más hacia el humanismo marxista sartreano por considerar que no sólo me permitía ver esquemas y estructuras, sino al hombre actuando.
Pero, sin dudas, fueron Marx y Engels y otras polémicas continuadoras las que más me acercaron al fenómeno de mayor influencia en mí: la Revolución cubana. Por otra parte, sin el estudio de nuestros grandes clásicos (Varela, Luz, Saco, Arango, Céspedes, Maceo, Martí) no hay comprensión posible de la historia de Cuba. Y ésta es, a mi modo de ver, la laguna mayor que tienen nuestros jóvenes.
En fin, lo que he dicho siempre —y lo repito— es que el oficio de historiador tiene reglas, y que violarlas es un acto sencillamente de antihistoria.

Si evocáramos la conocida frase de Pierre Vilar en el sentido de que, ante las exigencias de la profesión, el historiador siempre está arriesgándose... Al igual que el célebre historiador francés, ¿se ha sentido usted caminando alguna vez «por el filo del cuchillo»?

Como historiador he caminado por el filo del cuchillo, y me he cortado no una, sino varias veces. El cuchillo es muy filoso, máxime en un país como el nuestro, siempre lleno de pasiones, siempre colocado en el borde del desarreglo, en el borde de la crisis...
Pero si tomas en serio tu profesión, y no la miras sólo a partir del beneficio propio, entiendes que no puedes hacer concesiones, que no te puedes rebajar, pero que también pudieras tener que sacrificar amores... y que puedes quedarte solo.
Entonces, te das cuenta que estás obligado a perseverar, que no se trata sólo de un problema de amor, sino del problema de la subsistencia de una cultura, de un pueblo.
Y esto es lo esencial, porque lo que salvará a Cuba en cualquier circunstancia futura es su cultura, su cultura de pensar —o del pensar—, sin la cual estaríamos absolutamente desvalidos.