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 En pleno corazón de La Habana Vieja tiene su taller este maestro del grabado, cuyas palpitaciones creativas iluminan el derrotero de esa manifestación de las artes plásticas en Cuba.
Para hacer lo que me nutre, si estoy en otro lado del mundo, tengo que llegar primero a La Habana, tengo que hacerlo en La Habana y, sobre todo, en la Habana Vieja, que ha sido mi guarida, mi cueva...

 Extraída del contexto, la aseveración «pensar, analizar y sufrir con el color» puede tener disímiles lecturas o suspicaces interpretaciones. Sin embargo, salida de lo más profundo de una reflexión de Eduardo Roca Salazar (Choco) suena tan natural como este cubanísimo auténtico que apostó hace ya algunos años por las artes plásticas.
El mundo del pincel, los lienzos, las gubias, las tintas y las cartulinas han hecho –y no precisamente por arte de magia– que la visión del mundo que le rodea tenga especiales matices. Ve el entorno, como casi todos, en colores. Pero, para él son diferentes.
«La Habana Vieja tiene un verdusco que no he encontrado en otros sitios, y sus gentes también poseen ese tono, acentuado por el color a tierra», dice.
Para él, no se trata entonces de la intensidad de los pigmentos, sino de su significado: «es un color pegado a lo humano; por eso, siento que un muro de la Catedral, por ejemplo, posee un fuerte vínculo con las gentes que viven aquí».

LOS CAMINOS
«Nací en Santiago de Cuba. Con 13 años se me ocurrió hacer las pruebas para ingresar en la entonces Escuela de Instructores de Arte, embullado y alentado por mi maestra, quien tal vez vio alguna actitud (o aptitud) en mí. Aprobé, y en el año 1961 llegué a La Habana. Luego de graduarme en este nivel, pasé a la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán, donde conocí a mucha gente. Palpo con entusiasmo que una buena parte de los que formaban ese grupo inicial, actualmente posee una gran fuerza dentro de las artes plásticas contemporáneas.
»Margot Colosía, Núñez Book, Baldía, Antonia Eiriz y Sosabravo –quien ha sido mi maestro desde siempre– marcaron toda mi etapa inicial y los quiero con particular cariño.
»Tras terminar, regresé a Santiago de Cuba y allí, por espacio de dos años, trabajé como maestro en la Escuela Provincial de Arte con gentes maravillosas como Aguilera, Macambucio, Tamayo, Lobaina, Carballo y Raúl Alfaro, entre otros. Juntos creamos el Taller de Grabado, que se desarrolló con mucha energía, y hoy tiene a su alrededor un intenso movimiento cultural de gran vitalidad.
»Fue una bella etapa y evoco esos inicios con inmensa alegría porque ya hoy, con 50 años en las costillas, siento un gran compromiso con este pueblo, con este país, y tenemos que hacer una obra y exponer en los museos para que las generaciones venideras sepan lo que ha pasado en estos tiempos.
»En Santiago de Cuba hice mi primera exposición personal, que se nombró «Hombre de Mocha». Recuerdo que se organizó una jornada cultural de despedida porque terminaba mi postgrado y venía para La Habana. En ella participaron la Orquesta de Música Moderna, el trovador Augusto Blanca, el Coro Madrigalista y el poeta Waldo Leyva.
»Santiago sigue siendo mi ciudad y a ella regreso siempre que hay una ocasión, pero no puedo vivir en otro lado que no sea La Habana. La Habana me inspira muchísimo. Sin mi Habana no puedo trabajar. Cuando salgo de viaje, no puedo hacer nada. Tal vez algún bocetico, u otra bobería. Para hacer lo que me nutre, si estoy en otro lado del mundo, tengo que llegar primero a La Habana, tengo que hacerlo en La Habana y, sobre todo, en la Habana Vieja, que ha sido mi guarida, mi cueva... Sus muros, sus iglesias, sus piedras, su olor, sus ruidos y gente, son mi gran fuente de inspiración».

