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Sobre las Luces de la Libertad

Por: Maia Barreda. viernes, 13 de julio de 2007

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Es esta una exposición de retratos de héroes y heroínas franceses. Aparecen los otros rostros célebres de la Revolución Francesa. ¿Acaso la Revolución Francesa no puede considerarse también «la más grande epopeya visual jamás realizada»?

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 Air - Louis Desaix.
Cómo crear una imagen que pueda escapar a las maléficas inclinaciones idolátricas? ¿Cómo sugerir lo espiritual a través de lo real? ¿Cómo dar a una representación ese suplemento de misterio, ese aire de extrañamiento y equívoco de que está hecha una imagen sagrada?». Comienzo con las interrogantes de Emmanuelle Vigier porque no puedo dejar de asociarlas con la obra de Duchy Man Valderá (La Habana, 1978). Parece contradictorio utilizar las palabras de un texto sobre la abstracción en las ilustraciones bíblicas del siglo XII, al intentar describir el alcance de las imágenes que se reúnen en «Luces de la Libertad», para celebrar un nuevo aniversario de la Revolución Francesa. Pero en esta atmósfera amable que conviene a las celebraciones, se acogerá con liberalidad este juego de referencias, a primera vista desajustadas, donde Vigier, en su artículo para L’Oeil, en noviembre de 1998, ha descrito, sin proponérselo, claro, lo que sucede hoy, 13 de julio de 2007, en la Casa Víctor Hugo. ¿Acaso la Revolución Francesa no puede considerarse también «la más grande epopeya visual jamás realizada»?
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 Air - Madame Roland
Convendría aquí acercar mi interpretación desajustada a la vuestra, primero otra referencia, la frase de Hugo: «Digan lo que digan la revolución francesa es el más poderoso paso del género humano desde la llegada de Cristo», no es tan inusual unir el cristianismo y el hecho histórico que casi toda la bibliografía recomendable considera la apertura a la Modernidad. Otro elemento significativo: la delicada conexión entre las obras que se exponen y la serie de Santos católicos pintados por Duchy Man, a finales de la década del 90, muy alejados de aquella fascinación de otros pintores cubanos del período, alejamiento técnico e ideológico, pues esta joven ha cultivado sus influencias del art nouveau al neoclasicismo, en ese orden, y sin detenerse en lo pictórico ha indagado en las emanaciones de los centros culturales fundamentales en los siglos XVII, XVIII y XIX, en inmersiones profundas en la literatura, las artes decorativas, la música, la moda y la publicidad. Así ha obtenido la presencia de ánimo y el pulso firme para diseñar la compleja representación de la Revolución Francesa que tenemos ante nosotros. La estructura de la exposición cumple con los deseos de Michel Vovelle de extender los objetivos de la historiografía dedicada a la Revolución Francesa: de la biografía del héroe revolucionario a las nuevas mentalidades que se definieron como resultado de la Revolución. Veremos primero una galería de ocho retratos de héroes y heroínas revolucionarios,
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 La Marseillaise
unidos en dúos, vidas paralelas, bajo el signo de los cuatro elementos naturales, tierra, fuego, agua y aire. No son los grandes nombres de la Revolución, están ausentes Mirabeau, Marat, Danton, Robespierre. La artista ha elegido permitirnos ver otros rostros célebres, Hoche, Olympe de Gouges, Kléber, Théroigne de Méricourt, Saint Just, Charlotte Corday, Madame Roland y Desaix. De nuevo encuentro otra referencia ineludible en Hugo: «nuestras quimeras son lo que más se nos parece», el héroe revolucionario a través de una curiosa sobriedad –la artista casi elimina la ornamentación– parece próximo e inasible, la quimera moderna. Después de los héroes aparecen las alegorías, el fervor revolucionario a través de su propio discurso, en las frases la liberté n’a pas besoin de voir, l’égalité n’a pas besoin de truquer, la fraternité n’a pas besoin de savoir, Duchy Man ha imitado la exquisita síntesis del texto revolucionario, y su Tríptico, posee también la ironía y los matices ambiguos de las frases célebres. Y aquí se detiene mi descripción, exactamente en el instante en que recuerdo la cruel definición de Cocteau: «la belleza detesta las ideas, se basta a sí misma».
Maia Barreda
Filóloga

   
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