| Alicia Alonso, presencia real y viva |
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| Escrito por Susana Camero |
| Viernes, 17 de Junio de 2011 07:50 |
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«No hay color en ella, no hay gesto ni contornos, apenas una sonrisa tan imperceptible como la de Gioconda. Y el milagro está en que llegando ella a esta total ausencia de sí misma, produzca sin embargo una tan definida sensación de presencia real y viva». Dulce María Loynaz Sólo escuchándola, aferrado a la cuerda de su ya largo periplo vital —que es el camino a ratos demorado o tortuoso que hubo de recorrer la Artista—, uno puede tener la certeza de aquella sintética advertencia carpenteriana: «el espíritu de la danza es inseparable de la condición humana». Decía Isadora Duncan que la bailarina debía «posarse en la tierra con la naturalidad de un rayo de luz». Nuestra Dulce María Loynaz iba más allá cuando alababa a la auténtica «bailarina», capaz de alcanzar lo que ningún otro artista, ni siquiera poeta: convertirse en una luz que se desprende de su propio foco, de su materialidad, de su carne, para vivir unos instantes sin asirse a nada. ¿Cuál es el misterio de esa luz que solamente a Alicia, todavía, le es dable irradiar?
Primero, tengo que agradecer que se me vea de esa forma, lo cual me deja pensativa y hasta preocupada, por la responsabilidad de no defraudar a una forma tan bella de apreciar mi arte. Le aseguro que si esa irradiación existe, no es consciente ni voluntaria. Si fuera un secreto, dominado por mí, tendría en mi mano la maravilla de poder transmitirlo a los demás. Usted se ha confesado incapaz de precisar, con certeza, el momento en que la danza se convirtió en una fuerza determinante. Sin embargo, reconoce su predilección por el acto de bailar desde edad temprana, sacrificando, incluso, las actividades propias de la mayoría de los infantes. ¿No siente añoranza por esa etapa fugitiva, por aquellos años que ya no volverán?
Creo que empecé a bailar desde que me encontraba en el vientre de mi madre. Así de inquieta he sido yo. Quizás por eso, ahora que he llegado a esta edad que tengo, estoy más convencida de que tuve una infancia feliz, siempre bajo un régimen de disciplina que dista mucho del actual. En un medio donde por muchos años se subestimaron las potencialidades de los bailarines de nuestra región —su capacidad, por ejemplo, para brillar en los grandes clásicos—, ¿cómo logró sortear ese y otros escollos, imponerse a semejantes prejuicios?
Trabajando, y trabajando cada día más; tratando siempre de ir un poco más lejos, consciente de que lo perfecto es inalcanzable pero sí es posible mejorar. No fue fácil y todavía hay mentalidades recalcitrantes, atavismos y complejos en relación con los clásicos. Pero nunca me doy por vencida, y además, por suerte, la mayoría de las personas aman la expresión clásica en el baile, y el clasicismo no es un corcel ni un conjunto de normas rígidas y congeladas. «No fue hasta que empecé a bailar con Ígor (Youskévitch) que comencé a construir mi propia caracterización de Giselle, con la cooperación de mi compañero, que insufló inteligencia e integridad a sus interpretaciones dramáticas», escribió usted, 35 años después de haber asumido ese protagónico el 2 de noviembre de 1943, en el antiguo Metropolitan Opera House de Nueva York. ¿Lo considera a él su mejor partenaire? A lo largo de una carrera tan larga como la suya —donde, por fuerza, tuvo muchísimos pares masculinos—, ¿cómo se lograba la perfecta compenetración entre ambos? No diría que Ígor Youskévitch fue mi mejor partenaire, pues prefiero no hablar en términos tan absolutos. Pero sí fue uno de los mejores, y con él logré una compenetración artística excepcional. He tenido la suerte de tener grandes compañeros de baile, y cada uno aportó lo suyo. Tuve, en efecto, una carrera larga e intensa, y en cada época la relación con los partenaires fue distinta, pero siempre enriquecedora. En otra ocasión hemos conversado acerca del valor que le concede a la música, de su capacidad para sentirla y llevarla al ballet, de la influencia que ejerció George Balanchine en este sentido; pero quisiera saber: ¿de qué manera se comporta y alimenta eso que podríamos llamar su conciencia musical?
La música es para mí algo vivo, orgánico, que habla a mi interior. Por eso me cuesta trabajo, a no ser que esté montando una coreografía, escuchar música durante mucho tiempo, porque me agota emocionalmente. Además, sin darme cuenta, la oigo en función del movimiento, me sugiere espontáneamente expresiones corporales, pasos, acentos expresivos dancísticos... ¿Cuál es el paralelismo, si existe, los puntos comunes que pueden haber entre María Callas, su manera de concebir la voz, y Alicia Alonso y su metodología de la danza?