EL ABRAZO DE ÁFRICA
En el año 1977, a petición del Ministerio cubano de Cultura, se crea una brigada en la que artistas de las más disímiles especialidades viajan a la República Popular de Angola para ofrecer su arte, crear escuelas y asesorar en distintas manifestaciones del quehacer artístico. Choco, por deseo propio, engrosa ese grupo.
«Cuando llegué a África sentí el abrazo cercano de mis antepasados y conocí muchas cosas. Pensé que podría encontrar todo un desarrollo en relación con la referencia que yo tenía de la cultura afrocubana.
»Pero no. Allí están las raíces puras. Muchas cosas nuestras ya no tienen que ver con aquello. Aquí asumimos lo traído hace dos siglos, lo mezclamos con influencias españolas, francesas, inglesas... y hemos hecho lo cubano. Lo afrocubano. Siento que sólo nos une el color y algunas palabras. Y que me perdonen los entendidos.
»Sin embargo, ese choque fue fundamental para mi posterior desarrollo como artista. Creo que los ginguindos, los perfiles, la forma de poner los colores, los tonos... eso lo aprendí en África. Esa posible influencia es la que me ha hecho utilizar tonos grises y negros muy sobrios. La violencia de contraste en mi pintura viene de ahí.
»Luego de veinte años de mi experiencia africana, he tenido la oportunidad de visitar Japón, y percibo que hay una similitud, una relación en cuanto a colores. No puedo dar una explicación concreta, no la tengo, pero observo una semejanza, quizás hasta mística.
 «Los japoneses dicen que no se dan la mano, besan o tocan porque toda persona tiene un aura y mediante el contacto puede pasarse la mala influencia. Eso es una tradición japonesa, pero también en la religión yorubá se plantean asuntos parecidos.
»Cuando alguien se hace santo, durante todo ese período se está limpiando, la gente se saluda de la misma manera que los japoneses. Las razones son parecidas. La diferencia está en que para los asiáticos ese principio es para toda la vida, mientras que para los santeros dura sólo un tiempo».

LA OBRA
En su taller creativo, situado en pleno corazón de la Habana Vieja, la conversación con Choco transcurre sin sobresaltos, aunque a veces se torna enigmática, como si nos envolviera cierto manto extendido por sus ancestros. Las respuestas suenan –son– sinceras, incluso cuando levitan interrogantes no encontradas. Sólo sus ojos, quizás excesivamente grandes y poco expresivos, respiran raigal cubanía.

Al analizar tu obra, cierta crítica especializada ha asegurado que por la forma de utilizar el color enmascaras la paleta. ¿A eso es a lo que llamas violencia del color?

No hay contradicción entre lo que puede decir un crítico y yo. A lo mejor es que en ese sentido he golpeado más duro. La violencia en mi pintura, en mi obra, se debe a que la utilización de los negros y los grises, da bofetadas a los tonos suaves.
También puede suceder a la inversa: los tiernos agreden al rojo o al amarillo. Así se colocan suavemente en primer plano. Con esto no pretendo enmascararme, sino por el contrario, humanizarme.

De ahí también que lo popular te sea tan inherente...

Lo popular es esencial en mi obra. En ella pueden verse, por ejemplo, los muros, el hombre, su coloración... No poseo agresividad. Eso es lo que el público analiza, lee fácilmente. Sin embargo, puede suceder lo que ocurre con una película de Charles Chaplin. Te ríes y ríes, pero es probable que al final llores mucho. Creo que mis creaciones tienen profundidad, que inspiran cierta pasividad, pero si te detienes a mirarlas por un tiempo puedes sentir muchas cosas.

Intentar aunque sea de manera epidérmica, penetrar, introducirte o acercarte –con o sin permiso– al mundo creativo de un artista es tan complicado como arriesgado. Pero, aún lo es más si lo que se pretende es cerrar caminos y buscar límites. En otras palabras, hurgar en las tesis y querer desentrañar si prevalece una, o si, en este caso ¿es Choco un creador directo o de diapasón abierto?

Hay casos en que dejo que el espectador interprete. En otros soy bastante directo. No soy un político, sino un artista. Cuando toco un tema relacionado con aspectos sociales, abro el abanico. Al abordar temáticas que tienen que ver con los seres humanos, siempre soy directo.
Trato de decir las cosas como creo que deben ser. Hay asuntos que son difíciles y los dejo abiertos. A mí me gusta ese juego.
Me molesta muchísimo cuando alguien me pregunta: ¿qué quieres decir con esto? No soy un periódico.
El arte es muy complicado y todos queremos buscar un significado. Nadie puede saber lo que quiere decir un pájaro cuando canta: te gusta o no. Así analizo mis creaciones, pero siempre trato de que estén bien hechas, que sean interesantes a la vista y que posean coherencia y sentido.

¿Te refieres a la técnica?

A todo, a la técnica y a la lectura. El artista tiene que estar bien claro en lo que intenta decir, qué cosa desea expresar, pero lo hace para él. A la vez, da un margen de más de un cincuenta por ciento para que los otros piensen, para que vibre la comunicación. Si se quiere lograr esto, todo tiene que estar decantado y técnicamente bien hecho.

¿Qué pesa más dentro de tu quehacer pictórico, el mundo onírico o la realidad? ¿Mezclas esos niveles, los sintetizas?

Personas que no tienen conocimientos especializados sobre plástica me dicen: No sé por qué, pero me gusta muchísimo lo que haces. Cuando hago una versión de un Elegguá, eso conlleva un significado, una connotación de índole religiosa, tal vez social. No practico ninguna religión, pero tengo que ser consecuente a la hora de tocar estos temas de la forma más pura, respetando a los que sí saben.
Trato de dar todo un manejo lírico, pero hay una cosa concreta, que es un Elegguá. Lo hago según mi imaginación; no obstante, los he visto físicamente, he hablado con algunos babalawos sobre el significado de los signos.
Todo eso tiene una connotación muy fuerte y yo, empíricamente, lo he hecho con muchísimo deseo. Y salió. La gente lo ve, lo ama, me dice cosas preciosas con respecto a eso. Y no profundicé en el sentido de saber exactamente cómo es para plasmarlo. No. Tienes que dejar un margen de sueño, porque estás trabajando con imágenes subjetivas y el hombre que no está metido en la religión, debe sentir cosas cuando vea lo que le muestras.
 ¿Tiene adivinación el arte que haces?

