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 Sobreviviente de una estirpe de libertadores, músicos, pintores, poetas y santos, Dulce María Loynaz (Premio Cervantes, 1992) concedía cada día menos entrevistas.
Si un día cualquiera uno abría la verja y miraba a través de las ensortijadas herrerías, si uno se olvidaba de los perros bulliciosos, veía a Dulce María Loynaz vestida de blanco, en su poltrona preferida, envuelta en penumbras y silencio.

Parece imposible visitar una casa sin timbres ni aldabas, que suele estar a oscuras, el teléfono tiene desperfectos y, si llueve o hace frío, su dueña se recoge aún más. Tras las gruesas paredes, casi amuralladas, de ese palacio real en plena Habana, vive una mujer con tanto tiempo en la tierra que ha presenciado su fama, olvido y resurrección, siempre desde la distancia, con algo de indiferencia y timidez.
Le molesta el destello de las máquinas fotográficas y su simpatía alcanza las cumbres más altas al influjo de la conversación, no de los cuestionarios. De su vida privada son públicos sólo los fugaces instantes en que se produjo el resplandor de un roce con otra celebridad. ¡Cuántas veces se han rememorado sus encuentros con Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Juana de Ibarbourou o Gabriela Mistral!
 El resto del tiempo ya se perdió, estuvo demasiado oculto por una cortina de silencio. Nada se sabe de esos momentos de honda angustia, de total desilusión, que emergen de manera sistemática e inevitable a lo largo de todas sus narraciones y poemarios.
Nadie conoce mucho de esta mujer que no hizo concesiones ni prestó atención a los aplausos, que enfrenta los asedios periodísticos con un tono definitivo, tajante, irrevocable, coma si a través de la frase amarga, tierna o mordaz intentara demorar el camino hacia su intimidad. Para armar un posible retrato es preciso buscarla en su propia letra, aunque ya por demasiado tiempo permanecen inéditos sus ensayos, olvidadas sus crónicas periodísticas, extraviada la prolífica correspondencia.
Parece imposible entrar en esa casa. Pero si un día cualquiera uno abre la verja, si uno se olvida de los perros bulliciosos y sin garbo que salen al paso, si uno sube los pocos escalones que anteceden al portal, si uno mira a través de las ensortijadas herrerías de la puerta y si son, exactamente, las cinco de la tarde, Dulce Maria Loynaz estará vestida de blanco, en su poltrona preferida, envuelta en penumbras y silencio.

A los 93 años de edad, ¿qué la sostiene?, ¿en qué piensa?, ¿cómo es un día suyo ahora?
¡Ay, qué pregunta! ¿Cómo puede ser el día de una anciana que además de la carga de los años lleva la de la ceguera? ¿Qué puedo yo hacer? Nada. Esperar.

Cuentan que todas Las tardes le leen sus libros.
Sí, pero no siempre hay gente dispuesta a hacerlo. Parece que temen que yo, que fui una gran lectora, encuentre que ellos lo hacen mal; y no es así, lo hacen bien, y aunque no lo hicieran bien, para mí significa mucho que alguien me ponga en contacto con la letra.
Hay una persona que ha accedido a leerme desde hace poco. He tenido la suerte de encontrarla, pero demasiado tarde. Hubiera querido conocer antes a Vicente Morales, porque él lee a mi gusto, no da mucho énfasis. A mí no me gustan los que leen como si estuvieran en un teatro. Él lee como se debe leer: discretamente. En fin, quisiera mantenerlo, que no se fuera por ninguna razón, porque no he encontrado a nadie más que quiera leerme. Cuando yo digo eso hay personas que no me creen, pero es la pura verdad.

Ojalá usted pudiera llegar a dictarle.
Eso es más difícil, porque nunca lo hice. La creación siempre iba directamente de mí al papel. Por ahora me conformo con que me lean. Es bastante. Además, yo tengo ya una obra hecha. ¿Para qué más?

Pero los lectores no opinan lo mismo...
No dicen lo mismo, pero realmente no conocen mi obra. Yo he escrito mucho, pero se ha publicado muy poco, y eso no es culpa mía. Yo siempre he estado dispuesta a que impriman mis libros, ¿qué más puede desear un autor?

¿Tiene aún deseos de escribir?
Un obstáculo mínimo lo impide: yo no sé escribir a máquina y casi no sé dictar. Toda la vida escribí a mano, primero con lápiz y después, cuando mi vista se fue oscureciendo, con bolígrafo. Pero ya no puedo. Si tengo que dictar, soy muy torpe, si tengo que escribir, no veo lo que escribo, monto los renglones. Es desesperante. Cuando estuve en Madrid, Concha Espina, que estaba ciega, me enseñó una especie de cuadrado que cruzaban unos alambres. Ella decía que apoyada en esos alambres podía escribir. Así que yo me dije: si algún día me toca esa mala jugada de la vida, haré otro aparatico igual. Me queda por ensayarlo. No lo he hecho porque temo que no tenga la misma habilidad de ella.
Si hubiese aprendido a manejar la máquina de escribir, podría crear porque todavía hay bastante material en mi cabeza, tengo ideas, aunque quizás no Sean las mismas que al parecer tuve un día. Digo al parecer porque de eso ni yo misma estoy segura. Todavía me siento con fuerzas para escribir y tengo bien puesta la cabeza, aunque a veces alguien lo dude.

