Puede evocarse la historia de estos establecimientos durante el siglo XIX, cotejando los anuncios de esa época con los frascos de vidrio exhumados en recientes excavaciones arqueológicas.
El verdadero auge de la farmacia en Cuba tiene lugar a partir del siglo XIX, cuando esta rama va adquiriendo su propia independencia con respecto a la práctica médica.

 Con las excavaciones arqueológicas efectuadas por un grupo de especialistas del Gabinete de Arqueología (Oficina del Historiador de la Ciudad) en el inmueble de la calle Obrapía 55 –actual Hostal El Comendador–, vio la luz un considerable número de frascos de vidrio que provenían de farmacias existentes en La Habana durante el siglo XIX.
Tales hallazgos se lograron en un sitio que –debido a sucesivos usos y transformaciones, desde colector hasta almacén– fue variando su fisonomía en correspondencia con los movimientos de rellenado. Al quedar perpetuados en el antrosol (o sea, en la sucesión de estratos provocados por la acción del hombre), ésos –y otros utensilios– suelen arrojar importantes evidencias sobre la vida en cada época.
Los frascos de farmacia fueron agrupados según la capa en que se hallaron y clasificados por su grado de semejanza, aún cuando provinieran de estratos de diferente naturaleza. Tras someterlos a un análisis que revelaría sus rasgos tecnológicos y el origen de su factura, se llegó –incluso– a determinar el contenido de tales recipientes.
Al calor de tales empeños arqueológicos, se hizo ineludible entonces retroceder en el tiempo en busca de los antecedentes de la farmacia en La Habana, y –por ende– a repasar su historia médica durante la etapa colonial. Y es que en el pasado, muchas veces los propios médicos preparaban y prescribían medicamentos, en tanto que algunos farmacéuticos no sólo preparaban prescripciones sino que fabricaban grandes volúmenes para su comercialización.
La distinción entre el farmacéutico como fabricante de medicamentos y el médico como terapeuta no tuvo aceptación hasta bien avanzado el siglo XIX.

