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 Con gracia y talante evocador, la doctora Ada Kourí rememoró en esta entrevista pasajes de su vida: cómo se hizo médica, cuál era su círculo más estrecho de amistades, su unión al renombrado intelectual revolucionario Raúl Roa García... Al reproducirla en su versión digital por petición de sus lectores, Opus Habana rinde tributo a la memoria de esta destacada figura de la ciencia cubana.
Al referirse a su primer y único esposo, esta eminente cardióloga no temió redundar cuando expresó: «el corazón le latía a la izquierda del pecho».

 Usted desciende de una familia de inmigrantes libaneses devenidos eminentes científicos. ¿Inició su padre, el Dr. Juan B. Kourí, ese camino?

En efecto, por el lado paterno descendemos de una familia de inmigrantes libaneses. Mis abuelos, trabajadores, honestos, tan religiosos que, todos los días, antes de iniciar las faenas cotidianas, iban a misa de seis de la mañana, fueron progresando económicamente, al punto de tener un negocio floreciente. Mi padre, el mayor de numerosos hijos, ayudaba en el negocio, hacía de contador, secretario de correspondencia y se entendía con los proveedores de la casa.
En un folleto que publicamos mi hermana Marta y yo, Semblanza de Juan B. Kourí (2001), contamos que, al finalizar sus estudios de bachillerato, él decidió hacerse médico y venir a estudiar a la Universidad de La Habana. Al conocerse su decisión, no faltó quien, en el mundo sirio-libanés-santiaguero, expresara que el joven Kourí «era un vago que no quería trabajar».
Creo que mi padre abrió el camino hacia los estudios superiores que siguieran muchos jóvenes de familias árabes, distinguiéndose más de uno por su capacidad y talento en diferentes profesiones.

Vivieron ustedes en Centro Habana, en la calle Perseverancia, cercana al Centro Histórico... ¿Cuál era entonces su visión de la parte más antigua de la ciudad? ¿Qué calles y sitios preferían?

¡Hablar ahora de los remotos tiempos de Perseverancia, esa callecita de unas cuantas cuadras, entre Neptuno y Malecón, en la que hace más de 60 años vivimos los Kourí! El barrio no se llamaba Centro Habana; ése es un nombre reciente. En aquellos tiempos, Perseverancia era limpia, cuidada y habitada generalmente por profesionales universitarios, maestros, periodistas, empleados...
Hoy da pena el aspecto ruinoso, de abandono e incuria de sus calles rotas y sus casas, muchas desvencijadas, las ventanas arrancadas. «¡Por ahí pasó Atila!», se decía cuando yo era pequeña ante parecidas imágenes. Veo todo esto cuando, alguna vez, visito a María Luisa Lafita, quien vive frente a la que fuera nuestra casa, destartalada e irreconocible ahora.
Ella fue compañera de ideales y esposa del ya fallecido Pedro Vizcaíno; ambos dedicaron su vida a la lucha revolucionaria, peleando en el Quinto Regimiento durante la Guerra Civil española. Conocieron, compartieron tareas y fueron camaradas de Tina Modotti, del Comandante Carlos (Vittorio Vidali) y demás cubanos que combatieron junto al pueblo español, tema de libros escritos y publicados por María Luisa.
En Perseverancia me casé; en 1935, viviendo allí, nació mi hijo, y, cuando cumplió su primer año, yo me graduaba de bachiller con tres años de retraso, pues los centros educacionales fueron clausurados por Machado. ¡Uy! Nada de esto tiene que ver con lo que me has preguntado…
En aquellos tiempos, nada de Centro Histórico; se decía la Habana Vieja, descuidada y venida a menos, pero siempre testigo de nuestra historia. Nos gustaba caminar por sus callejuelas y plazas, sin rumbo fijo, sin plan... Pero, eso sí, los sábados por la mañana, la caminata obligada era por Obispo, a las librerías La Moderna Poesía, La Económica, Martí y Selecta...
Hubo un tiempo en que yo permanecía estudiando, en la casa, y el periplo lo hacían padre e hijo, con un gran final a lo Salgari, en un bote llamado El Rayo (homónimo del esquife del Corsario Negro), que cruzaba la bahía y navegaba hasta Cojímar. Ida y vuelta. Con el encanto de ambos navegantes, que regresaban eufóricos con sus nuevos libros y casi sintiéndose lobos de mar.
Una costumbre que, durante muchos años, mantuvimos Raúl y yo fue caminar a lo largo del Malecón, bordeando el muro, en la semioscuridad de la noche, la luna rielando en el mar, la gente disfrutando del fresco, sentada en el muro, y algunos niños —pocos, dada la hora— que jugaban en compañía de sus padres.
A veces, nos acompañaban amigos. Quiero recordar a José Rubia Barcia, joven profesor de la Universidad de Granada, que llegó a Cuba tras la caída de la República española. Inteligente, culto, muy conocedor de la cultura árabe, fue un gran amigo. Con otros, fundó la Escuela Libre de La Habana, que inauguró métodos novedosos de enseñanza y aprendizaje.
Ese grupo de jóvenes talentosos, progresistas, nada tenía que ver con la rutina imperante entonces en la educación superior en Cuba. Rubia Barcia desempeñó un papel importante en la creación del Teatro Universitario. Como escenario, se usaba la entrada del edificio de la Escuela de Ciencias; el público sentado en la Plaza Cadenas (hoy Ignacio Agramonte). Allí vimos obras griegas, clásicos españoles... y escuchamos estupendos conciertos de piano, recitales de buenos cantantes...
Por esa época, y a lo largo de los años, la Universidad auspició los cursos de verano; algunos ofrecidos por profesores exiliados aquí, como don Gustavo Pittaluga, gran hematólogo, conocido internacionalmente, y la filósofa María Zambrano. Ambos dejaron en nuestro medio valiosos seguidores. Otras veces, se trataba de profesores que venían expresamente, como el psiquiatra Emilio Mira y López, exiliado en Brasil.
Por supuesto, los profesores cubanos participaban ampliamente y la Escuela de Verano recibía, además de alumnos cubanos, a estudiantes extranjeros. Los de la Universidad de Cornell, Nueva York, venían periódicamente, pero a la cátedra de Parasitología y Enfermedades Tropicales.

