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 No hay plaza de la Habana Vieja donde –de una forma u otra, conservada en piedra– no hay un poco de la energía de este hombre. Pocos como él conocen las intimidades de la parte más antigua, que decide revelarnos con el recato de quien descubre a un ser amado o su propia persona.
Recorrido por el Centro Histórico con Daniel Taboada Espiniella, arquitecto-restaurador que ha intervenido en el rescate de diversos inmuebles coloniales.

Daniel Taboada Espiniella (La Habana, 1931), fue galardonado en 1998 con el Premio Nacional de Arquitectura.

Daniel, imagínese que usted es la Habana Vieja, que su organismo humano es la ciudad antigua, que las expresiones de su arquitectura son la cabeza suya, el torso, los brazos, las piernas... Respóndame con sinceridad: ¿en qué estado se (la) encuentra?

El cerebro y el corazón viven, pero todo lo demás está aún inerte: los brazos, las piernas... Eso sí, ya tenemos conciencia... Antes, no se tenía ni conciencia de lo que faltaba por hacer.
Ese ser fabuloso que acabamos de clonar (persona-ciudad) aún está reconociéndose como un párvulo. Como un niño va descubriendo los sentidos, las cosas que lo rodean y sus nombres; le falta experiencia, pero tiene muchas facultades. Ya piensa, luego su cerebro funciona. Ya es amado y corresponde luego su corazón late. Está despertando de un largo letargo. Estira sus miembros sin conocer muy bien su poder y utilidad. Es fascinante y todo le fascina. ¿Será un nuevo sueño? No, es la realidad. Una realidad para siempre.
Ese nuevo ser tiene que desarrollarse, pero en él ya está el principio de todo. Lo difícil, que parecía imposible, fue despertar. Lo demás será reconocer sus propios valores y aquellas posibilidades de las cuales aún no está consciente.
Yo nací en Regla y recuerdo cómo fui descubriendo La Habana, cómo me fui descubriendo. Desde siempre el mar, la bahía, las lanchitas... Primero, La Habana era el Muelle de Luz y su olor a naranjas de China, peladas en maquinitas y colocadas en forma de pirámide. Luego, La Habana fue el Parque Central y sus desfiles del 28 de enero. Allí se celebraron algunas ferias del libro que me iniciaron en la lectura con las económicas ediciones de Sopena.
A la música llegué por otro –raro– camino. La música culta era una de las pocas distracciones que se nos permitía durante los largos meses de un luto familiar. Después llegué al teatro. Y así empezó mi largo camino hacia la cultura, sin saber todo lo que me faltaba por recorrer.
El ser persona-ciudad se reconoce en sus plazas, en su Avenida del Puerto, en sus arterias comerciales; en los brotes que aseguran florecer del reparto Las Murallas; en las nuevas funciones asignadas a su sistema de fortificaciones; en las arrugas de sus ancianos sonrientes y de andar pausado; en la prisa de los jóvenes dirigiéndose a su cercano y nuevo empleo; en la algarabía de la fila de niños y niñas que se dirigen a un aula-museo; en el grupo de turistas que atienden a la joven guía de insegura pronunciación inglesa, italiana, francesa...
Ese ser va creciendo física y espiritualmente casi sin darse cuenta. Es un ser joven, pero con una larga y rica historia.

La analogía de la ciudad antigua con un arquetipo humano resulta tan sugerente como ambigua cuando se trata de explicar el proceso de su restauración. A ella parece recurrir el arquitecto Graciano Gasparini para destacar el hecho de que, al intervenir en el Centro Histórico, los profesionales cubanos no se atengan a «teorías ni "cartas" con artículos orientadores ni prohibiciones anacrónicas, sino que se rijan por lo que pide la ciudad y, poco a poco, vayan cumpliendo las peticiones de ésta.
Como arquitecto restaurador, ¿coincide con esa aseveración? ¿Qué peticiones de la ciudad –cual ente vivo– ya han sido cumplidas, y cuántas faltarían por satisfacer?


