Frente por frente a la Plaza de Armas, el otrora Palacio de los condes de Santovenia ha recuperado con creces su función de antaño, al erigirse como hotel de primera clase en el mismo corazón del Centro Histórico habanero.
Tras la ejecución del proyecto de restauración del edificio, en febrero de 1997 resurgió el Hotel Santa Isabel como «un exponente singular de hostelería y turismo en un sitio de grandeza nobiliaria y arquitectónica».

 El implacable decursar de los siglos no ha logrado extinguir las excelencias de la mansión colonial descrita por varios cronistas de la época. Tal es el caso del norteamericano Samuel Hazard, quien visitó La Habana en la década del 60 del siglo XIX. En su obra Cuba a pluma y lápiz, enumera las cualidades del recién establecido Hotel Santa Isabel.
Hazard califica este parador de verdadero hotel americano de primera clase y señala que «en algunos aspectos es el mejor hotel de la ciudad, pues sus habitaciones son grandes y aireadas, teniendo el edificio su frente en la Plaza de Armas (...)», a lo que añade el servicio de camareras bilingües para atender a las señoras —hecho también novedoso para entonces en la Isla, «pues por extraño que pueda parecer, en Cuba no hay camareras»— y la comida que satisfacía los más variados gustos.
Y por supuesto, el viajero destaca la magnífica ubicación del hotel, «estando cerca del Consulado Americano y a dos pasos de la bahía, pudiéndose contemplar la vida y el bullicio de este gran puerto». (1)
En realidad, desde la terraza-mirador del Santa Isabel se obtiene una visión no sólo de la bahía, sino también de las edificaciones más representativas de la arquitectura cubana de los siglos XVIII y XIX. El propio hotel es un paradigma de tales procesos constructivos y de las familias que habitaban estos inmuebles.

LOS CONDES DE SANTOVENIA
Según refiere Joaquín E. Weiss, en fecha tan temprana como principios del siglo XVIII, ya existía un inmueble en la calle Baratillo, entre Narciso López y Obispo. Pero no fue hasta el 15 de octubre de 1784 que se dio licencia para añadirle portales, siempre que fueran iguales a los del Palacio del Segundo Cabo y el Palacio de los Capitanes Generales, ambos situados alrededor de la Plaza de Armas. (2)
En este momento fue cuando la edificación tomó el aspecto con que se le conoce en la actualidad. Siguiendo las remodelaciones propuestas por el marqués de la Torre para la Plaza de Armas, se le agregaron la primera crujía y sus portales con arcadas.
A comienzos del siglo XIX, la casa fue adquirida por Nicolás Martínez de Campos y González del Álamo —nacido en La Habana en 1752—, quien se convirtió en 1824 en el primer conde de Santovenia.
A éste se deben las transformaciones hechas en el interior del palacio, así como la colocación de extensas barandas de hierro que, en su centro y paños de las esquinas, llevan las iniciales CSV: Conde de Santo Venia.
De entonces data también la carpintería francesa que cierra sus logias, las cuales —apunta el arquitecto Daniel Taboada— recuerdan en mucho a las de la casa del conde de San Juan de Jaruco, erigida en 1737 en la entonces Plaza Nueva (hoy, Plaza Vieja) por su sucesión de arcos con vitrales y persianería. (3)
Al morir el primer conde, el 5 de enero de 1832, heredó los bienes y el título nobiliario su sobrino José María Martínez de Campos y de la Vega, convertido así en el segundo conde de Santovenia.
Al año siguiente, del 14 al 17 de octubre, el palacio acogió a decenas de invitados que festejaron la Jura Real de la princesa María Isabel Luisa de Borbón, quien años después ocupó el trono de España con la denominación de Isabel II.
La trascendencia de los festejos fue noticia en la prensa de la época, y hasta el Diario de la Marina reportó «un globo aerostático que por la tarde se vio salir de la azotea de la casa del Sr. Conde de Santovenia, el cual se elevó majestuosamente a una inmensa altura (...)» (4)  En realidad, el globo se elevó sin tripulantes y se sustituyó la barquilla por un cesto coronado de flores y cintas, las que tenían impresas en letras de oro: «A la serenísima princesa doña María Isabel Luisa de Borbón» y firmaba «el conde de Santovenia». (5)
La ascensión del globo se produjo el día 16 al compás de varias piezas musicales, interpretadas por una banda militar. Todo el tiempo, durante las cuatro jornadas festivas, en la iluminación exterior del edificio se usaron «tres mil vasos de varios y vivísimos colores». (6)
El segundo conde de Santovenia murió en 1865. Dos años después, su viuda, Elena Martín de Medina y Molina, se casó con Domingo Dulce y Garay —primer marqués de Castell-Florite—, quien fue capitán general de la Isla de Cuba de 1862 a 1866.
Discrepancias internas en las filas de los voluntarios españoles, determinaron que Domingo Dulce y Garay renunciara a su alto cargo y regresara a España. Ésta es la razón por la que los hijos del segundo conde de Santovenia, se trasladaron primero a ese país y luego a Francia.
En esta circunstancia fue que el coronel norteamericano Luis Lay alquiló el palacio en 1867 y lo convirtió en el Hotel Santa Isabel.
Meses después, cuando llega a La Habana Samuel Hazard, todavía perdura el recuerdo de la familia propietaria del inmueble, como puede inferirse de esta descripción suya: «El edificio ocupado por este hotel nos ofrece una de las peculiaridades de la vida habanera; pues cuando lo ocupaban el Conde de Santovenia y su familia, las habitaciones altas donde residían, estaban amuebladas y decoradas de la más elegante manera, y en cambio la planta baja se usaba como almacén, muy fragante de pescados y aceites».
En su crónica, Hazard destaca la carencia de iniciativas para establecer en la Isla hoteles al estilo americano. Por lo que reconoce el «espíritu de empresa del Coronel Lay (...) de Nueva Orleans» para abrir el Hotel Santa Isabel, ubicado en el palacio de los condes de Santovenia.

