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 Desde este jueves 15 de enero, en el Jardín Madre Teresa de Calcula de San Francisco de Asís, descansan las cenizas de la profesora universitaria y reconocida ensayista Nara Araujo. Fallecida en la madrugada del día 14, el velatorio tuvo lugar en el Aula Magna de la Universidad de San Gerónimo de La Habana.
Creo que mi labor sistemática ha sido la enseñanza universitaria y la investigación, labores que he desempeñado tanto en Cuba como en otros países.

 
 Nara Araújo Carruana (Ciudad de La Habana, 1945), Palmas Académicas de Francia (1993), Premio de Antologías de la Universidad Autónoma Metropolitana, México (2001) y Premio al Mayor Aporte a la Educación Superior de la Universidad de La Habana (2004), ambos con la antología Textos de Teorías y Críticas Literarias (del formalismo a los estudios poscoloniales).
¿Cómo fueron sus años de infancia y adolescencia? ¿Tuvo siempre definida su vocación por el mundo de las letras o de pequeña se sintió inclinada hacia otras manifestaciones de la cultura? ¿Cómo la marcó haber sido bautizada con el nombre de Nara, una milenaria ciudad japonesa?

Nací en La Habana en el año de la victoria contra el fascismo pero soy habanera tanto por origen como por vocación. Vine al mundo en un hogar de profesionales: de un padre, médico, y de una madre, maestra. De ellos, y de mi abuelo materno, al único que conocí y que afortunadamente vivía con nosotros, recibí como ejemplos la dedicación al trabajo y el compromiso social. Algunos fragmentos de mi escritura infantil, con balbuceos ingenuos, han sobrevivido a los avatares de mis desplazamientos. De pequeña disfrutaba todos los cuentos de hadas de El tesoro de la juventud y los relatos de La Edad de Oro; lloré en demasía con Corazón y con Mujercitas. En aquellos tiempos en Cuba se denominaba «manejadora» al equivalente de la «nana» de otros países. La nuestra se llamaba Blanca, era oriunda de Camajuaní, y antes de dormirme, me hacía cuentos de ambiente rural, pero también me cantaba la historia de aquel chino que cayó en un pozo, la de la pájara pinta posada en su verde limón, y la de la viudita que quería casarse sin encontrar con quién. En el colegio ganaba concursos de lectura en inglés y hablaba en los actos de fin de curso. En mi adolescencia me hice socia de la biblioteca del Lyceum, de donde sacaba columnas de libros que con fruición devoraba. Leí La montaña mágica y Un amor de Swann a edad temprana.
Mi madre, que tocaba el piano y componía tonadas emotivas, nos inclinó desde pequeñas, a mi hermana mayor y a mí, hacia las artes. Recibí clases de ballet en Pro Arte Musical y luego de piano en el Conservatorio Peyrellade, en la calle Reina; y de guitarra, de artes manuales, de pintura y de tap en ámbitos públicos y privados. Me dediqué durante algún tiempo al ballet clásico de manera profesional, por mímesis, por inercia y por placer. Pero paralelamente terminé estudios secundarios y superiores en cursos nocturnos, de manera que cuando decidí colgar las puntas, para siempre, pude iniciar una labor académica.
Mi nombre es en efecto el de una ciudad del Japón que fue su capital en tiempos antiguos. Incluso un aeropuerto en ese país lleva el nombre de Narita, que es la manera con que en mi familia solían chiquearme. Pero todo esto lo supe después, pues en realidad mi padre solía contarnos cuando niñas que nuestros nombres los había encontrado en el diccionario de Lexicografía Antillana de Alfredo Zayas y Alfonso, pues quería evitar los más trillados. Mi padre era un ateo confeso, y mi madre, una creyente a su manera y ecléctica, como una buena parte de la población cubana. Mi nombre significa «comarca lejana» pero tengo un segundo nombre antillano, Neyva, que es por cierto el de un poblado en Colombia, y en la partida bautismal, un tercero, Isabel; de cómo surgió este último quizás hable algún día, no tanto por egotismo como porque surgió en una situación algo inusual.

