Todo significa redescubrimiento en la pintura de Cosme Proenza, evocadora de un paisaje posmedieval que más bien responde a una necesidad de espiritualidad sin fronteras.
Todo significa redescubrimiento en la pintura de Cosme Proenza, evocadora de códigos sempiternos, de renacimientos tan pictóricos como humanos.

 Desde los románticos hasta los hippies, una parte significativa del arte moderno se ha caracterizado por la búsqueda en el pasado de las claves del presente. Los artistas y diseñadores del siglo XIX se preocuparon por encontrar un estilo que otorgara a la época la armonía perdida que habían poseído civilizaciones pasadas. Éste será el fondo dorado del Arts and Crafts, el Art Nouveau, las Vanguardias artísticas, la Bauhaus... Pero la armonía perdida no se restablecerá, pues la normalización y la estandarización generadas por el industrialismo no siempre refrendarán las excelencias del proyecto. Esta fractura será tan profunda como la crisis social y religiosa que le diera origen en el Renacimiento. El problema que plantea la pintura de Cosme Proenza, o más bien el reto que lanza, se halla contenido en esta realidad. Su obra, desde el interdicto de un pasaje posmoderno, no es inesperada ni ajena. Primero, porque la mejor pintura cubana es inseparable de la mejor pintura universal. Segundo, porque sus referentes visuales han ido retrocediendo en el tiempo, acercándose cada vez más a los umbrales de la modernidad. El propio artista lo atribuye a que, entre otras razones, «este fin de siglo ha traído consigo la necesidad de la espiritualización del hombre».
«Ante este mundo tecnológico, sofisticado, recargado, deshumanizado... he constatado en Cuba y en otros lugares una necesidad de regresión hacia la parte más humana, hacia la parte más espiritual...», explica. Y agrega:
«En mi caso, se trata de algo muy orgánico toda mi forma de ser y de pensar, tanto en relación con mi obra anterior como con la actual. Sucede que mi pintura precedente fue un paso hacia esta necesidad de espiritualidad. Siempre estuvo ese momento en el devenir: la angustia de si debía hacer o no esto. Pero ya me liberé... ahora, hago lo que siento que debo hacer».
La superación de esa etapa formativa, pero necesaria, sería el camino para salir de la censura de sí mismo, de la autocensura. Él no tiene dudas respecto: «Creo que si el posmodernismo tuvo algo bueno, fue el liberarme de ese trauma y ser original. Una persona es original en la medida en que es ella misma, y yo creo que mi pintura puede ser original en la medida que soy yo mismo. Por lo tanto, si mi espiritualidad sale a través de esos signos, perfecto...»
Sus cuadros, en tanto expresión de las últimas búsquedas de la pintura cubana finisecular, no dejan de procrear distancias y reencuentros. Para decirlo con sus propias palabras: «dilataciones y contracciones. Contracciones hacia el pasado, dilataciones hacia una forma presente de decir...
»Le decía a un amigo que si existiera la terminología, la forma de definir mi pintura, yo utilizaría un término musical: música de nueva era (new age). Por supuesto, no valoro mi pintura en la estética new age, pero sí me siento un artista new age. Yo pinto música new age. También oigo mucho a Vangelis. Mi hora de oír música es la de pintar. Así, que son muchas las horas de oír música, porque pinto mucho...»
Toda la materia del universo pictórico de Proenza está tomada de la evocación. De ahí que su materia –y no las leyes de su construcción– sea esencialmente poética. (Muy bien lo saben los ángeles que hizo posar Fra Angélico con sus pinceles.) De ahí también su testimonio de la otredad, sin que las utopías que la contienen mermen en autenticidad. Sólo que ahora el testimonio se invierte: no es Europa, sino Cuba la que lo da. Sólo que ahora no es de oídas, sino visual.
Hecho in situ, no tiene verdades que mentir. Se sirve de la mejor pintura de la Europa del «descubrimiento» y de la conquista. Hace suyas invenciones propias de esa época como el óleo, la pintura de caballete, la perspectiva y el claroscuro.
 Todo significa redescubrimiento en la pintura de Proenza, evocadora de códigos sempiternos, de renacimientos tan pictóricos como humanos. Su calidad, sin duda, está en la calidad del pasado que lleva en sí, en el mundo que promete desde el padecimiento del mundo.
Otra evidencia se impone: toda la materia evocadora de este universo pictórico reside en la visión paisajística del mundo que propone. Y en ese universo, es el «señor barroco» el que obra. Su acción catalizadora así lo refrenda: la pintura gótica tardía (Libros de Horas, naturalismo místico flamenco...) y la no menos del renacimiento septentrional (El Bosco, Brueghel el Viejo...) bien se avienen con las plieguerías de raigambre manierista (Pontorno) o cortesana (Rigaud), o con las cualidades ópticas del arte barroco italiano y español.
No poco de lo que, en arte, el cisma protestante desligó, se acopia ahora en el estilo de este pintor cubano, por más señas, holguinero:
«Y es que ser cubano, es ser barroco. Somos gente de lo lleno, no entendemos las cosas a medias. Un pintor europeo –por ejemplo, Miró– se permite poner tres puntos y una línea en un cuadro... y ya, se acabó. Ése es un concepto lacónico, completamente intelectual, muy de ese tipo de pensamiento.
