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 El Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal Spengler, inauguró este jueves en la galería de arte del Palacio de Lombillo, la exposición personal del pintor Adrian Pellegrini, en cuya obra plástica «hay algo de inacabado, de ambigüedad, que constituye su principal fuerza evocadora».
Con una erudición que sorprende, Pellegrini emplea técnicas extraídas de los tratados herméticos que utilizaron los alquimistas como el Bosco o el Monje Teófilo.

 A horcajadas entre el Renacimiento y la Postmodernidad, entre la adolescencia y la madurez, Adrian Pellegrini sería –de proponérselo– el enfant terrible de la pintura cubana actual.
Quisiera acariciarse la nívea barba como Da Vinci, pero es tan joven que a veces no tiene más remedio que parapetarse en la oscuridad. A ciegas, lanza un trazo por aquí y por allá, sabiendo que «nada o casi nada está terminado aquí, pues las ideas principales se han visto detenidas en su curso por otras, que como bólidos que rasgan la honda noche, se imponen en su presencia y atraen la vista hacia sí».
He tomado esta cita de «La cámara de las máquinas», uno de los textos inusitados que Adrian incluyó en 1996 –con apenas 17 años– en su cuaderno Alma de Leonardo. Tal vez, como ninguno, este relato ilustre el sentido de su obra plástica, en la que hay algo de inacabado, de ambigüedad, que constituye su principal fuerza evocadora. ¿Surrealismo? ¿Expresionismo? ¿Abstracción? Da igual el término, pues lo cierto es que como espectadores podemos arrojar múltiples conjeturas, todas ellas igualmente válidas, ante el puzzle ofrecido por su talento creador.
 Entre muchos autores esotéricos, ha leído este muchacho a Fulcanelli y –por ende– sabe decodificar los símbolos herméticos en los frisos de las catedrales, que incorpora a sus cuadros para hacerlos más inescrutables, incluida la Y del coniunctio, o sea, del casamiento químico entre el mercurio y el azufre, entre la luna del alma y el sol del espíritu... de donde surge el «andrógino iluminado». Podríamos decir como Marcel Proust sobre Vermeer, que se trata de un artiste à jamais inconnu...
Y es que, con una erudición que sorprende, Pellegrini emplea técnicas extraídas de los tratados alquimistas que consultaron pintores tan lejanos como el Bosco. Así, puede obtener el color blanco más prístino, los azules de los iconos rusos, el oro viejo de las cúpulas bizantinas y un rojo carmín a partir de la trituración de la cochinilla (coccus cacto), disolviéndola en una sustancia que no revela. ¿Acaso será el alcaesto? Así, como un alumno aventajado de Paracelso, irrumpe Adrian Pellegrini en la galería del Palacio de Lombillo... Y lo hace –a pesar de que vive cada cierto tiempo en París– como el artista cubano que se reconoce en sus esencias.
Eso sí, sin perder la gracilidad de los iniciados, de quienes recorren La Habana Vieja como si fuera siempre la primera vez.



(Palabras al catálogo de la muestra personal de Adrian Pellegrini, inaugurada el 23 de febrero de 2006 en la galería de arte del Palacio de Lombillo)