Somos dos antiguas condiscípulas de la Universidad de La Habana que se encuentran en los roles de entrevistada-entrevistadora; por eso me gustaría saber si en su determinación de dedicarse –fundamentalmente– a la docencia universitaria, influyeron algunas de aquellas prestigiosas mujeres que integraron el claustro de profesores de la Escuela de Artes y Letras donde ambas nos licenciamos.

Lamentablemente nunca fui alumna de Camila Henríquez Ureña, pero alcancé a estar en las aulas de Graziella Pogolotti y Vicentina Antuña, Rosario Novoa, y José Antonio Portuondo, Beatriz Maggi y Roberto Fernández Retamar. Siento que asistí a una circunstancia excepcional. Ellos se forjaron en tiempos otros y el azar concurrente los convocó.
Pero considero que mi inclinación hacia la enseñanza viene del ámbito familiar: mi madre era una maestra de vocación acendrada, que realizó estudios de Pedagogía, ya con dos hijas y con múltiples responsabilidades laborales y familiares. Su dedicación al aula fue siempre ejemplar. Como médico, mi padre trasmitía sus conocimientos en el hospital a los residentes, y, ya en su madurez, dedicó una buena parte de su energía a cursos en la Facultad de Medicina, elaborando programas iconoclastas, participando de la vida universitaria. Aún hoy encuentro personas que fueron sus alumnos y que recuerdan la precisión en mi madre y la elocuencia en mi padre. Desde pequeña el ejercicio docente fue para mí una labor altamente digna y dignificante. Hoy, debo confesarlo, resulta también una manera de nutrirme de la energía de mis estudiantes. Enseñar obliga a leer y a descubrir continuamente, no permite el descanso ni la pereza intelectual, pues quien no se actualiza y quien no investiga y publica sus ideas, perece. Seguirá quizás en el aula pero sentirá, en la ausencia de reacción de su alumnado, que si no los motiva, si no los conmueve, si no les trasmite aliento..., es porque no les dice nada nuevo. Enseñar es someterse a un reto permanente, es una renovación incesante. Y una manera de mantenerse joven, lo cual resulta más sencillo que cualquier pacto fáustico.

Teniendo en cuenta que fue, tal vez, el primer sitio donde desarrolló una labor sistemática, ahora a la distancia de tantos años, ¿cómo recuerda su paso como directora de Extensión Universitaria y de la revista Universidad de La Habana (1974-1978)?

Creo que mi labor sistemática ha sido la enseñanza universitaria y la investigación, labores que he desempeñado tanto en Cuba como en otros países. Durante un período me concentré en la promoción y divulgación de la cultura, tanto desde Extensión Universitaria, como desde la revista Universidad de La Habana. Fue una etapa intensa en la que prosperaron nuevos proyectos y se revitalizaron otros que andaban a la deriva. Pude contar con el apoyo de un buen colectivo de trabajo, y el Concurso 13 de Marzo, la Galería L, los Festivales de aficionados, entre otros espacios y sucesos de la vida cultural universitaria y extramuros, crecieron gracias al entusiasmo de ese colectivo. Logré que el experimentado Ambrosio Fornet fuera el editor de Universidad de La Habana, y gracias a su labor, se sistematizó la salida de la publicación. Intentamos que la revista resultara expresión de la vida universitaria en su conjunto, tuvimos un magnífico consejo asesor con representantes de todas las Facultades y el diseño coadyuvó a la calidad del trabajo editorial.

Recientemente la Dra. Graziella Pogolotti ha sido merecedora del Premio Nacional de Literatura 2005. ¿Qué consideraciones le merece tal otorgamiento en el caso de una ensayista –y no de un poeta o narrador, como había sido usual en los años más recientes– teniendo en cuenta que, además, la Dra. Pogolotti fue su profesora en la Escuela de Artes y Letras?

