Jugador aficionado o practicante ocasional resultan calificativos justos para quien desde muy joven sintió curiosidad por el arte de los trebejos. Y aunque apenas escribió sobre el «complicado juego», como él mismo lo denominara, sus mínimos escritos y ciertos testimonios completan la historia de los vínculos entre Martí y el ajedrez.
Evidencias sobre la práctica del juego ciencia por Martí como jugador aficionado o prácticamente ocasional.

 Casi una década después del que podríamos considerar como momento cumbre de los vínculos martianos con el ajedrez, ocurre otro hecho importante: poco divulgado, de amplias aristas y que todavía encierra algunas incógnitas.
Para los conocedores del tema, octubre de 1876 es ese momento cenital, pues el joven José Martí de 23 años de edad es derrotado por un niño mexicano de apenas siete años en una partida ajedrecística. Ante la ausencia de pruebas y testimonios más reveladores, constituye este suceso el punto de referencia reiterado para tratar de reconstruir la vocación e interés martianos por el juego ciencia.
Sin embargo, en 1886 tenemos otro instante que confirma el vivo interés de Martí por el ajedrez, que en él siempre estuvo manifiesto y varió según las circunstancias y los deberes propios. A mediados de ese año, de México le llega un libro que habrá de leer con interés. Era un volumen más para su modesta y ambulante biblioteca que, coincidentemente, tendría a partir de ese momento un sitio estable en la más célebre de sus oficinas de trabajo en Nueva York.
El envío no sólo era respuesta y cortesía de su compatriota Nicolás Domínguez Cowan al reclamo martiano expresado meses antes en una carta: «de V. ¿qué me deja ver?».1 Era hábito común que ambos se intercambiaran libros y artículos, además de que el primero esperaba que Martí sería un lector agradecido de Pifias del ajedrez,2 un libro de 136 páginas dedicadas a comentar jugadas ajedrecísticas.
Además de ese volumen, coronado con una rúbrica amplia y abarcadora al final de la dedicatoria, Domínguez Cowan envió a su paisano unas líneas manuscritas. Esta carta no fue respondida por Martí inmediatamente o, al menos, en forma epistolar.
Al cabo de varias semanas, Nicolás remite otra misiva pues teme que, entre los varios envíos realizados a los Estados Unidos, hubiese sucedido algún percance con el destinado a Nueva York. Esta vez Martí le responde con una epístola, en la cual le consigna: «¿Con que no han llegado a manos de V. dos números de El Economista Americano que puse yo mismo, en diciembre, en el correo, y le hubieran dicho que sí recibí las Pifias, y me parecieron todo lo que allí digo?»3
Uno de aquellos números de la mencionada publicación periódica tenía una reseña, comentario o elogio martiano al libro de Cowan, si bien no hay constancia documental de ese artículo.4 Tampoco sabemos si fue leído por el autor de Pifias..., ya que no se conserva ninguna de las cartas que éste escribiera a Martí.
Por el contrario, se conocen varias cartas enviadas por el Apóstol a su amigo radicado en México, aunque hay un vacío epistolar entre 1886 y 1892, año en que Cowan desempeña responsabilidades dentro del movimiento independentista.
Esas misivas de Martí se caracterizan por el tono de apuro y cariño: «La enfermedad me obliga a escribirle por mano ajena (...). Hay penas que quitan las fuerzas para escribir. Hay cargos públicos que postran y se comen todos los minutos. Uno debe ser entendido en silencio por aquellos a quienes quiere. Preparan el viaje a mi alrededor [rumbo a Santo Domingo y Costa Rica] y sólo tengo tiempo para el adiós. No vea contradicción en lo de enfermedad y viaje: es mi deber seguir».5
Para esa fecha los elogios sobre el libro de ajedrez del amigo formaban parte del pasado reciente. ¿Qué y cuánto había escrito Martí en el mensuario El Economista Americano?, ¿en cuál de sus números correspondientes a 1886 había salido su reseña ajedrecística?, ¿pudo reproducirla otra publicación hispanoamericana?, son interrogantes aún por dilucidar.
Pifias del ajedrez es una rareza bibliográfica, al punto que uno de los más importantes historiadores del ajedrez cubano, Carlos A. Palacio, reconoce que le fue imposible localizar un ejemplar del mismo. En su obra Ajedrez en Cuba. Cien años de historia, afirma: «no tenemos la fecha de su edición. Por ciertas referencias parece ser que se editó en México. El único dato al respecto es el que apunta don Andrés Clemente Vázquez en el volumen tercero, pág. 79 del “Ajedrez Magistral”, con su galana pluma (…)».6
Según Vázquez, cubano que también vivía en México, Domínguez Cowan tuvo «la feliz ocurrencia de reunir y publicar las “Pifias” estupendas de los famosos maestros, antiguos y modernos, y el libro así intitulado adquirió bien pronto extraordinaria y merecida celebridad».7
Se trata de una compilación de cerca de 100 partidas que son comentadas –esencialmente– por Domínguez Cowan. Sus observaciones y aclaraciones no sólo advierten sobre los errores cometidos, sino incluso proponen qué jugada hubiese sido la más conveniente.
Junto a grandes figuras de renombre, aparecen ajedrecistas cubanos y mexicanos, lo cual denota el interés del autor por estimular la curiosidad de los lectores aficionados al juego ciencia. Así, declara en el preámbulo que, «incapaz de medirse con los esforzados paladines de este culto entretenimiento –elevado hoy a la categoría de ciencia– y más incapaz aún de legar a la posteridad una obra didáctica, revelará sin embargo los móviles que le guían y el manantial de donde arranca».
Tomando como referente sendas obras de los ajedrecistas Taylor y Bird, Domínguez Cowan concreta sus propósitos cuando escribe: «propónense aquellas producciones enseñar bellezas: limítanse éstas a exhibir deformidades», y así hasta concluir: «las pifias y debilidades cometidas por las eminencias ajedrecísticas, de todos los tiempos y países, no repetirán con el inspirado florentino, a los que quieren progresar: “Lasciate ogni speranza”».
 Martí debió repasar mentalmente cada jugada, paso por paso, en las Pifias... Fue cómplice y aprendiz en minutos de aparente distracción. En solitario, frente a ese libro, vivió de cerca la pasión del ajedrez. Era como presenciar una virtual simultánea, o mejor, ser partícipe de ella. Claro que sí, el Apóstol entendía la materia que tenía delante.
De ahí que escribiera a Cowan : «¡dejar de escribir lo justo de la obra de mi amigo! Y de intento lo puse en un número que había de ser leído. Tomé ocasión de las Pifias para pagar mi deuda a Andrés Clemente Vázquez».8
Había sido este último el que propiciara, diez años antes, la partida de ajedrez entre Martí y el niño mexicano Andrés Ludovico Viesca, la cual tuvo lugar precisamente en casa de Nicolás Domínguez Cowan.

