Con un criterio universalista y alegórico, la obra de Miguel ángel Salvó (Holguín, 1971) conjuga aproximaciones de por lo menos tres vertientes de la historia del arte: el expresionismo, el muralismo y —como guinda a este último— el realismo socialista.
Aun cuando juegue con las citas o apropiaciones —Ícaro, entre ellas—, las pinturas de Salvó tienen un trasfondo conceptual a partir de asociaciones muy serias como la maternidad y la muerte, la maternidad y la guerra… además de mezclar estilos aparen

 Con un criterio universalista y alegórico, la obra de Miguel ángel Salvó (Holguín, 1971) conjuga aproximaciones de por lo menos tres vertientes de la historia del arte: el expresionismo, el muralismo y —como guinda a este último— el realismo socialista.
Priorizando en primer plano a personajes de cuerpo entero cuyos rasgos físicos han sido exagerados, su rejuego de interpolaciones figurativas quisiera revelar la «mentira iconográfica» que subyace a todo relato épico, como sucede —por ejemplo— en Sueño del paso de los Alpes. Mitificado por el pintor Jacques Louis David a la usanza de los héroes clásicos (Aníbal, Carlomagno…), Napoleón Bonaparte domeña un corcel árabe de pura sangre que, alzado en las dos patas traseras, rememora su victoria sobre las tropas austriacas en 1800. Sólo que, en la vida real, el futuro emperador atravesó el Monte de San Bernardo montado sobre un burro.
A la exaltada representación neoclásica, Salvó contrapone las figuras realistas de tres soldados (una de ellas, con pies descalzos desmesurados), que parecen extraviados de algún cuadro de batalla soviético. Una tela transparente cubre sus rostros como un sudario, pero se trata sólo de raro sueño —mejor, la pesadilla— del niño dormido sobre el camastro. De ahí que, en lo profundo, se justifiquen los tipos deformes con el resto de la obra, su soterrada propensión hacia el expresionismo. Al empleo de citas y apropiaciones extraídas de la historia del arte se dedican no pocos pintores cubanos desde la última década del siglo pasado. Con la intención de dominar esa tendencia, se acuñó el término de «posmedievales» en referencia al uso desprejuiciado que hacían de los códigos plásticos casi siempre posteriores a la Edad Media, como el Renacimiento y el Barroco.
 Tal denominación también era una parodia, una cita —o varias— y hasta un «chiste», a igual que lo eran muchos de los mensaje representativos de ese tipo de obras; por ejemplo, la serie «El vértigo de la libertad» (1999), de Rubén Alpízar, en la que Ícaro se clavaba en una papaya madura o en las aguas de la bahía habanera, frente al faro del Morro.
Es el caso de Españoles, Franco ha muerto2005 y el ya mencionado Sueño del paso de los Alpes, cuyo dejo irónico se afianza en lo grotesco para cuestionar el arte academicista, historicista, didáctico… como instrumento de divulgación política.
Frente a esas obras de Salvó, recordamos la dureza del oficioso realismo socialista y, en especial, un cuadro de la galería Tretyakov de Moscú: representa a una robusta koljosiana que no teme increpar a un oficial nazi, a pesar de que este la amenaza con una fusta.
El pintor había concebido a la campesina mucho más pequeña –lo que, en su opinión, acentuaba la fuerza de la escena-, pero fue obligado varias veces por Stalin a aumentar su tamaño hasta que superara al del enemigo. Los borrones quedaron evidentes a pesar de que el artista trató de disimularlos aureoleando a la valiente protagonista.
Igualmente, los cuadros de Salvó parecen barruntar el riesgo de aceptar encargos, sobre todo si hay que retratar héroes. Ya lo demuestran los inicios del propio arte soviético, desde que los futuristas sorprendieron con su estatuaria a las autoridades.
Cuando en 1918 fue develado el monumento de Sofía Lvovna Peróvskaya, en lugar de la famosa revolucionaria los espectadores se encontraron con que el escultor O. Grizelli había erigido una enorme leona con un gran peinado e imponentes cara y cuello, en nada –por supuesto- parecida a la heroína real.
A partir de entonces, a los cubistas rusos no les hicieron más pedidos estatales, por muy revolucionarios que ellos mismos consideraran sus intenciones de orden estético.

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