Graziella ha sido uno de mis paradigmas. Entró en mi vida en los años 60 cuando fue mi profesora de Civilización francesa en la Universidad. Conservo la foto en que ella y Alicia Alonso asisten a una ceremonia de mi vida personal, en un momento en que yo ya estaba colocada frente a una alternativa. Atesoro notas de clase de sus cursos sobre Marcel Proust y sobre el teatro clásico francés. El pensamiento de Graziella, de claridad meridiana, brilla en foros donde a veces se imponen el caos y la autosuficiencia. Todo lo que implique un reconocimiento a sus méritos me entusiasma. Sobre el Premio quisiera precisar un dato. Cuando se concediera tal distinción al Dr. José Antonio Portuondo, junto al narrador José Soler Puig, si mal no recuerdo, en 1968, se hacía para reconocer su obra como ensayista. Sin embargo, la tendencia de los últimos tiempos era en efecto la de otorgar el Premio a narradores, poetas o dramaturgos, lo que se ha dado en llamar la literatura «creativa». La ensayística de Graziella es un ejemplo de ensayo literario. El amplio diapasón de su pensamiento, sus juicios de valor sobre materias afines pero distintas, como la literatura y las artes visuales, la elegancia y transparencia estilística de su prosa, son modelos a imitar. La escritura memorialista de Graziella combina la mirada inteligente con la tersura y mesura de una palabra diáfana que recupera sus fragmentos de vida. Parafraseando a Buffon, el estilo es la mujer.

 En su obra ensayística es muy recurrente el tema femenino. Es conocida también por su participación en coloquios y foros convocados para el análisis de género. ¿Cuáles han sido las motivaciones que la han llevado a consagrarse y ser reconocida como una de las especialistas cubanas de esta temática no siempre adecuadamente abordada desde una visión académica? ¿Su dedicación a estos asuntos respondió a una elección propia o surgió ante alguna circunstancia coyuntural?

En 1984 apareció publicada por Casa de las Américas una compilación mía con el título de Viajeras al Caribe. Fue gracias a la gestión de Lisandro Otero que el libro finalmente llegó a imprenta. En aquel momento él dirigía el Centro de Estudios del Caribe y la editorial de dicha institución; supo de su existencia y le interesó pues siempre había valorado altamente los textos de viajes y se ha referido a ellos como fuentes imprescindibles para una zona de su obra novelística. Las pruebas de galeras de ese libro yacían en gavetas pues no habían logrado convertirse en artes finales. Ya en ese volumen yo reunía textos de viajeras, europeas y estadounidenses, que habían visitado los territorios de la cuenca del Caribe en el siglo XIX. Fue un viaje por ellas y junto con ellas; primero, el viaje a las distintas bibliotecas habaneras: la Nacional, la Central de la Universidad, la de la Escuela de Letras, la del Instituto de Literatura y Lingüística, la de la Casa de las Américas... y luego, el viaje a través de sus libros, algunos de ellos con sus páginas vírgenes, en ediciones príncipes; y finalmente, el viaje por sus experiencias de vida, y el viaje de la imaginación por el vasto mar de los sargazos, como lo bautizara Jean Rhys.
En ese momento me inquietaba la manera en que las mujeres asumían sus roles; y en particular me interesaba ver cómo miraban, preguntándome si existían constantes en ese mirar, y, por lo tanto, si a reserva de las diferencias específicas, podían participar de intereses comunes y de estrategias discursivas que los expresaran. Muy ajena estaba entonces de lo que ya se había avanzado en otros países en materia de «estudios de género»; y como he dicho antes en alguna parte, mi lectura era más descriptiva que teórica, más ingenua que sesgada. Pude incluir en ese volumen un fragmento de las Memorias de la Infanta Eulalia de Borbón, gracias a un préstamo de Eusebio Leal. La presentación del volumen de «mis» viajeras se hizo en una de las galerías del Palacio de los Capitanes Generales, justo el recinto que la recibiera en 1893 en un salón de trono expresamente montado para la ocasión. El fragmento incluido en mi libro relataba la visita de la Infanta a La Habana, el recibimiento que se le hiciera y, sobre todo, exponía su punto de vista sobre la causa ya perdida de los españoles en la «siempre fiel isla de Cuba».
Cuando Luisa Campuzano me invitó a impartir un curso sobre teoría y crítica literarias feministas para la Casa de las Américas, fue un retorno a las escrituras de las mujeres, tema que junto al de la literatura caribeña y los textos de viajes, así como el de la construcción literaria de otros sujetos como el indígena y el negro –en cierto sentido, temas de la alteridad y de la periferia–, eran tópicos que siempre me habían interesado.
Mis aproximaciones de entonces hubieran recibido hoy el calificativo de «estudios culturales» o de «estudios poscoloniales». Mi campo se fue profundizando con enfoques teóricos sobre la autobiografía, las memorias y la literatura de viajes, junto a aproximaciones a la obra de autoras canónicas como Gómez de Avellaneda y Dulce María Loynaz. Más recientemente me he acercado a la narrativa de escritoras jóvenes, emergentes en Cuba –y en el extranjero–, y a las de la diáspora cubana en los Estados Unidos.
En nuestro país, la deposición de las armas frente al feminismo proveniente del Norte, por parte de instituciones temerosas de que el interés por el «género» debilitara al interés por la «clase», y a la honda de David frente a Goliath, tuvo un impulso en el pensamiento y la praxis académicos. Desde la crítica literaria, la sociología, la psicología y otras disciplinas, se descorrieron cortinas y se barrieron fantasmas.
Hoy aquí se investiga tanto sobre la feminidad como sobre la masculinidad en sus prácticas sociales y discursivas, y en la creación artística se ha explorado las formas proteicas de la sexualidad.