No coincido enteramente con esas aseveraciones, aunque algunas parezcan referirse a nuestra idiosincrasia, pero me complace mucho la sugerente forma del enunciado «y poco a poco, vayan cumpliendo las peticiones de ésta». Está claro que no vamos a suscribir esa impresión de anarquía, según la cual no nos atenemos a «teorías» ni «cartas»; lo que hay que hacer es aplicarlas tamizadas por la lógica y la ética profesional. Bien claro está también que el patrimonio construido no nos pertenece ni como individuos ni como generación. Tenemos el privilegio de trabajar con él, y es suficiente. La honestidad –llámese ética profesional o de otra forma–, la profesionalidad en la manera de hacer y la imprescindible formación especializada, son la máxima ley.
Es paradójico que cuanta más experiencia, mayor es la garantía de éxito pero también es mayor el riesgo por autosuficiencia. Siempre me enfrento a una intervención constructiva en un bien patrimonial, como si fuera la primera vez. Dentro de nuestra esfera de trabajo, un buen teórico puede ejercer dondequiera, pero intervenir en un bien patrimonial determinado, es otra cosa.
Yo tuve la gracia de conocer e intimar con el doctor arquitecto Carlos Chanfón Olmos, de México, uno de los grandes especialistas de nuestro hemisferio. De él aprendí que ni siquiera dos regio¬nes geográficas cercanas pueden tener la misma expresión arquitectónica; hay que profundizar mucho en las características de cada lugar y época para tomar una decisión. En nuestro pequeño país, aun así, hay diferencias marcadas entre occidente, el centro y la parte oriental para un mismo problema o elemento constructivo.
La ciudad antigua ha hecho muchas peticiones, algunas históricas, pero no todas se pueden cumplimentar al mismo tiempo. Casi todas son delicadas y específicas porque tocan directamente a eso que es tan sensible: el ser humano que la habita. Se puede salvar el ser humano. Se puede salvar la ciudad. Se tienen que salvar los dos, no hay otra alternativa.
Ya hoy se tiene cierto consenso entre la población, favorable a la «restauración» y las obras sociales para el servicio de todos. Ya se ha interiorizado que no se restaura para el turismo de paso, y esa inversión empieza a deparar sus frutos.
Estas reflexiones eran necesarias para evaluar si se han cumplido pocas o muchas peticiones de la ciudad. Las peticiones pueden parecer infinitas. La contaminación de la bahía y la renovación de la infraestructura técnica que garantice el agua, parece ser de las más apremiantes y difíciles de resolver, después de la vivienda. Se trata de lograr –y ya se nota– un cambio en la ciudad y en su gente.

En 1958, el entonces Plan Maestro de José Luis Sert comprendía extensas demoliciones que incluían gran parte de la Habana Vieja. Hacia 1954, en la esquina de Obispo y Mercaderes, se levantó un edificio gris –tan insípido como monolítico– en el lugar que estuvo la primera Universidad, cuyos restos fueron demolidos.
¿Existía, entonces, verdadera conciencia del dolor que significa perder cualquier parte de la Habana Vieja?


Existía para una minoría exigua. Se ganaron algunas batallas –como conservar los restos de la iglesia del hospital de San Francisco de Paula, por ejemplo–, pero la mayoría se perdieron. El problema no era sólo la pérdida irreparable. Lo peor era el desconocimiento, la incultura generalizada en las esferas gubernamentales y en la población. Los inmuebles viejos estorbaban, representaban el atraso. Había que incorporarse al desarrollo encarnado en la inauguración de obras nuevas, y aquéllas –las viejas edificaciones– tenían cierto tufillo a nostalgia por la colonia.
Considero que el primer escalón para valor el patrimonio, es conocerlo. ¿Cómo se va a proteger si se desconoce su valor? Incluso a los futuros profesionales de la construcción se nos desinformaba. Recuerdo un trabajo de clase en diseño arquitectónico. Llevaba el nombre de «Remodelación del Barrio de La Tenaza», por ser un área urbana cercana a la puerta de La Tenaza, única que nos queda de las murallas. Pues la orientación de los docentes era realizar un nuevo trazado de supermanzanas con bloques altos y plantas a nivel del terreno, libres, con mucha vegetación. ¿Y la antigua trama urbana? ¿Y los evocadores nombres de las calles? ¿Y el sistema de plazas y las importantes construcciones de distintas épocas? Bueno, algo se conservaría para que las generaciones futuras supieran de dónde salimos y hasta dónde nos condujo el progreso...
Dio la casualidad que a mi equipo nos tocó un área con la manzana donde se levanta la Casa Natal de Martí. Después de mucho pensarlo, tuvimos la osadía de dejar intacta la Casa a pesar de perder un bloque alto. Intacta, pero perdida en una sabana, convertida en un objeto anacrónico, fuera de contexto y de escala. El proyecto fue aprobado sin penas ni glorias.
Nada me hacía sospechar que, muchos años después, me vería involucrado cotidianamente en la protección del patrimonio construido, que aquel Centro Histórico –que pretendíamos reformar– sería admirado como conjunto y aparecería en la Lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

¿Cuáles eran sus ilusiones de joven arquitecto? ¿Cuándo se decidió por la arquitectura del patrimonio?

