El articulista en esta séptima entrega afirma: «No necesito cansar a ustedes con el detalle minucioso de todas y cada una de las peculiaridades republicanas del relajo entre nosotros. Lo que de la colonia he dicho, puede aplicarse en muchas de sus partes a la República, bastando solo, y no siempre, cambiar los nombres de los protagonistas».

 «Y he dicho no siempre, porque aun juegan en nuestra vida nacional algunos personajes funestos, o sus hijos, parientes y herederos, que constituyeron las clases privilegiadas de la colonia, continuadoras en la república de los abusos, los atropellos, las injusticias y la explotación -el relajo- colonial».

Pintado queda ya, a grandes brochazos, el cuadro de esta tierra del relajo que fue Cuba colonial. Su historia como anticipé al comienzo del presente ensayo, es la historia del relajo.
No necesito cansar a ustedes con el detalle minucioso de todas y cada una de las peculiaridades republicanas del relajo entre nosotros. Lo que de la colonia he dicho, puede aplicarse en muchas de sus partes a la República, bastando solo, y no siempre, cambiar los nombres de los protagonistas. Y he dicho no siempre, porque aun juegan en nuestra vida nacional algunos personajes funestos, o sus hijos, parientes y herederos, que constituyeron las clases privilegiadas de la colonia, continuadoras en la república de los abusos, los atropellos, las injusticias y la explotación -el relajo- colonial.
Quien estudie desapasionadamente las ricas fuentes de información y documentación que le ofrecen los archivos españoles y cubanos y las obras de historiadores, sociólogos, novelistas y :costumbristas, descubre, en lo que a nuestras costumbres públicas y privadas se refiere, este fenómeno que observa y confirma siglo tras siglo durante la época colonial, y encuentra ratificado después en la era republicana: que una vez constituida, aun su forma más rudimentaria, la sociedad cubana, esas sus costumbres públicas y privadas no presentan desde entonces hasta nuestros días y observándolas panorámicamente, transformaciones fundamentales perceptibles, aceptados los cambios que en lo externo, por los usos, modas. Inventos y descubrimientos, necesariamente sufre cualquier sociedad del mundo civilizado. Son factores determinantes de esa inalterabilidad de costumbres, la inalterabilidad de la composición étnica de nuestro pueblo, que la república no se ha encargado de transformar y mejorar con sabias inyecciones de útiles inmigrantes que renovaran nuestra población, creando con el transcurso del tiempo un tipo nuevo de cubano en lo físico y en lo moral, libre de vicios y defectos congénitos a la mezcla constante de aquellos tres grupos de la especie Homo Sapiens: blancos-españoles, negros, africanos, amarillos asiáticos  – que integraron nuestra sociedad colonial, acentuándole sus virtudes y fortificándolas con otro material humano que a su vez pudiera irnos limpiando de ciertas perjudiciales máculas. Lejos de hacerse así, en los primeros tiempos republicanos arribaron a nuestras costas los mismos inmigrantes de las mismas provincias española; y también tuvimos épocas en que entraron por diversos puertos de la República, cargamentos de chinos estudiantes, comprados casi, y que después desalojaban a los obreros cubanos; y si desde hace años no existe la esclavitud negra, la trata negra si continuó, con la única diferencia de que, en vez de realizarse con África, se hizo con Jamaica y Haití; inmigraciones ambas indeseables, no por el color, sino por inciviles, analfabetos y por su condición de braceros baratos, esclavos mal retribuidos del latifundismo extranjero y nativo.
A esta inalterable composición étnica es necesario sumar la falta que hemos padecido de renovación y mejoramiento por la educación y la cultura, ya que si en los primeros días republicanos se dio ligero impulso a la obra de la enseñanza popular, bien pronto fué ésta abandonándose, tanto en lo primario como en la secundario y superior, hasta llegar a la aguda crisis educativa y cultural que desde hace años sufre la República.
Consecuencia lógica de esa inalterabilidad, a través de los siglos, del carácter cubano en la colonia y en la República, es la identidad también, en lo fundamental, de nuestras costumbres privadas y públicas, del relajo, en ambas épocas.
En las costumbres públicas, apenas constituida la Republica, vimos salir a la superficie los mismos vicios y defectos que los hombres que concibieron y propulsaron la revolución emancipadora se proponían extirpar: los odios enconados; el egoísmo; el afán de lucro; la empleomanía; la burla al derecho, la libertad y a la justicia; la carencia de respeto y acatamiento a la ley, que ya era ley cubana; el abuso y falta de probidad en los que mandaban; la corrupción administrativa; la complicidad unas veces, y la tolerancia, pasividad, apatía, desunión y desorganización colectivas, otras, en los que obedecían; e1 personalismo y caudillismo; el militarismo o mejor dicho, burocracia uniformada; la ineficacia de la justicia oficial; la esterilidad legislativa; el imperio de los mediocres. Y lo mas triste es que muchas veces el inri fué necesario ponerlo sobre la frente de los mismos que dieron su sangre para que esos vicios, en los que ellos ahora incurrían, desapareciesen. Si se releen los estudios sobre el régimen colonial y las censuras a él de nuestros políticos, sociólogos y economistas, o las proclamas revolucionarias del 68 y del 95, o la historia de los gobiernos de muchos de los capitanes generales, se encontrarán señaladas y combatidas costumbres públicas funestas que la república no ha borrado, haciéndonos pensar, con tristeza y dolor, que ésta, en el fondo, ha sido sólo un cambio de bandera y del himno, colonia superviva en realidad.
Ya el lector conoce por mi artículo último los graves daños que ha producido a la república el "intervencionismo" o "ingerencismo".