SIGLOS XVI, XVII Y XVIII
Tal y como afirma José López Sánchez en su valiosa obra investigativa Cuba. Medicina y Civilización. Siglos XVII y XVIII, «las fuentes de documentación para valorar la historia médica del siglo XVI se reducen a las Actas del Cabildo, algunas cédulas reales que regulaban el ejercicio de la medicina, inaplicables en la Isla y, excepcionalmente, obligaciones testamentarias en las que constan débitos por curaciones a cirujanos».
Por dichas Actas sabemos que un tal Juan Gómez fue recibido, el 26 de agosto de 1552, como «barbero y cirujano del cual oficio es maestro y examinado», convirtiéndose para nosotros –en ausencia de otra prueba documental– en el primero que se relacionó con el arte de curar en la villa de San Cristóbal de La Habana.
Sin embargo, no hay ningún indicio de su ejercicio, e incluso no figura en la lista de vecinos y moradores de la villa que, tres años después del ataque del corsario Jacques de Sores, fuera publicada en 1555. Puede presumirse –como señala López Sánchez– «que abandonó la Isla, porque de haber muerto en el ataque alguna mención se habría hecho, dada la importancia de su oficio».
En aquella época, los habaneros no pasaban de 400 personas y –por supuesto– carecían totalmente de atención médica. Esa situación se prolongó por casi 60 años, en los que sólo alguno que otro cirujano –al arribar con las flotas– se quedaba por un tiempo a cambio de una mensualidad.
No obstante, ya existe alguna preocupación por parte de las autoridades españolas en procurar médicos, cirujanos y boticarios que residieran de manera permanente en la colonia. De ahí que en las Actas del Cabildo, el 26 de febrero de 1569, se consigne la presencia de un tal Gregorio Gamarra «por la necesidad que esta dicha villa [...] tiene de botica y médico y cirujano, ansí para los vecinos como muchas personas que á ella ocurren en flotas y fuera de ellas [...] y porque es graduado en Alcalá de Henares en todas tres ciencias...»1
Lo cierto es –y así lo demuestra acuciosamente López Sánchez– que Gamarra partió hacia Cuba sin terminar sus estudios en la mencionada universidad, en la que tomó sólo un curso, y que probablemente no haya aceptado los deberes que le imponía el acuerdo del Cabildo habanero, pues no se conocen más detalles sobre su permanencia en esta ciudad.
El primer cirujano médico que realmente ejerció su profesión en La Habana fue Francisco Peláez Pérez, quien llegó en 1572 y ganó gran prestigio como tal, prestando sus servicios por intervalo de 15 años no sólo a las tropas –para lo cual había sido destinado– sino al resto de la población. A él pertenece la primera mención de un caso de sífilis en la Isla, en 1586, y su tratamiento con unciones de mercurio.
Sabemos por una descripción de José María de la Torre que, en 1598, «sólo hay dos boticas en este pueblo: la de Sebastián Milanés, calle Real, y la de López Alfaro, cerca del desagüe [...]. No habrá en cada una de ellas cincuenta embases y las drogas tan desvirtuadas, que el otro día presenciamos su ineficacia en unos cáusticos que dispusieron al escribano de mi amo. Las moscas operantes estaban pasadas y hechas polvo. Las medicinas que se consumen en el país vienen de Castilla y hasta que no se acaban no se hace de nuevo el pedido...»2
No es hasta 1610 que llega a La Habana el primer Doctor en Medicina, Juan de Tejeda y Pina, graduado de la Universidad de Salamanca, al que el Ayuntamiento contrata como médico de la ciudad por el período de un año. Con su arribo puede darse por culminada una etapa de la historia médica de la Isla, cuya principal ciudad ya era para entonces la villa de San Cristóbal de La Habana, convertida en un paradero casi forzoso de los buques que hacían el viaje de regreso a la Península.
Esa condición de puerto de escala para el comercio de Indias había traído aparejado su rápido crecimiento poblacional a expensas de los flujos migratorios. Y aunque se realizaron esfuerzos para mejorar la infraestructura citadina, no se dispuso de inmediato de los medios necesarios para atenuar las dificultades que tal expansión provocaba.
En 1609, el gobernador Ruiz de Pereda advertía al rey que en La Habana se vive muy mal, «...porque siendo de la calidad que es y donde hay tan buen número casas y vecinos, de que cada día va aumentando y de tan grande concurso de pasajero (...) no hay en ella quien pueda tomar el pulso a un enfermo ni ordenar a una sangría...»3