Conocí a María Callas en los Estados Unidos, porque en una etapa nuestras carreras se desarrollaron paralelamente en el tiempo. Debo decirle que algunas personas nos confundían por cierto parecido entre nuestros rostros en aquella época, y, al encontrarnos, bromeábamos sobre esto, porque a ella le ocurría lo mismo. Luego conocí más su arte y su forma de pensar en cuanto a la escena operística. Surgió la idea del ballet La Diva, con coreografía de Alberto Méndez, y trabajando en él conocí aún más sus conceptos sobre la escena teatral, que coincidían mucho con los míos. Afirmaba Rudolf Nureyev que Alicia hablaba con el cuerpo, y que gesticulación y movimientos decían lo posible y lo imposible. ¿Es en sus ademanes, a veces leves, otras más acentuados, donde reside esa extraña fuerza que percibimos no ya en escena, sino en su cotidianidad? Vuelve usted a los terrenos de su primera pregunta. Rudolf Nureyev, con quien bailé una sola vez en mi vida —en un inolvidable encuentro escénico en el Poema del amor y del mar, con música de Ernest Chausson—, fue un gran admirador mío desde muy joven. Cuando visité la Unión Soviética por primera vez, en 1957, él era un joven estudiante en la Escuela Coreográfica de Leningrado. Me seguía a todas partes y atisbaba mis ensayos sin que yo lo supiera. Luego de ser una estrella internacional, declaró en varias ocasiones que el verme bailar en aquella oportunidad había cambiado su concepto de la danza; que había aprendido cuánto podía decirse por conducto del movimiento y el gesto. Dicen que usted tiene un método infalible para montar las coreografías, y que cuando supervisa los ensayos permanece atenta al compás de la música, al movimiento de los bailarines… ¿Pudiera compartir esos secretos?
Bueno, no sé si ese método es infalible. Cuando tengo listo el ballet, para hacerlo, me siento aquí [se refiere a un saloncito de su casa] y entonces, con la música puesta, le voy indicando al maître que me ayuda a montarlo. Unas veces con uno solo me basta; otras, necesito dos: uno con una cámara, y el otro, nada más para seguir la música y anotar los pasos. ¿Cómo imagina los ballets?
[Se lleva la mano derecha a la frente y sus dedos la presionan con firmeza.] Aquí en mi mente, bien adentro. Todo va dibujado en mi cabeza. Algunos se me ocurren cuando escucho una música determinada, que me inspira la historia. Otras veces Pedro, mi esposo, me dice: ¿no te gustaría esto? Y me pongo a pensar. En mi caso, la inspiración tiene diferentes formas. Cuando prepara sus versiones coreográficas, apelando a ambientes, símbolos o referentes de la herencia romántica y clásica, ¿de qué métodos se vale para que, sin perder esa esencia, el ballet sea recibido en esta época como una verdadera creación moderna, renovada y al mismo tiempo fiel al estilo?
Ah, esta pregunta es tema para un largo ensayo. Es la relación dialéctica entre lo permanente y lo nuevo. El talento del creador que revive los clásicos en la escena contemporánea, se verifica cuando éste consigue aprehender y expresar los valores universales y eternos, todo aquello que constituye un logro artístico perdurable. Al mismo tiempo, resulta imprescindible hacerlo válido para el receptor de hoy. Desde luego, hay que partir de una preparación, de una educación en el público al que nos dirigimos, para el cual trabajamos. ¿Cree resueltamente en la diversidad? La diversidad es una realidad objetiva, y no depende de que creamos o no en ella. Además, qué aburrido y monótono sería lo contrario, ¿no? Se lo preguntaba porque llevar por muchos años las riendas de una compañía sólida, reconocida y posicionada internacionalmente como el BNC no resulta empresa fácil. ¿Cómo alcanzar un equilibrio en las decisiones, para que no se confunda lo sabio con lo autoritario? Como dice, no es nada fácil. Todo ser humano se equivoca; además, a mi pueden gustarme más ciertas cosas y no por eso otras dejan de ser buenas. Siempre escucho la opinión de los maîtres, que son bailarines que se quedan para ensayar y se convierten en maestros; por último, añado mi decisión. Todo es consensuado según sus criterios y los míos. Creo que sé escuchar las demás posiciones, los criterios. Necesito eso para que, como usted dice, no surjan «confusiones». Sé que usted, además de grandes satisfacciones, ha tenido momentos amargos, como, por ejemplo, la sensación de pérdida cuando alguien que formó decide abandonar la compañía. ¿Cómo pudieran Alicia y el BNC evitar esas situaciones? No creo que podamos hacer algo. Hacemos todo lo posible, no para que no se vayan —esa es una decisión personal—, sino para que su carrera se desarrolle, para que adelanten. Nosotros les proporcionamos cuerpo, alma y conocimiento y, de la misma forma, a los profesores les exigimos que se entreguen. Recientemente, numerosos intelectuales dentro y fuera de Cuba, reflexionando sobre los años difíciles en que se tergiversó nuestra política cultural y se dañó a artistas valiosos,refieren, sin embargo, que existió una especie de refugio, un núcleo formado por la Casa de las Américas, el ICAIC y el BNC, que acogió y brindó apoyo a muchos de ellos. Al mismo tiempo, con frecuencia se repite que eso se debió al coraje y a la gestión personal de Haydée Santamaría, Alfredo Guevara y Alicia Alonso. ¿Pudiera ofrecer su valoración sobre aquella dramática coyuntura?