¿De qué época estamos hablando?

Estamos en 1940. Ya Raúl es profesor de la Universidad, de la cátedra de Historia de las Doctrinas Sociales, tras ganar oposiciones muy brillantes.
Había solicitado —y logró— que sus ejercicios en el Aula Magna fueran tomados taquigráficamente (entonces no había grabadoras). Ganadas las oposiciones, decidió publicarlas en el libro Mis oposiciones; le interesaba que tanto «la élite como el ágora» las conocieran y apreciaran: «aguardaba su veredicto con verdadera ansiedad».
Por primera vez, se publicó un libro de este tipo, en cuyas solapas aparecen opiniones de prestigiosos profesores —cubanos y extranjeros— a quienes Raúl había enviado copia de sus ejercicios de oposición. Entre ellos, don Fernando de los Ríos, Luis Recasens Siches, J. Rubia Barcia, José Gaos, Maurice Halperin, Wenceslao Roces y don Fernando Ortiz.

Ya que nos situamos en la Universidad..., ¿cuándo tomó la determinación de convertirse en médica? ¿Cómo asumió su esposo esa decisión de proseguir la tradición científica de la familia Kourí?

Desde pequeña, quería ser médica. Sin duda, mi padre tuvo mucho que ver, pues siempre nos hablaba de sus pacientes, de los casos graves, de las operaciones laboriosas y de la misión del médico en la sociedad.
Él amaba su profesión y la ejercía como un sacerdocio. Le habría encantado que todos los hijos fueran médicos. Y, en efecto, las cuatro mayores estudiamos medicina. Si bien Silvia no terminó, Fina, Beba (Marta) y yo seguimos los estudios con gran dedicación y vocación de ser útiles a nuestros semejantes.
Me orienté hacia la clínica, y no fue sino durante nuestro exilio en México, en 1953, que aproveché la ocasión para estudiar mi especialidad en el Instituto de Cardiología, que gozaba ya de gran prestigio internacional.
Siempre pensé que profundizar en cardiología enriquecería mi formación médica y que, a mi regreso a Cuba, seguiría siendo internista.
Mi preparación como clínica fue muy útil en la especialidad pues, como decíamos, el corazón no está «colgado del techo», sino en un organismo que es necesario conocer y valorar cuando se estudia a un paciente; además de las condiciones de otros órganos y aparatos del organismo —digestivo, respiratorio...— y las afecciones que pudieran coexistir con las del aparato cardiovascular.
En cuanto a mi marido, te diré que, en su momento, le pregunté si estaba de acuerdo con que estudiara medicina, hiciera internado, guardias de 24 horas, en fin... que dedicara gran parte de mi tiempo a trabajar en serio en mis deberes como estudiante.
Ya te imaginarás la respuesta... Siempre me estimuló y alentó en mis obligaciones profesionales y, como durante mucho tiempo vivimos en casa de mis padres, Raúl era medio médico ya. A veces, dada esa convivencia con émulos de Hipócrates, utilizaba términos médicos en sus escritos.

Al recordar a su esposo Raúl Roa, ¿qué cualidades personales referiría para caracterizarlo? ¿Cuáles le proporcionaron alegrías y felicidad? Si tuviera algo que reprocharle, ¿en qué se basarían tales reclamos?