Otro indicio del ajedrez en Martí es la propia amistad que forjó con ambos trebejistas cubanos, figuras que radicaban en México y contribuyeron al estudio y práctica del juego ciencia en ese país.
Existen varias cartas del Apóstol dirigidas a Domínguez Cowan, mas lamentablemente no se conserva ni una sola respuesta de este último. Sin embargo, es conocido que Domínguez Cowan ayudó económicamente a Martí cuando éste vivió en la nación azteca.
Menos conocida es la relación amistosa con Andrés Clemente Vázquez, entre otras razones porque ignoramos el paradero de las cartas martianas dirigidas a él, aunque se tienen dos recibidas por el Apóstol.
Sólo una, la correspondiente a diciembre de 1875, ilumina la relación temprana entre ellos, pues el afamado ajedrecista le ofrece su opinión sobre un problema de ajedrez publicado en la Revista Universal (México) por decisión y sugerencia del propio Martí.9
En 1876 el Maestro elogia la salida editorial de la publicación ajedrecística La Estrategia Mexicana, dirigida por Clemente Vázquez, la cual reproduce pocos meses después la partida sostenida por Martí con un infante de apenas siete años, quien, no obstante su edad, alcanza el triunfo.
En la citada carta a Nicolás Domínguez Cowan del 24 de febrero de 1887, como ya hemos visto, Martí expresa: «Tomé ocasión de las Pifias para pagar mi deuda a Andrés Clemente Vázquez».
La referencia a ese adeudo pudiera tener relación con el acervo (datos y nombres) que el ajedrecista revelara a su amigo mediante disertaciones coloquiales en los días de México. También cabe pensar que el Apóstol había respondido a una petición de reseñar el libro de Cowan, en el que algún que otro análisis de partidas complicadas pertenece a Clemente Vázquez.
Sabemos que a este último se había dirigido Martí unos meses antes solicitándole ayuda para que una «distinguida amiga» ocupara una corresponsalía en Nueva York: «una de las más cumplidas criaturas que hablan lengua española,–la Srita. Piedad Zenea, hija del poeta Juan Clemente».10
O, sencillamente, podría subyacer otro motivo desconocido que justificara esa referencia epistolar a un saldo pendiente.
Lo cierto es que la historiografía se ha limitado a destacar el hecho de que Vázquez dejó testimonio sobre la partida de ajedrez que sostuviera Martí con el niño Andrés Ludovico Viesca en 1876. Sin embargo, la localización de una curiosidad histórica, ausente hasta hoy de la cronología martiana, arroja que ambos cubanos volvieron a encontrarse al cabo de los años, en 1884, en la ciudad de Nueva York.
Ya desaparecido Martí, Vázquez revelaría ese dato mientras fungía como diplomático de México en su propio país de nacimiento, durante una tertulia en su residencia habanera, a la cual asistieron numerosos invitados, entre ellos el explorador y geógrafo Jules Claine.
Devenido narrador, el ajedrecista y diplomático cuenta en su libro Entre brumas, en el apartado «Un cuento lúgubre», cómo dio a conocer públicamente la siguiente anécdota:
«Después, generalizada la conversación por senderos que parecían saturados de preocupaciones, en razón a que el silbido penetrante de los aires invitaba a delirar con duendes o fantasmas, referí yo el caso raro que había visto en Greenwood, en 1884, al visitar aquellas tumbas lujosas en compañía de un cubano desterrado, antiguo revolucionario, que amaba, más que a sí mismo, a la música, a la arquitectura y a la poesía. El suceso, en efecto, resultaba singularmente asombroso. Allí se erguían dos mausoleos, dos bóvedas riquísimas, una en frente de la otra, con obelisco de pórfido, pertenecientes a distintas personas, dedicadas a un solo cadáver. ¿Por qué tal separación de ornamentos y lechos sepulcrales? Nadie pudo explicarme aquel misterio, cuando yo me despedía de los muertos y caminaba, tiritando de frío, por las enarenadas calles que con sus terebintos y pinabetes, enlodaban el Panteón».11
En una nota a pie de página, Vázquez nos sorprende al revelarnos que aquel «cubano desterrado» era José Martí. Quizás fue la última vez que ambos se vieron.
 Desde 1880, mientras Martí se encuentra en Nueva York, existe un vacío informativo que impide hallar nuevas pistas sobre su interés por el ajedrez. Sin embargo, otro hecho curioso, casi olvidado, permite relacionarlo otra vez con el juego ciencia cuando ya casi alcanza los 40 años de edad.
Al cubano Francisco Ibern García (1852-1933) le debemos (in)directamente la preservación de este indicio histórico. Y tiene que ver con unas piezas de ajedrez utilizadas por el Maestro en 1891 –o posteriormente– en los Estados Unidos.
De Ibern nos apunta el investigador Luis García Pascual: «colaboró en distintas ocasiones con Martí, quien llegó a tenerle gran afecto, como lo demuestran las cartas que el Maestro le dirigiera. Al finalizar la Guerra de Independencia, regresó a La Habana».12
Y en ese viaje de retorno a la patria, este emigrado cubano trajo consigo los objetos y demás recuerdos para reubicarlos y recircularlos en suelo patrio. En su caso, además de las epístolas remitidas a él por Martí, instaló en su nuevo hogar una mesa-tablero muy significativa.
Durante las tres primeras décadas del siglo XX, quizás sólo de manera ocasional, narró de viva voz la razón por la cual atesoraba esa mesa y de cómo había visto sentado frente a ella a Martí durante algún juego ocasional en Cayo Hueso, a donde Francisco Ibern había emigrado en 1884.
José Martí en los años 90 es un hombre concentrado y dedicado aún más a la causa revolucionaria. Los días, meses y años próximos son de persuasión y unidad. Todo por Cuba es su premisa de acción. Escuchar, atender, saludar, aceptar con devoción... le urgen más que nunca. En tales circunstancias hizo más de cuanto hoy sabemos. Jugó ajedrez, por ejemplo.
Aun cuando se ignore la fecha exacta, tenemos otros datos que se complementan con el recuerdo de Ibern. Es el caso del folleto Martí ajedrecista, que señala: «Reliquias muy apreciadas que existen en el Museo Histórico de Guanabacoa dan testimonio de que nuestro Apóstol entre sus múltiples facetas fue también un amante del Juego-Ciencia./ En el Museo Histórico de Guanabacoa se conserva la MESA-TABLERO DE AJEDREZ (con sus gavetas para guardar las piezas de ajedrez) y un Juego de Ajedrez de talla española que era frecuente entonces, que utilizaba José Martí cuando jugaba con algunos emigrados. Estas reliquias fueron obsequiadas por la viuda del patriota Sr. Francisco Ibern, muy amigo de Martí, a Julieta Valenzuela, la cual hizo la donación al Museo Histórico de Guanabacoa».13
Sería la única evidencia museológica de la práctica del juego ciencia por Martí como jugador aficionado o practicante ocasional.

No hay posibilidad de responder con exactitud histórica las siguientes preguntas: «¿Cómo aprendió José Martí el ajedrez y cuándo? ¿Tuvo algo que ver en ello su maestro Rafael María de Mendive? ¿Su hermano del alma Fermín Valdés Domínguez? ¿Acaso la estancia en España durante la primera deportación?».14
Mientras tanto, como apenas tenemos escritos directos y diversos del Apóstol sobre el ajedrez, su interés por el arte de los trebejos ha trascendido fundamentalmente gracias a su encuentro en octubre de 1876 con el niño mexicano Andrés Ludovico Viesca Gutiérrez, oriundo de Coahuila.
Con apenas siete años de edad, el pequeño derrotó consecutivamente al también cubano Agustín Mendiola y a Martí en presencia de un nutrido grupo de asiduos a ese tipo de partidas, incluidos funcionarios del gobierno mexicano.
En ambos casos, el niño jugó con las piezas blancas y demostró un talento inusual, pues hacía unos escasos meses que había aprendido los movimientos y las reglas del ajedrez.
Propiciado el encuentro por Andrés Clemente Vázquez, éste dio la primicia del suceso en su publicación especializada La Estrategia Mexicana. Así, el 24 de octubre de 1876, fijó para la memoria histórica el suceso más nítido en la faceta de José Martí como ajedrecista.
Varios años después, en 1893, introduce en el contexto cubano la anécdota de la partida Viesca-Martí,15 con más énfasis en el niño, al igual que la primera vez. Esa inicial motivación periodística mutaría en 1898, cuando afirma en su libro En el ocaso: «Esta es la única partida de ajedrez que se conserva, del promovedor de la actual insurrección de Cuba».16
La temprana muerte de Andrés Clemente en 1901 imposibilitó no sólo contar con sus impresiones y recuerdos de Martí, sino incluso con las misivas que de él recibió. ¿Cuánto más habría contado en torno a Martí?, ¿cómo se hubiera expresado del Maestro como jugador de ajedrez?
En el siglo XX, otros cubanos y extranjeros contribuyeron a ampliar el tema. Entre los segundos tenemos al guatemalteco Máximo Soto-Hall, quien en una visita conjunta con su coterráneo Domingo Estrada a Martí, en agosto de 1892, registró un dato interesante que emplearía posteriormente para su libro La Niña de Guatemala.
Ese día –cuenta Soto-Hall– Martí rememoró sus encuentros con Miguel García-Granados, el padre de la guatemalteca María: «Yo, dijo, jugaba frecuentemente con él al ajedrez y a este respecto observé un fenómeno que no he visto repetirse. Los ajedrecistas, por la concentración que el complicado juego reclama, se mantienen en completo silencio. El no, con un extraño poder de ubicuidad, hablaba y hablaba de muchas cosas, lo que no impedía que moviese sus piezas prodigiosamente. Era todo un gran jugador».17
Es ésta la referencia más directa del vínculo entre Martí y el ajedrez hasta ahora conocida. Hoy sólo nos queda hurgar con paciencia para encontrar los inéditos martianos... que aún los hay.