La segunda edición en 1998 de su libro Visión romántica del otro dio inicio a las publicaciones del Postgrado de Humanidades en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de Iztapalapa, donde es usted profesora titular. ¿Qué significado le confiere a esta primicia? ¿Cuáles fueron las motivaciones para dedicarlo a tan especiales personas: su madre, su hija Heian y su esposo Lisandro Otero?

Iniciar estas publicaciones en un proyecto que recién comenzaba, y del cual era entonces sólo una colaboradora, implicaba desafío y compromiso. La segunda publicación para ese Postgrado, en el cual he asumido los cursos de Teoría Literaria, Narratología, Historia de la Crítica Literaria y Estudios Culturales Latinoamericanos, fue participar en la elaboración de una antología que reunió textos representativos de las diferentes corrientes de teoría literaria en el siglo XX y que es libro de consulta, tanto en la UAM de Iztapalapa, en México, como ahora en la Facultad de Artes y Letras, aquí, y en algunas universidades de los Estados Unidos.
El libro Visión romántica del otro ha servido como bibliografía para asignaturas de la Licenciatura en Letras Hispanoamericanas de dicha universidad mexicana. En el plano personal suponía contar con una buena edición de la que había sido mi tesis doctoral, mejorada y corregida para ese fin.
La dedicatoria a mi madre y a mi hija, obedece, más allá de la profunda relación afectiva, al agradecimiento por su tolerancia con mis estancias moscovitas y con el tiempo que les robé. Y a Lisandro, porque tuvo la paciencia infinita, a pesar de que las notas al pie y los aparatos críticos le dan dispepsia, de leer mis páginas para luego ayudarme con sus recomendaciones.

El tema del viaje es abordado por usted tanto en su primer libro Viajeras al Caribe (1983) como en La huella y el tiempo, que viera la luz en 2003, aunque en este último caso no se trata sólo de mujeres. Teniendo en cuenta su currículo, y la dedicatoria que me hiciera de La huella... «estas líneas viajeras donde se adivinan mis propios viajes», me atrevo a preguntarle, ¿hasta dónde se identifica Nara Araújo con aquellas mujeres viajeras del siglo XIX? ¿Contempla entre sus planes futuros recoger en algún volumen esa faceta de su vida? ¿En la actualidad tiene algún libro en preparación?