Raúl Roa fue un hombre con «una filiación y una fe», como gustaba decir en palabras de José Carlos Mariátegui. Martiano desde jovencito. Muy cubano. Talentoso, culto, laborioso, estudioso, ordenado, responsable, serio en las cosas serias, decidor, brillante, mordaz, simpático, valiente, gente buena, de gran calidad, humano, honesto, modesto, revolucionario desde cuando, siendo estudiante de bachillerato, se percató de que «el corazón le latía a la izquierda del pecho», al escuchar un enfebrecido discurso de Julio Antonio Mella en el Patio de los Laureles de la Universidad de La Habana. Antidogmático por naturaleza y antisectario. Insistía en que la gente pensara con su cabeza, sin orejeras, libremente, pues «sin libertad de expresión la capacidad creadora se agosta, languidece y marchita».
Marxista desde muy joven, y profundo estudioso de Marx, Engels, Lenin y de la literatura correspondiente, perteneció a la llamada «generación del 30»: del 23, 27 y 30. Fue de los fundadores del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) en 1930 y, más tarde, del Ala Izquierda Estudiantil (AIE).
Se mantuvo fiel a los ideales de su juventud, sin claudicaciones ni quebrantos. Admirador de Fidel —por su talento, valentía, «capacidad de ver, prever y postver»— se sintió orgulloso y feliz de servir a esta Revolución de la «generación del Centenario» y del pueblo cubano.
Por cuanto dejo dicho, comprenderás que ser su compañera fue para mí gran suerte. Compartí sus ideales. Le acompañé y me sentí orgullosa de su conducta y su talento. ¿Qué podría reprocharle?

 Y a su lado, ¿se sintió usted realizada profesionalmente?

En mi trabajo profesional me sentí siempre útil y realizada. Dediqué todo el tiempo necesario, sin límite de horario, a la atención de mis pacientes, observándoles y oyéndoles su historia clínica, que trataba de hacer minuciosa y completa para, después, practicar el examen físico, hacer las indicaciones oportunas y solicitar los exámenes complementarios que me permitirían confirmar el diagnóstico e imponer el tratamiento adecuado.
También disfruté la docencia, gusto que tal vez inicié en mis tiempos de estudiante, cuando era costumbre que los alumnos internos de quinto año ayudaran a los novatos de cuarto en el modo de hacer las historias clínicas y de discutir y presentar los casos.
Enseñando se aprende. Más de una vez la pregunta u opinión de alguno de los jóvenes que se formaban en la Institución donde yo trabajaba, me hizo pensar en cosas que a lo mejor ni tenían que ver con las expuestas ni con lo que yo misma tenía en mente en ese momento. ¡Ventajas del trabajo en equipo!
Como cardióloga, les decía a mis alumnos que no esperaran que les enseñara toda la especialidad, las subespecialidades con las que hoy contamos.
Pretendía darles el «instrumento», el método de la investigación clínica, del análisis y de la interpretación de los síntomas, signos y síndromes hallados, junto con la información que nos proporcionan las investigaciones solicitadas.
Creo que la labor de investigación, aunque no sea la pura investigación científica en centros especializados, se realiza en todo estudio de los pacientes: desde sus antecedentes patológicos, familiares y personales; las condiciones de aparición de la enfermedad; los hallazgos del examen físico y de las investigaciones que complementan el estudio del caso; las características de las enfermedades, estudiadas a lo largo de un lapso; los estudios epidemiológicos...

¿Cuáles fueron las motivaciones que la decidieron a escribir el cuaderno Enrique Cabrera, una vida ejemplar, impreso en 1964?

Justo el 9 de enero de 1964 falleció el doctor Enrique Cabrera. Escribí ese trabajo al ser designada para hablar en el salón de actos del hospital (conocido como Hospital Nacional) donde él laboraba y que hoy lleva su nombre. Fue publicado también por el periodista Luis Gómez Wangüemert en la revista Paz y Soberanía, ya que Cabrera había sido miembro del Movimiento por la Paz y la Soberanía de los Pueblos, en México.
Conocía a Cabrera en 1951, cuando ofreció en La Habana su primer curso de Electrocardiografía. Volvió a Cuba muchas veces a ofrecer cursos hasta su traslado definitivo a nuestra patria en 1962.
La amistad se anudó, en los años de nuestro exilio en México, al calor de su hogar y su familia, en el ambiente inolvidable de su casa de Valladolid, donde a menudo nos reuníamos en gratas veladas en las que, a veces, le oíamos interpretar al piano a Bach, Mozart, Beethoven, Chopin, Vivaldi….
No voy a referir ahora todo el proceso que se desató en México alrededor de un viaje suyo a La Habana. Baste decir que culminó con la separación del Dr. Cabrera del Instituto de Cardiología.
Al conocerse tal decisión, numerosas instituciones científicas de Estados Unidos, Checoslovaquia, Brasil y Cuba invitaron a Cabrera de inmediato, aceptando éste enseguida la nuestra.
Arriba a La Habana en plena efervescencia, ante la esperada agresión, poco antes de la Crisis de Octubre. Cabrera y yo pasamos esos momentos «acuartelados» en el Hospital William Soler, de Altahabana, con los colegas de dicho centro y, a ratos, con los del vecino Hospital Nacional, que «se daban un salto» para conversar y discutir la situación, pero también temas culturales, médicos, de cine…
En los días siguientes, el Dr. Cabrera se hizo cargo de los departamentos de Cardiología de ambos hospitales de Altahabana, pediátrico uno, y de adultos, el otro.
Desde que la Revolución Cubana descendió de la Sierra Maestra, Cabrera figuró entre sus más probados, tenaces y consecuentes amigos. Colaborador de la revista Política, defendió en ella el derecho de Cuba a elegir el socialismo como vía de desarrollo nacional.
Fue además un profundo crítico de arte. Sus ensayos sobre pintura —entre los cuales sobresale el dedicado al muralismo mexicano—revelan su dominio del tema y la riqueza de su espíritu.