Por obra y desgracia de ese relajo, unido al de la supervivencia colonial, ha sido en muchas ocasiones difícil o imposible la liquidación de malos regimenes políticos contra los cuales se ha pronunciado la opinión pública, ya en forma de protesta y rebeldía cívicas, ya mediantes movimientos revolucionarios trayendo todo ello la inalterabilidad de hombres e instituciones y de condiciones históricas, sociales y económicas, y el mantenimiento de la misma organización colonial a base de dos castas: explotadores y explotados.
No hemos procedido, después de alcanzada la independencia, de acuerdo con los propósitos, las doctrinas y el espíritu de la Revolución Libertadora.
Ante el general relajo republicano, cabe preguntar:
¿Para qué se creó y existe nuestra República? Martí concibió que Cuba republicana debía ser «una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del Continente los deberes difíciles que su situación geográfica le señala», y aclaró que su Partido Revolucionario Cubano «no se propone perpetuar en la república cubana, con formas nuevas o con alteraciones mas aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.
Pero si analizamos lo que los cubanos han hecho en el gobierno y administración de su país durante los 48 años que lleva izada en el Morro de La Habana la bandera de la estrella solitaria, tenemos que confesar que Cuba se creó y existe únicamente para que una minoría de cubanos viva sabrosamente, mediante el disfrute de puestos, botellas, canonjías, compensaciones, dietas, gastos secretos y de representación y negocios de todas clases a costa del tesoro público; o sea, abierta y totalmente en contra de los ideales y principios que llevaron a Martí a organizar y desatar la continuación de la guerra libertadora iniciada en 1868.
Es difícil encontrar un solo acto político y gubernamental encaminado a lograr la felicidad de la mayoría por lo menos, de nuestro pueblo, o a demostrar que Cuba cumple su misión histórica, humana y civilizada en 1% comunidad jurídica de las naciones de América y del mundo; a tal extremo que si por un cataclismo geológico nuestra Isla se hundiese en los mares, desapareciendo por completo, con todos sus habitantes, no quedaría de ella recuerdo perdurable para las generaciones venideras, como se conserva con otros pueblos desaparecidos hace siglos y que han dejado huella imborrable en la historia de la humanidad.
Nuestros gobernantes y políticos se han ocupado exclusivamente en estos 48 años de vida republicana, de conseguir destinos y granjerías para si, para sus parientes, amigos y correligionarios, y nuestras etapas presidenciales se caracterizan de manera exclusiva por el trasiego de los ocupantes o disfrutantes de puestos y beneficios, y se distinguen unas y otras por el cambio de nombres de burócratas y explotadores del pueblo y de la hacienda pública.
Aun aquellas obras, que examinadas ligeras o miopemente, pudieran parecer de exclusivo beneficio público, aunque el pueblo resulte favorecido en parte, solo han sido pretextos para un negocio o para lograr determinada finalidad política, personalista o partidista. Así, tal obra pública, o mejora educativa o sanitaria, no se lleva a cabo por la obra o la mejora en sí, sino por que ella es necesaria para manejar x cantidad de pesos. Y ha ocurrido y ocurre, que ciertas obras no se ejecutan jamás, aunque los créditos a ellas destinados, se evaporen, y la obra solo exista en la letra de la ley o decreto que se publicó en la Gaceta Oficial. En otras ocasiones, un empeño gubernamental, en el que se descubren posibilidades de negocio por parte de  de los autores puede ser que, efectivamente, estos no logren ganancia alguna metálica inmediata, pero no por virtud o desinterés, sino por que el lucro es a largo plazo, con miras electorales futuras, o también para distraer la atención pública de otros negocios que se vienen realizando desde hace tiempo.
Si así han procedido, en todas las épocas, los hombres de altura -de altura, por las altas posiciones ocupadas-, los jefes, caciques, líderes, etc., políticos, y los mas prominentes funcionarios y autoridades de la nación, como va a exigírseles a los de abajo, a los de la masa, al populacho, a la chancleta, a la canalla, que piense, sienta y actúe de modo distinto, y no aspire, también, a disfrutar, aunque no sea más que las migajas y las sobras del festín presupuestal.
El mal ejemplo lo han dado, en nuestra República-como en la Colonia-los de arriba, los directores de la cosa pública. Si éstos no han tenido ideales ni principios, desinterés ni patriotismo, ¿cómo los van a tener los de abajo? Si el intelectual, el Profesional, el político prominente, la autoridad que ejerce destacadas funciones, no se han preocupado del bien colectivo sino del lucro personal, ¿con qué derecho vamos a censurar al simple afiliado a un partido, al infeliz guajiro, al trabajador o al oficinista de treinta pesos, que procure conseguir un puesto, o conservarlo, o mejorarlo, para vivir a costa del Estado?
Nuestra sensibilidad patriótica se ha ido perdiendo gradualmente, a través de los años, y hoy la botella, lejos de provocar la repulsa popular, es motivo de envidia por parte de los que no han logrado aún disfrutarla o han perdido la que poseían; y el atraco al tesoro público da patente de inteligencia, de listeza de superioridad. Quien llega a un puesto público cargado de deudas y con la bolsa vacía y sale de él millonario, lejos de desacreditarse y recibir la repulsa y el desprecio de sus conciudadanos, acrecienta su fuerza política, su arrastre electoral, y se convierte en un prohombre, cuyo consejo y orientaciones serán demandados y seguidos cada vez que se quiera resolver algún grave problema nacional, y hasta, a la hora de la muerte, todos le rendirán honores y el pabellón republicano será colocado a media asta, en señal de duelo de la nación por la "pérdida irreparable" de aquel "esclarecido patricio".

(Ensayo histórico costumbrista publicado en Carteles el 3 de diciembre de 1950)

Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964.

 

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