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Considerado como uno de los representantes de la vanguardia artística de Barcelona, el teatrista y pintor catalán Joan Baixas cumplió un sueño que hacía mucho tiempo quería realizar: visitar Cuba. Durante su estancia en la Isla —entre el 30 de noviembre y el 5 de diciembre— presentó su espectáculo visual Tierra Preñada. También, bajo el nombre Mapamundi Sonrisas,  impartió un taller de creación teatral en la Casa Pedroso, donde radica el Teatro-Museo de Títeres El Arca.

Fusionando el teatro con la pintura, la música y — en determinados momentos— la danza, este artista catalán ha logrado convertirse en uno de los principales exponentes del teatro visual en Barcelona.

Quienes conocen su trayectoria saben que, más que un idealista habitante de La Mancha devenido personaje de una novela de caballería, Joan Baixas es un soñador que, al estilo de Jonh Lennon, predica mensajes de paz y justicia basados en las enseñazas aprendidas en sus recorridos por el mundo durante su intensa existencia. De profundo contenido social, sus obras son un canto a la vida, al amor y a la libertad; que Baixas reclama —y defiende— en cada uno de sus espectáculos, como derechos fundamentales del hombre.
Fusionando el teatro con la pintura, la música, y en determinados momentos con la danza, este artista catalán ha logrado convertirse en uno de los principales exponentes del teatro visual en Barcelona.
Luego de fundar el Teatre de La Claca, —que asume elementos del arte conceptual y los performances, rompiendo así con el lenguaje y las formas tradicionales de expresión— Baixas trabaja con importantes pintores de la época: Joan Miró, Antonio Saura, Roberto Matta...
Su labor ha sido representada en diversos escenarios del orbe: desde recónditos lugares, como el desierto australiano, hasta lugares emblemáticos, entre ellos, el Museo Guggenheim de Nueva York y Bilbao, el Centre Pompidou, el Sydney Opera House, el Teatre del Liceu y el Hong Kong Arts Festival. También tuvo a su cargo la dirección del Festival Internacional de Teatro de Títeres, de Barcelona. Es docente en el Instituto de Teatro de la Ciudad Condal y en otros centros internacionales.
Durante los primeros días del mes de diciembre de 2010, Baixas cumplió un sueño que hacía mucho tiempo había pensado realizar: visitar Cuba.
Resultó un privilegio interactuar con él en los talleres de creación que impartió en la Casa Pedroso, sede del Teatro-Museo de Títeres El Arca, y asistir a la representación, en este mismo escenario, de su espectáculo Tierra Preñada.

¿Cómo se inicia en el mundo del arte? ¿Influyó el entorno familiar en su decisión de hacer teatro?

Yo provengo de una familia de artistas. La pintura es la profesión de mi abuelo, mi papá y mi hermana. Mi padre específicamente ejerció sobre todo como profesor de artes plásticas. Tuvo una escuela muy interesante, muy conocida en Barcelona. Me fijaba mucho en lo que él hacia. En mi casa el arte era algo natural, yo viví rodeado de ese mundo. Sin embargo, me interesé por el arte no porque me viniera dado de familia. Naturalmente, influyeron mucho en mí, y aprendí muchas cosas con ellos. Pero escogí este camino por voluntad propia, porque yo quise. Siempre pensé que no estaba destinado al arte. Curiosamente yo era el hermano menos dotado. Me faltaba un poco de habilidad y capacidad de concentración; me gustaba mucho jugar y la familia no sabía qué hacer conmigo. Y, aunque mi hermana es profesora de dibujo, de los cinco hermanos, el que se ha dedicado profesionalmente al arte soy yo.
Entre los ocho y los 14 años —etapa muy importante en la formación de la personalidad de un adolescente— tuve la desgracia o la suerte de que me internaran en un colegio dirigido por curas. Esta fue una experiencia muy represiva para mí. Sin embargo, el arte me dio la posibilidad de salir de esas cuatro paredes y dejar volar mi espíritu. Primero, descubrí la literatura y empecé a leer poesías —que me parecieron maravillosas—, luego novelas... Cuando terminé mis estudios, pensé que iba a ser poeta. Pero en el mismo internado fui descubriendo el teatro, pues allí organizaba pequeñas obras en las que representaba payasos y otros personajes. A través del juego, empecé a descubrir la interpretación. O sea, que descubrí el arte por supervivencia, para que mi espíritu pudiera volar libre.   

¿Qué significado tiene para usted formar parte de la vanguardia teatral catalana?

Los reconocimientos artísticos a veces se traducen en dinero, sobre todo cuando uno juega la carta de lo comercial; otras veces se convierten en reconocimientos públicos. Yo estoy muy contento con mi situación, que es un poco especial porque tengo el cariño y el reconocimiento en mi país. He llegado a ser transparente y eso es lo que me da la independencia, la libertad, la fuerza..., y estoy muy contento de eso.
Pero tengo la sensación de que cuando se reúnen los titiriteros no dan por sentado que voy a estar ahí porque consideran que soy un pintor; cuando se reúnen los pintores dan por sentado que soy un teatrero; y para los de teatro, soy un titiritero. Entonces, yo participo un poco en los tres mundos, pero en realidad formo un mundo aparte. Y eso me gusta mucho porque no creo en estos reconocimientos públicos que te ponen en una urna. A mi lo que me interesa es el contacto con las personas y con la vida. Eso es lo más importante para un artista, y es impagable.

