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Durante muchos años, los ceramistas Amelia Carballo y Ángel Norniella, fundadores del Taller Terracota 4, contribuyeron a fomentar la colección personal de porrones perteneciente a Eusebio Leal Spengler. Sobre la ayuda incondicional de esos artistas se expresó el Historiador de la Ciudad en la entrevista concedida a Argel Calcines que, con el título «Un día en la vida de Eusebio Leal Spengler», fue publicada por el Historiador de la Ciudad en su libro Legado y memoria (2007)

Durante muchos años, los ceramistas Amelia Carballo y Ángel Norniella, fundadores del Taller Terracota 4, contribuyeron a fomentar la colección personal de porrones perteneciente a Eusebio Leal Spengler. Sobre la ayuda incondicional de esos artistas se expresó el Historiador de la Ciudad en la entrevista concedida a Argel Calcines que, con el título «Un día en la vida de Eusebio Leal Spengler», fue publicada por el Historiador de la Ciudad en su libro Legado y memoria (2007). Aquí se reproduce un fragmento de dicha entrevista con motivo de la donación de la pieza Porrón-copa que Amelia y Ángel hicieron a la Galería Permanente de la revista Opus Habana en el Día Mundial del Ceramista.

Argel Calcines: Una de las principales muestras de su aguda sensibilidad artística es el entendimiento de las artes plásticas, las cuales —de hecho— ha cultivado personalmente, como el dibujo y la pintura. ¿Cuáles son sus pintores cubanos preferidos? Cuéntenos sobre el origen de su colección de porrones ilustrados por pintores de todas las generaciones.

Eusebio Leal Spengler: Siendo todavía un adolescente, fui a la Academia de San Alejandro, pero por las razones ya esbozadas en esta suerte de biografía que hemos hecho al vuelo, no pude mantenerme allí. Entonces me dirigí a la casa del pintor Enrique Crucet para que nos diese clases a mí y a otros jóvenes sobre la preparación de las telas, el dibujo...

Crucet había sido discípulo de Sorolla; había conocido a Picasso y trabajado en el estudio de Cecilio Pla, en España... Aunque era un pintor académico, tenía una inspiración muy noble que le hacía diferir de ese academicismo puro que ya entonces estaba fallido y agotado. Conservo todavía algún que otro dibujo, alguna que otra cosa de aquellas que hice en aquel tiempo: carboncillos, apuntes... pero, en esa dirección, mi vocación pictórica —digamos— se extravió.

Posteriormente, al comenzar mi vida de trabajo, tuve la oportunidad de conocer a muchos artistas, no solamente pintores, sino a personalidades del cine, el teatro, la música, la danza, la literatura... Y es que, cuando tuve la primera oportunidad, comencé a asistir a las actividades culturales promovidas por Extensión Universitaria. Era asiduo a la recién fundada Cinemateca en los cines Rialto, el actual Chaplin y La Rampa; sobre todo esta última sala me encantaba. Entonces conocí a Harold Gramatges, María Teresa Linares, Argeliers León, María Antonieta Henríquez, Hilario González... por citar a los músicos. Y, paralelamente, a varias fi guras reconocidas de la plástica cubana: Víctor Manuel García —por ejemplo—,quien vivió algún tiempo en esta misma casa donde ahora estamos tú y yo.* Pero yo lo conocí en la Plaza de la Catedral, en los altos del recién inaugurado restaurante El Patio.

Luego, al abrírseme la Casa de las Américas, conocí a Mariano [Rodríguez], René Portocarrero, [Raúl] Milián... a los escritores Manuel Galich y Roberto Fernández Retamar, entre otras personalidades vinculadas a esa institución de tanta importancia para nuestra cultura, como ya hemos señalado. Asistía a sus conciertos y exposiciones; de ahí mi encuentro con Leo Brouwer, Isaac y Noel Nicola, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez... y, por supuesto, Alfredo Guevara, quien fue para mí como un mentor, como un patrón de referencia para guiarme en el mundo intelectual y artístico.