Creo que sí, aunque no manejo los signos en relación con la religión afrocubana. Siento algo por la Virgen de la Caridad, por Ochún; eso es parte de mi cultura, y le pongo el color que quiero, el que siento.
Después de estudiar y preguntar a algunos sabios sobre el tema, me he dado cuenta que usé cosas que no tienen que ver. Pero está hecho con corazón. Por eso, la gente lo ama. Yo siento eso.

¿Eres un artista predecible o impredecible?

Hay una mezcla de las dos cosas. Pasé una escuela. No soy un pintor primitivo. Tengo cierta formación intelectual, me preocupo por lo que sucede en Cuba y fuera de ella. Me gusta tener algún conocimiento científico de los problemas, pero trato de no ser tan científico a la hora de hacer arte porque si no pierdo espontaneidad.

¿En qué confías más: en la fuerza o en el movimiento dentro de una obra?

En las dos cosas. Cuando uso las tintas negras, pienso que deben darle una fuerza a la obra. Ciertas tonalidades dan fuerza. Pero también las uso para que tenga sobriedad. Todo está pensado, estudiado, analizado... Después de darle esa imaginación espontánea, hasta la sorpresa se prepara, y para mí es la mejor.

¿Por qué tanta colagrafía? ¿Te consideras pintor o grabador?

La colagrafía es un procedimiento del grabado relativamente nuevo, tiene apenas unos treinta años. Constituye una forma de trabajar bastante económica y para mí fabulosa.
No puedo elegir. No puedo dejar de pintar y no puedo dejar de grabar. No soy un grabador que pinta, ni un pintor que graba. Soy un pintor y un grabador. Profesionalmente son mis dos amores.

¿Te importa la trascendencia?

Me asustan los premios. Uno los quiere pero les teme. Tengo mucho despiste y no quisiera perderlo. Se me olvidan los nombres, incluso de personas cercanas. Estoy hablando con alguien y no sé qué me está diciendo, porque estoy pensando en un color y se me olvidan las cosas. A veces por la calle me saludan y ni siquiera me doy cuenta. Lo que me duele es que alguien piense que es porque mi obra ha tenido reconocimiento. Cuando me dan algún premio me pongo muy contento, pero inmediatamente me pongo a meditar en eso y me da tristeza.

¿Te gustaría que dentro de cien años se hablara de ti?

Muchísimo. A mí me encanta que la gente hable de mí, bien o mal. Mi preocupación es tratar de ser un artista importante y dejar una obra. Así no te vas a morir nunca. Ésa es mi inquietud, llegar a trascender para no morir jamás.

¿El ego?

No lo conozco, no sé qué es, por eso dije lo de la mala memoria. Pensar que soy un tipo importante y que merezco cosas me parece feo, aunque sí me interesa que me recuerden.

¿La vanidad?

Me es totalmente ajena. Creo que los seres humanos tienen que ser lo más suave posible y, sobre todo, los que podemos llegar a tener cierto grado de popularidad. La vanidad es mala porque aleja afectos.

¿La falsedad dentro de la obra de arte?

Cuando surgen tantas tendencias, como ahora, empiezan a aparecer los farsantes y éstos comienzan a difundir cosas. Hacen lo posible porque se olvide la trayectoria de algunos maestros. Algo así como que «ya no estás en la última y que no formas parte de la vanguardia». Hay que saber discernir y no darle calor a una élite, cuestión que considero desleal.

¿Amistad?

Algo muy grande. Tal vez, y lo digo sin vanidad, tengo el don de cultivar amigos. Odio la soledad. Me encanta que me visiten, pero no me gusta visitar. Trato siempre de ser un buen anfitrión. Cuando uno tiene muchos amigos, tiene una gran familia.

¿Quién eres tú?

Estoy tratando de saberlo. Ya yo perdí mi nombre. En la década de los 60, cuando era estudiante, unos amigos, en tono de broma y contra mi voluntad, comenzaron a llamarme Choco porque había un boxeador que se llamaba Roberto Caminero que llevaba ese apodo.
Según ellos, fìsicamente, yo me parecía a él, y ahí nace lo de Choco. El Choco soy yo, y estoy tratando de llevar ese nombre a una altura que me permita ser consecuente con esta generación y con la que viene. Quiero estar presente en los muros de cualquier galería, en los museos o, sencillamente, en la casa de mis amigos.

¿Si no hubieras escogido el camino de las artes plásticas, qué te hubiera gustado ser, Choco?

Late, que es lo que le falta a Choco. Choco-late.