La aglomeración de casas y posadas, la escasez de agua potable, y el número crecido de cerdos y reses que se conducían a los mataderos para el consumo del vecindario, hacían proliferar la suciedad, los malos olores y las plagas de ratones e insectos que pululaban por todas partes.
Entonces, se desconocía el sentido de la higiene como un precepto fundamental para conservar la salud, pues no habían surgido las correspondientes teorías médicas ni tenido lugar descubrimientos tales como el de los microorganismos. En la ciudad colonial la gente vivía sin concebir que las epidemias –por ejemplo– tuvieran alguna relación con la limpieza.
Así en 1613, comienza a extenderse por la ciudad la lepra; en 1621, se reporta una epidemia de fiebre infecciosa que altera el índice de defunciones, situación que vuelve a repetirse entre 1633 y 1636, sin que se sepa a ciencia cierta cuál es realmente la enfermedad causante del estrago.
En plena epidemia fallece el doctor Bartolomé de Cárdenas, quien había sustituido a Tejeda como médico de la ciudad, y meses después –en 1637– muere Francisco Muñoz de Rojas, cuyo título de «Protomédico y Examinador de todos los doctores, cirujanos y barberos, boticarios y parteras en el territorio de la Isla» le había sido adjudicado por el Rey mediante carta de provisión, el 6 de febrero de 1633.
Con Muñoz de Rojas, son cuatro los médicos que han venido a la Isla en más de un siglo de iniciada la colonización. Pero no es hasta el 20 de agosto de 1642 que se asienta el primer boticario con título: Francisco Carmona.4
Por esa misma fuente, es posible saber que se iba haciendo cada vez más frecuentes las peticiones de que un alcalde ordinario y otras personas autorizadas –entre las que figuraba el protomédico– inspeccionasen las boticas «para que se reconozcan sus medicamentos y drogas».
En 1649 tuvo lugar la más devastadora epidemia conocida en Cuba hasta ese momento, la cual alcanzó la tasa de 121,72 muertos por 1 000 habitantes. Su causa fue la fiebre amarilla, y dejó a la ciudad sin médico ni cirujanos, además de que –según el historiador Arrate– «hubo tan varios nombramientos ese año de 1649 por la muerte de varios tenientes gobernadores».
Por esa fecha llega a México a estudiar la profesión de médico el primer cubano que se graduaría como tal, Diego Velázquez de Hinostrosa. De regreso a La Habana en 1655, ejercería junto al doctor español Lázaro de Flores, el más notable de cuantos hubo en el país durante el siglo XVII y quien publicara la primera obra científica redactada en Cuba: Arte de navegar, impresa en España en 1673.
Dadas las persistentes malas condiciones higiénicas, en 1669 se ordena el cuidado de la Zanja Real, por constituir la principal fuente de agua potable para los habaneros. A su vez, continúan las peticiones para que se visiten las boticas en aras de «reconocer los medicamentos si padecen corrucion ó están de calidad que puedan aprovechar».5
Ya para esa fecha ha comenzado a erigirse la iglesia y hospital de San Francisco de Paula, cuyo primera piedra fue colocada el 27 de febrero de 1668 dando cumplimiento a la disposición testamentaria del presbítero Nicolás Estévez Borges. Destinado a las mujeres, este centro formaría parte de la red hospitalaria de la capital junto al Hospital General San Juan de Dios, el de Convalecientes de Belén, el leprosorio del Pontón, y la Caleta de Guillén.
 El 12 de septiembre de 1670, la Orden de los Dominicos –en la persona del Maestro Fray Diego de Rivera– logra que el Cabildo acepte trasmitir al Rey la conveniencia de que se autorizara fundar en su convento de San Juan de Letrán una universidad a semejanza de la que existía en Santo Domingo. A partir de entonces, los dominicos habaneros –que reiteraron esta petición en lo que quedaba de siglo– incrementaron el número de especialidades e introdujeron los estudios de medicina.
Si bien en 1693 tiene lugar un crecimiento de la mortalidad, pues la Isla sigue siendo víctima de enfermedades crónicas y brotes agudos –incluida la viruela, que causaba estragos entre los negros esclavos–, este último decenio registra un progreso en lo que a salud se refiere, atribuido a los empeños del obispo Diego Evelino de Compostela.