De joven arquitecto tenía desmedidas ilusiones. Sobrevaloraba mi capacidad de desarrollo y soñaba despierto. Por la arquitectura patrimonial, no me decidí; en 1964, me empujaron. El amigo y colega Fernando López Castañeda me llamó a trabajar en un extraño grupo conformado por personal del entonces Consejo Nacional de Cultura y del Ministerio de la Construcción.
Creo que todo joven debe soñar un poco... Como estudiante no había sido de los más malos, y las facultades que me faltaban las suplía con tenacidad y rigor en el trabajo. Ya sabía que el camino no sería nada fácil, cuando tuve la feliz oportunidad de entrar a trabajar de dibujante en la firma Moenck y Quintana S. A. Ese paso fue decisivo en mi futuro hasta el día de hoy. Lentamente fui intimando con mis jefes hasta lograr el cariño y el respeto de todos. Moenk Peralta, el mayor en edad, fue un hueso bien duro de roer, por su seriedad, pocas palabras y diferencia generacional. Pero llegamos a tener relaciones muy cordiales y sensibles con el paso de los años, hasta su muerte. Con su hijo Miguelito llegué a tener una oficina paralela, para llamarle de alguna manera. Menos el cuño gomígrafo que imprimía el cajetín en los planos dibujados en papel alba (¡qué tiempos aquellos!), todo lo demás lo ponía –a sabiendas– la oficina Moenck y Quintana S. A. Así hicimos la fábrica de helados San Bernardo en la Avenida de Rancho Boyeros. Hoy, ampliada, es Coppelia. Con Miguelito sostuve una profunda amistad.
A Nicolás Quintana lo considero mi maestro. Admiro su arquitectura a pesar de la separación en el tiempo. Con Nicolás aprendía de todo. Con él disfrutaba el ejercicio de la arquitectura como no había imaginado durante los años de estudio. Con él eran las escapadas hasta el apartamento de Portocarrero y Milián, o hasta el sótano donde Lozano esculpía un Cristo para la iglesita de Bauta, promovida por el sacerdote-poeta Ángel Gaztelu. La vida bifurcó nuestro camino común, pero las vivencias de aquella relación perduran.
Al declinar y desaparecer la empresa privada, la opción de comenzar a trabajar en un mundo desconocido, pero atractivo, me hizo dar el cambio. Desde estudiante me habían atraído las asignaturas de Historia del Arte y de Historia de la Arquitectura. Un premio en esta última me proporcionó viajar con un grupo de alumnos a Yucatán, bajo la tutela del profesor arquitecto Joaquín Weiss. Así conocí las ruinas mayas y la arquitectura de aquella región. De manera que el nuevo mundo que pisaba tenía para mí cierto encanto, pero nunca llegué a sospechar que me atraparía por más de la mitad de la vida. ¿Qué hubiera llegado a ser por el primer camino? No lo sé. Dentro de la arquitectura patrimonial tengo un trabajo que mostrar.

En 1982, la Habana Vieja y su sistema de fortificaciones son declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. ¿Qué significó para usted en el orden personal esa decisión?

En el orden personal, significó una ratificación de la opinión que sustentábamos, la razón de ser de nuestro trabajo y el de numerosos equipos de especialistas de diferentes ramas de las ciencias, la historia y el arte, especialmente de la arquitectura. No se trabajaba en vano. El trabajo era reconocido internacionalmente.
Entramos por derecho propio en el selecto grupo de ciudades Patrimonio de la Humanidad, lo que acrecentaba la responsabilidad no sólo propia sino gubernamental dadas las intervenciones constructivas que, en lo adelante, podían hacerse o no. También resultó muy gratificante coincidir con la opinión de los expertos de la UNESCO y reconocer los valores de las áreas extramuros como el reparto Las Murallas y el Paseo del Prado.
Recuerdo la incertidumbre con respecto a la protección de exponentes aislados como era el caso de las fortificaciones, y la feliz solución de incluirlos como sistema.
Hay que reconocer el trabajo de la doctora Marta Arjona en la coordinación y formulación final de la propuesta que fue aprobada. Una visita a la ciudad por un experto del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios –conocido por su siglas en inglés, ICOMOS– barrió todas las dudas y, lo que parecía imposible, se logró.
Fue la primera declaratoria de un bien cubano en la Lista del Patrimonio Mundial. Después fueron incluidos Trinidad y el Valle de los Ingenios, el Castillo del Morro de Santiago de Cuba y su sistema defensivo y, por último, los Cafetales Franceses de la región oriental.

 En un capítulo de Antes que anochezca, Reinaldo Arenas desarrolla una historia de pesadilla en torno al Convento de Santa Clara y su estado total de abandono en la década de los años 70. ¿,Se trata de una exageración, una fabulación, o de la triste realidad por más que parezca absurda?

Hay algo de triste realidad, aunque Arenas fabuló en otros aspectos, como es usual entre los novelistas. Sólo fue posible recuperar ese valioso inmueble al crearse, por el Ministerio de Cultura, el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), y gracias a la implementación de dos proyectos quinquenales PNUD-UNESCO.
La fábula de Arenas no puede pasar de eso –de ser una fábula– porque el convento nunca estuvo en contacto con otras viviendas comunes, salvo las del frente sur del primitivo callejón de La Samaritana, que desapareció como tal al quedar incluido dentro del terreno asignado al edificio, limitado por las calles Cuba, Luz, Habana y Sol.