Usted también tuvo la oportunidad de relacionarse con muchas personalidades del arte. Incluso, fue llevada al lienzo —al igual que su esposo— por reconocidos pintores... ¿Con qué artistas mantuvieron vínculos de amistad?

Juan David, genial caricaturista, y Graziella, su encantadora esposa y compañera, fueron mis primeros amigos artistas. Lo eran ya de mi marido, quien me introdujo en este «clan» interesante y simpático. Por mediación de ellos, conocí a Juan J. Sicre —y a su esposa—, quien era muy respetado y al que, pienso, mucho le debe nuestro movimiento escultórico.
En el taller de este último estudiaban Julito Girona e Ilse, los que más tarde se casaron y tuvieron dos hijas. No obstante haber nacido en el extranjero, donde aún viven, ellas se sienten muy cubanas y vienen con frecuencia. Así, visitaron varias veces a Julito en La Habana, donde vivió sus últimos años, feliz con la Cuba de hoy.
Casi hasta su muerte, él siguió animando a jóvenes pintores y mantuvo estrecho contacto con el Centro Pablo, que fundó y dirige Víctor Casaus.
Julito venía con relativa frecuencia y pasábamos ratos maravillosos escuchándole sus cuentos de la guerra mundial; sus «aventuras» insólitas como policía militar del ejército norteamericano en París; sus experiencias de la vida cotidiana en Nueva York, cuando estudiaba arte... ¡Qué gracia la suya para hacer sus cuentos fabulosos! Luego los publicaría junto a poemarios y otras prosas.
De su época de escultor, conservamos un busto magnífico que hizo a Raúl cuando tenía 22 ó 23 años. Preside nuestra biblioteca y, aunque tal vez un día lo donemos al Museo, ¡ese día no ha llegado todavía!
Conocí a René Portocarrero, buen conversador cuando quería; decía siempre que «pintaba a las Kourí». Le visité, por última vez, valiéndome de mi condición de médica, cuando estaba ingresado en el Hospital Hermanos Amejeiras por una grave quemadura. Nos vimos a través de una vidriera y hablamos por un telefonito especial. Estaba optimista. ¡Qué pena perderlo!
Mariano, Jorge Rigol, Carreño y Víctor Manuel fueron otros de los grandes que conocí (y me perdí el retrato que los dos últimos quisieron hacerme). Milián venía a casa con Portocarrero... si no iba nadie más. Sandu Darié y su esposa Lily se convirtieron en nuestros amigos desde que llegaron de la Europa en guerra.
Con cierta frecuencia hacíamos «tenidas» en casa de los David, donde se hablaba, se discutía, se cantaba y se cenaba. A veces hasta se bailaba. Los «fijos» entonces éramos «Porto», los Sicre, Carreño y la familia de Juan David: su hermano Eduardo, con su esposa Luz; su hermana Lila y el marido, y la madre de ellos, Trinidad, asturiana de estirpe, y Raúl y yo.
A Eduardo —Loló, como le decían en su casa y muchos amigos— se debe la publicación de un libro que Juan David dejó inconcluso y que aquél terminó: Juan David abrazado a sí mismo, que el autor llamaba en broma «su novela».
Andando el tiempo, «el grupo» incorporó a mi hermana Beba y su esposo, Gustavo Torroella; a Salvador Bueno y su mujer, mi tocaya; a Sara Hernández Catá y Wangüemert... Ocasionalmente, acudían Carlos Rafael y Toni Henríquez, don Fernando y María, y Edith García Buchaca.
Rigol prefería el poco bullicio: era un gran conversador, culto y con cierta mordacidad que sabía emplear con mucha gracia. Le visité a menudo, disfrutando agradables jornadas en compañía de su hermana Teté. Tras publicar sus excelentes Apuntes sobre el grabado y la pintura en Cuba, decidió no escribir —como había planificado— la segunda parte. Nos perdimos, sin duda, una visión penetrante sobre el arte cubano.
Fueron amigos nuestros Luis Martínez Pedro y Gertrudis; siempre me gustaron sus dibujos, así como los óleos de Carlos Enríquez, a quien traté poco, a pesar de que Raúl era viejo amigo suyo.
Servando Cabrera Moreno fue uno de mis amigos más cercanos, pues nos conocíamos de pequeños. Durante años nos perdimos de vista, y fue ya siendo adultos el reencuentro. Sus guajiros y milicianos, perfiles de mujeres florecidas y dos óleos —del Che y de Guiteras— que hizo para Raúl, figuran entre mis preferidos.
Jorge Arche cultivó también nuestra amistad. Conservo un magnífico óleo que hizo a Raúl y otro, no menos bueno, a mi hermana Silvia. Estimados por ambos fueron Armando Maribona, María Luisa Valentino y Palko Lukacs, quienes me hicieron retratos en épocas distintas de mi vida. Eduardo Abela, creador de su «Bobo» y de magnífica pintura, fue también gran amigo.
Puedo decir lo mismo sobre Harry Tanner, más joven que los demás del «grupo», al que espero seguir viendo cada vez que nos visite. De él es el último retrato de Raúl, un óleo magnífico, impresionante, por el parecido y la calidad de la factura.
Unas palabras sobre Marta Arjona, destacada ceramista, gran amiga desde que regresó a la patria, concluida su estancia como becaria en París.
Ella me presentó a Amelia Peláez, relevante personalidad de nuestro arte, modesta, cordial, acogedora y culta. Marta me acompañó la primera vez que visitamos la amplia y bonita casa de Amelia en La Víbora, donde también conocí a sus dos hermanas. Estaban emparentadas con Julián del Casal, pero no recuerdo en qué grado...
¡Y qué decir del gran amigo que fue Enrique Moret, «el gallego Moret» no obstante ser valenciano! Entró en la «familia» cuando casó con Delia Echeverría, amiga fraterna, como su hermana Estrella y Aureliano, y sus padres, los «viejos» Luz y Perico...