Al caracterizar ese período, López Sánchez –nuestro autor de referencia– considera que «si fuera imperativo dar una fecha de comienzo de una historia médica sistemática y continua de La Habana, habría que fijarla después de 1690, porque es cuando comienza un arribo regular de médicos y cirujanos...»
Entre ellos, llegan los primeros criollos graduados de Medicina en México, así como algunos cirujanos extranjeros. Junto a los españoles forman –hasta 1710– un grupo de médicos equivalente a casi todos los llegados a través del siglo.
Por entonces surge en Cuba la figura de Francisco de Teneza, quien –por Real Orden del 12 de febrero de 1708– es nombrado Protomédico con Honores de Médico de Cámara, cargo que ocuparía oficialmente tres años después, el 13 de abril de 1711.
La institución del Protomedicato –que desde 1570 había sido introducida por España en varios de sus territorios conquistados– consistía en un consejo presidido por un médico con autoridad para examinar y regular el ejercicio de los demás médicos, cirujanos, apotecarios y comadronas, inspeccionar boticas y hospitales, informar sobre las drogas y aguas del lugar, y establecer cuarentenas en caso de epidemias.
En su desempeño como tal, Teneza llegó a conocer los desacuerdos que existían entre médicos y boticarios, además de enfrentar hechos tales como la adulteración de medicina y su excesivo precio de venta.
Sucedía que el comercio de medicinas cobraba cada vez más auge a medida que se iba ampliando la asistencia médica a la población. Y aunque estaba prohibido desde 1617 por la legislación española, los médicos –por hábito y también por afán de ganancia– preparaban los compuestos medicinales y los vendían directamente a los pacientes. Del otro lado, los boticarios importaban bajo su exclusiva competencia las materias primas para la preparación de las medicinas.
Por esta razón, junto a Juan Antonio Vázquez, Lázaro del Rey Bravo y Joseph Urrutia (los tres, propietarios de farmacias en la ciudad), el doctor Teneza confeccionó en 1723 una tarifa de precios que puso freno a los abusos y exageraciones que –por igual– cometían boticarios y médicos en la comercialización de medicinas.
Para esta tarifa –considerada el primer incunable cubano, impreso por Carlos Habré– se tuvo en cuenta el precio original que tenía el medicamento en su lugar de procedencia, al que se añadían los siguientes importes: 40 %, por motivos de riesgos; 25 %, por derecho de aduana y flete; 25 %, por concepto de ganancia, y 10 %, por costos de derecho. En total, un 100 % de valor agregado, que equivalía a vender el producto por el doble de su precio original.
Finalmente, Teneza terminó en discordia con Lázaro del Rey, a quien prohibió comerciar unos llamados «polvos hécticos» por considerar –tras su examen y análisis– que estaban adulterados. Al negarse éste último a acatar la orden de incinerar dicho producto, el protomédico le impuso el cierre del establecimiento y el embargo de sus bienes, con lo que se desencadenó una verdadera guerra entre ambos personajes.
Junto a la instauración del Protomedicato, cuyo tribunal quedó constituido en 1730, el otro gran hecho histórico del siglo XVIII es la largamente ansiada fundación por los dominicos –el 15 de enero de 1728– de la Real y Pontificia Universidad San Gerónimo de La Habana con las cátedras de Teología, Filosofía, Leyes, Cánones, Anatomía, Matemáticas, Retórica, Gramática y Medicina. En 1751, son ya 20 cátedras, cuatro de ellas referidas a las Ciencias Médicas.
Este hecho facilitó la adjudicación de títulos académicos a jóvenes criollos que, de lo contrario, hubieran tenido que viajar a México o España para cursar estudios.
Mas en el caso de los cirujanos y boticarios, la cuestión siguió siendo compleja porque estos títulos podían ser otorgados sólo por el Protomedicato.
Las Actas del Cabildo citan unos 20 boticarios, de los cuales sólo cinco –mencionados a partir de 1746– son habaneros. El resto, en su mayoría, son españoles, «lo que se explica –afirma López Sánchez– porque la botica era un comercio y para instalarse tenían que afrontarse gastos que implicaban poseer ciertos bienes de fortuna».