Cuando hablaba de mis viajes me refería a mis excursiones por las aguas a veces procelosas de los textos literarios, por los mundos imaginados, por los universos simbólicos: mi rastro en el rastro, mi huella en la huella.
Nuestro destino es viajar a lo largo del tiempo y del espacio navegando fatalmente hacia Samara. La literatura es una excelente compañera de viaje pues nos abre ventanas, nos conecta con lo posible, nos anticipa el futuro o nos revive el pasado; nos inclina a la comprensión y a la tolerancia hacia el prójimo y hacia nosotros mismos.
La literatura es un espejo, no se pasea a lo largo de un camino, como diría Stendhal, sino que es un espejo donde nos vemos reflejados por semejanzas o por diferencias. Mi identificación con las viajeras del XIX tiene dos sentidos: el primero es el del viaje como descubrimiento de la alteridad.
Desde adolescente, comencé a viajar a lugares del Oriente como China, Mongolia y Viet Nam, y a otros en Occidente; en cada espacio he tenido alguna revelación y como soy curiosa, si no se me ofrecía mansamente, yo la buscaba. Durante algunos de mis itinerarios me han ocurrido acontecimientos totalmente inesperados.
El segundo sentido, es el viaje de una escritura que combina lo testimonial con la reflexión, y que no es del todo ajena a la dimensión poética, creativa. Estos sentidos podrían quizás animar mis cuartillas ahora en proceso. Siento la tentación de escapar del mundanal ruido para entregarme por entero a una travesía diferente en que la nota al pie no resulte llamada telefónica en noche nupcial.

En el trabajo «La huella y el tiempo», incluido en el volumen de igual título, usted comenta aspectos de la obra de Dulce María Loynaz, en especial los relacionados con el relato de viaje y el confesional que aunque «menos nombrados, por su filiación con "géneros menores" (...) están emparentados por su atipicidad, por su relación con la poesía y la narrativa, y por sus modelos génericos».
¿Podría explicar las motivaciones que la llevaron a escribir dicho ensayo-crítica de corte impresionista sobre esta carismática poetisa cubana del siglo XX, ganadora en 1992 del Premio Cervantes, sólo conferido anteriormente a otra mujer: la pensadora española María Zambrano?


Mi primera recopilación de ensayos, El alfiler y la mariposa, toma su título del texto dedicado a la obra de Loynaz, colocado como cierre del libro. Esa pareja, como explico en «Primeras palabras», la encontré en su poesía. Me pareció que la imagen de la mariposa, clavada en el muestrario de cristal por el alfiler del científico, servía para ilustrar la idea motriz de mis páginas, si se asocia la voluntad de volar de la mariposa con la imaginación femenina, y la de sujetar del alfiler, con lo masculino. Leí la obra de Dulce María Loynaz con cierto retraso, pero para mí fue una epifanía. Había escrito ya sobre sus libros de poemas y su novela Jardín, pero sentía la necesidad de referirme a su escritura confesional (Un verano en Tenerife y Fe de vida), pues ya lo había hecho con Avellaneda, Méndez Capote y Lola María. Esta experiencia me colocó en una tesitura placentera, tanto, que di rienda suelta a lo que con razón calificas de crítica impresionista, la cual, por exigencias académicas, no he tenido tiempo de ensayar.
Al compararla, por el premio Cervantes, con María Zambrano, aludes al diálogo posible entre estas dos escritoras, diálogo que propicio en mi viaje por su viaje a Tenerife. Zambrano es una alusión reiterada en algunos de mis ensayos incluidos en La huella y el tiempo.
 Usted es autora de varios libros, artículos, prólogos, reseñas, conferencias... Si ante una situación límite tuviera que escoger uno de ellos, ¿cuál conservaría? ¿Podría explicar las razones que la llevan a otorgar votos positivos o negativos a cada uno y a adoptar una decisión definitiva?

Cada libro tiene una historia, así que en situación límite dejaría mis libros tras de mí, porque están conmigo en la memoria. Entre ellos, sin embargo, quizás deba destacar Visión romántica del otro, porque se trata de un esfuerzo de largo aliento, aunque los otros son el resultado de una acumulación y de un decurso.
He tenido la alegría de ver traducido al portugués La huella y el tiempo y de que aparezca en la bibliografía de algunos cursos en el Brasil, y mayor tendré cuando salga la traducción por la misma editorial de Diálogos en el umbral.
Me ha complacido la inclusión de uno de mis ensayos en la antología El ensayo cubano del siglo XX, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2002, y que algunos de ellos hayan sido traducidos a otras lenguas. De los ensayos reunidos en La huella... ahora me interesan aquellos en los cuales, con timidez, me lanzo a la imaginación.
Pero los libros tienen extraños caminos y donde uno menos lo piensa son de utilidad al prójimo.

Por su artículo «Zonas de contacto: narrativa femenina de la diáspora y de la isla de Cuba», incluido en Diálogos en el umbral (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2003), se conoce que en 1998 comenzó un estudio sobre las escritoras cubanas fuera de la Isla tras dictar, en 1994, una conferencia acerca de autoras cubanas en una universidad estadounidense. Después de aquellas indagaciones, ¿es posible concluir que, en el caso referido, el género femenino puede asumirse como una categoría que une en la diferencia?

Cuando una de mis colegas mexicanas se retiraba temprano de los seminarios de crítica literaria feminista decía: «Me voy a la casa a hacer las labores propias de mi género, no de mi sexo». O sea, es la praxis social la que ha establecido ciertos roles, la que ha asociado a la mujer con la domesticidad, en los dos sentidos, tanto con el ámbito de lo doméstico («domus» en latín y «dom», en ruso, significan casa), como en el de la obediencia.
En la tradición occidental la primera transgresora fue Eva, y su pecado, como el de Pandora y el de la mujer de Lot, es de orden gnoseológico: todas querían conocer. Lilith ha sido borrada del relato judeocristiano, porque fue una rebelde que le impuso a Adán permanecer bajo ella durante la comunión de sus cuerpos.
Como decía mi madre, cada persona es un mundo, pero ese mundo está conformado por factores múltiples donde intervienen tanto el programa genético como el programa social. Cada persona será el resultado de un cruce de esos programas y de las maneras en que se expresa la individualidad. Pero sin dudas, el programa social determina una (relativa) homogeneidad. Se debe desconfiar de los discursos de la Unicidad, de la idea de una Mujer, cuando en realidad lo que existen son mujeres (y lo mismo se aplicaría a los hombres); pero no es menos cierto que los paradigmas culturales y las estrategias discursivas circulan, se trasmiten y se imponen.

Por etapas, usted ha debido permanecer fuera del país impartiendo cursos como profesora visitante e invitada en universidades de los Estados Unidos, América Latina, el Caribe y Europa; conozco que residió durante casi una década en Ciudad México. Sin embargo, todos estos desplazamientos no han impedido que se mantuviera al tanto de la obra restauradora del Centro Histórico. ¿Cómo aprecia este incesante quehacer que lidera la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana?

Así es. Me he mantenido al tanto de ese quehacer, encomiable y excepcional. Quehacer guiado tanto por la pasión como por la inteligencia. Cuando el renacer del Centro Histórico comenzó, solía ir con mi hija y mi madre a recorrerlo y, sentadas en la Plaza de Armas, disfrutar de las delicias del café con leche, lo cual se convertía en una experiencia proustiana.
Me trasladaba entonces a aquellos tiempos en que, de pequeña, mi abuelo me llevaba los sábados a un café habanero, situado en alguna esquina de la que entonces llamábamos «La Habana Vieja» y, sentados sobre sillas Viena a una mesa de tapa redonda de mármol y patas curvadas de hierro, mojaba las galletas de María en ese líquido mestizo y acogedor, que acaricia al paladar y reconforta al espíritu, en esa dulzura tierna, en esa panacea que, según mi madre, era remedio santo para la melancolía y al cual ella siempre añadía una pizca de sal.
La ciudad de La Habana es una de las joyas de las Américas, señorial y esplendente. El cinturón marino que la ciñe hace contrastar el azul con los tonos claros de sus edificaciones, y durante los Nortes, el mar enhiesto de crestas nevadas la penetra, pero no la vence. Su riqueza arquitectónica, concentrada en el Centro Histórico, ha sido restituida y permanece en un estado de cotidiana resurrección, por virtud de los ingentes esfuerzos de la Oficina del Historiador.
La palabra «oficina» suele aludir al absurdo de laberintos kafkianos, a documentos por tramitar, a expedientes cubiertos de polvo, a teléfonos en uso para vencer al aburrimiento, o a teléfonos que suenan sin que nadie responda, como en un filme de Antonioni; alude a agonía, frustración y enojos. Pero la Oficina del Historiador es colmena, es industria... En cada uno de mis viajes a La Habana he tenido la inmensa alegría de comprobar que la labor restauradora y vivificante aumentaba, se extiende como manto protector, como agua de verano: Zeus transformado en lluvia de oro, germinadora y fecundante.
Esa labor ha contado con la sonoridad del verbo privilegiado del Historiador, con su presencia animosa y animante, con su poder demiúrgico. Recuerdo sus conferencias en el Anfiteatro, frente al Malecón, en esa zona que conecta la Avenida de las Misiones con el Palacio Pedroso, con el Arzobispado y luego con las plazas augustas.
En esas noches nos adentraba en la alquimia de los metales, en los hallazgos de la piedra, en las aventuras por túneles y antiguas vías, nos descubría la nobleza de las maderas de este suelo feraz, y las historias vecinales de una Habana pueblerina y primigenia. Agradezco al Historiador y a quienes tanto hacen por esta ciudad entrañable.

Cuando desde otros países o desde su hogar en el capitalino barrio de Miramar piensa en el Centro Histórico, ¿a qué lugares desearía regresar? Por sus atractivos o valores patrimoniales, ¿qué calles, sitios, instituciones... de La Habana Vieja recomendaría a algún visitante que le solicitara una sugerencia en este sentido?

¡Pues a todos! Sin embargo, hay una zona que asocio con mi niñez: el parque en la Avenida de las Misiones. Solía ir con mi padre a montar bicicleta, los canteros estaban sembrados de platanillos gualdos y bermejos, y la visión, hacia el mar, interrumpida apenas por la estatua ecuestre del glorioso dominicano, brinda una sensación de infinitud, de apertura. Desde la Avenida de las Misiones se domina la vista del Morro, de la Punta y de la Cabaña, las tres guardianas del puerto. Las plazas del Centro Histórico son armónicas pero diferentes por su función primera. La de la Catedral es imponente; la de Armas, de trazado regular; la de San Francisco y la Plaza Vieja, espaciosas: la religión, el gobierno y el comercio, respectivamente.

Con la autoridad que le concede ser una estudiosa de la cultura cubana contemporánea, ¿cómo catalogaría a Opus Habana dentro del movimiento actual de revistas que, dedicadas a hacer resaltar determinadas áreas del desarrollo cultural de Cuba, subsisten a lo largo y ancho de la Isla?

Las revistas culturales cubanas son un oasis en el páramo de la prensa escrita nacional. Entre las que se disputan la primacía, sobresale Opus Habana. Ser un medio dedicado a la ciudad, implica ventajas y limitaciones. Ventajas porque la concentración tiende a la perfección; limitaciones porque se corre el riesgo de saturar. Sólo mediante un equilibrio puede asegurarse la belleza, decían los griegos. Creo que ese paradigma aún está vigente. Opus Habana asegura la calidad informativa y destila buen gusto. El mismo buen gusto que se observa hasta en los más mínimos detalles del Centro Histórico: las barandas lustrosas, los pisos relucientes, la combinación de los materiales: mármoles, azulejos, hierro, maderas preciosas... Un buen gusto que llega hasta los lugares que permiten el alivio a la sed, a la fatiga, al apetito, y a otras necesidades apremiantes del cuerpo. Llaves de estilo, muebles de diseño: lujo, orden y voluptuosidad, como soñaba Baudelaire.
Cada número de Opus Habana supera al anterior –meta difícil–, y poseer la colección es permanente posibilidad de regocijo. Opus Habana es una revista de factura y ejecución impecables, capaz de competir con la excelencia mundial. Y es una de esas revistas que ornamentan una mesa y sirven como obsequio. La selección de sus materiales, la armonía entre lo factual y lo creativo, informan y producen placer a los sentidos. Opus Habana es un objeto estético y una instancia de legitimación. Agradezco esta oportunidad de entrar en su ámbito.
María Grant
Editora Ejecutiva de Opus Habana
Tomado de Opus Habana, Vol. IX, No. 3, 2005, pp. 14-21.