Le invito a recorrer cada una de las plazas que conforman la Habana Vieja y que me diga qué papel desempeñan para el Centro Histórico, así como cuáles elementos le hacen identificarse personalmente con ellas. Empecemos, por la Plaza de Armas...

La Plaza de Armas es como el salón de recibo de la ciudad. Creo que es la condesa de Merlín quien así la califica, como un salón de recibo a los visitantes. Para estar en La Habana, necesariamente tenías que venir aquí. Aunque tenga edificios que son únicos (el Castillo de la Fuerza, Palacio de los Capitanes Generales, el Palacio del Segundo Cabo, el Templete...), para mí lo más significativo es la noción del conjunto, del espacio que lo tiene todo, hasta la Giraldilla, símbolo de la ciudad.
Si hubiera que presentar La Habana con una de esas tarjetas que se mandan con flores y sólo tienen el nombre –sin la dirección, ni nada más–, esa tarjeta de presentación de La Habana sería la Plaza de Armas.
En cuanto a sus edificaciones, me identifico –ante todo– con el Castillo de la Fuerza, en cuya restauración intervine como colaborador siendo uno de mis primeros trabajos en la esfera del patrimonio.

¿Participó usted en la decisión de quitarle la planta alta al Castillo?

No, nunca, nunca... justamente empecé a trabajar allí cuando se habían paralizado las obras que implicaron la pérdida de esa planta y otras transformaciones irreversibles. Porque lo que vemos ahora es el resultado de lo que se pudo salvar con los materiales que entonces teníamos. Eran los años 60, un momento muy difícil.

¿Considera, entonces, que fue un error?

Totalmente. La planta alta era tan importante como la baja. ¿Quién puede determinar que un castillo no puede tener una planta alta con techo de tejas? Además, en esa planta alta habitaron los capitanes generales, hasta que se crearon su propio palacio. No era una planta alta añadida cualquiera, era una planta alta con personalidad y con una memoria...

¿Y no podía influir el hecho de que se anhelara que el castillo fuese limpiamente renacentista?

Si fue renacentista, lo es y seguirá siéndolo. Lo tiene incorporado a su ente, a su fisonomía, pues su planta arquitectónica no ha sido variada. EI fin no justifica ese medio.

Al intervenir como arquitecto restaurador en 1968 en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad, tenía como precedente la restauración que en los años 30 hicieran los arquitectos Govantes y Cabarrocas. ¿Existía una tradición de arquitectura del patrimonio en nuestro país? ¿O ellos eran un caso singular?

Yo creo que no existía una tradición. Eran ca¬sos aislados como Bens Arrarte, Weiss, y los ya citados. Pero al no tener una especialización de la ca¬rrera, a pesar de su gran profesionalidad, podían incurrir en graves errores, precisamente de subjetividad.
En mi opinión, más profundamente preparado, Weiss salvó los obstáculos y representa mejor lo que sería en el futuro (hoy presente) el arquitecto-restaurador. El arquitecto Weiss estudió la arquitectura colonial y la de principios del siglo XX. Nos legó varios libros todavía vigentes y, en una época, los únicos textos sobre la materia. Trabajó con nosotros como asesor en la entonces Comisión Nacional de Monumentos, hasta su fallecimiento, y recuerdo la lógica de sus propuestas que parecían surgir de un profundo conocimiento del exponente o, por lo menos, de su tipología.
Con respecto a mi intervención en los trabajos realizados para rehabilitar el Palacio de los Capitanes Generales –desocupado por la JUCEI municipal en 1967 para instalar el nuevo Museo de la Ciudad–, quiero aclarar que fue al principio de las obras y por poco tiempo.

Usted ha escrito: «Con su barroca fachada esculpida en piedra viva, de la que compone nuestra plataforma insular, la Catedral de la Habana crea la impresión de que es la propia Isla emergiendo en forma arquitectónica». ¿Considera que el barroquismo está en las esencias de la cubanía? ¿Es la arquitectura de La Habana esencialmente barroca?