SIGLO XIX: EL ESPLENDOR
Es notorio que el verdadero auge de la farmacia en Cuba tiene lugar a partir del siglo XIX, cuando esta rama va adquiriendo su propia independencia con respecto a la práctica médica. A esa etapa pertenecen los recipientes hallados en distintas locaciones del Centro Histórico, desde frascos de vidrio como los recién encontrados en Obrapía 55, hasta distintos tipos de ceramios.
Ante tal evidencia arqueológica, el historiador se siente estimulado a tratar un tema que –por su carácter y amplitud– se relaciona, casi como ningún otro, con la vida cotidiana, al reflejar directamente los hábitos de la población para garantizarse su estado de salud y, por ende, su supervivencia.
Ya desde fines del siglo XVIII, en las grandes capitales –y La Habana lo es– se comienzan a diseñar sistemas sanitarios para propiciar la salud de sus habitantes. De suma importancia resulta la introducción en 1804 –por el doctor Tomás Romay– de la vacuna contra la viruela, cuyos resultados se advierten de manera rotunda pocos años después, como se refleja en esta noticia publicada en el Papel Periódico de La Habana, el 7 de febrero de 1808:
«...En el cementerio general de La Habana, donde se entierran todos los que fallecen en esta ciudad y sus barrios estramuros, sólo se han sepultado el año anterior de 1807 dos cadáveres de viruelientos. ¡Qué diferencia tan enorme, comparada con la mortandad del año 1804, en la cual se inhuman en una sola iglesia ochocientas víctimas de la enfermedad! En aquel mismo año se introdujo la vacuna en esta ciudad y en toda la Isla, y desde entonces casi ha desaparecido la enfermedad...»
Por la nota periodística conocemos también de la existencia del «cementerio general» que, construido por iniciativa del ilustre Obispo Espada, vino a sustituir la ya insostenible costumbre de enterrar los muertos en el interior de las iglesias.
En 1807, se establece la Junta de Sanidad, y cuando en 1810 tiene lugar una epidemia de fiebre amarilla, se emplean las píldoras de Ugarte a base de mercurio, lo que da una idea del avance si se compara con otra pandemia similar que, ocurrida en 1761, fuera combatida por disposición del Cabildo «quemando buingos de buey, patas de vaca con yerbas aromáticas vulgares...».6
Después de estar una centuria bajo la égida del Real Protomedicato, la profesión farmacéutica logra su razón de ser en Cuba, cuando se crea –por Real Disposición de 9 de enero de 1830– la Junta Superior Gubernativa de la Facultad de Farmacia, instalada en La Habana el 24 de diciembre de 1833, a semejanza de la que se creó en Madrid por Real Orden del primero de enero de 1800.
Formada por tres vocales y un secretario, dicha Junta otorgaba los grados de bachiller, licenciado y doctor en Farmacia, teniendo a su cargo –además– el establecimiento de las cátedras de Química, Botánica y Farmacia. Le correspondía también atribuciones económicas, directivas y gubernativas como las de imponer y exigir multas a los que ejercían indebidamente y cometían abusos. Para ello nombraba visitadores, y editaba un inventario que incluía los contenidos de las medicinas, así como una tarifa de precios.
Si hasta 1834, las boticas estaban como en tiempos primitivos, con toscos armarios de pinos, pomos de loza ordinaria con tapas de hoja de lata y rótulos en tiras de papel, a partir de ese año comienza su despegue comercial gracias a las reformas emprendidas por el Dr. Guillermo Lobé, quien en su establecimiento –situado en la calle Obrapía, entre san Ignacio y Cuba– dio a conocer los nuevos productos farmacéuticos salidos de las principales droguerías de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos.
En lo adelante, «el lujo de estas oficinas en la Habana y algunos pueblos es estraordinario: casi todas de caoba, mármoles y ricas vidrieras á ningún establecimiento ceden en elegancia. En algunos se va introduciendo el espendio de agua de soda preparada y aun ha habido quien pretendiese con poco acierto, el que en ellos se vendiera exclusivamente», según se describe en la obra Paseo pintoresco por la isla de Cuba (1841).
En 1842, la Universidad es secularizada y, bajo nuevos estatutos y reglamentos, deja de ser Pontificia para llamarse Real Universidad. El significado que ello traería para la carrera de Farmacia emana de las palabras que, veinte años después, son pronunciadas en la inauguración del curso académico correspondiente a 1862:
«Antes de 1842, el Boticario se formaba casi en el empirismo práctico del mostrador (...) Hoy la Farmacia no es en mano de nuestros discípulos, el mezquino arte de confeccionar emplastos y brevajes; es sí un capítulo importante de la parte práctica de la Física, de la Química, de la Botánica y de la Zoología, ilustrado por la Lógica y la Moral; y de importancia tan sublimada, que si el médico, por ignorancia, precipitación o descuido, aventura una prescripción que pueda poner en peligro la existencia de un enfermo, el ilustrado farmacéutico le advierte el daño posible, el médico corrige la prescripción y se salvan a un tiempo la vida de un hombre y la fama de un facultativo».7