¿Mantuvieron ustedes vínculos personales con el padre Gaztelu?

El padre Gaztelu, como siempre le llamamos aun después de ser monseñor, fue buen amigo nuestro, y le tuvimos gran estimación y cariño. En México, en el año 2003, nos sorprendió la noticia de su fallecimiento. Recuerdo nuestra tristeza y la gran pena de mi hermana Silvia, quien cuando iba a Miami le visitaba y pasaba buenos ratos en amena plática con él.
A veces, Raúl y yo íbamos a saludarle a la iglesia del Espíritu Santo, esa vieja parroquia habanera del siglo XVII que el padre Gaztelu fue capaz de restaurar y embellecer, respetando su estilo colonial, con la colaboración de artistas tan valiosos como Portocarrero y Mariano y el escultor Lozano, los que anteriormente lo habían hecho en la iglesia de Bauta.
No puedo olvidar la gran ayuda que en momentos muy difíciles hallamos siempre en el padre Gaztelu; como cuando, nada menos que en la huelga de abril (1958), jóvenes revolucionarios hallaron asilo —y cuidados— en su iglesia. Con él estaban Sarita de Llano y Lula Horstman, y por ellas conocí de estos hechos.
Entre mis papeles, cartas y documentos, conservo unos versos suyos que escribió para felicitarnos por las Navidades. También lo recuerdo con gratitud la noche en que mi padre estaba tendido. Nos acompañó, rezó y consoló a mi madre.
Mamá, mi hermana Marta (Beba) y yo íbamos a visitarle de vez en cuando; pasábamos muy gratos momentos, pues el padre era un excelente conversador y, contento de vernos, nos recibía como el gran señor que era. Se animó mucho al llegar Beba y yo a acompañarle al Hospital Calixto García, donde estuvo ingresado unos días.
Hablo de Gaztelu como amigo, sacerdote, siempre a nuestro lado en horas difíciles. Fue fino poeta, intelectual destacado, autor de versos y estudios sobre la pintura religiosa en Cuba, tema que abordó en trabajos muy serios.
 ¿Cuándo salió por primera vez de Cuba y por qué motivos?