¿Cuáles son las experiencias de hacer esa obra itinerante en diferentes partes del mundo y poder trabajar con jóvenes a los que transmite sus experiencias y de quienes recibe nuevas ideas?

Es una experiencia tan global en mi vida, que es muy difícil traducirla en palabras. Lo paso muy bien, es muy divertido. Siempre conozco a mucha gente y me siento en paz. Lo más importante es esa sensación de sentirse ciudadano del mundo, sentir que el mundo es pequeño y, al mismo tiempo, muy grande y diverso. Es un poco ese juego de lo que nos une y nos separa como seres humanos. Hay un diálogo entre lo que somos individualmente y lo que somos como humanidad. Todos somos humanidad, pero también somos de nuestra casa, de nuestra familia, de nuestra cultura, de nuestro pueblo… Y me siento muy bien pues tal dualidad me sigue funcionando. Estoy muy agradecido de la vida y espero poder tener fuerzas para seguir haciendo cosas.

Luego de disolverse el Teatre de La Claca, que fundara en 1967, decidió hacer una carrera personal. ¿Cuál ha sido la línea de trabajo seguida durante estos años?

Básicamente lo que me interesa encontrar en el trabajo artístico es esa sensación de la vida que se llama poesía, ese latir del ser humano que está vivo. Y estar vivo quiere decir aceptar el dolor, pero también luchar por la alegría, por la felicidad.
Cuando viajo por el mundo no me gusta hospedarme en hoteles de primera categoría. Prefiero estar cerca de la gente, de la realidad… y entender cada sitio como es. Entonces veo mucho dolor de gente que no se entiende, que no encuentra el amor, que sufre por hambre o por la discriminación racial, de género… Eso no se puede olvidar nunca porque está ahí, es el espectáculo del mundo.
Sin embargo, cuando te das cuenta que aún existen personas que persisten en su lucha de encontrar la felicidad y el amor, que los buenos sentimientos siguen activos y con mucha fuerza, logras tener una perspectiva muy bonita del ser humano. Tienes la sensación de que lo malo viene solo, lo bueno hay que buscarlo y luchar por conseguirlo.
Siempre hago la anécdota de cuando realicé espectáculos en la guerra de Sarajevo, donde se hacían chistes continuamente. Me sorprendió ver a esas personas que, en las peores circunstancias, se empeñaban en ser buenos, en reírse y ayudar a los demás a superar las dificultades. Me sentí muy feliz de haber podido conocer esa dimensión del ser humano.

¿Todos esos conceptos están presentes en Tierra preñada?

¡Eso espero! La gran apuesta es poder transmitir todas las experiencias que me da la vida. En definitiva, un artista solo es un eslabón más de la cadena de montajes de la humanidad y el hecho de hacer arte es estar luchando por el lado bueno de la vida.
Recuerdo que alguien dijo que después de Auschwitz no se podía hacer poesía. Y me parece que esto es un gran error porque durante la segunda mitad del siglo XX, de este lugar precisamente salieron algunas de las poesías más bellas que se han hecho en Europa. Y poder sacar algo bueno y hermoso del caos nos fortalece y aumenta la gran esperanza del ser humano.

El espectáculo visual Tierra Preñada está compuesto por un conjunto de historias, muchas de ellas son experiencias personales de Joan Baixas, que se relatan en imágenes dibujadas sobre un telón transparente. La pintura está compuesta por diferentes tipos de tierra que el artista ha recogido en los lugares del mundoque visita.

¿Cómo se produce el encuentro entre Joan Baixas y El Arca?

Conocí a Liliana Pérez Recio, directora de El Arca, en el Festival Charleville, celebrado en Francia. Ella vio mi trabajo y le gustó lo que hacía. A mí me pareció una persona muy entusiasta y positiva. Entonces buscamos la manera de que yo viniera a Cuba. A veces por cuestiones económicas esto se hace un poco difícil, pero lo conseguimos con ayuda del Ministerio de Cultura, la Oficina del Historiador y la embajada de España en Cuba.  

¿Cuál fue el  objetivo fundamental del taller Mapamundi Sonrisas, que realizó en La Habana?

Mi objetivo personal fue aprender. Y si lo que se produjo allí — entre lo que yo sé y lo que ellos realizaron— hizo que los chicos aprendieran algo, pues me parece estupendo.
En todos los talleres que he impartido propongo un  juego a losmuchachos e intento que el ejercicio trascienda el grupo con el que estamos trabajando. Porque, a fin de cuentas, el arte nunca lo hacemos para nosotros; es un servicio que damos a los demás. A través del trabajo artístico nos sentimos realizados personalmente. Esa es mi idea sobre el arte.
Como este tipo de trabajo corre el peligro de quedar encerrado en el propio grupo, yo he propuesto la idea del taller Mapamundi Sonrisas, que luego colgaremos en Internet para así poder enseñar a gente de otros sitios del mundo qué es lo que ha hecho un grupo de jóvenes en La Habana. De esta manera puede producirse un interesante intercambio entre estudiantes cubanos y de otras partes del mundo y aprender unos de otros. Creo que hasta el final de nuestra vida debemos buscar constantemente nuevos conocimientos.  
Los talleres son ideas que estoy empezando a convertir en realidad. Este es el cuarto curso que realizo. Los otros tres los realicé en  Barcelona (dos) y uno en la población de Olot. He hecho otros, pero no con esta idea del Mapamundi. Poco a poco iré haciendo un paquete para mostrar cómo ha sido la experiencia en diferentes partes del mundo. Esto servirá como un punto de encuentro entre todos ellos.

¿Qué opinión le merece la creación de una institución como el Teatro-Museo de Títeres El Arca y la labor que aquí se realiza?

Me ha llamado la atención el hecho de que en Cuba existan algunas cosas que en otros lugares del mundo no son posibles encontrar en la actualidad. Cuando  comencé a hacer teatro, en la década de los años 60, se podían crear compañías. En la Europa de esos años hubo un caudal de creatividad tremenda, gracias a los grupos independientes que erigieron los jóvenes, conformados por teatristas, pintores, músicos… Yo mismo tuve una compañía independiente que respondía a esto precisamente. En el Teatre de la Claca éramos un colectivo. Ahora es imposible lograr trabajar de esta forma. La mayoría de los jóvenes están con sus problemas y por dificultades económicas, incluso legales, no pueden plantearse crear un grupo. En estos momentos  es imposible hacer esto. En cambio, resulta que en Cuba sí se puede hacer. Esta institución me parece un ejemplo maravilloso de que aun puede aspirarse al sueño de tener una institución donde está integrado el aspecto museístico, histórico, creativo y profesional en una sola compañía, que puede haber un público, familiar en este caso, que vaya adquiriendo una cultura titiritera.
Claro, eso es un sueño que no existe en otras partes del mundo, nadie lo puede hacer. Estuve recientemente en Corea y Estonia y la globalización allá hace que cada uno se las arregle como pueda. Como cada uno tiene sus propias dificultades, la gente se encuentra en pequeños proyectos que duran un tiempo y luego desaparecen. Y todo el trabajo colectivo y de ir creando una cultura propia y de trabajar sobre un público ha pasado a la historia. Me parece una posibilidad maravillosa esta nueva realidad que es El Arca. Es una suerte para aquellos que lo pueden y van a realizar y para los que se van a beneficiar de ello, que es el público.

Tras actuar para el público cubano en la Casa Pedroso, sede del Teatro-Museo de Títeres El Arca, Joan Baixas donó al museo que se está creando en dicha institución, la marioneta que utilizó durante su espectáculo.


¿Pretende llevar a cabo algún otro proyecto con El Arca?

¡Me encantaría! Creo que tenemos muy buen feeling. Siempre digo que soy un cubano que no había estado nunca en Cuba. Desde mi infancia la presencia de la Isla en mi casa ha sido constante. Mi abuelo vino a Cuba junto a su hermano. Luego regresó a Cataluña, pero mi tío-abuelo se quedó e hizo familia en Santiago de Cuba. Por ello, siempre ha habido una relación familiar muy fuerte entre Cataluña y la Isla. Recuerdo que para navidad o en verano iban a la casa muchos familiares cubanos. Nosotros éramos más pobres y veníamos menos. Siempre he  sentido que soy un poco de aquí. He oído contar tantas cosas y en mi casa los días de fiesta, se hacía comida cubana. Recuerdo con mucho agrado el arroz a la cubana que hacía mi abuela. Siempre he esperado el momento apropiado para venir, pues nunca he querido hacerlo como turista; dije: «Algún día saldrá» y salió. Ahora estoy en el Centro Histórico, en un teatro de títeres frente al malecón, ¡que más podía pedir! He esperado 60 años para conocer este país y me siento muy feliz de cómo se ha producido el encuentro. Desde luego, espero que no sea el último.  

¿Qué le ha parecido lo que ha podido ver en el Centro Histórico?

Realmente es un verdadero Patrimonio de la Humanidad. Esto es enorme. Pero pienso que va más allá del simple hecho de ser bonito o no; ¡es que es la vida! Constituye un fuerte testimonio del ser humano, desde lo religioso, lo militar, lo histórico… Hay lugares que constituyen Patrimonio de la Humanidad por su singular construcción o por su belleza. Pero el Centro Histórico habanero lo es porque refleja la propia vida, en todos sus aspectos. Me ha impresionado mucho, todavía no puedo reaccionar.

 

Celia María González
Redacción Opus Habana