Las esencias de la cubanía son muchas y se influyen mutuamente. El carácter definido de una esencia aislada se matiza en contacto con otras. Como un buen bouquet. El barroco está presente como estilo en lo elaborado, ampuloso y suntuoso de nuestra idiosincrasia, en la manera de comunicar, de accionar, de danzar, de escribir, de pensar y de diseñar, por sólo citar algunas manifestaciones. La solidaridad no es más que la manifestación barroca del amor. La heroicidad no es más que la manifestación barroca del deber. La lucha no es más que la manifestación barroca del deseo. Por este camino podríamos hacer un largo listado de cualidades buenas, regulares y malas que están presentes en lo cubano. En lo cubano la media no existe, o la sobrepasas o no llegas.
En cuanto a la arquitectura de La Habana, no es una arquitectura esencialmente barroca por su estilo. Como estilo barroco, habría que circunscribirse a la arquitectura del siglo XVIII, con su mayor esplendor en la segunda mitad de esa centuria. Antes y después surgieron otras arquitecturas: de gran sobriedad, la primera, y de noble elegancia, la segunda. Me refiero a la arquitectura de influencia mudéjar o prebarroca, hasta el siglo XVIII, y a la neoclásica, del siglo XIX. En el siglo XX se desata el eclecticismo con sus innumerables corrientes estilísticas hasta llegar al modernismo de la arquitectura internacional.
Ahora bien, La Habana se considera barroca por la yuxtaposición de todos los estilos y corrientes anteriormente citados, que han dejado su huella en la ciudad mediante exponentes anodinos, aceptables, buenos y excelentes. Como dijo Nicolás Quintana en una reciente entrevista: «la arquitectura muda, la que habla y la que canta. La ciudad es realmente una sinfonía en piedra».

José Lezama Lima acostumbraba visitar la Plaza de la Catedral, y, poniéndose a ras de su fachada, la miraba oblicuamente para disfrutar –según él– de un masaje en la retina. ¿Será ésa la manera más saludable de apreciar el barroco?

Cierto, esta fachada muestra sus efectos más espectaculares en las visuales rasantes. Por eso, a mí me gusta avanzar hacia la plaza viniendo por la calle Empedrado. Sin dudas, cuando miras la iglesia de frente, ya no es lo mismo. De ahí que el urbanista Forestier, en su última visita a La Habana, propusiera colocar en el centro de esta plaza el obelisco que está en la Alameda de Paula, de modo que se creara un obstáculo para el observador y éste se viera obligado a desplazarse. Así, sin proponérselo, vería las luces y sombras cambiantes que provocan esos elementos barrocos: ese giro de columnas, ese enmarcamiento, esa distorsión de las bases y de los capiteles, que parecen ser ortogonales y, cuando te acercas a ellos, resultan trapezoidales...
Y en contraste con ese hastial tan sensual, movido y fabuloso, la sencillez, la austeridad, la fortaleza, la masividad de las dos torres. ¡Qué choque!

¿Y por qué las torres son de diferente grosor?

Porque las campanas no cabían. Se había hecho primero una torre y, luego, cuando se estaba construyendo la otra, se dieron cuenta. Entonces, tuvieron que ampliarla. Fíjese en la huella que quedó en la colocación de la piedra. Cerca del óculo inferior, se ve la cicatriz.

Su huella como arquitecto-restaurador, ¿es acaso tan palpable como esa cicatriz en la Piedra de jaimanitas?

Si supiera que algunas personas –generalmente, amigas– me han dicho que cuando pasan por una obra, y ésta parece que se ha conservado en el tiempo, que no ha sido restaurada, entonces esa obra pertenece a Taboada. Eso me satisface mucho, porque me preocupa todo cuanto haga ostensible la presencia del restaurador, como cuando hace un uso indiscriminado, agresivo, del color.
En la Catedral, intervine en la restauración de la capilla de Loreto, cuya portada –una de las más bellas de La Habana– había perdido su funcionalidad, luego de que a alguien se le ocurrió hacerle un falso techo a ese recinto, tapiando su salida al balcón. Una vez restaurada, nadie nota la intervención.
 ¿Qué importancia tiene la gama cromática en la restauración?

El color es el acorde final de toda obra de restauración. Cualquier otro error puede pasar inadvertido, menos ése. Yo me hacía amigo de los pintores de brocha gorda, les exigía... Es muy importante el tono escogido. Antes las pinturas estaban hechas de tierra, de óxidos... Un amarillo era un ocre; un verde estaba matizado, no era un verde botella, y el azul que se utilizaba era un azul celeste, más agrisado. Sucede que ahora –con las anilinas– se puede cubrir el arcoiris completo, y si bien son pinturas más resistentes, hay que tener cuidado con los tonos agresivos, no constructivos. A veces, se coge una muestra que tiene un centímetro y después, cuando se extiende a toda una fachada, el resultado es otro, pues no se ha tenido el sentido de la escala ni el conocimiento del estilo constructivo.

¿Cómo llegó a la hermosa solución del trompe-l’ oeil en la Basí1ica Menor de San Francisco de Asís? ¿,Qué retos tuvo que enfrentar allí como proyectista?