»Yo no. Padezco el mismo horror vacui que sentimos todos los cubanos. Tampoco pienso que haya encontrado mi estilo definitivo. Si dijera eso, pensaría que me habría encontrado a mí mismo ya, y eso sería poco inteligente. Negaría un concepto fundamental que para mí existe, y es el hecho de que todo perfeccionamiento depende de una evolución. Y si no hay evolución, hay estancamiento, no se crece...» Cuando se pregunta en lo que se ha dado en llamar «su aproximación subliminal» a las figuras del Cuatrocientos flamenco, a su expresada «boscomanía», replica:
«Al fin y al cabo, mi juego con la imaginería del Bosco, recreándola, era un juego posmoderno. Ahí estaba el germen de lo que iba a ser mi pintura. Es decir, yo ahora no tengo nada que ver ni con los programas posmodernos, ni con el Bosco, ni con Brueghel, ni con nadie... y tengo que ver con todos; es decir, a todos los asimilo, los disfruto...
»Me sentí muy metido en el mundo de ellos, y soy capaz de generarlos sin imitarlos. Quiero decir, generar mi yo a partir de los espacios espirituales que ellos dejaron en su pintura, y que son los que me llegan. Yo me pongo a ver pinturas del gótico, del protorrenacimiento, de etapas anteriores, incluso... y ésa es la pintura que a mí me fascina. No quiero con esto negar que ahora mismo, en El Prado, disfruté muchísimo a Velázquez, Picasso... Soy capaz de admirarlos y disfrutarlos, pero mi sendero es otro, parecido al de los pintores góticos, en los que la línea y el color están muy bien definidos y condensados con tal de decir algo. Y ese decir algo, era un decir espiritual...»
Vistas así estas mixturas a los deslices de la imaginación, ¿quién quita que La Habana, además de barroca, tenga una línea de sangre gótica? En verdad, pocos son los puertos en el mundo defendidos por cinco fortalezas... En el pasado siglo la condesa de Merlín se pronunció al respecto. Y Bolívar clamó: «Déjennos hacer nuestra Edad Media». En una calcografía del siglo XVII se representa el Morro de La Habana con una techumbre cupular, en forma de bulbo. A lo lejos, los campanarios de las iglesias aparecen rematados con agujas góticas. San Cristóbal, el santo patrón de La Habana, no sólo es asunto de la estampa xilográfica más antigua que se conoce (siglo XIV), sino de la obra más reciente de Proenza: el óleo que se entregó al Papa durante su visita a Cuba.
Entre la realidad y la ficción, aquí están las raíces de la identidad visual cubana, y también las que hilvanan el imaginario posmedieval de este pintor. No por casualidad, es el paisaje el género pictórico mediante el cual mejor se expresa. Tampoco es casual que el surgimiento y la mayor autonomía de este género se encuentren en relación directa con el surgimiento y desarrollo de las primeras naciones modernas: la época y el arte que más le gusta frecuentar a este artista.
Paisaje, por último, viene de «país». Y en el caso del «país» que nos ocupa, se habita libre de la férrea regla del mundo, tanto como libres son de habitarlo las crisálidas, los unicornios, el humo del incienso, la despersonalizada belleza de los mantos o los apareamientos más imprevisibles...
«¿Y las palmas?», le pregunto al pintor, sin dejar por ello de sentirme un ciudadano del mundo. Y Cosme Proenza me responde:
«El día que nazca una palma, nació. Lo que pasa es que tiene que nacer sola, yo no la puedo forzar. Mis paisajes no son cubanos, ni podrían serlos. En Cuba no había gótico ni protorrenacimiento cuando llegaron los españoles. Pero no es que yo rehúya o no el paisaje cubano. Nuestro paisaje es tan bello como cualquier otro. Además yo me crié en una finca que tenía un paisaje precioso. Como yo trabajo con una teoría general, un concepto general no localista, mis paisajes recuerdan un poco el paisaje europeo (mis referentes históricos dentro de la plástica), aunque bien vistos no lo son tantos. Por otra parte yo no fuerzo mi creación. Dejo que todo fluya, tranquilamente, y que lo que salga, salió, aunque parezca chino, alemán o judío...
«Tampoco me preocupo en ser cubano, porque en verdad lo soy. La no preocupación implica el concepto real de que tú lo eres. Es que no me preocupa que estoy vivo, porque lo estoy. Yo soy capaz de ver en eso mismo que pinto, el campo y el paisaje más cubanos. Aunque el código visual sea otro, sin embargo, el código ambiental, espiritual... es el mismo. Al fin y al cabo, todos los árboles crecen en el mismo sistema: son las mismas leyes, las mismas cosas. Todo es muy global. Lo único que tú lo ubicas, lo sometes a contextos estéticos y ambientales diferentes. Pero existe una sola cosa, una sola raleza, una sola energía. Y esa sola energía a mí no me interesa mucho que sea ubicable geográficamente, sino que sea ubicable interiormente...»
La tarde crece, y crecen también las imágenes que genera la pintura de Cosme Proenza, cargada de perenne transitoriedad. En estas imágenes, así como en la sabia elección de los colores y las texturas que las dicen, está su tiempo y su transitoriedad. En estas imágenes, así como en la sabia elección de los colores y las texturas que las dicen, está su tiempo y su espiritualidad sin pasado ni presente, con más futuro que el futuro. De sus confines siempre se volverá, como de una tierra cargada de sentido.

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