Perdóneme, pero honestamente prefiero no referirme a temas tan complejos, polémicos y dolorosos. En vez de eso le propongo que miremos el presente y el futuro, con luz larga y optimismo. ¿Qué es para Alicia la cubanidad? ¿Acaso el valor expresivo de su gesto, la síntesis teatral que consciente o inconscientemente consigue con cada movimiento?
En alguna ocasión en que me interrogaron al respecto, admitía que lo cubano en la expresión artística existe, ¿quién lo duda? Pero al mismo tiempo, ¿quién es capaz de definir algo tan esencial, volátil y cambiante? ¿Cuál es la misión social de un artista de la danza clásica?
La misma de todos los artistas de esta época y de este país. Existimos para crear belleza y, a través de ello, hacer que el mundo y los seres humanos sean un poquito mejores. Nos toca contribuir decididamente a la paz, a la creatividad y al mejoramiento humano. Desde el lado del público, tengo la impresión de que lo que eleva y hace particularmente atractivas a nuestras primeras figuras es el milagro que sólo se reconoce en lo resultante; esto es, el modo irrepetible en que cristalizan en escena cada gesto, acento, movimiento… ¿Coincide con esta apreciación? ¿Cuáles son los rasgos distintivos, el sello de la «escuela cubana de ballet»?
En ese resultado a que usted se refiere inciden muchos factores: la personalidad, la técnica, el dominio de los estilos y de los aspectos dramáticos y las características físicas. Y dentro de eso, un hálito común, que es la escuela cubana de ballet, que incluye todo lo anterior, dentro de una estética y una forma de proyectarnos escénicamente, que nos caracteriza. Precisamente, quisiera saber hasta qué punto la gloria artística, además de las condiciones físicas y el rigor técnico, depende del carácter, del temperamento.
En buena medida toda realización artística nueva suele ser el triunfo de un carácter. Sin disciplina y fortaleza espiritual, no hay cualidades que se desarrollen. ¿Y a usted no le mortifica, o ni siquiera le preocupa que la imiten un poco?
No trato de que me imiten, sino más bien de que me comprendan. Como maestra y ensayadora, siempre intento descubrir y desarrollar la personalidad y la idiosincrasia de cada bailarín, pero dentro de una disciplina, y una cultura teatral. La imitación es una acción externa, vacía. La expresión legítima viene del interior del artista, lo que hay es que encaminarla por el camino adecuado. Alicia, ¿le seduce la fama? ¿Cómo asume el ser una figura pública?
Bueno, es algo muy agradable; si le digo lo contrario es mentira. Una disfruta que reconozcan su trabajo, porque mi fama viene por eso, por mi trabajo. Ofrezco algo que otros admiran y valoran. ¿Cuál es su valoración sobre el desconocimiento de los códigos del arte danzario, y concretamente el ballet, en una parte de las llamadas «élites cultas», no sólo en Cuba sino también en el extranjero? Ésa es una vieja problemática, bastante superada en nuestro país, donde afortunadamente una gran parte de nuestros intelectuales de hoy conocen y valoran el ballet, lo cual no siempre fue así. La paradoja está en que muchos critican al ballet y no saben ni el «abc» de este arte. Lo atacan por pura ignorancia. No se perdonarían desconocer quién fue Goethe, Beethoven o Picasso, pero no tienen idea de quién es Noverre, Fokín o Galina Ulánova. Creen que atacar o bromear sobre el ballet clásico, y elogiar la danza moderna, es algo que los muestra como espíritus muy avanzados, sensibilidades muy contemporáneas. Y es un engaño porque atacan el ballet por lo que el ballet no es. En Cuba, por suerte, también hemos tenido grandes intelectuales muy cercanos y conocedores del ballet, como Alejo Carpentier y José Lezama Lima, por ejemplo. ¿Qué recomendaría a aquellos que no han alcanzado la «sensibilidad» para admirar y valorar al ballet como arte?
