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Con un ojo en Yara y otro en Madrid, de la historiadora Mercedes García Rodríguez, contiene información para varias novelas, sobre todo en la parte dedicada al relato de las misiones para la pacificación de Cuba, resaltó la profesora e historiadora María del Carmen Barcia durante la reciente presentación del libro que todavía hoy se puede adquirir en las librerías de La Habana.

Con un ojo en Yara y otro en Madrid fue presentado el sábado 23 de marzo de 2013 en el habitual espacio Sábado del Libro, de la Calle de madera de la Plaza de Armas.

 

De izquierda a derecha, Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad; María del Carmen Barcia, profesora y miembro de número de la Academia de la Historia de Cuba, quien tuvo a su cargo las palabras de presentación del libro Con un ojo en Yara y otro en Madrid; Mercedes García, autora del volúmen y miembro de número de la Academia de la Historia de Cuba, y Fernando García, director de la editorial Ciencias Sociales. 

Cuando comencé a escribir estas líneas recordaba, no sin nostalgia, el año 1980, porque en ese preciso momento un grupo de profesores del Departamento de Historia de Cuba de la Facultad de Filosofía e Historia debió iniciar un nuevo estilo para definir y ejecutar los trabajos de diploma. Se impartiría un seminario monográfico sobre una etapa previamente definida de nuestra historia, se analizarían las líneas más importantes para definir cuáles y cómo habían sido estudiadas, hasta donde se había llegado en esos intentos y también se establecerían los vacíos historiográficos. Sobre esas bases los estudiantes seleccionarían sus temas para realizar los trabajos de diploma.
Ese proyecto, que recuerdo como creador, fue abordado con entusiasmo por los entonces estudiantes que, junto a sus tutores, se volcaron a buscar la información requerida para sus estudios; era un grupo cohesionado, de los mejores que tuvimos. Algunos han marchado al extranjero, otros fallecieron anticipadamente, en tanto algunos siguen investigando con el entusiasmo de entonces y la experiencia que dan los años de trabajo. Recuerdo a Raimundo Respall, a Marta Hernández, a Doria García, a Miguel Viciedo, y a Rolando Misas entre muchos otros, porque eran aproximadamente dieciséis.
Mercedes García fue una de las jóvenes estudiantes de ese grupo —la tutoreaba la Dra. Diana Abad— y seleccionó como su tema de tesis, bajo otro título desde luego, una problemática que ha cerrado veinticuatro años después, y es que los proyectos son como sueños que deben concluirse para ser realidad.
La historiografía más usual, por no llamarla tradicional ni positivista, pues esta actividad no está destinada a cuestionar tendencias, refiere casi toda la problemática política y económica, a veces inclusive la social, en términos dicotómicos que generalizan las contradicciones. Es frecuente la referencia al par antagónico colonia/metrópoli, para solo referirnos al siglo XIX en el que se enmarca este estudio. Esta contradicción generalizada encubre o margina, a veces en provecho de los propios historiadores, realidades complejas, porque las sociedades se mueven por las comprometidas acciones de los grupos de interés, de presión y de poder, que incluyen la movilización de sus redes sociales. Este es en el fondo el entramado que trata de de-construir la Dra. Mercedes García, con un impresionante despliegue de información.
Las decisiones políticas parecen corresponder a un determinado gobierno, pero detrás de sus providencias, están el poder y los intereses, marcadamente económicos, de determinados grupos. Hace bastantes años, casi veinte, escribí un libro: Élites y grupos de presión en Cuba, que mostraba el entramado y las acciones de los grupos involucrados a fines del siglo XIX; es por eso que estoy tan segura de lo que comento.
Mercedes García enmarca su estudio en cuatro años decisivos, de 1868 a 1871, y desmenuza, para decirlo lo más gráficamente posible, las acciones que se producen desde la revolución española de 1868 y su repercusión en Cuba, hasta los intentos asistidos o patrocinados por diferentes actores e intereses, para detener el proceso radical independentista. De esta forma vemos aflorar las contradicciones y las manipulaciones de los diversos grupos para lograr los resultados que favorecían sus intenciones sectoriales.