Un año después, en 1863, la Facultad de Farmacia se emancipa para siempre de la de Medicina y Cirugía. Para entonces, ya estaba fundada –desde el 19 de mayo de 1861– la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, siendo su primer presidente el doctor Nicolás J. Gutiérrez.
A ella presenta –en 1862 el doctor Fernando Valdés Aguirre, sus Ideas sobre la impresión de un formulario de la Isla de Cuba, que él recomendaba como un apéndice de la Farmacopea hispana. El uso y tenencia de ésta última en las oficinas de farmacia fue de obligado cumplimiento durante todo el siglo XVIII y XIX. Proliferan las publicaciones farmacéuticas, desde el primer periódico –denominado La Emulación, que vio la luz entre 1863 y 1867– hasta El Repertorio de Farmacia (1880), a cuyos fundadores se debe la iniciativa de crear, ese mismo año, el Colegio de Farmacéuticos de la Habana, cuyo primer presidente fue el Dr. José Sarrá.
El 11 de febrero de 1883, en la Gaceta de La Habana, se publican Las Ordenanzas para el ejercicio de la profesión de Farmacia, compuestas por 10 capítulos y 88 artículos, 11 más de los que aparecían en las ordenanzas de la Península.
Para ejercer de boticario bastaba con tener el título de licenciado en la Universidad de La Habana, o en cualquier otra de España. Y si se quería abrir un dispensario público, entre otros requisitos, había que presentar el croquis de la casa y una copia del título académico. También era necesario residir en el mismo lugar donde se fuera a abrir la botica, así como tener a buen recaudo, en un armario habilitado al efecto, las sustancias venenosas y heroicas.
Cada boticario debía llevar un libro de fórmulas, reflejando en él cada medicamento que despachaba y su contenido. Era frecuente la venta de preparados con patentes extranjeras, pues no había dificultad para su entrada en el país; sólo debía efectuarse el pago del Arancel de Aduana, vigente desde 1870.
Era posible anunciar los productos en cualquier periódico «...siempre que lo hagan de forma seria y sencilla que prescriben el decoro y la dignidad de la profesión», apuntaban las ya mencionadas Ordenanzas. Al comentario y análisis de éstas últimas se dedicó el Dr. Antonio González Curquejo, quien en su libro Sobre las nuevas ordenanzas de Farmacia para la isla de Cuba reflexiona en torno a la ética de la profesión.
Propietario él mismo de una botica en Monte 44, contribuyó con su peculio a sufragar durante tres años seguidos la revista mensual La Enciclopedia, en la que publicaron –entre otros– los sabios cubanos Bachiller y Morales, y Carlos J. Finlay.
Para 1885, existían en la ciudad no menos de 68 farmacias, las cuales habían sido divididas en siete clases por el gremio farmacéutico con tal de definir la cantidad monetaria que cada una debía ofrecer al mismo como contribución anual.
Ese documento adquiere un gran valor histórico porque no sólo representa una relación de los establecimientos de la época y sus respectivos dueños, sino que permite conjeturar sobre el alcance de sus servicios y compararlos entre sí.
Así sabemos que, consideradas de primera clase había sólo cuatro farmacias, entre ellas una –en Aguiar 106– perteneciente a González Curquejo. Y que en Obispo 53 –por ejemplo– se encontraba situada la botica De Basset, calificada de cuarta clase y propiedad de Manuel Johnson, en el lugar que ocupa hoy la actual farmacia Johnson, recientemente restaurada por la Oficina del Historiador de la Ciudad.
¿Por qué –al margen de su clase– unas farmacias subsistieron y otras no?, es del tipo de preguntas que nos hacemos como investigadores al acercarnos por primera vez a tan rica y sugerente temática.
Como un homenaje a esos singulares establecimientos habaneros del siglo XIX, en Teniente Rey 41 abrirá sus puertas en fecha próxima el Museo Farmacéutico de La Habana, en el mismo lugar que ocupara antaño la farmacia La Reunión, propiedad del conocido Dr. José Sarrá.


1 Actas capitulares del Ayuntamiento de La Habana. Museo de la Ciudad, Libro 1, Folio 48V-49.

2 José María de la Torre: Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna. La Habana, 1857.

3 José López Sánchez: Cuba: Medicina y Civilización. Siglos XVII y XVIII, Editorial Científico-Técnica, La Habana, 1995.

4 Actas Capitulares, Libro 10, 20/9/1642, Folio 225-232. Aunque en otros casos no se den las referencias a dichas Actas, se han comprobado todas las citas acudiendo a los documentos originales, conservados en el Archivo de la O.H.C.

5 Idem, L. 14 27/9/1669, F. 601V-605V

6 Manuel García Hernández, Manuel y Susana Martínez-Fortún y Foyo: Apuntes históricos relativos a la farmacia en Cuba, La Habana, 1955.

7 Idem, p. 19.

Fueron consultados, además, el Directorio de artes, comercio e industrias de La Habana (1859) y el Directorio mercantil de la Isla de Cuba, Puerto Rico y Saint-Thomas (1875), entre otros.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar