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Dando forma a una visualidad cada vez más lírica y compleja, esta creadora indaga en el universo femenino con un estilo muy personal que destaca por la excelencia del dibujo y su caudal alegórico.

«Aun cuando en el cuadro ya finalizado destaquen la atmósfera colorística y soluciones plásticas indiscutiblemente pictóricas —como las veladuras o los énfasis de la impronta por la mancha—, el eje central, su estructura intrínseca, descansa en el dibujo; esa es la pieza maestra, mi herramienta imprescindible para comenzar».

Camelias (2010). Mixta sobre lienzo (130 x 100 cm).

La impronta de Alicia de la Campa Pak quedaría por siempre en el Centro Histórico de La Habana cuando, en la primavera de 2012, su obra cubrió las paredes de la galería exterior del Palacio de Lombillo, donde, junto a exponentes del quehacer artístico de su esposo Sinecio Cuétara, conformó la exposición bipersonal «Contrapunto».
En total fueron 12 piezas de gran y mediano formatos terminadas hacía muy poco tiempo, con al menos dos excepciones, en el caso de Alicia. Una era Destino de Ícaro, que, aunque data de 2009, ella le concede especial significado porque se nota la ausencia de la acostumbrada figura femenina, tan recurrente en su quehacer artístico, y se impone el dibujo sobre la pintura.
«En este caso utilicé como modelo a un joven casi adolescente; sin embargo, considero que es un tanto andrógena», me explica, al precisar que el resto de sus cuadros exhibidos tienen como leiv motiv a la mujer, pero «no solo por la belleza que muchas veces carece de sentido, sino por los determinados elementos y atributos que develan el sentido real de mi trabajo».

Ella quería alas (2012). Mixta sobre lienzo (190 x 130 cm).

Fue precisamente una de las piezas exhibidas en tal ocasión, de la serie «Habaneras», la que cautivó a quienes pudimos apreciarla y, desde entonces, todos supimos que Alicia iría a engrosar la ya larga lista —con el número 43— de artistas cubanos que han sido autores de la colección de lujo integrada por espléndidas cubiertas de la revista Opus Habana.
Con ella suman diez las mujeres creadoras que han asumido tal empeño: Zaida del Río (1997), Ileana Mulet (1998), Elsa Mora (1999), Flora Fong (2003), Alicia Leal (2005), Isavel Gimeno —en unión de su compañero Aniceto Mario (2006-2007)—, Sandra Ramos (2007-2008), Lidzie Alvisa y Ania Toledo (2009-2010).
Abierta al público desde el 13 de abril hasta el 10 de mayo, «Contrapunto» resultó una especie de diálogo de lenguajes artísticos diversos y desplazamientos de un corpus creativo a otro, incluyendo las inevitables tensiones de turbulencia, como escenificando una suerte de cantoría popular en la cual los músicos improvisan versos y tonadas.
Ahora, pasados algunos meses, retomamos el tema: ¿ha sido acaso un perenne contrapunteo tu vida personal y artística de más de dos décadas al lado del también pintor Sinecio Cuétara?

De manera desenfadada y con el sentido del humor que le caracteriza, me argumenta que el contrapunteo ha marcado la existencia artística y de pareja. «En realidad, pienso que desde que nos conocimos en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona (ISPEJV) fue lo que nos definió tan diferentes el uno del otro: yo, puramente habanera, citadina, algo distante; él, nacido en los campos pinareños, extrovertido, observador, impulsivo… Sin embargo, esa atracción de opuestos fue, y es, un complemento muy enriquecedor y divertido para ambos».
Quedaban atrás, muy remotos en el tiempo, los inicios de los dos en el arte. Alicia tenía 11 años cuando hizo las pruebas de ingreso y comenzó a estudiar en la entonces Escuela Elemental de Artes Plásticas, situada en 23 y C, en el Vedado. Su futuro esposo, un niño que trotaba sobre una yegua en su campestre entorno, estaba por entonces tremendamente lejano de su órbita. No obstante, ella afirma categórica: «Estábamos predestinados a conocernos, solo que siete años más tarde. Desde nuestro primer encuentro, sí puedo decirte que él influenció en mi interés por la pintura en particular, entre otras especialidades de la plástica».
Recuerda que la mayoría de sus profesores del ISPEJV se habían graduado en centros docentes de la Unión Soviética, por lo que, asegura, venían preparados con el método clásico de la escuela rusa, que privilegiaba sobre todas las cosas el dominio del oficio y la técnica. «Era un tiempo de gran efervescencia intelectual, de grandes contradicciones en todas las esferas, de una parte estaban los “académicos”, y de la otra, los impulsores del “concepto”; a la sazón, se producían confrontaciones apasionadas. Digamos que aún vivíamos el crepúsculo de las utopías».

Abanico leve para una habanera (2010). Mixta sobre lienzo (150 x 90 cm).

Es en aquel momento, en el año 1986, que Sinecio y Alicia se conocen. Ya ella se había titulado en la Academia de San Alejandro, y él había terminado la Escuela Provincial de Arte de Pinar del Río.
Siendo ambos estudiantes de primer año de la carrera de Educación Artística en el ISPEJV, realizaron la primera exposición bipersonal en la galería de arte Wifredo Lam, de Marianao, que, integrada por pinturas y dibujos, denominaron con una frase de un texto de José Martí: «La cumbre que me acerca al sol».
Después de aquella muestra vinieron otras en México (2004), Corea del Sur (2009), Estados Unidos (2011) y, recientemente, en Panamá (2012). A la par, en Cuba, han seguido haciendo otro tanto. Una de ellas, en 2010, en el Hotel Los Frailes del Centro Histórico de La Habana, para la cual concibieron juntos una bella obra: Habanera y Ciudad, cuyo título designó la exposición. La otra, a cuatro manos, fue precisamente «Contrapunto». Al cabo de tanto tiempo, Alicia expresa tajante: «además de mis profesores y mi familia, él fue la persona que más influyó entonces».

Y hablando de la familia, ¿hay tradición de cultores de las artes visuales o eres la iniciadora?
«No tengo conocimiento de que algún pariente cultivase alguna forma de expresión artística en particular; sin embargo, sí puedo decir que mi familia era amante del arte en general, pues gustaba de la pintura, la música, el cine, la literatura… sobre todo, la literatura ocupaba un lugar privilegiado. Mis padres y mis tías paternas me obsequiaron mis primeros libros de arte, y a todos ellos debo agradecerles por su apoyo en mi decisión de estudiar Artes Plásticas».Aunque Alicia se refiere a su estirpe paterna, me atrevo a volver a indagar por su ascendencia asiática, que le viene dada por la madre, de apellido Pak, de quien heredó sus ojos achinados. «En una entrevista años atrás,1 hablamos sobre el tema y creo haberte dicho que no era muy consciente de ello. Ahora, después de haber tenido la oportunidad de visitar en 2009 Seúl, la capital de Corea del Sur, “descubrí” —porque fue una sorpresa para mí, una especie de iluminación…— que mucha de mi sensibilidad hacia maneras de hacer arte, por ejemplo, mi predilección por el grafismo, por el dibujo en general, tal vez el estudio compositivo dentro del espacio a trabajar, responde a una estética, a una conexión con el arte de mis antepasados. Y sí, mi contacto con la cultura coreana en general y, en particular, con el arte tradicional y contemporáneo, su espiritualidad, su singular refinamiento, sutileza y profundidad humana y artística, provocaron un gran impacto en mí, y consecuentemente en mis planteamientos conceptuales, además de haber influenciado en la visualidad de mi obra actual».

Pero volvamos a tus años iniciales: ¿Cuándo nacióla preferencia por la pintura? Háblame de tu formación: ¿dónde estudiaste; quiénes fueron los profesores que dejaron una huella palpable en ti?

Destino de Ícaro (2009). Mixta sobre lienzo (90 x 150 cm).

«La preferencia por la pintura, como género, llegó después. Primero fue el amor por el dibujo, que aún sigue siendo mi gran amor. El dibujo para mí es el aliento que da vida a la creación, ese primer impulso que te define como artista. Como te dije, mi formación comenzó a los 11 años, cuando ingresé a la escuela Elemental de Artes Plásticas. En ese momento los programas de estudios eran en extremo rigurosos, si se tiene en cuenta la edad promedio del alumnado: en la sesión de la mañana, recibíamos clases de la especialidad tales como dibujo, pintura, escultura, grabado, taller de libre creación e historia del arte; y en las tardes, las asignaturas generales de ciencias y letras. Si eras de las que estaban convencidas que para aprender debías esforzarte y tomártelo en serio, terminabas extenuada. Recuerdo a mis padres levantándome temprano en la mañana, y llegar a casa ya de noche con el tiempo justo para asearme, comer, hacer las tareas y dormir. Sin embargo, para mí no era un sacrificio, fueron años fabulosos, disfruté y aprendí mucho; mis profesores de entonces eran maravillosos docentes y seres humanos. Más tarde hice las pruebas de pase de nivel a San Alejandro, y aquellos tiempos igualmente resultaron de gran aprendizaje y de una mayor concientización de los conocimientos adquiridos. Allá también tuve buenos maestros como Iris Agüero, excelente profesora de Anatomía Artística y una de las tutoras de mi tesis de graduación; el temible y ahora amigo Eugenio D’ Melon, quien me hizo llorar durante una de sus clases de dibujo al asignarme una nota que, por fortuna, me indicaba que mi autosuficiencia adolescente rebasaba los límites de su paciencia y de mi destreza con el lápiz. Recuerdo con igual afecto a Antonio Alejo, magnífico cultivador del arte de la conversación, comprensivo y, a la vez, severo profesor de Historia del Arte que, con un viejo proyector y unas diapositivas descoloridas, inculcaba en sus alumnos el amor por la creación y el método de análisis de una obra de arte. Sus exámenes eran aterradores. Tampoco olvido a Jorge Rodríguez, profesor y luego director de la Academia. En una tarde inolvidable, él me llamó a su gabinete para obsequiarme —dedicado de su puño y letra— una edición de un texto extraordinario que formaría parte de mis libros imprescindibles: La montaña mágica, de Thomas Mann».
Ante su obra, plena de barroquismo, llena de dobles lecturas y cromatismo, una se pone a pensar: ¿cómo enfrentará Alicia el terrible momento de desafiar un lienzo, una cartulina o una hoja de papel en blanco…? Y como si leyera mis pensamientos, rauda, explica: «Lo primero es tener una idea lo suficientemente estructurada de lo que me propongo hacer, y que, en mi caso, va muy unida a un título, el cual me lleva al sentimiento que quiero expresar y a los elementos para conformar la obra.

Habanera nostálgica (2007). Acrílico sobre lienzo (150 x 90 cm).

Luego viene la soledad, el silencio, que considero ingredientes indispensables para lo que llamo “mi trabajo de mesa”, que debe ser bajo condiciones de concentración absoluta. Casi siempre sintetizo las primeras ideas en apuntes muy breves y ligeros, sin muchos detalles; hago acotaciones escritas, consulto algún libro…así voy desplegándolas sobre un papel. Incluso ciertos títulos me han llegado mientras duermo; he soñado lo que quiero pintar…Posteriormente, voy a la etapa de buscar el “modelo”; apenas lo he hecho con modelos reales; a veces solo miro mi propia imagen en el espejo para observar una entrada de luz, una sombra, un brillo específico, un determinado movimiento… Sobre todo utilizo imágenes de libros o revistas, y las manipulo hasta llegar a conformar “mi modelo ideal”. Después, es solo comenzar a trabajar sobre el lienzo; por lo general lo hago escuchando música; prefiero la clásica, tal vez el jazz, baladas suaves… o el maravilloso silencio».
Como he podido contemplar algunos de sus dibujos iniciales, convertidos más tarde en espléndidas obras, me atrevo a indagar por la importancia que le concede al arte de dibujar. Ella asegura que le es fundamental en su trabajo.
«Aun cuando en el cuadro ya finalizado destaquen la atmósfera colorística y soluciones plásticas indiscutiblemente pictóricas —como las veladuras o los énfasis de la impronta por la mancha—, el eje central, su estructura intrínseca, descansa en el dibujo; esa es la pieza maestra, mi herramienta imprescindible para comenzar. En muchos de mis trabajos pueden observarse, por debajo de las capas de pigmento, las líneas y los valores del claroscuro que luego me permiten superponer los tonos de color. A veces, dejo descubiertas esas áreas dibujadas porque no quiero que se desvanezca su fuerza original. Por lo general prefiero el dibujo al carboncillo, ya sea sobre papel o lienzo, pues es una técnica que permite soltura, plantear muy rápidamente grandes áreas, borrar y rehacer, tanto como trabajar con minuciosidad y precisión los detalles necesarios».