A la altura de los conocimientos actuales, sabemos que tanto en el integrismo como en el reformismo, e incluso en el independentismo, hubo diferentes tendencias, y también que algunas de estas aglutinaban a cubanos y españoles, porque la ideología y los intereses sobrepasan los marcos geográficos y los lugares en que se ha nacido.
A la consecución de la revolución septembrina ayudó lo más rancio y destacado de la oligarquía criolla: son los casos conocidos de la condesa de Santovenia, de la condesa de San Antonio, o de los hermanos Fernández Vallín, por citar a los más destacados. Ya en el poder surgieron las contradicciones, —por cuestiones más económicas y sociales que políticas—, con los liberales españoles. La diversa España no era Cuba, y los intereses de los poderosos en ambas orillas, también eran diferentes. Como bien subraya la autora resultaba difícil, —yo diría que imposible—, conciliar la democracia liberal española de esos años con los intereses coloniales de allá y de acá. La denominada «cuestión cubana» se establecía como una particularidad, tras la cual se enmascaraban temores y peligros que acechaban a grupos de presión distintos, muy distintos.
El escenario cubano, esencialmente el habanero, comenzó a diseñarse como un espacio arquetípico, obligado y fundamental de esas pugnas. Estaban los intereses de la burguesía industrial azucarera, que incluía a españoles y cubanos; los de los comerciantes importadores, que tenían a Cuba como mercado reservado para una producción que no era competitiva; los funcionarios que eran manipulados por uno u otro grupo; y las capas populares con un creciente número de inmigrantes, pobres e ignorantes, que también eran usados desde el poder de sus patrones, en lo esencial, comerciantes españoles. Se fue diseñando así una situación compleja en la que el llamado integrismo, que en ese momento estuvo dirigido por los más reaccionarios, controló el espacio ciudadano e imposibilitó toda reforma, por conservadora que esta fuese.
La autora subraya las acciones de (Francisco de) Lersundi, que incluso transgredió las orientaciones del gobierno liberal español y explica la manera en que se fue conformando un escenario favorable para la formación de una turba urbana, término que usa (el historiador Erick) Hobsbawm para calificar a movimientos desideologizados que suelen moverse por intereses momentáneos, en este caso representados en el Cuerpo de voluntarios; tras éste estaban los agentes del Banco Español, los personeros del Comité Español y el alto clero peninsular.
Se creaba así un escenario desfavorable para todo intento reformista. Lo ocurrido con la deposición de Domingo Dulce fue un ejemplo fehaciente de la manera en que ignorantes gentes de a pie, fueron usadas bajo el subterfugio de defender intereses de la nación española, que en el fondo sólo eran los de sus interesados patrocinadores. Los crímenes de estas clientelas quedaban así justificados; fueron marionetas patibularias y facinerosas del grupo de poder insular.
Con un ojo en Yara y otro en Madrid, contiene información para varias novelas sobre todo en la parte dedicada al relato de las misiones para la pacificación de la Isla, que ocupa el 42 por ciento del texto y acumula una información detallada y precisa que  procede de valiosos documentos de archivo y de una bibliografía actualizada. Estas fuentes han permitido a Mercedes García reconstruir una etapa interesantísima, no sólo por su contexto histórico sino por las variadas acciones de sus principales actores, logrando iluminar con su relato algunas sombras y a la par definir perfiles que permanecían imprecisos.
En el entramado de las misiones siempre se encontraron, en sus extremos, dos grupos de interés: el reformista liberal español, integrado por Juan Prim, Francisco Serrano, Domingo Dulce e incluso por algunos cubanos como el abogado Nicolás de Azcárate; y el independentista, en el territorio cubano o en la emigración, con la insobornable presencia de hombres íntegros como Carlos Manuel de Céspedes, Salvador Cisneros Betancourt o Ignacio Agramonte, y las vacilaciones de otros como Miguel Aldama.
