Fruto del esfuerzo conjunto de la Oficina del Historiador de la Ciudad y la Fundación Alejo Carpentier, en 2012 vio la luz el libro Los pintores escriben, bajo el sello editorial Boloña.

Con el libro Los pintores escriben, Ediciones Boloña, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, inició la colección Cornuscopia.

Fruto del esfuerzo conjunto de la Oficina del Historiador de la Ciudad y la Fundación Alejo Carpentier, en 2012 vio la luz el libro Los pintores escriben, bajo el sello editorial Boloña.
Un colectivo de autores asumió el reto de escribir sobre 12 artistas imprescindibles de la cultura cubana, tratando de descifrar qué impulsó a cada uno, de forma diferente, a desdoblarse en el plano creativo mediante la pintura y la literatura.
Desde el encabezado del prólogo, el arquitecto Mario Coyula interroga: «Pintan, escriben… ¿qué hacen mejor?», y acto seguido evoca a Charles Fourier, que promueve la práctica de una manifestación artística secundaria, pues «ensancha el campo de referencias del creador y nutre su imaginario; o simplemente le da un respiro refrescante entre obra y obra, o marca un viraje en su trayectoria».
Pero, más que «tomar partido en la definición de cuál fue el campo, literario o plástico, más importante en la actuación del creador que estudian», el tema sirve de pretexto para llegar a las fibras más sensibles de su condición como seres humanos.
Así, Luis Álvarez Álvarez nos revela a un Severo Sarduy consciente de «su condición de pintor y escritor, y sobre todo de su esencia de cubanía», pese a haber vivido la mayor parte de su vida en París. Mientras que Regino Boti es presentado por Jorge Núñez como uno de los indiscutibles paradigmas de la lírica cubana del siglo XX, y un pintor escasamente conocido, pero con una obra de más de seis décadas de oficio.
Guillermo Rodríguez Rivera escribe sobre Fayad Jamís, quien refleja en su obra, sobre todo en la poética, momentos trascendentales de su vida: la llegada a La Habana, a mediados de la década del 50 del siglo XX; su viaje a París años después, y su estancia en México como agregado cultural de la embajada de Cuba en ese país. También Julio Girona encontró en sus vivencias personales y recuerdos un motivo de inspiración para desarrollar su pintura y su prosa, según explica Norberto Codina en su ensayo, que cuenta con los testimonios de Ilse Girona sobre su padre.
Reynaldo González somete a estudio comparativo obras paradigmáticas de Carlos Enríquez: por un lado, su novela Tilín García y, por el otro, sus cuadros El rapto de las mulatas, El rey de los campos de Cuba y Dos Ríos, para acercarnos a la manera que tuvo este peculiar creador de impugnar el entorno social que lo rodeaba.
En su trabajo sobre Arístides Fernández, Elizabeth Mirabal Llorens comenta aspectos relevantes de la pintura de ese creador, y analiza su breve obra literaria, consistente en 17 cuentos, que «le valieron un lugar en la literatura cubana».
Por su parte, la investigadora Olga García Yero describe en Marcelo Pogolotti no solo su talento como escritor y pintor, sino también como periodista y hacedor «de una prosa reflexiva» que «desde muy temprano concibió el arte como intensa expresión de la conciencia de una época».
El haber cultivado una temprana amistad con Raúl Martínez le posibilita a Abelardo Estorino abordar detalles de la personalidad de ese creador muy poco conocidos, pero útiles a fin de comprender las circunstancias en las que desarrolló su labor creativa.
La evolución artística de Loló Soldevilla es abordada por Pedro de Oraá, tanto en la pintura, con el abstraccionismo geométrico, y como en la literatura testimonial y de ficción, donde sobresalen sus crónicas y la novela inédita «La silla dorada».
Virgilio López Lemus propone ir «Hacia una comprensión múltiple de Samuel Feijoó», en la que destaca su profunda mirada «a la naturaleza insular, para convertir ese canto de identidades en una poética razonada».
De la mano de Elizabeth Mirabal llega también Juana Borrero, la única intelectual incluida en el libro que no vivió el siglo XX; no así su obra pictórica y literaria, que trascendió como una de las más abarcadoras de esa centuria. El rico mundo espiritual de esta joven sumergida en «orgías de lectura» alentada por su padre, y su intensa vida íntima, que parecía signada por la presencia de tormentosos amores, es uno de los mayores aciertos de este ensayo.
En el último de los ensayos, Graziella Pogolotti nos adentra en la obra creativa de Felipe Orlando. De él destaca su deseo acucioso por «descubrir otros horizontes artísticos y de tratar de encontrar en ellos un probable espacio propio».
Acompañan los 12 textos de Los pintores escriben la reproducción de dos obras pictóricas de cada uno de esos artistas, lo que aumenta el valor añadido del volumen, que constituye un referente para el estudio de esos intelectuales cubanos.


Celia María González
Opus Habana

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