EL HOTEL
Pero el Hotel Santa Isabel —con ese nombre— no se fundó en esta mansión, sino que tuvo una sede anterior en la calle Habana 136 (antiguo), entre Muralla y Teniente Rey.
Lay alquiló ese local en marzo de 1865 por un intervalo de cinco años, y más tarde extendió este contrato a 14 cuartos del fondo de la propia casa, que tambien habilitó para hotel.
En un anuncio publicado en el periódico El Siglo, se ofertaban «cuartos baratos amueblados y asistidos con todo lo necesario para el aseo, por $ 20 al mes, incluido el gas y criado para la asistencia». (7)
Sin embargo, las torrenciales lluvias de julio de 1867 arruinaron los términos del contrato y, el 15 de septiembre de ese año, Lay alquiló la mansión ubicada frente a la Plaza de Armas e instaló allí el nuevo Hotel Santa Isabel.
Destinado a una clientela norteamericana, el palacio de los condes de Santovenia —en su nuevo uso— fue anunciado en 1868 por The stranger in the tropics, publicación editada en Nueva York a cargo de American News Company.
Además de recalcar su ventajosa situación geográfica —«en la Plaza de Armas, en el lado opuesto al Palacio de los Capitanes Generales y contiguo al Consulado de los Estados Unidos»—, el anuncio enumera las ventajas señaladas por Hazard.
Otros cronistas de la época —que visitaron la Isla de 1870 a 1872— perpetuaron también su estancia en el Hotel Santa Isabel. Sus descripciones insisten en las peculiaridades arquitectónicas del edificio, calificado por Richard Lewis como «deteriorado palacio de la nobleza». (8)
Por su parte, Julia Woodruff —quien llegó a la villa de San Cristóbal en diciembre de 1870— comentaba que «las sólidas puertas plegadizas de la entrada parecían más adecuadas para una fortaleza que para una pacífica morada (...)» (9)
 DECLIVE Y REAPERTURA
Aunque todavía en 1897 aparecía relacionado como hotel en «Cuba et la Havane», (10) a partir del 28 de agosto de 1893 el palacio había dejado de ser patrimonio de los condes de Santovenia. (11)
José Martínez de Campos y Martín Medina —quien en 1881 había heredado de su padre el título de tercer conde de Santovenia— vendió la mansión a Pedro Victoriano Morales y Santa Cruz.
Los dueños se sucedieron y el palacio no se pudo identificar más con un propietario específico, y en algún momento —quizás ya en pleno siglo XX— dejó también de funcionar como hotel.
En lo adelante, el inmueble cumpliría diferentes usos, entre ellos: domicilio para personas y entidades comerciales y financieras, almacenes, oficinas... hasta que —en la década de 1980— acogió en sus bajos la taberna Mesón de la Flota.
Posteriormente, cuando la Oficina del Historiador de la Ciudad decidió —mediante su compañía Habaguanex— restablecer la antigua red hotelera en el Centro Histórico, el palacio de los condes de Santovenia fue uno de los priorizados por su valor patrimonial.
Tras la ejecución del proyecto de restauración del edificio, en febrero de 1997 resurgió el Hotel Santa Isabel como «un exponente singular de hostelería y turismo en un sitio de grandeza nobiliaria y arquitectónica». (12)
Iniciado a mediados de los años 90, el proceso restaurador respetó la tipología original de la edificación, caracterizada por un patio central interior que —rodeado de galerías— evoca los orígenes de la casas coloniales habaneras.
Según describe Julia Woodruff, ese patio: «Estaba lleno de pequeñas mesas y en su centro había una bonita obra de piedra de donde brotaban helechos y flores, así como chorros de agua que caían dentro de un estanque alegrado por brillantes peces de colores (...)» (13)
En ausencia de ese surtidor, se optó por una solución que refuerza el sentido histórico con que el palacio fue restaurado: en el centro del patio se colocó una fuente que rememora a la que existe en la otrora casa-quinta Santovenia, también propiedad de la familia de marras y erigida en la Calzada del Cerro en 1841. (14)
Además del patio, en la planta baja del palacio de Santovenia se encuentran el amplio recibidor y, a un costado de éste, el restaurante El Condado.
Toda la ambientación del hotel recrea la decoración y muebles del siglo XIX (juegos de medallones, sillones estilo imperio...), armonizándolos con elementos modernos que no desentonan, pero que procuran confort a la estancia. En su concepción original se previó que parte de ese mobiliario fuera elaborado en Cuba con maderas autóctonas.
Al igual que en otras instalaciones del Centro Histórico, se priorizó la plástica cubana contemporánea como elemento estético, de modo que el hotel es —en cierta medida— un espacio de las bellas artes, sobre todo, de pintura de caballete.
En el restaurante se aprecian obras de Nelson Domínguez (también ilustró la carta menú, colocada dentro de una cubierta de piel confeccionada por el talabartero Oscar Patterson), junto a cuadros de una figura más joven: David Rodríguez.
Asimismo, en el lobby —entre otras expresiones artísticas— se destacan los cuadros de Alberto Lescay y un óleo de Roberto Fabelo.
En las habitaciones también hay obras de arte —en la suite presidencial Santovenia, por ejemplo, hay un Zaida del Río— que aportan un toque de belleza al interior de esos recintos.
Tales dormitorios permanecen en una acogedora penumbra gracias a que se han usado contrapuertas para neutralizar la intensa iluminación solar que atraviesa los vitrales. Se trata de un antiguo recurso —el de las contrapuertas— que data de los tiempos de los condes de Santovenia. (15)
De entonces, el otrora palacio conserva también sus fachadas exteriores, a tenor con la imagen que Hazard dibujó en su libro de crónicas viajeras.
Y aunque el entorno de la Plaza de Armas ha variado con el decursar de los años —la otrora sede del Consulado Americano, por ejemplo, se ha convertido en la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena—, todo parece evocar el espíritu que animó a los viajeros del siglo XIX, muchos de los cuales no dudaron en pernoctar en el hoy resurgido Hotel Santa Isabel.