La primera «misión» fue impulsada bajo el gobierno de Domingo Dulce, y desarrolló conocidas acciones en Camagüey y en Oriente; la segunda, que incluye a funcionarios norteamericanos –Daniel F. Sickles, Hamilton Fish—, a Juan Prim, y a personalidades de la emigración como Miguel Aldama y (José) Morales Lemus, se basaba en la compra de la Isla a España. Ambas han sido muy estudiadas por la historiografía cubana. La Dra. García reseña la mediación concebida por Nicolás de Azcárate, respaldado por Aldama y Morales Lemus, con el propósito de lograr la autonomía, solución que consideraban la más adecuada para concluir la guerra.
Esta y otras partes pormenorizadas del relato mantienen la atención del lector; a través de éste la Dra. García confecciona semblanzas, antes lo hizo de Juan Prim, después de Nicolás de Azcárate, y finalmente de Juan Clemente Zenea y de Miguel Jorro.
El análisis de las misiones llega a su clímax con la controvertida labor desarrollada por Juan Clemente Zenea como actor principal de una de estas, en la que quisiera detenerme por su importancia histórica pero también metodológica, porque permite vislumbrar las situaciones, posiciones e incluso la mentalidad de un individuo que oscilaba entre su vinculación personal al independentismo, sus relaciones de amistad con figuras destacadas de éste, y el compromiso contraído con los liberales de España y la emigración. Dionisio López Roberts, quien le había pagado, le facilitó un salvoconducto en virtud de lo dispuesto por Prim y Moret, que no fue acatado por el gobierno colonial de Cuba.
Prescindo del relato de todo lo ocurrido en esta misión, pues los lectores lo encontrarán y disfrutarán en el texto, pero quisiera destacar el ejercicio muy profesional de construcción histórica que realiza la autora, quien presenta y analiza todos los elementos necesarios y las aristas del problema para demostrar sus conclusiones.
Como parte de su estudio, Mercedes García ofrece todas las visiones historiográficas que se han brindado con antelación a su obra, para después demostrar, con toda la información acumulada en su perseverante quehacer, que Zenea funcionó como un agente de los liberales reformistas, tanto en la emigración como en España, y que su misión era conocer la situación expresa en el campo insurrecto y convencer a los líderes independentistas de que debían concluir la guerra con una solución pactada.
La historia no es un cuento de buenos y malos, es una construcción que nos acerca a la verdad, a los hechos ocurridos, tratando de entender las motivaciones de los hombres, y el espíritu de una época, sin imponerles nuestra concepción desde el presente. Zenea pagó su acción con la vida y no por el juicio de los que combatían en el campo insurrecto, a los cuales había traicionado, y ni siquiera por el interés de quienes lo enrolaron en esa misión, sino por las situaciones extremas desatadas por los integristas de la Isla, y por la turba de sus voluntarios, ejecutores de los extremos: por esta razón fue declarado  traidor a España y cómplice de los insurrectos y se le condenó a muerte.
Interpolo una consideración de mi profesora Hortensia Pichardo: siempre destacaba que Yara había sido una derrota y Demajagua un inicio. Desde luego que Mercedes García no acuñó la frase que sirve de título a su libro; la usó Martí en un trabajo publicado en El Diablo Cojuelo, y debió ser una construcción de época, pero es difícil que los insurrectos cubanos de ese momento, bien enterados de lo ocurrido en Yara, inventaran esa construcción simbólica; otros debieron hacerlo y de hecho ha perdurado.
Finalmente, quisiera decir que es poco conveniente en la presentación de un libro relatar todo su contenido. Mi interés es despertar en todos los aquí presentes el deseo de leerlo. Deseo concluir esta semblanza señalando algo que me parece muy importante: para construir buena historia política hay que desbrozar muchos caminos, penetrar en las situaciones, valorar los sujetos, ubicarse en un tiempo histórico que es otro y diferente; solo de esta manera podemos acercarnos a la verdad.
Considero que con esta obra Mercedes García ha cerrado un círculo —el de sus inicios— y ha logrado hacerlo como la experimentada historiadora que ya es. Concluyó ese sueño, pero le quedan muchos otros por realizar. Lo cierto es que la historia es un camino que nunca termina y que, como dijera el poeta, se va haciendo al andar.

Dra. María del Carmen Barcia
Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz
Universidad de La Habana


(Palabras leídas en la presentación del libro de Mercedes García: Con un ojo en Yara y otro en Madrid. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2012)