¿En qué fase está su libro sobre El Vedado?
Del libro sobre El Vedado, algo ha quedado escrito; algo, no mucho. Voy a ver si puedo ponerlo en orden, con ayuda de alguna otra persona. Ese es un libro más útil que el prometido sobre mis hermanos. El de mis hermanos iba a ser una satisfacción para mí, el de El Vedado es una deuda mía con la ciudad.

La Habana ha sido una obsesión para escritores coma Lezama Lima y Carpentier,¿cuál es su relación íntima con ese mito que es la ciudad?
Creo que La Habana, aunque yo no hubiera nacido, coma nací, en pleno Paseo del Prado, me hubiera fascinado siempre. El Vedado, especialmente, es como un hermano gemelo mío. Los dos nacimos en el año 1902. Yo sé mucho de la vida de El Vedado, como El Vedado debe saber de la mía. Puedo decir, por ejemplo, como era según mis primeros recuerdos. Era casi un bosque, lleno de árboles, de enredaderas que colgaban. Yo tengo ese recuerdo de El Vedado que pocas personas pueden dar porque necesitarían tener los mismos años míos y haber estado en contacto con él como yo estuve.
 Todas las tardes mi abuelo, que estaba paralítico, me llevaba en su coche a pasear y me contaba la historia de las casas que se iban construyendo, de los baños de mar, de todas aquellas cosas de El Vedado primitivo, un poco ingenuas, que ya hemos perdido, pero en mi memoria están vivas. Si Dios me ayudara un poco con los ojos, yo pudiera pasar esta visión mía al papel.

Escribir Un verano en Tenerife le llevó cinco años y Jardín, siete. ¿Cómo gustó entonces del periodismo, que requiere de tanta premura?
Llegué al periodismo por cauces muy naturales. En primer lugar porque fui mujer de un periodista y, por otra parte, a mí todo lo que sea letra de molde me atrajo siempre, lo mismo periodismo, que novela, que filosofía. Escribir me gustaba siempre y leer, más todavía.

Ya circula la nueva edición de Un verano en Tenerife, libro que nadie sabe clasificar: dicen que es diario de viajes, que novela, y hasta hay quienes hablan de periodismo.
Yo considero que eso es lo mejor que he escrito. Siento que ese libro tan bien hecho, y tan bien cuidado, no se lo haya dedicado a Cuba. Se lo dediqué a Tenerife, que es un poco también mi patria, porque era la de mi marido.

Era lógico que hiciera un libro de viajes, como gran viajera que fue.
Conocí, por ejemplo, la tierra de Palestina, tan rica en historia, en religión, en todo. Anduve por tierras del África, esas que ahora salen tanto en los periódicos; por tierras de América del Sur, país por país; y de América del Norte, pero no era la que más me interesaba.

Usted ha desechado más de lo que ha difundido y otra parte, sobre todo epistolario, ensayo y periodismo, permanece inédita.
Sí.

¿Desechaba por criterios estéticos o espirituales?
Por criterios estéticos, ¿qué otra cosa pudiera ser? En eso lo que prima es la estética.

Esos textos inéditos, ¿podrían revelar nuevas facetas de usted como escritora?
Creo que sí. Pero, ¿dónde buscar ahora, al cabo de tantos años? Hay una persona, un amigo mío que tiene una cantidad grande de mi correspondencia, y no sé si ahí hay muchas cosas. Pudiera haberlas, pero él es muy avaro de sus cosas: no las muestra. Habrá que esperar a su muerte. Desde luego, yo no puedo esperar.

Los críticos afirman que usted leía sus textos con un tono muy especial.
Creo que sí, mis libros eran mejores cuando yo los leía.

¿De alguna manera su gusto por la música trascendió a su obra?
Ojalá, pero creo que no.

¿Por qué aparecen en tantos poemas suyos mujeres y niños con trastornos físicos?
Me es difícil contestar. Realmente los niños son un motivo muy usado en la poesía en general. Ahora, un niño con una tara es apartado. Yo tomo ese niño apartado y lo traigo a la poesía. Es una obra de caridad, diría mejor, una obra de amor, aunque no soy de esas mujeres que se derriten ante un niño: yo no me derrito. Creo que el niño tiene su importancia y es la que se le debe dar, ni más ni menos. Un niño siempre es una cosa muy respetable, y yo respeto a un niño más que a un viejo.