La primera vez que viajé al extranjero fue a Nueva York. La feroz represión que ahogó en sangre a la huelga de marzo de 1935, obligó al exilio a muchos revolucionarios que combatían el triunvirato Mendieta-Batista-Caffery, este último procónsul yanqui en Cuba.
Raúl y yo proyectábamos contraer matrimonio en breve. Aunque creíamos en el «amor libre», por consideración a nuestras respectivas familias y a los prejuicios sociales de la época, decidimos casarnos con todas las de la ley. Al tener que salir él del país, pensó que podríamos hacerlo por poder y reunirnos en Manhattan. En fin, nos casamos así, y yo fui a reunirme con mi esposo en Estados Unidos.
Llegué a Nueva York en junio de 1935. En el muelle me esperaban Pablo de la Torriente Brau y Raúl, que vivía en casa de su primo hermano Juan P. Bosch y su familia. Allí fui acogida con gran simpatía y finas atenciones.
Pasábamos la mayor parte del tiempo con los demás compañeros de exilio, bien en casa de Teté y Pablo, ora en grandes caminatas por Riverside Drive, Broadway, Times Square... Con Raúl visité frecuentemente la parte antigua de la ciudad, recorriendo lugares históricos en pos de la huella de José Martí, como Trinity Church y el parquecito aledaño, donde se sentaba el Apóstol.
Esa gran ciudad, con sus rascacielos, su subway y sus multitudes heterogéneas, que parecía que iban a arrollarlo a uno, era muy diferente de La Habana y todos se sorprendían de que yo no lo estuviera. Cuando me lo decían, respondía que ya había visto todo eso…¡en las películas!
De vez en cuando íbamos al cine, a museos, exposiciones de arte... pero nuestra principal actividad eran las reuniones en las que se hablaba y discutía la situación de Cuba y cómo habían quedado el país, las organizaciones revolucionarias y los amigos después del tremendo descalabro que significaron el fracaso de la huelga y el terror desatado por el gobierno.
Los compañeros se esforzaban por dar a conocer la realidad cubana a la opinión pública norteamericana, tratando de contrarrestar la información prevaleciente en la gran prensa, que tildaba de bandidos y enemigos públicos a los revolucionarios y a los presos del Morrillo, después del asesinato de Tony Guiteras y Carlos Aponte.
Se denunciaban la persecución, las torturas y los crímenes que ocurrían en nuestro país, para lograr que intelectuales y escritores estadounidenses, así como organizaciones llamadas «liberales» o progresistas, escribieran contra la dictadura y enviaran mensajes al gobierno exigiendo el cese de tales atrocidades. Carleton Beals y Waldo Frank figuraron entre éstos.
Como nuestra preocupación constante era Cuba, sentíamos la necesidad de reunirnos para rumiar nuestras saudades, analizar las circunstancias objetivas y acordar acciones: propaganda revolucionaria, conferencias, mítines, movilizaciones, con vistas a reunir a los cubanos emigrados que sentían por su país y por la lucha.
A los pocos meses, se fundó la Organización Revolucionaria Cubana Antiimperialista (ORCA) y su periódico, Frente Único, así como el Club José Martí, por iniciativa, en primer término, de Pablo. Allí se daban conferencias y se hacían fiestas para recaudar fondos y enviar algún dinero a los presos en Cuba.
Leíamos mucho, por supuesto. Entre otros: La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera; Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos; Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza... Se hacían críticas de filmes, de artistas y músicos. Nos interesaba cuanto acontecía en el mundo, pero siempre volvíamos a la patria.
Conseguir trabajo no era fácil, y, cuando aparecía alguno, era duro y mal pagado, pero se aceptaba en tanto surgiera otro mejor. Hasta que, al fin, algunos compañeros —mujeres y hombres— obtuvimos empleo en una pequeña fábrica: Novelties for Ladies Hats.
Era la primera vez que realizábamos labores tan ajenas a nuestras ocupaciones habituales y, como es obvio, nuestra poca habilidad determinaba que los resultados fueran pobres, no obstante que lleváramos trabajo para hacer en casa. Mi salario semanal casi no cubría los gastos de pasaje, lunch y ropa. Por la docena de novelties recibía 10 ó 12 centavos, o sea, 10 ó 12 dólares a la semana.
Un día, no regresé a la fábrica. Empero, fue una experiencia única: ser obrera y convivir con gentes que debían forzosamente ganarse la vida en una pequeña «factoría», donde se pagaba a destajo: tanto hiciste, tanto ganaste. Esta experiencia —realmente inesperada— fue para mí una gran enseñanza: me permitió conocer en carne propia la vida difícil y rutinaria de los obreros en aquellas fábricas y la necesidad impostergable de batallar por un mundo mejor, más justo y solidario, como hacían mi esposo y sus compañeros.

En las cartas de Pablo de la Torriente Brau a su esposo, hay muchas referencias cariñosas a la «vieja» Ada, la «gorda»...

Traté a Pablo —y a su esposa Teté— con mucha frecuencia a su regreso del exilio en Nueva York, pocos días después de la caída del machadato. Raúl y él, compañeros de lucha, de ideales, de «tánganas» y de prisiones, estaban siempre juntos en las grandes asambleas en el anfiteatro del Hospital Calixto García, donde tenía lugar la depuración de profesores que se prestaron a fungir como inquisidores, persiguiendo y expulsando de la Universidad a los estudiantes opuestos a la prórroga de poderes: los expulsados de 1927 e igualmente a los que reiniciaron la lucha en 1930. Yo, alumna entonces del Instituto, no me perdía una.
Pablo reportaba esas «movidas» asambleas en el periódico Ahora, que reflejaba la cambiante realidad del país. Muy inteligente, simpático y ocurrente, con frecuencia iba a nuestra casa. Era gran amigo de papá, quien —a su vez— lo había sido del padre suyo, don Félix de la Torriente, maestro conocido y respetado en Santiago de Cuba. Pienso que esta relación contribuyó a la simpatía y el afecto de Pablo por los míos. Lo de «gorda» salió del mote que me pusieron mis hermanos, de pequeños, más menuditos que yo.
A mi padre le llamaba «Don Pepe» —por José de la Luz y Caballero— ya que tenía gran preocupación por los problemas de la enseñanza y preconizaba armonizar el estudio con el trabajo. Le hizo una entrevista y le publicó un artículo: «La educación, esencia de una nueva escuela médica», que escribió mi padre a instancias de Pablo. Ambos vieron la luz en Ahora.
Lo de «vieja» Ada, «vieja» Teté y «vieja» Gladys, esta última casada con Alberto Saumell, surgió no sé por qué, pues todas éramos muy jóvenes.

De modo que estuvieron en el exilio en dos ocasiones: primero, en Estados Unidos, y luego, en México... Cuénteme sobre las circunstancias que provocaron esa segunda salida de Cuba.

Habíamos visitado México «lindo y querido» en varias ocasiones: para participar en congresos; otras, invitados por universidades, antes de llegar en calidad de asilados políticos el 12 de diciembre de 1953, día de la virgen de Guadalupe.
Poco antes, el 27 de noviembre, había aparecido en La Habana el cadáver de Mario Fortuny, gran amigo y compañero de luchas y prisiones de Raúl desde los años 30. Estuvimos en el velorio y en el entierro, y nos percatamos de la vigilancia desatada.
Se decidió que Raúl se asilara y saliera un tiempo del país. Fuimos a la embajada de Uruguay, cuyo representante, el contralmirante Rivera Travieso y su esposa, con quienes manteníamos relaciones amistosas desde su llegada a Cuba, nos acogieron con gran afecto y alegría por vernos «a salvo». Tras algunas dificultades que puso el gobierno y que el embajador deshizo, pudimos salir hacia México, acompañados al aeropuerto por el propio contralmirante.
Al fin estábamos en México, en esa época «la región más transparente del aire», con sus volcanes de nevadas cúspides, visibles desde cualquier parte de la ciudad, y tan impresionantes siempre.
Esa misma noche, nos visitaría Enrique Cabrera en el hotel. Poco después conoceríamos a Josefina y los hijos, con los que anudamos desde entonces una amistad mantenida a lo largo de los años.
Mi estancia en ese hermoso y querido país dejó, por supuesto, su impronta. Me interesaron sus problemas, la gran masa indígena que algún día tiene que recibir la atención y el respeto que merece; la posición valiente y patriótica de Lázaro Cárdenas, cuando nacionalizó el petróleo y, mucho después, cuando se solidarizó con la Revolución Cubana.

¿Fue en esta época cuando conoció a Ernesto Guevara?

Adquirí magnífica preparación en el Instituto de Cardiología de México, dado el programa de estudio y trabajo, la calidad de los profesores, de los jefes de Servicios y de los Laboratorios donde realizábamos las prácticas.
Entré como «ayudante voluntaria»; el horario, de 8 a.m. a 8 p.m., de lunes a viernes, y los sábados hasta las 12 m.
Además del personal mexicano, el Instituto tenía becados provenientes de países latinoamericanos: brasileños, venezolanos, colombianos, chilenos, argentinos, peruanos; dos cubanos, un dominicano y un haitiano. También algunos canadienses, algún norteamericano, italianos, franceses, españoles, una doctora polaca y no recuerdo si un yugoslavo.
Un día, al llegar en la mañana, coincidí en el ascensor con un joven argentino. Ambos íbamos al tercer piso, donde trabajábamos. Él, en el Departamento de Inmunología y Alergia; yo, en el de Hemodinámica. Me preguntó si era la esposa de Raúl Roa, a quien conocía por sus escritos, o tal vez por amigos comunes. Averigüé que había llegado de Guatemala hacía poco, tras el derrocamiento de Arbenz por la CIA. Le vi en otra ocasión y conocí a su esposa y a su hijita recién nacida. De regreso a Cuba volví a saber de él. Era ya entonces nuestro inolvidable Che.
Recibimos muchas atenciones y gentilezas durante nuestro exilio en México: de Benito Coquet, quien había sido embajador mexicano en Cuba, y de Julia, su bonita y simpática esposa, jarocha, por más señas. Nos ayudaron, acompañaron y, en su casa, pasamos horas memorables, incluso con Rómulo Gallegos, que nos leyó los primeros capítulos de su novela mexicana, La brasa en el pico del cuervo.
Viajamos por el país y estuvimos en lugares que son joyas arquitectónicas del Virreinato; apreciamos las pinturas de sus muralistas —las de Orozco, en Guadalajara; la «capilla sixtina», de Diego, en Chapingo; los de la Escuela Nacional Preparatoria, y el de la casa de Cortés, en Cuernavaca. Visitamos el gran Museo de Antropología en el D.F. y el de Jalapa, Veracruz; la casa de Frida Kahlo en Coyoacán, y los museos de Diego y Frida en Xochimilco.
En 1954 nos invitaron a la Universidad de Nuevo León, Monterrey, a la Semana martiana. Participamos en el acto de homenaje al Apóstol, ante el obelisco erigido con ocasión del centenario de su nacimiento, un año antes. La inscripción rezaba: «A José Martí, Apóstol de la independencia de Cuba. El pueblo de Monterrey». Levantado a propuesta del profesor Francisco Mier Zertuche —ya fallecido—, quien estuvo al tanto de su terminación. Fue sufragado por el pueblo regiomontano, la Universidad de Nuevo León, las logias masónicas y el gobierno estadual.
De veras, México aportó mucho a mi espíritu, a mi formación profesional, a mi conocimiento de la vida y del mundo. Hicimos amistades entrañables y vivimos años irrepetibles.