1 Carta de José Martí a Nicolás Domínguez Cowan del 22 de abril de 1886, Epistolario. Compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Pla. Editorial de Ciencias Sociales y Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1993, t. I, p. 328.

2 Lamentablemente el ejemplar de Martí de Pifias del ajedrez (Imprenta del Gobierno Federal, México, 1886) no existe entre los libros de su biblioteca, que se conservan en la Oficina de Asuntos Históricos.

3 Carta de José Martí a Nicolás Domínguez Cowan del 24 de febrero de 1887, Epistolario, ed. cit., t. I, p. 368.

4 Para que se entienda cuán difícil sería buscar este impreso inédito –con relación a Obras completas–, basta decir que la colección íntegra de El Economista Americano se ausenta en más de una institución bibliotecaria, incluidas las de Estados Unidos. Este inconveniente ha imposibilitado tener al alcance otros artículos que Martí publicó en ese mensuario. El investigador Enrique López Mesa ha expresado en su ensayo «Notas marginales sobre dos revistas esenciales» (inédito), el más completo estudio histórico sobre el desempeño editorial de Martí en las revistas La América y El Economista Americano: si «tomamos como base el contenido del número de octubre de 1888, único completo conocido, pudiéramos calcular un promedio de 15 textos de Martí por número. De la información recogida se infiere que Martí editó no menos de diez números de El Economista Americano; por tanto, estimamos un universo potencial mínimo de 150 textos martianos. De ellos, sólo conocemos 32, por lo que podemos conjeturar que nuestro vacío no desciende de 118 textos que, unidos a los existentes, llenarían un volumen de la edición crítica de sus Obras completas».

5 Carta de José Martí a Nicolás Domínguez Cowan del 25 de mayo de 1893, Epistolario, ed. cit., t. III, pp. 363-364.

6 Carlos A. Palacio: Ajedrez en Cuba. Cien años de historia. Imprenta Arquimbau, La Habana, 1960, p. 211.

7 Andrés Clemente Vázquez: El ajedrez magistral. Imprenta del Avisador Comercial, La Habana, 1900, v. III, p. 79.

8 Carta de José Martí a Nicolás Domínguez Cowan del 24 de febrero de 1887, Epistolario, ed. cit., t. I, p. 368.

9 Además de esta misiva del 26 de diciembre de 1875 (Destinatario José Martí. Compilación, ordenación cronológica y notas [de] Luis García Pascual. Casa Editora Abril y Centro de Estudios Martianos, 1999, p. 28), contamos con un artículo de la autoría del Apóstol, correspondiente al 15 de diciembre de 1875, en el que menciona a Andrés Clemente Vázquez. Véase al respecto Obras completas. Edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000, t. 2, p. 237.

10 Carta de José Martí a Juan de Dios Peza del 1 de octubre de 1886, Epistolario, ed. cit., t. I, p. 352.

11 Andrés Clemente Vázquez: Entre brumas. Reminiscencias americanas y europeas. (Segunda parte del libro En el ocaso). Tipografía del Avisador Comercial, La Habana, 1899, pp. 2-3.

12 Luis García Pascual: Entorno martiano. Casa Editora Abril, 2003, p. 136.

13 Martí ajedrecista. Publicaciones Los Tableros, Poder Popular Guanabacoa, [La Habana, 1980].

14 Jesús G. Bayolo: «Carmen, la reina que inspiró el ajedrez en Martí», Juventud Rebelde, 17 de diciembre de 1995, p. 14.

15 Primero con el artículo «Un portento mexicano y una maravilla española... Andrés Ludovico Viesca y Raúl Fausto Capablanca», El Fígaro, La Habana, Año IX, No. 35, 8 de octubre de 1893, pp. 431-432, y luego, con el acápite «Una gloria mexicana», que forma parte del libro En el ocaso. Reminiscencias americanas y europeas. Imprenta del Avisador Comercial, La Habana, 1898, pp. 326-335.

16 Andrés Clemente Vázquez: En el ocaso, ed. cit., p. 333.

17 Máximo Soto-Hall: La Niña de Guatemala. El idilio trágico de José Martí. Tipografía Nacional, Guatemala, 1942, pp. 159-160.


Una partida inmortal
Niños y adolescentes de cuatro escuelas habaneras conmemoraron el 130 aniversario de la partida de ajedrez que, en octubre de 1876, sostuvieran José Martí y el infante mexicano de siete años Andrés Ludovico Viesca.
Con ese motivo, en el Museo Casa Natal José Martí se celebró una simultánea presidida por el Maestro Nacional Luis Cuervo y los ajedrecistas Eric González y Juan Carlos Pérez, quienes explicaron y demostraron paso a paso la ya célebre partida Viesca-Martí.
Se trata de la única partida martiana que ha trascendido, gracias a que fue publicada por el ajedrecista cubano Andrés Clemente Vázquez, radicado en México, en su revista La Estrategia Mexicana, en el número correspondiente al 24 de octubre de 1876.
Con el título de «Una gloria mexicana», este trabajo testimonia las sorprendentes victorias ajedrecísticas de Andrés Ludovico en aquella jornada, pues derrotó consecutivamente al también cubano Agustín Mendiola y a Martí.
En ambos casos, el niño jugó con las piezas blancas y demostró un talento inusual, pues hacía unos escasos meses que había aprendido los movimientos y las reglas del ajedrez.
Entonces se publicaron por primera vez la foto del pequeño ajedrecista y las jugadas de la partida que le ganara a Martí, quien a la sazón tenía 23 años.
Con el tiempo, la curiosidad ajedrecística en torno al desempeño precoz del niño terminó cediendo al significado histórico que entrañaba aquel encuentro con la participación del Apóstol de Cuba.
Aquí se reproducen fragmentos de los testimonios de Clemente Vázquez que dan constancia del inusual talento del infante, cuyo rastro se perdió.


