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 Compuesta por una serie de hormas de zapatos recreadas por catorce artistas cubanos y diez españoles, la exposición «Transfhorma» permaneció durante un mes en la galería de la Casa de la pintora venezolana Carmen Montilla Tinoco, en la calle Oficios.
Fotógrafos, pintores, escultores, grabadores... cumplieron al pie de la letra la encomienda de María Fluxá, coordinadora de la muestra, de transformar la horma de varios zapatos, de extraerles el sabor añejo de su madera.

 Más que la añoranza por el pasado familiar, suspendido de las desgastadas hormas de zapatos pertenecientes al antiguo taller de su abuelo paterno en Inca (Palma de Mallorca), fue la idea del reencuentro, del viaje, de cruzar el océano y recuperar esperanzas perdidas, la que motivó a María Fluxá, galerista y coordinadora de la exposición «Transfhorma».
«Estoy convencida de que esta intuitiva obsesión de regreso es la clave de que Transfhorma habite por un tiempo en el Centro Histórico de la Ciudad de La Habana», explica Fluxá en el catálogo de la muestra.
Fotógrafos, pintores, escultores, grabadores y demás... cumplieron al pie de la letra la encomienda de María: transformar la horma, extraerle el sabor añejo de su madera. Y así, cada artista calzó su horma con un zapato único, aquel que le acompañaría durante el viaje para soportar la fatiga y el sudor de sus cansados pies. Los nuevos zapatos dejaron entonces su huella, y con ella, el sueño, el delirio, la muerte, la ironía, la vida... en un juego de múltiples y diversas lecturas.
«El resultado ha sido sorprendente y mágico. Los artistas la han enriquecido, seccionado, fileteado, pintado, tallado, fotografiado, enfundado, sumergido, suspendido... Estas transformaciones imaginativas dan muestra de la infinitud de lenguajes individuales que forman un conjunto con un perfil rico y plural, capaz de crear relaciones y juegos interactivos entre las distintas piezas», afirma la galerista mayorquina, quien ha recorrido ya varios países con este atractivo proyecto al que se han sumado más de una veintena de artistas.
 La tristeza que provocó en el gremio de zapateros de Inca y en su maestro Antoni Fluxá –el abuelo de María– la interrupción del comercio con la Isla en aquel entonces, constituiría años después un incentivo para ella. «La razón de ser de Transfhorma está en mi memoria, ella fluye hacia mí, de las vivencias de mi infancia, persiste intacta la fábrica de zapatos, y las hormas de madera (que como he dicho otras veces) se consumían en la chimenea transformándose en ceniza.», agrega.
Antes que cenizas, María prefirió retomar el viejo itinerario. Ya no perecerían las hormas ahogadas en el fuego; ahora, calzarían los zapatos del tiempo. Fue entonces que sintió la necesidad de reanudar la ruta comercial, volver al camino ya desandado por su abuelo, ajustar las brújulas y echarse a la mar... ; en fin: llevar y traer «nuevos» zapatos. El arte, más que guía, acabaría por designar el rumbo de los intrépidos viajeros, e indicar así el destino de las hormas, ahora transformadas.