Esa solución la dio a gritos el propio recinto. Se analizaba el problema del muro desnudo e inclinado con respecto al eje longitudinal, y los allegados al proyecto –el Historiador de la Ciudad, la representante de la Agencia Española para la Cooperación Internacional, la jefa del entonces Departamento de Arquitectura de la Oficina del Historiador y yo, proyectista principal– coincidimos en que la propuesta más conveniente era la que se ejecutó: pintura trompe-l’ oeil que sirviera de fondo al fabuloso Cristo regalo del conde de O'Reilly al propio convento. Pero además de la elección apropiada contábamos para su ejecución con las diestras manos de otro allegado profesional, el arquitecto Juan Carlos Pérez Botella, de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos.
Una obra tan extensa y complicada como San Francisco de Asís se realizó gracias a la estrecha colaboración entre el CENCREM y la Oficina del Historiador de la Ciudad, con ayuda financiera de España a través de la AECI. Y, como es natural, hubo muchos retos que enfrentar y resolver.
Un problema fue escoger cuáles terminado de los muros interiores se dejarían. Había enlucidos antiguos a la cal, junto a despiezos falsos pintados más recientes pero que formaban parte de la memoria histórica que todos conocíamos. Determiné conservar ambas soluciones, cada una en el lugar que apareciera, rellenando –por supuesto– las lagunas con una similar. Pueden apreciarse en las galerías bajas los encuentros, quizá un poco agresivos, pero es lo más honesto.
La terminación exterior del convento siempre se conoció de piedra desnuda o expuesta. Pero cierto es que, por lo menos, la torre tuvo enlucido con despiezo rehundido y pintado, tal como muestran los restos encontrados en una cornisa inaccesible, casi en su cima. Llama la atención de que se hayan conservado en el lado norte, donde se supone que el intemperismo sea mayor.

Desde lo alto de esta torre, la Plaza de Francisco impresiona por sus dimensiones e irregularidad. ¿Cómo catalogar este espacio?

Sería como el despacho del señor de la casa; aquí se hacía toda clase de transacciones, estaba el corazón económico de la villa. Es un ámbito realmente monumental, y hay que ver lo que falta, pues perdió la vista al mar con la edificación de la Aduana.
Por causas del destino, uno de los primeros trabajos que yo hice –allá por los años 60– fue trasladar la Fuente de los Leones desde el Parque de la Fraternidad hasta esta plaza, su lugar de origen, y ahí la ves.

Si la Plaza de Armas era el besamanos; San Francisco, el gabinete de negocios, y la de la Catedral digamos, que el oratorio –por su carácter esencialmente religioso–, ¿,qué función cumplía, entones, en la Plaza Vieja en esa suerte de morada que era la ciudad antigua?

La Plaza Vieja sería como la despensa. Todo el avituallamiento entraba a este espacio por la puerta de la muralla –de ahí el nombre de la calle aledaña, Muralla–, de modo que la ciudad se abastecía por esta plaza, se abastecían las flotas...

¿Qué criterio adoptó cuando, al restaurar la Casa de los Condes de Jaruco, optó por dejar cerrados dos arcos de su logia? ¿Por qué no los abrió y les puso vitrales como los de sus arcos extremos?

En sus orígenes, toda la logia de esa casa era abierta, pues los balcones asomaban a la Plaza Vieja, entonces Plaza Nueva. Y cuando en el siglo XIX, lo que pasaba en la plaza dejó de interesar, fue cerrada. Yo respeté esa decisión aun cuando copiar dos vitrales más podría parecer fabuloso... Fabuloso, sí, pero era un aporte mío, no un legado histórico.

Sólo nos queda llegarnos hasta la placita del Cristo, pero se encuentra bastante apartada...

La placita del Cristo es votiva, tiene que ver mucho con los viajeros... llegaban a esa iglesita a pedir la gracia de la partida o del feliz regreso. Por eso se llama iglesia del Cristo del Buen Viaje. Allí también se juntaban exponentes de todas las etnias africanas –hay cronistas que hablan de eso– y se escuchaba el parloteo en distintos dialectos. Mi participación allí se limita a las obras del parque.

Otra iglesita, la de Paula, se salvó por puro milagro, pues situada en el vórtice de las líneas ferroviarias que salían del puerto, era un estorbo para la empresa norteamericana propietaria de esos terrenos. Recientemente se inauguró, salvada para siempre, y ha sido convertida en sede del grupo de música antigua Ars Longa. ¿Le hubiera gustado restaurarla? ¿Qué valor arquitectónico le ve en relación con los otros inmuebles patrimoniales habaneros?
Por supuesto que me hubiera gustado restaurarla. Soy adicto a la restauración y la he perseguido con fiebre de coleccionista. Creía que podía hacerlo todo. Ahora he tenido que ceder ante otras responsabilidades personales. Siempre estoy dispuesto a prohijar un proyecto. Me complace que me consulten y no soy remiso en dar mi criterio con todo el respeto que se merece el otro profesional, sin caer en paternalismos improcedentes.
El valor de la iglesia de San Francisco de Paula radica en ser el prototipo que –como construcción religiosa– más variaciones generó. El tema de la composición en retablo de la fachada (la portada en arco enmarcada por columnas sobre pedestales, unida a la ventana coral en el nivel superior), fue posteriormente retornado en las fachadas de las iglesias del convento de Santo Domingo y del convento de San Francisco (más conocido por el nombre de los Escolapios), ambos en Guanabacoa. También de la misma familia es la fachada de la iglesia de Santa María del Rosario.
Particularmente tiene un alto valor sentimental por ser –como señalaba– uno de los primeros triunfos en la lucha ciudadana por salvar una edificación patrimonial. Por último, urbanísticamente, los restos de esta iglesia rematan una de las perspectivas más hermosas del Centro Histórico, el paseo más antiguo de la ciudad, la Alameda de Paula.
La última intervención materializó la unión del paseo con la iglesia, quedando sólo pendiente para el futuro la liberación de las vistas a la bahía, oculta desde hace muchos años por almacenes ya completamente obsoletos. Cuando esa cortina de hierro oxidado se descorra, los habaneros se preguntarán cómo pudieron ser privados de ese espectáculo por tanto tiempo; comprenderán la fama del lugar y agradecerán la obra.

