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Sumergirnos en el mar Caribe, explorar pecios con una antigüedad mayor a cuatro siglos, conocer vestigios de la vida a bordo de las urcas flamencas, para luego imaginar la traza marítima que describían estos bajeles a ambas latitudes de Cuba, es la invitación de la muestra «Presencia holandesa en las aguas cubanas», que exhibe hasta el próximo año, el Museo Castillo de La Real Fuerza.

En busca de una museología de nuevo tipo, basada en una mayor interactividad con el público, la exposición articula la presentación de vestigios de incalculable valor patrimonial con la más novedosa tecnología audiovisual y multimedia.

Sumergirnos en el mar Caribe, explorar pecios con una antigüedad mayor a cuatro siglos, conocer vestigios de la vida a bordo de las urcas flamencas, para luego imaginar la traza marítima que describían estos bajeles a ambas latitudes de Cuba, es la invitación de la muestra «Presencia holandesa en las aguas cubanas», que exhibe hasta el próximo año, el Museo Castillo de La Real Fuerza.
En busca de una museología de nuevo tipo, basada en una mayor interactividad con el público, la exposición articula la presentación de vestigios de incalculable valor patrimonial con la más novedosa tecnología audiovisual y multimedia. Los objetos extraídos de los pecios de Punta del Holandés y de Zorrita-La Tabla, encuentran apoyatura visual en grabados flamencos de la época que ilustran una Habana de iconografía fiel a los patrones estéticos de los Países Bajos, así como la representación digital mediante software de computación, de las diferentes incursiones de flotillas, escuadras y formaciones aisladas de los principales capitanes holandeses en aguas caribeñas. La muestra incluye, además, videos del proceso de rescate subacuático de las piezas, su posterior conservación y preparación para el estudio, así como la exhibición de las mismas.
Proyectiles de plomo, armas y fragmentos de estas (mosquetes, piedras de chispa, empuñaduras de espadines) tabaqueras, sellos, instrumentos de navegación como escandallos y compases o divisores, llaves, botones y alfileres de uniformes, pipa de cerámica para tabaco, parte de una bellarmina, ponderales de vasos anidados, utensilios médicos como la jeringa de pieltre, cabos de abrecartas y navajas de afeitar, así como un variado y representativo menaje de cocina, permiten a los especialistas develar aspectos específicos de la vida a bordo de las embarcaciones en el siglo XVII, rutas de navegación y tecnología aplicada a la cartografía.   
Para poder escribir una parte de la historia común, Cuba y Holanda han emprendido en años recientes un estudio sobre los naufragios de los bajeles holandeses en aguas del litoral de la Mayor de las Antillas. El proyecto profundiza en el significativo siglo XVII cuando, tanto la ínsula caribeña como parte de los Países Bajos estaban bajo el dominio del imperio español. La investigación posee objetivos de carácter marítimo, arqueológico e histórico y pretende poner a relieve la vida a bordo de corsarios y piratas holandeses, sus incursiones en los mares que bañan la Isla y la influencia que ejercieron en su comercio, la cultura y la política. El trabajo bilateral y multidisciplinar continúa. Se estudian nuevos expedientes de derrotas y naufragios en los archivos, se revisa y plantean nuevos métodos de análisis en la historia de las fortificaciones, mientras los buzos —bajo las aguas— realizan calas de prueba en busca de evidencias. «Presencia holandesa en las aguas cubanas» presenta los resultados obtenidos hasta la fecha.
Durante la primera mitad del siglo XVII, los capitanes holandeses poseían órdenes de mantener pequeños bloqueos navales alrededor de Cuba, como respuesta estratégica a la clara política de hostigar su comercio y las relaciones diplomáticas con los reinos aliados a la Corona española, al tiempo que fomentaban el contrabando con las poblaciones al interior de la Isla.
Aproximadamente 400 años después, Cuba y Holanda organizan en conjunto la exposición «Presencia holandesa en las aguas cubanas» en una de las fortalezas —hoy transformada en museo— que tuvo el cometido de proteger, en el pasado, a La Habana de estas amenazas.
La fortuna histórica ha propiciado el conocimiento del episodio protagonizado por el sagaz Piet Heyn y la captura de la flota de Nueva España en 1628, a la altura de la rada de Matanzas. Sin embargo, poco se sabe sobre el resto de los capitanes y marinería holandesa, quienes realizaron numerosas expediciones con el objetivo de obtener, bajo patentes de corso —letras de marca o represalia— jugosos botines transportados a bordo de las armadas hispanas de la Carrera de Indias, fundamentalmente luego de su último punto de escala, la fortificada bahía habanera.

Fernando Padilla González
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Opus Habana