Andrés Ludovico Viesca empezó «a conocer el ajedrez en junio del presente año (sin maestro de ninguna clase) en el libro publicado en México por el redactor de La Estrategia –es decir, por nosotros– bajo el título de Análisis del juego de Ajedrez, pero no estudiaba con mucha dedicación, y sólo se colocaba delante del tablero dos o tres veces por semana. Antes de esto, ni siquiera conocía el movimiento de las piezas. Aprendió a leer y a escribir enteramente solo (puede decirse así), pues hasta hoy no ha ido ni una sola vez a la escuela (a causa de la delicadeza de su organización física) y únicamente viendo escribir y leer, y haciendo preguntas a su mamá, fue cómo llegó a adquirir la educación primaria que hoy posee, con bastante corrección. Tiene una notable y marcada aptitud para el dibujo, y con lápiz o pluma hace figuras, paisajes y hasta caricaturas, con tanta gracia como rapidez, limpieza y elegancia. De carácter es sumamente modesto y tranquilo, y aunque posee viveza extraordinaria en sus movimientos y en sus concepciones, es más bien melancólico, triste y reflexivo que alegre y bullicioso (...)».

(Andrés Clemente Vázquez: «Una gloria mexicana», en La Estrategia Mexicana, México, 24 de octubre de 1876. Reproducido en su libro En el ocaso. Reminiscencias americanas y europeas. Imprenta del Avisador Comercial, La Habana, 1898, pp. 327-328).

«En el ajedrez el niño Viesca no ha sido nunca rutinero. Aprendió a mover las piezas según los preceptos más depurados del arte, y ha llegado a una etapa bastante considerable en el camino del adelanto, sin los vicios ni defectos del que se cría y alimenta fuera de los libros.
Hace las aperturas de los juegos, clásicamente; resuelve problemas, bastante difíciles, casi instantáneamente; jamás reforma las jugadas erróneas; nunca perturba, impacienta o molesta a su adversario. Es un niño que no gusta de nada de lo que llama la atención a los demás niños; ni desperdicia el tiempo, ni tiene impertinencias. Grave y circunspecto, piensa quizás más de lo que debiera, para no perjudicar a su salud. Su mirada es vaga, y hasta sombría; conversa muy poco, y parece que siente trabajo al hablar, como lo han sentido y lo experimentan por lo general todos los grandes meditadores».

(Ibídem, pp. 329-330).

«En octubre de 1876 proporcionamos a los asiduos lectores de nuestra primera revista de ajedrez La Estrategia Mexicana, una de las más gratas sorpresas, publicando el retrato y la biografía de un extraordinario niño, Andrés Ludovico Viesca, hijo de Coahuila, en la República de los Estados Unidos Mexicanos, nacido en la ciudad de Parras de la Fuente el 8 de abril de 1869. Tenía entonces el niño Viesca siete años de edad, y a nuestra presencia, y ante numeroso público, en la morada del Sr. D. Nicolás Domínguez Cowan, le ganó la siguiente partida, sin duda muy notable, al señor D. José Martí, bastante conocido hoy por su actitud política en las cuestiones de Cuba (...).
Atronadores aplausos de los ilustrados y numerosos espectadores, premiaron al infantil Filidor, cuando con modestia suma, y con imperturbable serenidad consumó su disputada victoria. En seguida derrotó también, en un giuoco piano de 33 jugadas, al emigrado cubano D. A. Mendiola, y nosotros, intensamente emocionados, escribimos en La Estrategia (...)».

(Andrés Clemente Vázquez: «Un portento mexicano y una maravilla española... Andrés Ludovico Viesca y Raúl Fausto Capablanca», El Fígaro, La Habana, Año IX, No. 35, 8 de octubre de 1893, p. 431).

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