La restauración de una ciudad no es sólo tarea de arquitectos, sino que intervienen historiadores, arqueólogos, sociólogos, economistas... En su opinión, ¿cómo se interrelacionan estas disciplinas a la hora de asumir la restauración puntual de un inmueble? ¿Es cierto el temor hacia lo que se denomina la «tiranía del arquitecto»? ¿Ha sido capaz de controlar la subjetividad inherente a su profesión?

La estrategia es perseguir el mismo objetivo desde distintos frentes. La interrelación entre distintas disciplinas es indispensable, pero hay que establecer prioridades, lo que conduce a una estructura piramidal donde siempre se producen más relaciones horizontales y menos relaciones verticales. En la cúspide hay un sólo lugar y el arquitecto generalmente está preparado para ocupado. La «tiranía del arquitecto» puede ser necesaria para evitar la anarquía. Yo prefiero pensar en el «gran coordinador» y no en el «gran tirano». Ese lugar en la cúspide ha estado ocupado por otros especialistas y la experiencia no es buena.
No soy el más indicado para contestar categóricamente si he logrado controlar mi subjetividad. Subjetividad y criterio están muy cercanos, y hay que tener criterio y saber usarlo. El criterio se fortalece con la experiencia. Pero la experiencia trae consigo un peligro para el trabajo en el patrimonio construido. Se llega a conocer tan bien el lenguaje arquitectónico de cada época, que es mucha la tentación de emplearlo, generalmente para completar o enriquecer el exponente objeto de la intervención.
La honestidad en el trabajo se refuerza cuando se interioriza que el bien patrimonial no nos pertenece en propiedad, ni individual ni generacional. Somos simples intermediarios entre un legado deteriorado y las futuras generaciones que lo deben recibir libre de falsificaciones.
Retomando la médula de las preguntas, debemos agregar que todo lo que he expuesto resulta realmente válido hasta el nivel de proyecto ejecutivo. A la hora de la verdad, en la obra constructiva inciden otros factores externos y extraños a la idea de que estamos inmersos en un trabajo eminentemente cultural.
La intervención en el patrimonio construido es una acción cultural, ajena por derecho propio a toda manipulación coyuntural. Y para participar –y mucho más, para tomar decisiones en esa acción cultural– hay que ser culto. Parece obvio, una perogrullada, pero insisto en reiterado.

Entiendo que cuando se ha referido al triángulo con el arquitecto en la cima, se refiere –tal y como he enfocado la pregunta– a las obras puntuales de restauración.
Echaré mano a otra analogía para hacerle la próxima pregunta, a la analogía de la piedra clave en el arco. Sin esa piedra –que es capaz de soportar todas las cargas, ya sean verticales u horizontales– el arco no se sostendría. Lo mismo sucede en toda obra humana, lo mismo sucede en la obra de La Habana Vieja. Y esa piedra clave es, hoy por hoy, el Historiador de la Ciudad.


Sin dudas. Eusebio Leal es un creador porque ha logrado el mecanismo, la maquinaria para que esta obra no se detenga. Él es como un director de orquesta que dirigiera una obra de su autoría, y gracias a su talento, tenacidad y capacidad de trabajo ha logrado que la ciudad reviva no como la labor de uno, dos, tres... arquitectos, sociólogos, economistas o arqueólogos, sino gracias al trabajo integral que desarrolla la Oficina del Historiador de la Ciudad. Hasta él, eso no lo había logrado nadie con esa magnitud, trascendencia y permanencia. Que yo mismo no esté de acuerdo con varias cosas, puntuales, específicas, no tendrá la menor importancia dentro de 20 años... Al cabo de tanto tiempo trabajando con el patrimonio, podría decir que nunca antes vi el horizonte como ahora. Uno pensaba que en cualquier momento volvería a ser como antes, pero ya no. Ahora el proceso es irreversible, ya no hay quien lo detenga.