Algunos poemas suyos son rebeldes, como quien amordaza alguna pasión.
¿Quién no ha tenido en su vida pasiones? Aquel que no sepa de amor ni de dolor, aquel que no sepa de versos, que se ahorque en un pino; será lo mejor. Son versos de Darío.

Por su novela Jardin usted se consideró en alguna ocasión pionera del realismo mágico, afirmación que quizás sorprenda a Gabriel García Márquez.

Yo no sé si fue él quien inventó el realismo mágico, porque esas cosas diría que existen desde el principio del mundo. Por lo menos sí le concedo que lo difundió. Pero una cosa es inventar y otra, difundir. Nunca me propuse escribir realismo mágico, sobre todo porque exactamente no sabía entonces qué cosa era realismo mágico. He venido a oír hablar de él después de García Márquez. Pero creo que sí, que yo me acerqué a ese peligroso mar donde tanta gente ha naufragado.

José Lezama Lima aceptó contactos entre Jardín y Paradiso.
No sé, porque no he leído Paradiso. Sinceramente yo he leído muy poco. Comencé a perder visión desde hace muchos años, y lo primero que me aconsejaron los médicos fue que suprimiera tanta lectura.

Varios escritores y críticos se han referido a usted. ¿Está molesta con alguno de ellos?
Estoy conforme con lo que la crítica ha dicho de mí; quizás, a veces, me parece que ha exagerado algo, sin que yo quiera parecer modesta, porque otras veces no ha dicho toda la verdad. Pero en fin, en términos generales, estoy contenta de como me ha tratado la crítica.

¿Está en desacuerdo con alguna opinión sobre usted y su familia?
No, en general han sido bondadosos conmigo. No estoy en desacuerdo con nadie.

Usted ha dicho varias veces que evita invadir el terreno de la política. ¿Es una apreciación personal o un principio que extiende al resto de Los escritores?
Es una apreciación personal mía, pero creo que por regla general los escritores no se meten mucho en política: es un campo minado.

¿Qué le desagrada de los periodistas?
Que a veces quieren ponerse de relieve a ellos y no a la figura que tratan.

¿No le aburren, preguntándole casi siempre lo mismo?
Yo los entiendo, yo no doy para más...

Usted, que es la periodista más antigua de Cuba, ¿tiene algún consejo que dar?
Me voy a guardar de dar consejos: los tiempos han cambiado tanto...

¿Se ha quedado con deseos de conversar sobre algo?
No. Si lo hubiera deseado, lo hubiera dicho yo misma.

En uno de sus poemas antepone el logro de la felicidad al de la heroicidad y la sabiduría. A usted que ha tenido tanta sabiduría, ¿le faltó felicidad?
Honradamente puedo contestar que completa no la tuve, pero sí tuve mucho, mucho de felicidad.

¿Cómo se siente cuando mira toda su vida?
A veces me parece que estoy sentada en una sala de cinematógrafo y veo pasar una película, unas veces borrosa, otras veces clara, otras veces cortada, interrumpida; pero así es como me siento.

¿Alguna vez pensó en el suicidio?
No, nunca.

¿Qué conclusiones sacó de la vida?
No sé, no puedo contestar. Nunca tomé la vida coma una lección que debía aprender o de la cual sacar alguna conclusión. Para mí no fue eso. Fue una cosa muy linda que quise vivir a plenitud, aunque no pude.

¿Cuál fue su ideal para hacer toda obra?
Mi ideal fue saber y entender. No me atengo a reglas ni a fórmulas, no creo en ellas.

Usted que se considera tan cubana, ¿cómo define lo cubano y la cubanía?
Para eso sería mejor ir a los textos de Martí, porque más cubanía que ahí no creo que haya, ni nadie pueda decirlo.
Yo, por otra parte, poco he podido hacer por mi país, como no sea la obra que dejo escrita que algún día tendrá su valor o no lo tendrá. Eso no se sabe. Pero es todo lo que he podido hacer por Cuba. Si más hubiera podido hacer, más hubiera hecho: no puedo olvidar que soy hija de libertadores.

La reciente revalorización de su obra, ¿ha compensado el olvido anterior?
En cierto modo sí. Yo trato de no ser rencorosa y ayudar a todos los que vienen a mí, incluso a los que pudieron venir antes y no vinieron. Esa es mi idea, mi sentimiento, sin hipocresía, sin reservas. Pero es difícil olvidar el olvido.

Dicen que usted lleva en una mano un látigo y, en la otra, una rosa.
Sí, esa imagen le ha dado la vuelta al mundo.

¿Y usted está de acuerdo?
Creo que sí.

¿Y cuándo usa cada uno de ellos?
El látigo lo he puesto a un lado, ya no sé manejarlo, pero sigo ofreciendo la rosa.