Una última pregunta: ¿conoció a Emilio Roig de Leuchsenring y a su esposa, María Benítez? ¿Cómo valora lo que hoy se lleva a cabo en el Centro Histórico?

No conocí personalmente a Emilio Roig de Leuchsenring, pero casi me lo parece. No sólo porque era una persona de gran prestigio intelectual, sino porque Raúl y Pablo lo mencionaban mucho, le tenían gran estimación y afecto y no olvidaban las veces que, gracias a Emilito, recibían revistas y dulces en el mal llamado «Presidio Modelo». Puedo imaginar lo que habrá significado para esos estudiantes presos recibir revistas que los ponían en contacto con el mundo exterior, con lo que pasaba en literatura, cine, ciencias, en la vida de cada día...
Emilio Roig de Leuchsenring fue un gran trabajador: investigó y hurgó en nuestra historia patria. La Oficina del Historiador de la Ciudad, que él fundó, sigue en perenne funcionamiento, bajo la dirección del actual Historiador y la colaboración del valioso grupo que con él labora y comparte entusiasmo y esfuerzo.
Fue Eusebio Leal quien me presentó a la viuda de Roig. Me resultó grato conocer a la que fuera compañera en la vida de un hombre tan conocedor de nuestra historia, tan veraz y valiente.
Hablar del Centro Histórico, amiga María, me retrotrae a los primeros tiempos del triunfo de la Revolución. Raúl era ministro de Relaciones Exteriores; yo trabajaba en «mi» hospital. Un día, me dice Raúl: ven a conocer a un joven talentoso, que tiene grandes planes para la Habana Vieja y que ha hecho ya algunas cosas interesantes. Fuimos al que ahora es Museo de la Ciudad y allí estaba Eusebio Leal Spengler, esperándonos. Mientras ellos conversaban, me di unas vueltas por la edificación, poco tiempo después, restaurada y convertida en el Museo de la Ciudad, lugar que no se cansa uno de visitar.
¿Qué quieres que te diga del milagro de la Habana Vieja? ¿De ese barrio que atesora la historia misma de la fundación y desarrollo de nuestra bella ciudad?
Como habanera, orgullosa de serlo, no puedo menos que regocijarme y agradecer al Gobierno revolucionario, y a un visionario que, con colaboradores entusiastas y capaces, han convertido aquella ruinosa Habana Vieja en la maravilla que hoy se muestra: restauradas sus añosas calles, casas, monumentos, palacios de lejanos tiempos, recoletas plazas, encantados lugares para recorrer y para que la gente se cultive; varios museos, las casas de los Árabes, de México, de África, de Guayasamín, en las que se escuchan conferencistas, conciertos, se admiran exposiciones de pintura, de artesanía, obras de arte de tantos países amigos.
Qué bien si este «milagro» se imitara y extendiera a otros sectores de nuestra capital, venidos a menos por causas de todos conocidas, aunque evitables algunas: Centro Habana, el Cerro, Jesús del Monte (hoy 10 de Octubre), la Víbora..., por mencionar algunas barriadas, testimonio de nuestro pasado histórico y cultural que no deben perderse.
Toda la Habana Vieja es encantadora: sus calles, la Plaza de Armas, el Templete, la iglesia del Ángel y la Bodeguita del Medio, adonde íbamos alguna vez, sobre todo con amigos «fuereños», que se enamoraban del lugar, del ambiente bohemio, de la comida criolla y del trío de Carlos Puebla.
La Habana Vieja es también la «casa» de Carpentier, tan bien atendida por su viuda Lilia Esteban, quien la mantiene en constante actividad cultural. Me gusta asomarme a la Plaza Vieja, a La Casona... He caminado muchas veces por la Loma del Ángel y visitado su iglesia. Todo ello tiene la nostalgia de tiempos que fueron.
La callecita de Peña Pobre me trae especial remembranza, pues, años ha, visitábamos a los amigos Pogolotti —Marcelo y Sonia— llegados de Francia, con su pequeñita Graziella.
La Plaza de la Catedral, tan bella y armoniosa, me recuerda el verso de Federico: . Hace muchos años disfrutamos allí espectáculos inolvidables, como el Ballet de Alicia Alonso, orgullo nacional, y el fabuloso recital de Marian Anderson, la gran cantante afroamericana.
Estaba llena la plaza: el bullicio se apagó apenas apareció la artista; su voz maravillosa colmó el ambiente. Al terminar, tras la gran ovación, alguien gritó: «¡El Ave María!» Y fue conmovedor escucharle la magistral pieza de Gounod.
María Grant
Editora Ejecutiva de Opus Habana
Tomado de Opus Habana, Vol. VIII, No. 3, 2004, pp.16-27.