Si bien la Habana Vieja y su complejo de fortificaciones es Patrimonio de la Humanidad, también existen otras partes de la ciudad con un valor patrimonial insoslayable, por ejemplo: el Cerro, el Vedado... ¿Qué le duele allí que pueda perderse?

El dolor parece infinito y el daño irreversible en el caso del Cerro, que fuera declarado en 1987 «zona protegida» por la Comisión Nacional de Mo¬numentos. Antes, se hablaba del Cerro y se entendía que era la histórica Calzada, numerosas calles transversales, varias de ellas de gran importancia como Primelles, Palatino... Hoy nos queda el trazado de la Calzada enmarcada en suntuosos –pero aislados– exponentes de lo mejor del neoclásico colonial. Se ha perdido la masa de arquitectura de acompañamiento, aquella que apenas susurraba o hablaba, de acuerdo con la metáfora ya citada anteriormente.
La arquitectura protagonista, los edificios que cantaban, las casas-quinta rodeadas de jardines, han disminuido en número y los existentes –salvo excepciones– se encuentran en estado de deterioro o ruinoso. Pienso que una de las pérdidas más dolorosas es la de la continuidad de los portales, que aún recuerdo. Entre lo que puede perderse, me limito a señalar un ejemplo: la Casa de los Marqueses de la Gratitud, sede del gobierno municipal.
No sólo se han perdido exponentes arquitectónicos emblemáticos de toda una época que –por sus características– eran propios de aquel asentamiento suburbano, sino que lo que queda en pie sufre transformaciones y recibe añadidos que enmascaran su origen.
El Vedado es otro tipo de problema. Sus construcciones –en general– son recientes y resistentes; en alguna medida han recibido mantenimiento y fueron dejadas a su suerte mucho después que las del Cerro. El peligro aquí no es por abandono, sino por invasión, por nuevas incersiones que –en general– desconocen la escala urbana: grandes inmobiliarias, hoteles, comercios... hasta monumentos conmemorativos y bancos de parque. Y es un peligro tan poderoso y grande, que puede desnaturalizar el conjunto residencial más importante de la ciudad por su ubicación, ya que Miramar –más cercano en el tiempo– tiene similares valores y se enfrenta a la misma problemática.

Cada año se inauguran obras restauradas en el Centro Histórico y, hoy por hoy, existen cerca de 100 inmuebles en proceso de restauración. Digamos que, poco a poco, comienzan a revitalizarse los brazos, las manos... Le pido que otra vez sea la Ciudad: ¿hacia dónde le gustaría ir, por qué caminos...?

De nuevo yo, persona-ciudad. Desde siempre el mar, la bahía... Me gustaría llegar por mar. Como sospecho que todo es obra de su fantasía, no tendremos en cuenta el tiempo. Podría ser la eternidad. O los años que dure la vida, o los segundos que dura un recuerdo.
Recorrería varias veces el trazado de las an¬tiguas murallas de mar y de tierra, primero de un golpe. Más tarde –como ya hemos hecho– haría escalas en las plazas que se asoman al litoral: la de Armas, la de San Francisco y la de la Catedral. Después incorporaría además la Vieja y la del Cristo. Ya para ese entonces me serían familiares las calles de los Oficios, de los Mercaderes y del Inquisidor, de San Ignacio, de la Muralla, de la Amargura, de la Obra Pía, del Obispo y del Empedrado.
En otra vuelta me acercaría a la ciudad ex¬tramuros con sus paseos y parques. El Paseo del Prado, el Parque Central, la Avenida de las Misiones... Con más confianza me atrevería a cruzar el territorio de norte a sur para conocer el sistema de plazuelas, siempre vinculadas a importantes construcciones religiosas, especialmente entrañable la más antigua: el convento de monjas de clausura de Santa Clara, en la calle de Cuba.
Superados el desconocimiento y las primeras inseguridades, visitaría exponentes y espacios abiertos que no aparecieran en los recorridos anteriores como la Casa de la Obra Pía, el parque de San Juan de Dios, el Malecón tradicional o el palacio de Aldama.
Creyendo que ya conozco la ciudad, que ya me conozco a mí mismo, querría observarme con cierta perspectiva y cruzaré el mar hasta el castillo del Morro y la Cabaña. Desde aquellas alturas es posible disfrutar mejores vistas, identificando cada parte del cuerpo.
Para entonces ya se estará poniendo el sol y esperaré que aquel espectáculo termine hasta verlo hundirse en el horizonte. Será de noche y, al mirar de nuevo la ciudad, tal vez no me reconozca, pues de noche era otro. Tendría que empezar de nuevo.
Argel Calcines
Editor General de Opus Habana
Tomado de Opus Habana, Vol. V, No. 2, 2001, pp. 18-27.