Interesantes datos sobre el nacimiento en Cuba de la industria azucarera, encontrados examinando las actas del Cabildo habanero.

Es en 1595 que se conceden a Cuba por Real Cédula iguales privilegios a los que para el fomento de la industria, disfrutaba la Española.

Imagen que ilustra este artículo publicado en uno de los números de la revista Social de mayo de 1930.

En estos momentos en que la industria azucarera cubana sufre crisis agudísima, que constituye pavoroso problema de muy difícil y complicada solución y del que depende, en gran parte, el porvenir económico de la República, ya que la caña ha sido nuestra máxima y casi única fuente de riqueza, nos parece interesante el ofrecer a nuestros lectores algunos datos sobre el nacimiento en Cuba de la industria azucarera, que hemos encontrado examinando las actas del Cabildo habanero.
Y en el tomo segundo ?-78– de las que hoy se conservan en el Archivo Municipal, –y que por feliz iniciativa del actual Alcalde, doctor Miguel M. Gómez, empezarán a publicarse en breve, bajo nuestra dirección– aparece en el Cabildo celebrado el 30 de abril de 1576, la primera petición que se hace y la primera licencia que se concede para el establecimiento en el Municipio de La Habana de un ingenio de elaborar azúcar.
En aquella época eran extraordinarias la significación e importancia que los Ayuntamientos tenían, según hemos visto en otros Recuerdos. A ellos les estaban encomendados deberes y facultades de orden ejecutivo, legislativo, judicial.
Entre esas omnímodas atribuciones se contaba la de dar licencia para las empresas que en la municipalidad se acometieran y regular su funcionamiento.
Es así, que en el cabildo del día ya citado, presentó Jorge Díaz, «estante en esta villa de La Habana, y vecino de Ayamonte»: súplica para que el Cabildo le concediera «la tierra que está desde la banda de la Chorrera, la cual linda con la estancia de Sebastián y Juan Guillén e linda con la de Alonso desde la Ciénega el cerro arriba y desde el mismo cerro vertiente a la mar y todo lo que hay hasta ella, para hacer y edificar un ingenio de azúcar».
Alegaba en favor de su demanda el susodicho Jorge Díaz, que el establecimiento del ingenio sería de gran utilidad a la Isla y sus vecinos y de gran provecho a Su Magestad y a Su Real Hacienda, por el fomento que traerá al comercio del puerto de La Habana y por el bien de la villa.
Al pedir la licencia, iban en ella comprendidas las solicitudes de tierras «y demás mercedes que Su Magestad suele hacer a los que se disponen a hacer los dichos ingenios para ayudar al edificio de dicho ingenio».
Estas mercedes a que hace referencia el peticionario, las concedía la Corona para proteger la industria azucarera en Indias, y facilitaron su rápido auge en la Española, de donde se supone pasó la caña de azúcar a Cuba, aunque su cultivo fue lento y en pequeña escala, y no se llegó a pedir en La Habana solicitud para establecer un ingenio hasta la fecha referida de 1576, cuando ya en aquella Isla había en 1520 más de 40 ingenios.
Las mercedes de la Corona consistían en tierras, encomiendas de indios, libre importación de efectos, rebaja de diezmos, no ejecución por deudas, y préstamos en efectivo de la Real Hacienda, facilidades todas indispensables para el desarrollo de la industria azucarera, dado el alto costo de construcción y sostenimiento de los ingenios.
Desde 1523 se iniciaron, según pormenorizadamente nos refiere Ramiro Guerra en el tomo segundo de su notable Historia de Cuba, las peticiones cubanas de subsidios para poder establecer en la Isla la industria azucarera, por demanda de Juan Mosquera, procurador de los municipios cubanos, ante el emperador Don Carlos y el Consejo de Indias. Siguieron otras peticiones, ya individuales ya de varios cabildos, algunas de las cuales fueron informadas favorablemente, pero sin que se llevasen a vías de hecho.
La primera solicitud formulada ante el Cabildo habanero, por Jorge Díaz, mereció unánime conformidad de los señores capitulares, por juzgarla «en bien y pro de esta villa y especialmente para el servicio de Su Magestad y aumento de sus derechos reales», y le concedieron la tierra que pedía, acordando que el Cabildo escribiera a Su Majestad, a los fines solicitados por el peticionario.
Pero ni esa ni otra alguna de las solicitudes en esos años presentadas, se llevó a vías de hecho.
Es en 1595 que se conceden a Cuba por Real Cédula iguales privilegios a los que para el fomento de la industria, disfrutaba la Española. Al año siguiente, el procurador del Cabildo, Hernando Barreda, llevó a España una petición de los vecinos de La Habana, sobre necesidad y conveniencias de la protección de la Corona, la que en 1597, por una Real Cédula pidió informes al Gobernador Maldonado, en el que se da a conocer que en 1593 había en La Habana algunos pequeños cañaverales, de los que no se hacía azúcar sino miel para consumo de los vecinos, trayéndose el azúcar de Santo Domingo, a 6 o más reales la libra, que desde 1595 o 96, han empezado los vecinos a hacer azúcar con trapiches y calderas pequeñas, en cantidad suficiente para el consumo local y exportación a Castilla, Cartagena y Campeche, alcanzando el precio de real y medio la libra, pero que como la gente es tan pobre, no podrá seguir fabricándola si no se le ayuda y socorre. Pedía a S. M. que se repartieran 40,000 ducados, los que no se repartieron hasta 1602, cuando ya había cesado en su cargo el Gobernador Maldonado Barrionuevo, sucediéndole Don Pedro de Valdés. La distribución empezó en septiembre y terminó en diciembre. Fueron favorecidos 17 ingenios con cantidades de 500 a 4,400 ducados, dando el propietario de cada uno como garantía el ingenio con tierras, casas, enseres, esclavos, ganado, etc. Según documentos del Archivo de Indias, que ofrece la historiadora yanqui I. A. Wright, en su trabajo Los orígenes de la industria azucarera de Cuba, publicado en la Reforma Social en abril de 1916, de donde hemos tomado estos últimos datos, esos ingenios de entonces eran muy pequeños, con 28 esclavos los más, y algunos hasta sólo de dos. Algunos de sus dueños eran portugueses, y portugueses también los primeros maestros de azúcar que en ellos trabajaron.
Emilio Roig de Leuchsenring
Historiador de la Ciudad desde 1935 hasta su deceso en 1964

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