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El más reciente resultado de la labor como fotógrafo y editor de Julio A. Larramendi Joa (Santiago de Cuba, 1954), es el volumen Treinta maravillas del patrimonio arquitectónico cubano que, con textos de Alicia García Santana, fue calificado de bella unión entre palabra e imagen por Eusebio Leal Spengler, quien lo presentó el jueves 7 de febrero, en la Basílica Menor de San Francisco de Asís.

Treinta Maravillas del Patrimonio Arquitectónico Cubano está dedicado a Zoila Lapique Becali y Fernando López Castañeda.

El más reciente resultado de la labor como fotógrafo y editor de Julio A. Larramendi Joa (Santiago de Cuba, 1954), es el volumen Treinta maravillas del patrimonio arquitectónico cubano que, con textos de Alicia García Santana, fue calificado de bella unión entre palabra e imagen por Eusebio Leal Spengler, quien lo presentó el jueves 7 de febrero, en la Basílica Menor de San Francisco de Asís.
Salido bajo el sello Polymita —fundado en 2007 y del cual Larramendi es en la actualidad su director editorial—, en el libro Alicia, dijo Leal, expone «las perlas de un más amplio y conmovedor tesoro» para lo cual se apoya en las fotografías de un artista «que tiene el raro privilegio de traspasar con aguda mirada los muros pétreos, escuchar el canto de las criaturas del monte e imbricar arquitectura y paisaje en un diálogo fecundo», opinó el Historiador de la Ciudad de La Habana sobre la obra de Larramendi.

En la foto de arriba, Eusebio Leal Spengler presenta el libro en la Basílica Menor de San Francisco de Asís; a su lado sentados, Alicia García Santana y Julio Larramendi Joa. Con más de 300 páginas, la edición de Treinta maravillas de patrimonio arquitectónico cubano estuvo a cargo de Silvana Garriga, y el diseño, de Pepe Nieto

A propósito del libro Treinta maravillas del patrimonio arquitectónico cubano, ¿Cuál fue el criterio de selección que siguieron para decidirse por solo estas tres decenas de exponentes de una tan numerosa riqueza?

El criterio de selección fue personal. Inicialmente pensamos en 100 maravillas, lo que hubiera sido mucho más abarcador y nos hubiera permitido incluir a numerosos exponentes de nuestro patrimonio arquitectónico. Inclusive, llegamos a hacer la lista. Pero nos dimos cuenta que entonces solo le dedicaríamos muy poco espacio dentro del libro y hubieran sido casi caricaturas de los mismos, apenas una guía turística de mayor formato. Por otro lado, el tiempo de que disponíamos no nos permitía un trabajo en profundidad. Alicia García Santana realizó «su» selección, lo cual es perfectamente válido, pues cada autor lo puede hacer y en ello va una fuerte carga subjetiva, afectiva, personal… Tanto Leal, quien hace la presentación, como el profesor argentino Alberto Nicolini en el prólogo, refrendan tal derecho.

¿Cómo ha sido ese tránsito de científico a artista? ¿Cuánto le debe —o no— a su formación científica la alta sensibilidad artística que lo caracteriza?

Tomé mi primera fotografía en 1969, cuando no pensaba en la investigación. Entonces soñaba con ser pelotero y decidir un juego contra los Industriales en el Latino (recuerda que soy santiaguero, aunque vivo hace más de 45 años en esta bellísima Habana, que tanto me ha dado) o ser arquitecto para construir puentes como el de Cumanayagua y edificios como el Focsa. La vida me fue cambiando el rumbo, pero siempre, en cualquier lugar o circunstancia, tomando fotografías: Primero en la Unión Soviética donde entre 1971 y 1975 estudié Química y era muy fácil hacer cualquier tipo de fotografía, inclusive, en colores, entonces una novedad para mí. En el Instituto de la ciudad de Volgogrado en el que estudiaba, el entrenador del equipo de básquetbol era el instructor de fotografía, lo que facilitó mi acceso al laboratorio y a algunos libros. En aquellos tiempos mis compañeros de estudio fueron tema de mis fotos. También, la geografía de aquel multinacional país, tan diferente al nuestro en todos los sentidos. Conservo miles de imágenes de esa época. Ya graduado, tuve la enorme fortuna de ser seleccionado para trabajar en un laboratorio de investigación y apenas un año después, ya me involucré en investigaciones vinculadas con la fotografía. Allí pude recibir los conocimientos de dos investigadores que me adentraron en el mundo de la fotografía científica. Teníamos a nuestra disposición excelente literatura y encuentros periódicos con colegas del llamado Campo Socialista. Fueron más de dos décadas; en aquel momento, el laboratorio llegó a ser mi segunda casa y pude convertir en realidad numerosos sueños. Paralelamente, no dejaba de hacer mis propias fotografías. Jorge Ramón Cuevas tuvo un papel decisivo en mi conocimiento de nuestro país y de su Naturaleza. La oportunidad de participar en la realización de sus programas televisivos primero, Del mundo, su Naturaleza y después, Entorno me permitió comenzar a tomar imágenes de la flora y fauna cubanas, pero además, con conocimiento de primera mano, de los valores de lo que tenía delante de mí. En la segunda mitad de los años 90 comienzo a colaborar con publicaciones como Acuarela y Mar Caribe. En 1990, con una serie de fotos submarinas, gano el concurso Fotocaza 90 Internacional. Creo que el trabajo científico y el amor por la fotografía se han complementado perfectamente. El primero me dio una sólida formación técnica, y lo segundo ha aportado la pasión imprescindible para poderme dedicar en cuerpo y alma a una profesión, más por deseo que por necesidad.