Alicia, sería bueno referir otras facetas de tu quehacer, por ejemplo, la ilustración y la práctica de otras manifestaciones de las artes visuales...
«Respecto al grabado, la litografía es una técnica que me apasiona, pues es un medio expresivo muy versátil y dinámico en su ejecución y resultados. En 1995, en el taller de grabado de San Alejandro, realicé “Para subir al cielo…”, una serie de litografías que imprimí en una Krauser —una prensa alemana—, cuya manufactura data tal vez de finales del siglo XIX o principios del XX; es una verdadera joya que, para fortuna de muchas generaciones de estudiantes de la Academia, aún sigue brindando excelente servicio a quien se aventure a utilizarla; en ella muchos jóvenes artistas han descubierto la magia de la litografía. Con evidentes influencias de Goya y Daumier en su visualidad, y por su alusión a la sátira social, aquella serie litográfica me brindó también la posibilidad de incursionar por vez primera en la ilustración, pues al ver los grabados, el poeta Alex Fleites los escogió para ilustrar uno de los números de la revista Unión.2
»Desde entonces y hasta hoy he trabajado para revistas y publicaciones periódicas dentro y fuera de Cuba. A partir de 1996, lo hice de modo regular para Revolución y Cultura durante unos 10 o 12 años.

La nostalgia (2011). Acrílico sobre lienzo
(90 x 132 cm).

En ese mismo período estuve tributando para El Caimán Barbudo. Ilustré el primer número de la revista Extramuros y, si mal no recuerdo, desde finales de los 90 o principios de 2000, lo hice en forma intermitente hasta aproximadamente 2007. Algunos amigos relacionados con el mundo literario y conocedores de mi pasión por el arte de la ilustración, han ayudado a que mi obra también esté presente en varios libros; por ejemplo, Amor con cabeza extraña (2005), novela de Miguel Mejides; La loca de las yagrumas y otras mujeres (2004), de Mavis Álvarez Licea; Violín violento (2003), poemario de Susana María Pérez Rollero, y La nación íntima (2008), un conjunto de ensayos de Zaida Capote Cruz. Fuera de Cuba, algunos de mis cuadros y dibujos han sido portada de volúmenes, como uno de estudios sobre mujeres creadoras cubanas desde la colonia hasta la contemporaneidad, titulado Kuba-Kunst: Die frau im Fofus Künstlerischen Schaffens vom Ende der Kolonialzeit bis zur Gegenwart (2010), de la investigadora alemana Beate Talmon de Cardozo. También, en 2011, del poemario Los Sueños de la Reina, de Niurka Calero Alayón, escritora y amiga de origen cubano radicada en Tampa. Asimismo, fui invitada a ilustrar uno de los números de la revista Linden Lane Magazine (Volumen 30, Núm. 3, 2011). En el otro lado del mundo, en tierras de mis ancestros maternos, uno de los diarios más influyentes de Corea del Sur, el Chosun Ilbo, me encargó una obra para un artículo dedicado a la emigración coreana hacia México y luego a Cuba. Sin embargo, considero que apenas he explotado las amplias posibilidades de expresión que brindan las artes gráficas, aún queda un largo camino por andar y sueños que cumplir».
Por su fino sentido del humor no me fue extraño conocer sobre los premios que ganó Alicia durante la década de los años 90, cuando estuvo muy vinculada al humor gráfico por el dibujo satírico. «En esa época me dediqué a buscar un modo personal, digamos un estilo, para expresarme dentro del complejo campo del humor y opté por decir solo a través de la imagen, sin utilizar “el chiste de globito”, o sea, el texto acompañando la imagen. Mi interés era sintetizar una idea a través del dibujo, y comencé a utilizar una tipología de personajes muy marcados por el expresionismo, lo grotesco, con la influencia de Goya,
Daumier, y de nuestros Antonia Eiriz y Chago Armada. El humor gráfico siempre me ha gustado porque es un fantástico movilizador de ideas y una forma artística de abordar temas sociales que llegan a muchos; por supuesto, desde un lenguaje visual. Un dato interesante: mi trabajo de tesis en el ISPEJV fue un análisis de la obra de Rafael Blanco, uno de los grandes caricaturistas cubanos de la República.