En primer lugar, les diría que se están perdiendo la mitad de sus vidas. En el ballet hay mucha imaginación; y verlo es un bálsamo, un descanso, un reposo mental de todas las preocupaciones, los dolores de cabeza. Y al mismo tiempo, una demostración muy grande de lo que se puede hacer con el cuerpo humano, que es bien complicado. Eso es un gran estimulante, así que no pierdan más tiempo: vayan a disfrutar de una función de ballet. ¿En qué medida se ha logrado en el siglo XXI la conjunción de factores que garanticen un «luminoso porvenir para la danza»?
Un «luminoso porvenir de la danza en el siglo XXI» puede estar garantizado o comprometido dependiendo de muchos factores. En primer lugar, sin paz en el mundo, no habrá Arte, y ni siquiera Humanidad. Tampoco podemos obviar que en muchos países el apoyo institucional o estatal a la danza es muy precario; es tratada la danza como una «cenicienta» entre las artes. Por otra parte, en América Latina hay países donde continúan arraigados grandes prejuicios contra el ballet, en relación con temas que hemos abordado antes. Pero la danza sigue siendo una expresión de enorme importancia cultural para los pueblos; alcanza un desarrollo y variedad ilimitados en muchas naciones. Creo que el ballet continúa teniendo una gran preferencia entre los públicos. Por lo tanto, soy optimista en cuanto al futuro de la danza. Evocando su ciudad, como el sitio donde está «asegurada la continuidad de nuestro ser, la prolongación de cada uno de nosotros hacia el pasado y hacia el futuro», ha asegurado que se trata de una obra que todos los días se levanta y que jamás dejaremos de construir. ¿Es una suerte de capricho privativo de esta urbe o una cualidad que se proyecta en otras plazas? No podría decirle con seguridad, pero sí tengo el convencimiento de que La Habana tiene una dinámica y un halo mágico peculiarísimos. La Habana es acumulación y es más que eso, es un resultado conseguido, en parte, por la persistente e involuntaria aportación de cada uno de nosotros, sus habitantes. Creo que a La Habana le sucede un poco lo que a la escuela cubana de ballet, en cuanto a organismo activo que siempre se está renovando y enriqueciendo. Y si me pidieran que evocara una imagen de mi ciudad, yo recordaría a ese andariego caballero que recorre y ennoblece La Habana con su palabra viva y su ejecutoria, ayudando a este pueblo a entenderla, cuidarla, respetarla, amarla… Por supuesto que me estoy refiriendo a nuestro entrañable amigo Eusebio Leal, supremo guardián de la villa. Alicia, ¿y qué peso tiene en su vida la condición de habanera? Bueno, para mí La Habana representa la prolongación de mi propia casa. A veces, en los fugaces momentos de reposo de que puedo disfrutar, se acumulan en el recuerdo aquellas noches de calor, cuando mi padre me llevaba con mi madre y mis hermanos Elizardo, Blanca y Antonio al Malecón. No hay duda de que aquellos momentos marcaron mi predilección por ese paseo, que es también barrera de contención de las aguas caribeñas. Admito que el paisaje visto desde allí, el olor del aire salado, todo crea para mí una atmósfera de paz y belleza. La vida de una ballerina no sólo implica entrega; es una vida de renuncia. ¿Cómo es su dieta, un día cualquiera, ahora que, aunque no retirada, ya no calza las zapatillas de punta? [Se me aproxima, todavía más, como quien busca a su cómplice para hacer la confesión. Se lleva la mano derecha al rostro.] ¡Ay, mis zapatillas!, si usted supiera cómo las extraño. [Se detiene unos segundos.] Mi vida entera la he pasado bailando. Sigo haciendo muchos ejercicios, calentamientos, y algunas veces le digo a Pedro: hoy tengo ganas de pararme en punta. Quizá un día lo haga, aquí en casa, para asombro de todos. ¿Ha pensado alguna vez en abandonar el magisterio, en despedirse de sus alumnos? Soy de las que piensan que se necesita vivir intensamente. Creo que hay tanto, pero tanto por qué vivir, que sólo espero que la ciencia me ayude y que descubra cómo estimular toda la fibra del cerebro, los músculos, para resistir y seguir andando. Ése es mi gran anhelo. Espero que se dediquen a eso en vez de inventar tantas formas de cómo matar lo más bello que tenemos: la vida. Como pienso vivir doscientos años, supongo que, cuando se agote ese tiempo, tendría que retirarme. Para entonces, ya no estaré aquí, estaré en otro planeta. De todo su legado, de lo que su figura representa no sólo en el universo de la danza, ¿qué le gustaría que fuese conservado con mayor celo?
Lo que quisiera es que me recuerden..., pero que me recuerden como soy.
MARIO CREMATA FERRÁN cursa el |
