¿La preferencia por la fotografía le viene por tradición familiar o es Usted el iniciador en su familia de la pasión por el arte de atrapar el mundo en imágenes? ¿Alguno de  sus cuatro hijos ha manifestado interés por seguir sus pasos?

No hay antecedentes familiares de dedicación al Arte. Llegué a la fotografía por decantación: no pude con la música (la disfruto enormemente y tengo un buen oído, pero soy incapaz de tocar ningún instrumento); tampoco con el dibujo; algo con la pintura (recibí clases en Santiago de Cuba), pero nada del otro mundo. Recuerdo que en 1970 le mostré a Jorge Oliver, el creador del Capitán Plin, algunos de mis dibujos y su mirada fue suficiente para darme cuenta que allí no tenía nada qué hacer. Ya había tomado las primeras fotos y por ahí seguí… Dos de mis hijos hacen fotografías, aunque creo que sus pasos van por otros rumbos. Quizás la hembra mayor, Paola, bióloga de profesión y ya con alguna experiencia con las cámaras, encuentre su camino entre imágenes…

A juzgar por la temática de los libros ilustrados por Usted, sus preferencias van de  la Naturaleza al patrimonio edificado y/o intangible. ¿Cuánto hay de común en tales tópicos?

En realidad, es la gente lo que más me gusta fotografiar. Ahí está el mayor reto, lo más interesante: no hay dos personas iguales y una misma es diferente en cada momento. Captar lo que sienten, tratar de representar su carácter, su personalidad en una sola imagen, es la esencia misma del retrato. Mis mejores trabajos que partieron de ensayos fotográficos y luego se convirtieron en libros tienen que ver con esta preferencia: los cubanos de hoy (La cubanía); los aborígenes de América Latina (500 años después); las personas viviendo con VIH-SIDA en Guatemala (Un canto a la Vida) y, recientemente, lo ocurrido en 2012 al paso del huracán Sandy por Santiago de Cuba («Paisaje después del huracán»), ejemplifican tal predilección; luego de exponerse, este último está en vías también de llegar al impreso. En cuanto a la arquitectura y la Naturaleza, por supuesto que disfruto enormemente de ambas, de lo contrario, no hubiera logrado 45 libros; pero las dificultades, los retos, son de otro tipo, en algunos casos, físicos y técnicos, para los que necesitas una buena preparación y también sensibilidad. La fotografía de la Naturaleza me da la posibilidad de escapar de la ciudad, de respirar aire puro y de estar en contacto con lo mejor de Cuba: los campesinos.

¿Cuánto le aporta —o le resta— a su oficio de fotógrafo la condición de editor de libros? De verse en la disyuntiva ¿por cuál optaría?

Hace 15 años que hago libros y —créeme— no es solo por motivaciones materiales, pues en nuestras condiciones, la remuneración es insuficiente ante la pasión que siento por hacerlos. En 2002 salió a la luz un volumen realizado por una ya desaparecida editorial, enteramente con mis fotos. Mis propuestas no se respetaron y, aunque resultó un éxito comercial, no fue de mi gusto. Por esos días había conocido al extraordinario y prematuramente fallecido Fernando López Castañeda, con quien colaboré en la nueva edición de Arquitectura colonial cubana de Joaquín Weiss y le propuse hacer un libro sobre detalles de La Habana. Acogió la idea con gran entusiasmo y poco después se nos unió Liborio Noval. Los tres recorrimos durante varias semanas la ciudad, nos divertimos muchísimo y nació solo Detalles (así, con esa ortografía), por el que recibimos varios premios y una enorme satisfacción. Aun hoy me parece excelente. Con Fernando, todo un señor editor, le tomé el gusto a hacerlos y me prometí que mientras pudiera, trataría de dirigir mis propios proyectos. He tenido muchísima suerte y desde entonces, pude conducir editorialmente la mayoría de ellos. En los libros, el fotógrafo se subordina al autor de cada trabajo y, a su vez, a la función de director editorial; sin dejar de respetar el texto original ni los intereses del escritor, he tratado de lograr el carácter de la obra soñada. Un papel decisivo tiene el diseñador de la inmensa mayoría de ellos, Pepe Nieto, quien con su increíble creatividad ha logrado hermosos resultados. No me gustaría verme en la disyuntiva de escoger una de estas funciones, pues a las dos las disfruto enormemente. En el peor de los casos, siempre me quedaría con la cámara.

María Grant
Opus Habana