Hago énfasis en estos antecedentes para acentuar la idea de que, imbuido por esos contactos con el mundo del arte, mi espíritu necesitó un espacio para encauzar eso que has llamado «aguda sensibilidad artística». Si así fuera, dicha agudeza estaría expresada —ante todo— en mi afán por el coleccionismo. No puedo hablarte de una sola colección, sino de muchas: sellos, marquillas de tabacos, esculturas, lienzos antiguos, imágenes religiosas... En el caso de estas últimas, apartadas con motivo de las grandes reformas litúrgicas, me eran entregadas por sacerdotes amigos que no vacilaron en regalarme u obsequiarme aquella pieza que ahora parecía obsoleta y que para mí era como un enlace entre el pasado, el presente y el futuro.

El hecho es que conocí a muchas personas ya mayores en el momento que declinaba una antigua sociedad en Cuba. Con ayuda de ellas pude elevar ese coleccionismo a una gran tarea pública como fue la creación del Museo de la Ciudad en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, junto al engrosamiento del acervo patrimonial que hoy atesora.

Por otra parte, mi culto eterno a la Arqueología me hizo buscar exponentes que después utilizaba en mis propias conferencias durante los viajes que realicé al interior del país, llevando todo aquello que podía ser útil para explicar. Siempre me llamó la atención, cuando iba a las movilizaciones durante la zafra, un objeto que para mí era la constante de la artesanía o alfarería popular española. Junto a la vega de tabaco o los campos de caña, ese objeto permanecía así, como omnipresente, en la vida cubana. El llamado por nosotros «porrón». En España, hoy prolifera para los turistas ese tipo de vasija. Pero el botijo autóctono se ve menos, el famoso botijo de segador, que era el que llevaban al campo los que cortaban el trigo y otras cosechas.

Por el profesor Rodríguez de la Cruz, quien tenía un taller en Santiago de las Vegas, conocí que allí se habían hecho porrones pintados. Y entonces traté de coleccionar lo imposible: un porrón de Amelia Peláez —a quien, por cierto, no conocí nunca personalmente—, un porrón de Portocarrero, un porrón de Mariano... Lo más asombroso es que —al final— lo logré, y entonces decidí que sería muy bonito que todos mis amigos artistas pudiesen realizar piezas exclusivas, decoradas especialmente para mí. De esa manera, muchos pintores que nunca habían hecho cerámica se atrevieron a incursionar en el género, con la ayuda incondicional de Amelia Carballo y Ángel Norniella en el taller Terracota 4. Y se dio el caso de ver un día a un grupo de grandes amigos, reunidos ellos, cada uno entusiasmado haciendo su porrón.

Sería imposible citar a todos los que han dejado su impronta en esa colección porque suman cerca de un centenar, pertenecientes a varios estamentos generacionales. Digamos que está la generación de Zaida del Río, Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Pedro Pablo Oliva, Ernesto García Peña, Choco... a los que se suman hornadas más recientes, difíciles de definir epocalmente, como Cosme Proenza, Sandra Ramos, Agustín Bejarano, Ernesto Rancaño, Carlos Guzmán, Vicente Hernández...

También hay piezas de artistas residentes fuera de Cuba, como Tomás Sánchez, José Bedia, Moisés Finalé... En fin, es una hermosa colección que me ha dado mucha satisfacción y no pocas alegrías.

*Se refiere al Palacio de Lombillo, donde Leal radicó desde 2001 hasta 2007 y hoy se encuentra la sede y galería permanente de la revista Opus Habana.

Arriba: Eusebio Leal Spengler observa la decoración de un porrón por el artista Miguel Ángel González. Debajo: Con Tomás Sánchez y Roberto Fabelo en el Taller Terracota 4.

 

Arriba: junto a Alfredo Sosabravo. Debajo, con Eduardo Roca (Choco).

 

  Amelia Carballo y la paisajista Ania Toledo.

 

Carlos Guzmán (arriba) y Juan Vicente Rodríguez Bonachea (abajo).

 Redacción Opus Habana