(1) Samuel Hazard: Cuba a pluma y lápiz. Colección de libros cubanos, 1871, vol. VII, tomo 1, pp. 32-33.

(2) Joaquín E. Weiss: La arquitectura colonial cubana, siglos XVI al XIX. La Habana-Sevilla, 1996, pp. 272-273.

(3) Entrevista concedida a las autoras de este artículo por el arquitecto Daniel Taboada.

(4) Diario de la Marina, 19 de octubre de 1833. Citado por Pedro A. Herrera López: «Palacio del conde de Santovenia», 29 de marzo de 1972 (investigación inédita).

(5) Pedro A. Herrera López: Ob. cit.

(6) Ídem.

(7) Rafael Fernández Moya: «El palacio del conde de Santovenia. Antecedente histórico de hostelería y turismo en sitios de grandeza nobiliaria y arquitectónica» (investigación inédita).

(8) Richard Lewis: Diary of a spring holiday in Cuba. Porter and Coater, Philadelphia, 1872, p. 16. Citado por Rafael Fernández Moya, ob. cit.

(9) Julia Woodruff: My winter in Cuba. By W. M. L. Jay, New York, E. P. Dutton, 1871, p. 281. Citada por Rafael Fernández Moya, ob. cit.

(10) Georges Caron: «Cuba et la Havane», en Monde Moderne. Abril 1897. Citado por Rafael Fernández Moya, ob. cit.

(11) Pedro A. Herrera López: Ob. cit.

(12) Tesis desarrollada por el historiador Rafael Fernández Moya, ob. cit.

(13) Julia Woodruff: Ob. cit., p. 282.

(14) María Elena Martín Zequeira y Eduardo Luis Rodríguez Fernández: La Habana. Guía de arquitectura. La Habana-Sevilla, 1998, p. 179.

(15) Estos criterios sobre la ambientación del hotel fueron brindados a las autores de este artículo por la arquitecta Conchita Piñó y la ingeniera Lourdes Gómez.

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