Habanera umbría (2008). De la serie «Ángeles, demonios y habaneras».
Mixta sobre lienzo (130 x 100 cm).

Por aquellos años asistí a unos cursos sobre humor gráfico que impartieron en la Unión de Periodistas de Cuba, en los que pude conocer y relacionarme con caricaturistas que marcaron una época dentro del humorismo cubano en suplementos como el DDT, una publicación periódica única en su género. Por ese tiempo conocí a los caricaturistas René de la Nuez, Juan Padrón, Carlucho, Tommy, Ajubel, Ares
y Garrincha, entre otros. Lo interesante es que, hasta donde he podido saber, es asombrosa la poca presencia femenina dentro del humor gráfico. Cuando yo comienzo a mostrar mis primeros dibujos, tomo conciencia de que soy una especie de rara avis, porque en ese momento yo era la única mujer que estaba creándose un estilo propio en esa expresión en la que reinaba el caricaturista hombre. La gran mayoría de los premios que obtuve fueron en Salones y Bienales de Humor en los que participé. Pienso que el humor gráfico es una expresión que está viva en mí, y mi intención es retomarlo porque lo disfruté mucho y de algún modo resultó una escuela de creación de ideas».
Quienes la conocemos desde hace varios años, hemos podido ser testigos excepcionales
de su evolución. Ella misma se atreve a definir tres etapas en su quehacer artístico, la primera de las cuales considera que estuvo signada por el neoexpresionismo, con abundancia de dibujo a tinta, lápiz o creyón sobre cartulina. A ese momento pertenece la serie de pinturas «De acuerdo a la vida» (1995). Alicia refiere que «fue un discurso muy agresivo desde su concepto y su visualidad, muy volcado hacia la crítica social desde la figura humana como eje temático». A la par realizó litografías, acuarelas y dibujos en los cuales las figuras alternaban con un elemento-símbolo: la escalera, como objeto de reflexión en un contexto satírico.
En la segunda etapa comenzó a adentrarse en la figura humana, pero desde otra óptica. «Si antes primaba lo satírico como mirada al exterior, a una realidad conformada por lo grotesco de las imágenes, en este momento giro mi propuesta hacia el interior, a vivencias propias o ajenas en las que, hasta cierto punto, me autorrepresento; comienzo a reflejar la figura humana desde el sujeto-mujer, desde una estética más realista y concisa, en una visión explícitamente de género». La exposición «La tiranía del cuerpo» (2000) corresponde a tal época.
La tercera etapa se prolonga hasta la actualidad, en la que «voy dando forma a una visualidad más lírica y compleja, tal vez menos obvia, más profunda en su esencia, que indaga en el universo femenino a través de composiciones en las cuales combina elementos muy diversos. Desde la conjunción de los mismos, aparentemente absurdos en su relación, voy tejiendo un discurso en el cual apelo a la efectividad de la imagen para trasmitir la presencia de un sentimiento que está por develarse». La exposición «Criaturas de Isla» (2007) marca el comienzo de este tercer y actual período.
A pesar de sus facciones asiáticas, Alicia de la Campa Pak es, como ella misma ha confesado, «puramente habanera»; por eso le sugiero que sus «Habaneras» son ella misma y constituyen una manera de rendir tributo a la ciudad, aunque —me atrevo a decirle— nunca haya llevado al lienzo el paisaje citadino explícitamente.
«Definitivamente sí. Las mujeres que pinto o dibujo son como mi alter ego, formas que habitan mis

Alicia de la Campa Pak (La Habana, 1966) acaba de ser incluida en la edición No. 12 del Catálogo Internacional de Arte Moderno (Maestros de Arte de nuestro siglo), publicado por la Casa Editorial Cida, en Roma. En 2006 y 2007, su obra fue exhibida en la Feria ARWI, San Juan, Puerto Rico.

sueños, mi mundo interior; símbolos de la vida, la belleza, el conocimiento... En mi obra, a menudo, las cabezas femeninas están ataviadas con complicados tocados, parecidos a sombreros o estructuras-jaulas que contienen nidos, caracolas, hojas, pájaros, peces, mariposas o extraños frutos. Por supuesto, no son simples fabulaciones o adornos formales; de ellos se deriva una intención conceptual: los elementos en sus cabezas son extensiones visibles de sus pensamientos. Me gusta pensar que estas “habaneras”, como las mujeres que transitan por nuestra ciudad, exhalan cierto poder de seducción, un encanto misterioso que va más allá de la superficie pintada de la tela. Algo muy mío se trasmuta en mis “habaneras”; pienso que de algún modo me autorrepresento porque, como ellas, soy una fiel amante de esta ciudad. De pequeña, ir a pasear a “La Habana” con mis padres era una salida esperada, que hacíamos por lo general los sábados. Mis tías vivían en la Calzada de Carlos III, en un edificio que aún se conserva, muy cerca de la Logia Masónica y del antiguo Mercado. Desde el balcón del apartamento podía verse la desembocadura de esa transitada avenida hacia La Habana, profunda y blanqueada por el sol vespertino, así como los pináculos de la hermosa iglesia de Reina. Muchas veces recorrimos el malecón cercano a la Maestranza, y esa Habana, aún inexplorada por mí, se expandía en místico laberinto de callejones que mi papá, infatigable y experimentado caminante, me iba nombrando,
pregonando con voz paciente; con él hice mi primer viaje a bordo de la lanchita de Regla, cruzando la bahía, hacia Casablanca, una verdadera aventura que reclamaba a menudo como uno de mis paseos favoritos. Luego el boulevard populoso, las tiendas con casi nada por los años 70; el Tencent con banderitas cubanas y masarreales; los últimos esplendores carnavalescos; el Capitolio; la siempre concurrida Calzada de Jesús del Monte, el sol castigando las fachadas y la sombra fresca bajo los portalones de columnas siempre polvorientas…»
En la actualidad, sola o acompañada, ha desandado a menudo las calles de La Habana. «Con mi esposo Sinecio y mi hijo Gabriel, invariablemente nuestros paseos se dirigen hacia el Centro Histórico, donde el corazón colonial palpita y se abre con brillo renovado gracias a la obra colosal de restauración y conservación liderada por la Oficina del Historiador de la Ciudad. Es un gran placer caminar por sus calles, visitar sus museos, admirar los nuevos espacios ganados al tiempo y la desidia. Son muchos los lugares que nos gusta recorrer y que visitamos una y otra vez: el Castillo de la Fuerza, El Templete, la bella Plaza de Armas, el Palacio de los Capitanes Generales, la Plaza de San Francisco de Asís, con su magnífico campanario y la fuente rodeada de palomas… No faltan las paradas obligadas en la deliciosa Casa Museo del Chocolate o La Columnata Egipciana. También disfruto de la exótica atmósfera del mercado del Oriente, de la Casa de perfumadas especias rumbo a la Plaza Vieja, y de la emblemática Plaza de la Catedral. En fin… cada café, cada rincón antiguo que revive a los nuevos tiempos y deslumbra a los transeúntes.
»Pero, María, sí he pintado la ciudad; tengo una serie que titulé “Con-textos periféricos” que son paisajes urbanos que reflejan calles, lugares o el muro del malecón desde una perspectiva muy subjetiva».
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1Breviario, Opus Habana, Vol. IX, No. 3, 2005.

2Unión, Año VII, No. 20, septiembre, 1995.

María Grant
Editora Ejecutiva de Opus Habana